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sábado, 27 de agosto de 2011

Cinco Años

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA
27-08-11


¡Se acabó el chocolatín!, gritaron mis dos amigos al abrirles la puerta aquella noche del 31 de julio de 2006. Aludían, con su improvisada consigna, al último plan impulsado por Fidel Castro de distribuirle una cuota de chocolate a cada cubano en el mercado racionado.

Cuando tocaron el timbre, faltaban solo dos horas para entrar al primer día de agosto y Carlos Valenciaga ya había leído en la televisión una inesperada proclama anunciando la enfermedad del Máximo Líder.

Las luces del Consejo de Estado se veían extrañamente encendidas y un silencio anómalo se había instalado sobre la ciudad. Durante esa larga madrugada, nadie podría pegar un ojo en nuestra casa.

Cuando iban por el segundo vaso de ron, mis amigos comenzaron a contar cuántas veces habían proyectado aquel día, vaticinado aquella noticia. Él, trovador; ella, productora de televisión. Ambos nacieron y crecieron bajo el poder de un mismo presidente que había determinado hasta los más pequeños detalles de sus vidas. Yo los oía hablar y me sorprendía su desahogo, la catarata de deseos futuros que ahora afloraba. Quizás ellos se sentían más libres después de aquel anuncio. El tiempo les haría comprender que mientras nosotros chachareábamos sobre el porvenir, otros hacían que el paquete de la sucesión quedara atado y bien atado.

Cinco años después, el país ha sido transferido completamente por vía sanguínea. Raúl Castro ha recibido en herencia una nación, sus recursos, sus problemas y hasta sus habitantes. Todo lo que ha hecho en este último quinquenio brota del imperativo de no perder esa posesión familiar que le ha dejado su hermano.

La lentitud de sus reformas, la tibieza y superficialidad de estas, están marcadas en parte por sentirse beneficiario de un patrimonio que le ha sido encargado. ¿Y mis amigos?, se preguntarán ustedes. Pues se alejaron asustados cuando comprendieron que bajo el mandato del hermano menor la represión seguía y la penalización a la opinión estaba intacta. Nunca más volvieron a tocar mi puerta, ni a entrar a ese lugar donde en el 2006 llegaron gritando y creyendo que el mañana ya había comenzado.

* Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.

sábado, 23 de julio de 2011

Vender e Irse

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA
21-07-11


Las noticias se viven varias veces en esta isla. Primero se intuyen pero no se publican. Luego se anuncian lacónicamente en algún medio nacional y con posterioridad el eco de ellas alimenta -una y otra vez- la fantasía popular. Así ha ocurrido con la reciente información sobre flexibilizaciones en la compra y venta de casas.

Desde meses -quizás años- daba vueltas el rumor de que una nueva ley de la vivienda estaba a punto de aprobarse, de que este absurdo inmobiliario no aguantaba más. Pero solo cuando el Congreso del PCC lo incluyó en su lineamiento 297 fue que pudimos ponerle algo de certeza a tanto titubeo. Aunque tardía, la medida nos ha arrancado una exclamación de alivio, pero también ha destapado nuestras suspicacias.

Curiosamente, la mayoría de las personas a quienes le comento el tema me hacen una y otra vez la misma interrogante. ¿Se podrá vender la casa antes de irse del país?, preguntan todos, como si el negocio inmobiliario fuera apenas un escalón para cumplir el extendido sueño de emigrar.

Hasta el momento, alguien que parte definitivamente es despojado de sus propiedades. Solo si bajo el mismo techo -y por diez años- habitaba con un familiar, este último tenía la posibilidad de quedarse en la casa, pero pagando nuevamente a la Reforma Urbana el valor de la propiedad. Los desalojos forzados a quienes no cumplían esta regla pasaron a ser comunes en el paisaje de esta capital. Ahora, la gran adivinanza es si el dueño del inmueble tendrá la potestad de disponer de él en el mercado y usar ese dinero para radicarse en otra latitud. ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir entre esa operación comercial y la salida del territorio nacional?

La gran adivinanza es si el dueño del inmueble tendrá la potestad de disponer de él en el mercado y usar ese dinero para radicarse en otra latitud.Nos han embaucado tanto, que la gente prefiere resguardarse en el escepticismo y creer que las nuevas medidas vendrán llenas también de restricciones. Me sorprendo optimista entre tanto recelo. Argumento a los que dudan que el gobierno está obligado a abrir, o la realidad se lo lleva por delante, pero ellos prefieren seguir sin ilusionarse.

No obstante la desconfianza, muchos acarician la idea de ofrecer las paredes entre las que viven a cambio de un boleto y una visa que los saque de Cuba. Vender e irse, trasmutar un techo aquí por un alquiler allá, usar su pequeño patrimonio para escapar. Y todo eso antes que el banderín inmobiliario vuelva a caer, antes que sea dado el paso atrás.

*Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.
Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

viernes, 15 de julio de 2011

Mis Motivos para el Puente

Por: Yoani Sánchez*
AMÉRICA ECONOMÍA
14-07-11


Vivíamos un oscuro 1992 y esta hija de maquinista sin tren había decidido no continuar el preuniversitario. Me levanté temprano y se lo dije a mi madre. Las manos en la cabeza, los gritos por la casa, el perro ladrando del susto.

“No voy más, mami, no voy más”, concluí categórica y me acosté de nuevo. Se me habían roto mis únicos zapatos, que había heredado de una amiga cuando estos ya tenían enormes huecos en las suelas. Con ellos aprendí a caminar rozando el piso para que no se notaran las roturas, pero poco podía hacer para esconderlas cuando llegaba la clase de Preparación Militar. Ahí debía tenderme boca abajo, arrastrarme por terrenos que -imaginariamente- estaban bajo el fuego enemigo. Y entonces caían sobre mí los proyectiles, no del imperialismo sino de las bromas, la chanza cruel de los que tenían un calzado mejor.

Durante varios días, mis padres me dieron todo tipo de argumentos para seguir. ¡Cómo vas a echar por la borda las altas calificaciones, el sacrificio del estudio, todo por ese “pequeño detalle”!, me repetían… pero con 16 años yo estaba dispuesta a quedarme sin diploma antes que sufrir nuevamente el escarnio. La decisión estaba tomada.

Mi madre bajó corriendo a casa de una vecina. Se pasó la noche marcando el número de unas tías de mi padre que vivían en esa otra orilla satanizada por la prensa oficial. Unas semanas después, llegó el paquete. Junto a cuadritos de sopa y un ungüento contra los dolores reumáticos, estaban unos flamantes tenis blancos. Regresé a mi aula del 11º grado al otro día.

Es cierto que la económica que llega desde afuera ha hecho que muchos cubanos se construyan una burbuja apática y apolítica, pero también ha permitido a otros sobrevivir y crecer. Sin ese auxilio que una vez alguien envió para mí desde la Florida, mi vida hubiera sido totalmente diferente. No hubiera terminado la enseñanza media superior, probablemente habría zarpado –sobre una puerta de madera– durante la crisis de los balseros o me habría hundido en el conformismo que da la falta de horizontes. Sin embargo logré, con ese apoyo, continuar. Al terminar la universidad todavía usaba aquellos zapatos salvadores.

Ahora mismo, miles de adolescentes, cuentapropistas, ancianos, estudiantes y bebés necesitan que el flujo entre las familias del exilio y de la Isla crezca, que no se interrumpa. En muchos hogares cubanos, la superación personal de miles de individuos depende de que ese puente se mantenga y su futuro como ciudadanos cuelga del brazo solidario tendido desde afuera.

*Esta columna fue publicada originalmente por El Universo.com.
Yoani Sánchez es Licenciada en Filología. Reside en La Habana, Cuba, es una de las blogueras más destacadas en el mundo de habla hispana. Entre otras distinciones, por su trabajo en el blog Generación Y, ha recibido los premios Ortega y Gasset (2008), 25 Mejores Blogs Time-CNN (2009), María Moors Cabot (2009) y Príncipe Claus (2010), éste último, por haber sido seleccionada entre los 60 heroes de la libertad de expresión por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, Austria.

sábado, 9 de abril de 2011

Manías de Pavo Real

Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Sábado 9 de Abril de 2011


En este mundo donde la moda reina por un lado, mientras los harapos señorean en otro, lo que se pone sobre el cuerpo se ha convertido en un elemento para juzgarnos y clasificarnos. Son tiempos de pavo real, de echarse por encima más de lo que nuestro bolsillo nos permite. En las calles de mi ciudad veo el ir y venir de los zapatos Nike y Adidas, cuando muchos de sus dueños no tienen agua corriente o un colchón decente donde dormir. Son aquellos que han decidido llevar su vida piel afuera y están dispuestos a gastar en ese empeño todos sus limitados recursos.

Después de décadas de ascetismo y privaciones materiales, los cubanos nos hemos rendido ante el capricho de las vestiduras. No ha sido una capitulación de hace pocos años, sino un largo proceso de fascinación ante las telas y los encajes. Comenzó en aquellos tiempos grises que fueron los setenta, cuando llevar un jean podía acarrear acusaciones de “pro yanqui” y represalias por tener “problemas ideológicos”. Después vino una etapa en la que todos nos vestíamos prácticamente igual, debido a la poca variedad que nos ofrecía el mercado racionado. Una vez al año una mujer tenía el derecho a elegir entre comprar un sostén o unas bragas, de ahí que pocas exhibieran un juego de ropa interior completo y en buen estado. Era una vergüenza comenzar a desnudarse en una relación íntima y que nuestro compañero viera el desgaste del atuendo bajo la blusa y la saya.

La crisis económica agravó la situación y durante casi un lustro mi marido y yo nos intercambiábamos parte de la ropa que nos había quedado de los años del subsidio soviético. Recuerdo que ataba mi abundante cabellera con uno de sus calcetines, a falta incluso de un trozo de tela para amarrarme las greñas. Teníamos blusones grises y camisas a rayas que lo mismo servían para ir a un cine que para asistir a la boda de unos amigos. Nadie miraba qué llevábamos sobre la piel, pues todos padecían de la misma estrechez de ropa y calzado. Aquellos que estábamos en la adolescencia aprendimos a adornar los estropeados pantalones con etiquetas y broches, mientras que un viejo pulóver se embellecía si alguien le escribía una frase con pintura para autos. Nunca fuimos más creativos a la hora de vestirnos y, sin embargo, nunca nos resultó tan doloroso el sueño de la moda, el insistente aguijón de querer lucir bien.

Recuerdo que al cumplir los 15 años era la feliz propietaria de un par de zapatos que se mojaban por un agujero en la suela, una falda y dos blusas. A veces para ir a pasear debía lavar alguna de las prendas y la tendía detrás del refrigerador. El increíble electrodoméstico secaba la tela en tiempo récord y lograba que mi menguado guardarropa pudiera estar listo cada día. Al contarlo ahora parece un chiste, pero les aseguro que fue muy duro ser adolescente y no poder exhibir un atuendo sin que estuviera remendado.

Con las remesas enviadas por los familiares en el extranjero y la apertura de tiendas en pesos convertibles cambió algo la situación en torno a la indumentaria. Salidos del extremo de la austeridad muchos se dejaron llevar por la avalancha del consumo y las ciudades vieron resurgir las más variadas vestimentas. Las ansias de distinguirse del resto hicieron a los más jóvenes comenzar una carrera por los colores, las marcas y la exclusividad. Algunos padres aplaudieron ese desenfreno, que no habían podido disfrutar ellos y dejaron que sus hijos se arrodillaran bajo el señorío de la moda. Los temas de conversación comenzaron a rondar en torno a qué productor de calzados era mejor o cuál había sido el último estilo lanzado por Benetton. Todo eso sin que la situación económica justificara que la cola del pavo real pudiera abrirse y mostrar sus adornos.

Las nuevas vidrieras donde se exponen los reaparecidos productos abrieron un voraz apetito difícil de complacer. Al mismo tiempo que surgía el mercado dolarizado, desapareció la zona subvencionada que distribuía productos industriales. Aquella libreta con talones desprendibles y cuadrículas numeradas, en que se anotaban las bragas y sostenes, los zapatos y todo lo relacionado con el vestuario y el maquillaje, pasó a ser un documento museable. A partir del otoño de 1993 quienes quieren lucir bien tienen la oportunidad de adquirir lo que deseen y hasta de elegir entre una marca y otra. Lo curioso es que esos afeites para el cuerpo debemos comprarlos con una moneda diferente a la que nos entregan en el salario, en fin, para mejorar la apariencia hay que zambullirse en la ilegalidad.

Ahora, al pasar frente a las boutiques veo a estos jóvenes mirar deslumbrados los nuevos modelos que muestran los maniquíes. Mientras hablan y sonríen, enseñan en su sonrisa un diente de oro o un pequeño diamante insertado en el colmillo, pero al llegar a casa muchos se enfrentan a un plato solo de arroz o a un baño sin jabón. Han optado por llevar todas sus posesiones encima, por reducir sus propiedades a aquellas colocadas sobre sus cuerpos. Disfrutan sus poses de pavo real, aliviados al menos de poder diferenciarse entre ellos, de poder escapar de la uniforme grisura con que se vistieron sus padres.

(*) Periodista y bloguera cubana

domingo, 6 de marzo de 2011

El Estado: ese Marido Dominante

Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Domingo 6 de Marzo del 2011


Yaneisy es una de esas jóvenes que debió ser “el hombre nuevo”, más exactamente “la mujer nueva”. Aquella que habitaría una sociedad de igualdad y oportunidades para todos y todas. El futuro, sin embargo, terminó por desteñirse antes de llegar.

Yaneisy estaba en el vientre de su madre cuando se pretendió eliminar de la sociedad cubana todos los vestigios de machismo y discriminación racial. Ambos propósitos fallaron, y el de convertir a la mujer en una ciudadana de plenos derechos se quedó en el papel. Ninguna cláusula de la Constitución, ni una línea de los reglamentos laborales promueve o acepta la subvaloración de las féminas, pero la realidad es muy distinta.

En los años sesenta iban vestidas de milicianas, en los surcos de trabajo voluntario o rechazando el delantal para cumplir la misión que su revolución les encomendaba. Aquella zafra para cosechar diez millones de toneladas de azúcar las encontró con el machete en la mano. Salían en las portadas de las revistas, sonrientes y confiadas en un futuro diferente al que sus madres les habían mostrado, en fotos de una década anterior. Pero el fracaso de la gran cosecha azucarera llevó a los soviéticos a convertirse, para la isla, en el marido que pone el dinero y dicta las reglas. Mucho ya había cambiado en la vida de las mujeres: no llevaban los apellidos de los maridos, accedían al aborto como quien se extrae una muela y el divorcio perdió todas sus connotaciones negativas. Las grandes movilizaciones agrícolas y militares les propiciaron relaciones sexuales diversas y la virginidad fue estigma y ya no virtud.

Eufóricas por tantas transformaciones en tan corto tiempo, no se percataron de que cada nueva cuota de supuesta libertad significaba la pérdida de algún derecho.

Se empezaron a graduar en las universidades, pero les prohibieron fundar grupos para exigir más autonomía. Podían comprar un condón sin abochornarse, pero nunca más pudieron manifestarse en las calles por los derechos que les faltaban. Dejaron de ser las hembras serviles del hombre que tenían al lado para convertirse en las domésticas del gran señor Estado.

Llegaron entonces los ochenta con su ilusión de prosperidad, apoyada desde el Kremlin. Con apenas 14 años se ingresaba a la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que no representaba a las mujeres frente al poder, sino que les acercaba las orientaciones acordadas en las masculinas oficinas del gobierno. Las sonrisas de felicidad se seguían viendo en los periódicos, pero el maquillaje de la utopía había comenzado a diluirse por el cansancio. Las obligaciones domésticas les recordaban que las transformaciones no eran tan profundas ni la emancipación llegaba tan lejos como habían creído.

La caída del Muro de Berlín llevó a que muchas dejaran sus trabajos, volvieran a ser amas de casa y debieran recordar los trucos de las abuelas para remendar la ropa, que ya no tenía precios subsidiados. Asumieron la docilidad de la dependencia económica. Poner un plato de comida diariamente sobre la mesa se convirtió en un acto de magia. Repetidas veces no lograron completar el acto ilusionista de alimentar a la familia, pues la pérdida del “comercio justo” con los países de Europa del Este dejó a Cuba como una divorciada, sin derecho a ningún patrimonio. La prostitución regresó sin el repudio social. Volvió bajo la mirada cómplice de padres y maridos que vieron los cuerpos femeninos transformarse en un ventilador o un nuevo colchón para la vieja cama. Antes de eso no había tenido sentido intercambiar sexo por objetos o servicios, pues –con excepción del periódico y el ómnibus– todas las otras cosas estaban racionadas en el mercado. Con la implementación de la dualidad monetaria y las tiendas en dólares, los turistas encontraron bellas cubanas dispuestas a alcanzar sus sueños materiales con el sudor de su pubis.

Mirado desde una esquina de cualquier ciudad, hoy se comprueba que la mayoría de los conductores de autos son hombres, los niños van a la escuela de la mano de sus madres y las bolsas para buscar comida cuelgan –en un porcentaje muy elevado– de los hombros de las mujeres. De la búsqueda de la emancipación, les quedó solo una jornada laboral duplicada y el temor de la ausencia de valores morales en los que crecerán sus hijos.

El Parlamento intentó poner cuotas destinadas a las mujeres, pero el verdadero poder cubano sigue teniendo pelos en el pecho.

Muchas jóvenes como Yaneisy no quieren verse en el espejo de sus madres que pasados los 30 años perdieron los sueños y los proyectos propios. Son una nueva generación, más preocupada por su estética: van al gimnasio y hacen dietas. Controlan mejor su fertilidad, porque muchas ven el nacimiento de un bebe como el paso irreversible que les impedirá emigrar de este país que no sienten como suyo.

El marido dominante llamado Estado se ha tornado decrépito y celoso: no quiere alimentar sus deseos de independencia, porque las necesita junto a la cocina. Ellas son el último eslabón de una infraestructura económica en bancarrota y las que deben hacer todo lo posible para alimentar a sus familias.

“Emanciparse” hoy es sinónimo de fracaso conocido, de ilusión postergada. Esa palabra ya no se usa.

(*) Periodista y bloguera cubana

domingo, 23 de enero de 2011

Renacer de sabores

La ampliación de las licencias para trabajos independientes ha generado en La Habana una explosión de la inventiva ciudadana. El sistema que asfixió tanto tiempo a los cubanos parece haber claudicado de manera irreversible

Por: Yoani Sánchez Desde Cuba
Domingo 23 de Enero del 2011

Tímidos toldos de colores brotan de la nada, se estrenan sombrillas bajo las cuales abundan los batidos de frutas y los chicharrones de cerdo, los portales de algunas viviendas se convierten en improvisadas cafeterías con llamativas ofertas. Todo eso y más crece por estos días en las calles de La Habana a raíz de las nuevas flexibilizaciones para el trabajo por cuenta propia.

INICIATIVA PRIVADA
Algunos de mis vecinos hacen proyectos para abrir un taller de reparación de zapatos o un local donde componer refrigeradores, mientras avenidas y plazas cambian con el empuje de la iniciativa privada. No faltan los que esperan cautelosos, hasta comprobar si esta vez las reformas en el plano económico son definitivas y no van a retroceder, como ocurrió en los noventa.

EMPRENDEDORES
Si dependiera de la voluntad política de nuestros gobernantes, no viviríamos este despertar de la inventiva ciudadana. Basta recordar la Ofensiva Revolucionaria de 1968, durante la cual se les expropió hasta el cajón con betunes y cepillos a los limpiabotas. La crisis de liquidez y productividad que vive hoy el país obliga a las autoridades a tomar medidas de emergencia, entre ellas la amplitud hasta 178 del número de licencias para labores independientes.

“EL MALECONAZO”
Ya habíamos experimentado un renacer similar tras la explosión social de agosto de 1994, conocida como “el maleconazo”. Tras aquella jornada –en que la inconformidad y la frustración hicieron que miles de habaneros salieran hacia la avenida del litoral con palos y piedras– algo cambió en nuestras vidas. El disturbio fue rápidamente controlado por las tropas de choque, pero la derrota no recayó en los grupos desorganizados y desesperados que rompieron vidrieras: el gran perdedor de esa revuelta fue el Gobierno Cubano.

LAS PRIMERAS EMPRESAS
Aquella presión popular llevó a Fidel Castro a autorizar algo que detestaba más que a sus vecinos del norte: el crecimiento y consolidación de la pequeña empresa privada. A regañadientes nos permitió alquilar habitaciones de nuestras casas al turismo, sacar licencias para conducir taxis particulares, crear restaurantes en el interior de las viviendas y hacer de payasos en las fiestas infantiles. En muy poco tiempo la faz de las ciudades y los pueblos empezó a cambiar. El soplo fresco del empuje individual barría con años de monopolio estatal.

CONSUMIDORES POR LA LIBERTAD
Los helados de aquellos improvisados comerciantes eran más sabrosos que los de la fábrica La Lechera, el sándwich de jamón y queso vendido desde la ventana de un apartamento no estaba adulterado, como el de los centros estatales, y muchos extranjeros preferían el calor y la amabilidad de una familia a las estructuras de aluminio y cristal de los hoteles oficiales. Los nuevos empresarios particulares nos permitieron comprobar cómo el centralismo había bajado la calidad en los servicios. Pusieron en jaque la enorme e ineficiente infraestructura del Ministerio de Comercio Interior y, a pesar de los altos impuestos, las constantes inspecciones y algunas prohibiciones absurdas para vender ciertos productos, muchos negocios sobrevivieron y crecieron. Para lograrlo tenían que hacer mil trucos, pero contaban con la complicidad de los consumidores que –sin ponernos de acuerdo– blandíamos la premisa de “pagarle el servicio a un cuentapropista, antes que darle el dinero al Estado”.

PETRODÓLARES CHAVISTAS
Después llegó un nuevo apoyo financiero desde el extranjero. Esta vez no provenía del Kremlin sino del gobierno de Caracas, de Hugo Chávez. El abrazo con olor a petróleo insufló nuevas fuerzas al deteriorado aparato gubernamental y prolongó la vida de un sistema agonizante. Con un pilar económico de tal magnitud, el Estado Cubano perdió interés en los empresarios locales que pagaban impuestos y que ganaban autonomía monetaria e ideológica. Se congelaron las nuevas licencias, aumentando los gravámenes y creando mayores y más desatinadas restricciones. Cientos de restaurantes cerraron, muchas cafeterías quebraron y solo los más sólidos pudieron subsistir. El trabajo por cuenta propia ya era un raro espécimen en una sociedad que regresaba a la estatización.

LA REALIDAD SE IMPONE
Como ya había ocurrido con el subsidio soviético, nuestros gobernantes dilapidaron buena parte de los recursos venezolanos en campañas y eventos políticos. Apuntalaron con esos petrodólares la ya fatigada fidelidad ideológica, mientras la industria azucarera caía en su peor momento desde principios del siglo pasado, la minería enfrentaba los bajos precios del mercado mundial y los servicios se ahogaban en el desvío de recursos y la falta de calidad. Cuando vinieron a sacar cuentas, las deudas con otros países eran enormes y los números rojos de nuestras finanzas presagiaban el colapso del sistema. Fue hora de volver a pensar en los olvidados empresarios nacionales, que ya habían evitado el naufragio de la isla.

EL MILAGRO DEL MERCADO
Raúl Castro anunció la ampliación del número de licencias por cuenta propia, mencionó por primera vez la palabra “irreversible” para estas reformas y confesó que el falso igualitarismo nos había llevado hasta aquí. La camisa de fuerza que atenazaba la iniciativa parecía aflojarse. Los resultados son evidentes. En apenas unos meses hemos recuperado sabores perdidos, recetas añoradas, comodidades escondidas; más de 70 mil cubanos han sacado nuevas licencias de trabajo independiente. A pesar de la cautela de muchos, de los impuestos todavía excesivos y de la ausencia de un mercado mayorista, los pequeños comerciantes comienzan a levantar cabeza. Se los ve montar sus timbiriches, colocar vistosos carteles anunciando las mercancías, redistribuir sus viviendas para crear una cafetería o un taller. La mayoría tiene la convicción de que esta vez han llegado para quedarse, porque el sistema que tanto los asfixió ha perdido la capacidad de competir con ellos.


Fuente: EL COMERCIO