domingo, 24 de abril de 2011

Cuba: medio siglo sin mercado inmobiliario

Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Domingo 24 de Abril del 2011


Tiene una casona que se cae a pedazos. La obtuvo en los sesenta cuando la familia para la que trabajaba se exilió en Estados Unidos. Sintió que los cielos se le abrían al quedarse a vivir en una glamorosa zona de La Habana. Recorría las habitaciones, el patio, acariciaba el pasamanos de mármol, llenaba las tinas de los tres baños solo para recordar que aquella mansión era suya. La alegría duró hasta que los primeros bombillos se fundieron, la pintura comenzó a cuartearse y la maleza creció en el jardín. Trabajó limpiando una escuela, pero ni con seis salarios hubiera podido mantener aquel caserón cada vez más inhóspito. Pensó venderla, pero por décadas en Cuba estuvo prohibido el mercado inmobiliario y solo era posible intercambiar (permutar) propiedades. Para controlar esa actividad, se implementaron decretos y limitaciones que volvían un calvario el mudarse. El Instituto de la Vivienda velaba por el cumplimiento de las absurdas condiciones: no podían canjearse casas que no fueran iguales en número de habitaciones y metraje, porque los burócratas podían sospechar que era una compraventa enmascarada. Cuando las familias lograban mudarse, estaban agotadas de llenar formularios, contratar abogados y sobornar inspectores.

A cada prohibición le surgió una forma creativa de saltársela. Muchos compraron su casita, pese a que los tribunales penalizaban severamente –incluyendo la confiscación– a quienes lo hicieran. En la ilegalidad proliferaron los estafadores. Los que hacían de intermediarios inmobiliarios, cobraban por hacer el contacto entre dos familias para esfumarse en medio de los trámites. Se retocaban superficialmente las viviendas y cuando los nuevos inquilinos llegaban descubrían vigas podridas y cañerías colapsadas. Cuando se quería agilizar una permuta había que corromper a los funcionarios y se establecieron cuotas para cada paso del proceso.

Las limitaciones inmobiliarias obedecían a la intención gubernamental de no permitir que afloraran las diferencias sociales. En un país donde cada cual pudiera vender o comprar una casa, con el único requisito de poseerla en propiedad o tener el dinero para adquirirla, las ciudades se redistribuirían rápidamente. La única moneda que servía para adquirir un hogar más digno era la fidelidad ideológica: altos funcionarios y los militares bajados de la Sierra Maestra disfrutan –hasta hoy– de lujosas mansiones en barrios con hermosos jardines, mientras que en los estratos humildes la gente seguía dividiendo habitaciones y levantando pisos intermedios de madera –conocidos como barbacoas– ante el crecimiento de la familia. Es difícil saber cuántos cubanos emigraron empujados por la estrechez de espacio.

Por todo esto, uno de los resultados más esperados del VI Congreso del Partido Comunista fue que se levantara el banderín inmobiliario. Cuando se dijo que había sido aceptada la compra y venta de casas, cientos de miles de cubanos respiramos aliviados. La señora de la casona estaba, en el momento del anuncio, frente a la pantalla de su televisor, evitando una gotera que cae del techo, justo en medio de la sala. Miró alrededor las columnas con capiteles decorados y la escalera de mármol a la que le había arrancado el pasamanos para venderlo. Finalmente podría colgar un cartel: “Se vende casa de cinco habitaciones que necesita reparación urgente. Se compra apartamento de un cuarto en cualquier barrio”.

(*) Periodista y bloguera cubana