lunes, 29 de agosto de 2011

Nacionalismo

Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
29-08-11


Viajando por Europa, descubro que a veces no sé en qué país estoy. Pasamos de un país a otro sin ver señal alguna de frontera. Además, llegamos a Bélgica y me asalta la duda de si realmente se trata de un país. El poeta Belga, De Bruycker, dijo: “somos el único país que se pregunta si en realidad existe”. De Bruycker era un surrealista, pero su tesis tiene amplia aceptación; es general la idea de que no existe un país belga sino solo una población valona, de habla francés, y otra flamenca, cuyo idioma combina el holandés con el inglés. En una encuesta de opinión, el 60% de los belgas confesó su deseo de haber nacido en otro lugar. Además, casi toda ciudad tiene dos nombres, a veces radicalmente distintos, el flamenco y el francés y el nombre que se lee en la carretera depende del punto de origen. Para viajar a Mons desde Namur, los letreros indican Mons, pero si el viaje se inicia en Ghent, las señales dirán Bergen.

Desde hace un año el país no tiene gobierno. La aguerrida división política entre los grupos lingüísticos ha impedido formar una administración nacional, y los funcionarios hoy carecen de facultades para las iniciativas de gasto. Lo que sí tiene Bélgica son múltiples gobiernos comunales y locales, todos con extensos aparatos burocráticos y poderes políticos. Hace pocos años, el Gobierno Japonés fue desconcertado con la llegada de tres primeros ministros belgas, cada uno en viaje de negociación comercial, pero ninguno en representación del país entero.

Bélgica es solo un botón de muestra de lo que sucede en Europa. El continente que inventó el nacionalismo en los siglos XVIII y XIX, trasladando la legitimidad sagrada de los monarcas a los nuevos estado-nación, hoy observa cómo el poder de poderosos estados retrocede ante fuerzas que la comprimen desde arriba y desde abajo. Desde arriba, son desplazados por la globalización y por el gobierno multinacional de la Comunidad Europea. Desde abajo, los gobiernos centrales son restringidos y obstaculizados por un afloramiento del localismo, cargado de desconfianzas y celo entre grupos lingüísticos, regiones y ciudades. En algunos casos, se está llegando a una parálisis de la capacidad de gobierno, impidiendo por ejemplo una decidida resolución de la crisis financiera en varios países.

Si la historia de nuestro país continúa siendo “un esfuerzo colectivo por entender qué es lo que el Perú es o que el Perú quiere ser” –como observó Juan Miguel Bakula–, la experiencia de Europa nos puede dar pautas para esa búsqueda.

* Director Instituto del Perú, USMP