lunes, 25 de agosto de 2008

Los Perros Ladran

Por Richard Webb


Crisis energética, caminos atorados, alza de precios, protestas sociales. A primera vista, las aflicciones del momento parecen contradecirse con las evidencias de un extraordinario progreso económico y financiero en el país. Pero un poco de reflexión y de memoria sirve para comprender que, lejos de ser una situación paradójica, los males actuales son los resultados predecibles del avance. Como se le atribuye a Cervantes: "Los perros ladran, señal que cabalgamos".

En todo aspecto de la experiencia humana, el avance viene acompañado de estrés y de dolor. Las cordilleras se levantan con terremotos, el parto humano es doloroso, y hasta la adolescencia puede ser atormentada. Y, entre los países industrializados, no hay uno que haya llegado a la madurez sin conmociones políticas y económicas. Una creencia muy difundida es que la pobreza y el estancamiento son condiciones de alta peligrosidad política, idea que incluso se ve reflejada en las calificaciones de riesgo-país. Pero más que la pobreza milenaria ha sido el inicio del progreso económico lo que, con mayor frecuencia, ha removido las estructuras tradicionales del poder y desencadenado las revoluciones y las guerras civiles. Los trastornos de los últimos dos a tres siglos en Europa, Japón y EE.UU. son inseparables de los cambios inducidos por el despegue económico. En el Tercer Mundo un caso ilustrativo es el de Irán, donde la repentina riqueza del petróleo desestabilizó a la monarquía del Sha, no obstante un masivo gasto social. Pero el caso más impactante es el de la China, nación que hoy acapara la atención del mundo. Sin duda, ningún país ha contribuido tanto a la reducción de la pobreza en el mundo, estimándose en más de 400 millones las personas que habrían sido rescatadas de la pobreza en ese país. Sin embargo, antes y durante ese extraordinario avance social, China padeció varias décadas de revolución y de represión masiva que, se estima, causaron la muerte de más de 20 millones de personas, muertes que hoy se olvidan ante el espectáculo de las Olimpiadas.

En la actualidad, el progreso peruano viene causando estrés en dos formas distintas, pero que terminan relacionándose. La primera se deriva de los cuellos de botella, consecuencia normal del crecimiento económico rápido porque no todo avanza al mismo ritmo. Es el caso de la crisis energética, causada por una demora en la expansión de la capacidad productiva en el sector de la energía eléctrica. Otro cuello de botella es el de la infraestructura para el transporte, incluyendo carreteras, puertos y aeropuertos. También empieza a perfilarse un retraso en la creación de nuevas fuentes de agua, tanto para las ciudades como para la agricultura.

Las demoras productivas en todos estos sectores se pueden explicar en parte por una inesperada rapidez en el crecimiento de la demanda, frente a los largos periodos que requiere la inversión en infraestructura. Esa imprevisión es normal en períodos de auge económico, pero en el Perú la demora ha sido agravada por la intervención regulatoria del Estado. La segunda forma de estrés asociado al crecimiento es más bien de tipo psicológico y político, consiste en la aceleración de las expectativas ante cualquier signo de avance.

Según el economista Albert Hirschmann, las expectativas son altamente dinámicas y dependen mucho de las comparaciones con otros grupos sociales. De ser así, es fácil entender la peligrosidad de casi todo proceso de desarrollo porque difícilmente se puede evitar que algunos sectores progresen más rápidamente que otros, creándose diferencias que activan y acentúan las expectativas.

Cabría recurrir a la filosofía del dicho "No hay mal que por bien no venga", no como forma de relegar las dificultades asociadas al progreso, sino como una actitud positiva para encararlas y resolverlas.


Fuente: http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/Html/2008-08-25/los-perros-ladran.html