lunes, 8 de septiembre de 2008

¿Frenar o no frenar?

Por Richard Webb
EL COMERCIO
08-09-08

El freno es un instrumento de velocidad. Un vehículo sin freno tiene que ir más lento o se estrella y nunca llega. En la economía sucede igual. Así parecen pensar los gobernantes que en casi todo el mundo han creado bancos centrales para regular el ritmo del gasto nacional.

Lamentablemente, para pilotos y gobernantes el atrevimiento es una tentación fuerte y el desbarrancamiento sigue siendo una historia común en las pistas y en la economía.

En 1967, desde enero hasta agosto, me tocó asistir a reuniones semanales del BCR con el presidente Belaunde para informar sobre la macroeconomía. El mensaje repetido del banco central fue: "Es hora de frenar".

Belaunde no se oponía, simplemente hacía caso omiso. Las ambiciones del mandatario eran grandes, las necesidades sociales agudas, el capital externo nos llovía y, por el momento, la economía nos era favorable. No se aplicó ninguna de las medidas recomendadas. El colapso se produjo en agosto, con una fuerte devaluación y un año después vino un golpe militar.

A inicios del régimen de Velasco la inflación se redujo y la economía retomó su velocidad, otra vez favorecida por el cuadro mundial. La agenda política y social del Gobierno era grande y el gasto creció rápidamente.

Pero en 1973 saltó el precio mundial del petróleo creando una inflación de origen externo. En vez de frenar, el Gobierno optó por subsidiar los precios de los combustibles y alimentos y siguió pisando el acelerador del gasto. La inflación fue mayor cada año, llegando a 68% en 1979, y se volvió la espada para el harakiri del régimen.

Belaunde regresó en 1980 con renovada ambición fiscal. El gasto público aumentó con fuerza y, cuando el BCR se negó a financiarlo en 1982, el Gobierno recurrió a un masivo endeudamiento externo. Desde su teléfono en el Ministerio de Economía, el ministro Manuel Ulloa llamaba casi diariamente a bancos del extranjero que, felices, otorgaban más y más créditos. Fue un momento de euforia financiera en muchos países, una burbuja, que finalmente reventó a fines de ese año, creando una repentina crisis que, por mala suerte, coincidió exactamente con el terrible fenómeno El Niño que golpeó al Perú entre enero y junio de 1983. El colapso fue mayor por las políticas de cigarra de los años anteriores.

El gobierno del presidente García trajo un nuevo momento de euforia gastadora. La economía creció 11% en 1986, y la aprobación presidencial llegó a 90%, creando la ilusión de que se había inventado una forma de esquivar las leyes de la sobriedad económica. Importantes empresarios se sumaban al entusiasmo.

A inicios de 1987 el presidente de la Confiep defendió al Gobierno diciendo que no le preocupaba el déficit fiscal. En marzo de ese año, el ministro de Economía, Luis Alva Castro, reunió a funcionarios y asesores para evaluar la política económica, y me pidió que abriera el debate con una "crítica desde afuera". La crítica fue rechazada casi en forma unánime por el grupo, pero al final fue el mismo ministro Alva quien coincidió con mi preocupación por los excesos en el gasto. Alva se apartó del Gabinete poco después y el Gobierno, en vez de moderar el gasto, optó por la nacionalización de la banca. Rápidamente estalló la hiperinflación, que llegó a 700% en 1988 y 3.400% en 1989.

Felicito entonces las medidas recientes del BCR y del ministro Valdivieso para frenar la velocidad del gasto. Creo que, por fin, estamos aprendiendo de la historia.