Tenemos una oportunidad dorada para crear el ‘momentum’ de una segunda ola privatizadora de gran impacto.
Por: Franco Giuffra (Empresario)
EL COMERCIO
28-08-14
Una nueva oleada de privatizaciones se está gestando en el país y trae consigo fundados motivos para ser optimistas. Esta vez no se trata de la transferencia de empresas y activos, como ocurrió en la década de 1990, sino en la concesión de obras diversas de infraestructura y la provisión de servicios que se están poniendo en manos privadas. Es una magnífica noticia, porque el Estado en el Perú funciona pésimo y, aunque tiene los recursos, no puede ejecutarlos porque carece de gestión adecuada.
Vale la pena seguir de cerca lo que se está logrando a través de los mecanismos de asociaciones público-privadas (APP) y obras por impuestos (OxI), porque ello puede abrir un camino incluso más ambicioso que el obtenido con la venta de empresas estatales.
Ha sido un acierto de este gobierno, en ese sentido, perfeccionar el marco regulatorio para que los privados puedan participar en la creación, construcción, mejoramiento, operación y mantenimiento de infraestructura y servicios que de otro modo tendría que ejecutar el Estado, tarde, mal y nunca.
Ya conocíamos las experiencias de concesión de grandes proyectos de carreteras, líneas de transmisión e infraestructura de telecomunicaciones. Pero lo que se puede venir es aun más alentador. Hoy contamos con una legislación que permite a las empresas privadas construir y mantener hospitales; edificar escuelas; manejar penales; ofrecer servicios médicos y muchas cosas más. Es decir, proyectos que toquen directamente a los ciudadanos en sus necesidades cotidianas. Y no solo para que sean ejecutados por las grandes corporaciones constructoras, sino por empresas de mucho menor tamaño.
En OxI, se han acumulado ya cerca de 1.300 millones de soles en obras pequeñas y medianas de saneamiento, construcción de pistas, veredas y edificación de escuelas. Hay proyectos de decenas de millones, pero también empresas que han ejecutado complejos deportivos por menos de US$250 mil.
Empresas que antes actuaban solas ahora están formando consorcios y el ‘ticket’ de las obras crece en dimensión y complejidad. No es improbable que se logren armar “fondos de inversión” privados que reúnan los aportes de muchas empresas y deleguen en un tercero la administración y seguimiento de los proyectos.
Fuera del ámbito municipal y regional, las APP crecen en ambición y alcance, incluyendo la edificación y operación de puertos y aeropuertos, y la construcción de grandes carreteras. Pero no solo hay avances en obras de gran cemento, sino en cosas como la administración de servicios generales y el mantenimiento del nuevo Hospital del Niño, incluyendo la provisión de análisis de patología.
Se anuncian ahora proyectos para construir hospitales; edificar colegios y muchas otras iniciativas, una vez más, cercanas al ciudadano habitualmente desatendido por el Estado. Por este medio, se pueden hacer quirófanos, centros de diagnóstico por imágenes, redes de bibliotecas escolares, comisarías, administrar flotas de patrulleros. Es decir, de todo.
Habrá que apuntalar a Pro Inversión y darle los recursos para administrar estos procesos; habrá que capacitar a las entidades públicas para que conozcan estos trámites y armen sus expedientes; y habrá que reforzar los organismos de control para que se especialicen en monitorear estos contratos. Pero incluso todo esto se puede hacer involucrando a los privados.
Tenemos en ciernes, me parece, una oportunidad dorada para crear el ‘momentum’ de una segunda ola privatizadora de gran impacto social. Muchísimo más potente que los programas asistencialistas para ayudar a nuestros compatriotas de menores ingresos a tener una vida mejor.
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jueves, 28 de agosto de 2014
viernes, 1 de agosto de 2014
El país aerostático
A la cumbre del cielo que llamamos desarrollo se llega con educación orientada a la innovación e instituciones consolidadas
Por: Gustavo Rodríguez
EL COMERCIO
01-08-14
Cada vez se publican con mayor insistencia reportes sobre una probable desaceleración económica en nuestro país. Tras ellos se adivinan ceños fruncidos, muy alejados de las sonrisas triunfales que alguna vez tuvieron la osadía de proclamar al Perú como un posible tigre sudamericano.
Es bueno concordar en que este freno tiene un contexto internacional que lo explica en parte. Pero también es bueno recordar –y varios lo dijeron en su momento– que ponerse triunfalistas solo con el crecimiento económico era una enorme irresponsabilidad.
El Perú empezó a tener hace más de una década un crecimiento económico sin precedentes y una imagen para ilustrarlo podría ser la de un horizonte con globos aerostáticos. Cada globo era un país. Y el Perú estaba al ras del piso: sobre nosotros se elevaban la mayoría de países del mundo luciendo sus colores a mayor o menor altitud entre ellos. Era previsible estar por los suelos: nuestra canasta iba llena de los lastres provocados por los experimentos económicos de distintos gobiernos, el terrorismo que nos desangró y las interrupciones democráticas.
¿Y qué ocurre cuando un globo aerostático se ve libre de sus lastres? Pues empieza a subir. La sensación es de vértigo, se siente el nudo de la emoción en el estómago y nos creemos imparables. Se asciende rápido, por supuesto, porque antes se estuvo detenido y en el trayecto vertical vemos que nos acercamos como bólidos a nuestros vecinos, que nos miran expectantes desde sus posiciones.
Cada vez que he criticado a los que confunden crecimiento con desarrollo lo he hecho cuidándome de no parecer aguafiestas. Por supuesto que hay mérito en crecer económicamente, en tener por fin una clase media, en disminuir los índices de pobreza y en aminorar parcialmente la brecha en infraestructura.
Pero todo aquello que se hizo y falta por hacer en lo económico solo basta para poner a nuestro globo a cierta altura y no en la estratósfera, como pensaban ciertos ingenuos durante la subida vertiginosa. A la cumbre del cielo que llamamos desarrollo se llega, justamente, con dos cosas que a nuestros gobernantes menos ha parecido importarles: con educación orientada a la innovación y con instituciones consolidadas.
La educación es un componente de ascenso que es fácil de explicar. La señora que se mata para que su hijo acceda a la formación que ella no tuvo lo comprende mejor que nadie y la proliferación de colegios y universidades ripiosas a raíz de esta demanda es uno de los ejemplos de cómo se ha manejado la educación en el país estrella de América Latina.
Pero la institucionalidad no está en el top ten de la cabeza de los peruanos y eso hace –o hacía– más imperiosa la necesidad de ser guiados por verdaderos estadistas. ¿Cómo sacar adelante una reforma del transporte si los propios usuarios han sido anestesiados por décadas de salvajismo individualista? ¿Cómo pretender más seguridad si andamos en busca de un mesías de mano dura y no de una policía realmente corpórea y bien adoctrinada? ¿Cómo no vamos a tener delincuentes saqueando nuestros impuestos si los partidos son clubes de enriquecimiento en lugar de ser intermediarios entre la gente y el estado? ¿Cómo ir a un mundial de fútbol con las federaciones alejadas del bien común?
El lastre ya se agotó, compatriotas, y subir ahora será más difícil. Nos toca meterle músculo al fuelle ahora o nunca: con innovación y con gente que forme instituciones.
Por: Gustavo Rodríguez
EL COMERCIO
01-08-14
Cada vez se publican con mayor insistencia reportes sobre una probable desaceleración económica en nuestro país. Tras ellos se adivinan ceños fruncidos, muy alejados de las sonrisas triunfales que alguna vez tuvieron la osadía de proclamar al Perú como un posible tigre sudamericano.
Es bueno concordar en que este freno tiene un contexto internacional que lo explica en parte. Pero también es bueno recordar –y varios lo dijeron en su momento– que ponerse triunfalistas solo con el crecimiento económico era una enorme irresponsabilidad.
El Perú empezó a tener hace más de una década un crecimiento económico sin precedentes y una imagen para ilustrarlo podría ser la de un horizonte con globos aerostáticos. Cada globo era un país. Y el Perú estaba al ras del piso: sobre nosotros se elevaban la mayoría de países del mundo luciendo sus colores a mayor o menor altitud entre ellos. Era previsible estar por los suelos: nuestra canasta iba llena de los lastres provocados por los experimentos económicos de distintos gobiernos, el terrorismo que nos desangró y las interrupciones democráticas.
¿Y qué ocurre cuando un globo aerostático se ve libre de sus lastres? Pues empieza a subir. La sensación es de vértigo, se siente el nudo de la emoción en el estómago y nos creemos imparables. Se asciende rápido, por supuesto, porque antes se estuvo detenido y en el trayecto vertical vemos que nos acercamos como bólidos a nuestros vecinos, que nos miran expectantes desde sus posiciones.
Cada vez que he criticado a los que confunden crecimiento con desarrollo lo he hecho cuidándome de no parecer aguafiestas. Por supuesto que hay mérito en crecer económicamente, en tener por fin una clase media, en disminuir los índices de pobreza y en aminorar parcialmente la brecha en infraestructura.
Pero todo aquello que se hizo y falta por hacer en lo económico solo basta para poner a nuestro globo a cierta altura y no en la estratósfera, como pensaban ciertos ingenuos durante la subida vertiginosa. A la cumbre del cielo que llamamos desarrollo se llega, justamente, con dos cosas que a nuestros gobernantes menos ha parecido importarles: con educación orientada a la innovación y con instituciones consolidadas.
La educación es un componente de ascenso que es fácil de explicar. La señora que se mata para que su hijo acceda a la formación que ella no tuvo lo comprende mejor que nadie y la proliferación de colegios y universidades ripiosas a raíz de esta demanda es uno de los ejemplos de cómo se ha manejado la educación en el país estrella de América Latina.
Pero la institucionalidad no está en el top ten de la cabeza de los peruanos y eso hace –o hacía– más imperiosa la necesidad de ser guiados por verdaderos estadistas. ¿Cómo sacar adelante una reforma del transporte si los propios usuarios han sido anestesiados por décadas de salvajismo individualista? ¿Cómo pretender más seguridad si andamos en busca de un mesías de mano dura y no de una policía realmente corpórea y bien adoctrinada? ¿Cómo no vamos a tener delincuentes saqueando nuestros impuestos si los partidos son clubes de enriquecimiento en lugar de ser intermediarios entre la gente y el estado? ¿Cómo ir a un mundial de fútbol con las federaciones alejadas del bien común?
El lastre ya se agotó, compatriotas, y subir ahora será más difícil. Nos toca meterle músculo al fuelle ahora o nunca: con innovación y con gente que forme instituciones.
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COMPETITIVIDAD,
EDUCACION,
GUSTAVO RODRIGUEZ,
MACROECONOMIA
lunes, 14 de julio de 2014
¿Producción o Ingresos?
No todo lo que se produce en un territorio se queda en los bolsillos de las personas que viven allí.
Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
¿Cómo medimos el éxito de una economía? ¿En su producción? ¿O en sus ingresos? Cuando evaluamos el progreso de una nación, la costumbre es fijarnos en su producción. La estadística productiva se publica cada mes, pero no pasa un día sin que los medios y los analistas estén proyectando o debatiendo la tendencia de la producción, el llamado “PBI” del país, dato estadístico que se ha constituido en el alfa y omega de la economía nacional. Gracias al Instituto Peruano de Economía, ahora contaremos además con estimaciones mensuales del “PBI” de cada región.
La lógica detrás de esa atención preferente a la producción es evidente. Si bien el objetivo final de la economía son los ingresos, el camino pasa por la producción. Ciertamente, es posible aumentar la riqueza o reducir la pobreza mediante transferencias entre personas o países, sean voluntarias o involuntarias, pero en el mundo en que vivimos lo que manda es la producción. En términos generales, cada uno baila con su pañuelo.
Sin embargo, el baile entre la producción y los ingresos no es tan pegadito como se podría creer. En algunas de nuestras regiones, por ejemplo, hasta parecen estar peleados. En Ica, parangón de la inversión y modernización, el PBI por persona aumentó 8.0 por ciento al año desde 2004, pero el ingreso familiar creció apenas un triste 2.0 por ciento. En Huancavelica ocurrió lo opuesto, con apenas 2.9 por ciento anual de crecimiento de PBI pero un fenomenal 9.0 por ciento de mejora anual en sus ingresos. Cajamarca, duramente criticada por oponerse a la gran inversión minera, tuvo un magro 1.5 por ciento de mejora anual en su PBI en ese periodo pero los cajamarquinos gozaron una sorprendente mejora de sus ingresos de 5.7 por ciento anual. Claramente, el PBI no nos cuenta la historia completa.
Es que no todo lo que se produce en un territorio se queda en los bolsillos de las personas que viven allí. Antes de la reforma agraria, las rentas de las haciendas salían del campo para financiar la vida urbana de sus dueños. Hoy sucede con las utilidades de compañías extranjeras, especialmente las mineras, que si bien pagan una planilla de obreros mineros, y hacen otros gastos locales, al final pueden llevar sus utilidades a sus propios países. De otro lado, el trabajo de migrantes de muchos países aumenta el PBI de otros países, pero engorda el ingreso de sus propios países en la forma de remesas. Las remesas que mandan trabajadores hondureños y salvadoreños a sus casas, por ejemplo, representan un quinto del PBI de sus países.
Esas idas y vueltas de las inversiones y de los trabajadores entre países, se multiplica cuando se trata de regiones. En muchas regiones de la sierra ya es rutina migrar a la costa o selva durante varios meses al año, engrosando así las economías de sus hogares pero no el PBI de su región. La minería representa más de un tercio del PBI de ocho regiones peruanas, pero su aporte a los ingresos locales es mucho menor.
El desarrollo nos lleva en la dirección de una creciente interconexión entre países pero también entre regiones nacionales. La producción es el necesario motor de ese desarrollo pero, paradójicamente, un efecto del progreso será una creciente separación entre la producción y el ingreso.
* Director del Instituto del Perú de la USMP
Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
¿Cómo medimos el éxito de una economía? ¿En su producción? ¿O en sus ingresos? Cuando evaluamos el progreso de una nación, la costumbre es fijarnos en su producción. La estadística productiva se publica cada mes, pero no pasa un día sin que los medios y los analistas estén proyectando o debatiendo la tendencia de la producción, el llamado “PBI” del país, dato estadístico que se ha constituido en el alfa y omega de la economía nacional. Gracias al Instituto Peruano de Economía, ahora contaremos además con estimaciones mensuales del “PBI” de cada región.
La lógica detrás de esa atención preferente a la producción es evidente. Si bien el objetivo final de la economía son los ingresos, el camino pasa por la producción. Ciertamente, es posible aumentar la riqueza o reducir la pobreza mediante transferencias entre personas o países, sean voluntarias o involuntarias, pero en el mundo en que vivimos lo que manda es la producción. En términos generales, cada uno baila con su pañuelo.
Sin embargo, el baile entre la producción y los ingresos no es tan pegadito como se podría creer. En algunas de nuestras regiones, por ejemplo, hasta parecen estar peleados. En Ica, parangón de la inversión y modernización, el PBI por persona aumentó 8.0 por ciento al año desde 2004, pero el ingreso familiar creció apenas un triste 2.0 por ciento. En Huancavelica ocurrió lo opuesto, con apenas 2.9 por ciento anual de crecimiento de PBI pero un fenomenal 9.0 por ciento de mejora anual en sus ingresos. Cajamarca, duramente criticada por oponerse a la gran inversión minera, tuvo un magro 1.5 por ciento de mejora anual en su PBI en ese periodo pero los cajamarquinos gozaron una sorprendente mejora de sus ingresos de 5.7 por ciento anual. Claramente, el PBI no nos cuenta la historia completa.
Es que no todo lo que se produce en un territorio se queda en los bolsillos de las personas que viven allí. Antes de la reforma agraria, las rentas de las haciendas salían del campo para financiar la vida urbana de sus dueños. Hoy sucede con las utilidades de compañías extranjeras, especialmente las mineras, que si bien pagan una planilla de obreros mineros, y hacen otros gastos locales, al final pueden llevar sus utilidades a sus propios países. De otro lado, el trabajo de migrantes de muchos países aumenta el PBI de otros países, pero engorda el ingreso de sus propios países en la forma de remesas. Las remesas que mandan trabajadores hondureños y salvadoreños a sus casas, por ejemplo, representan un quinto del PBI de sus países.
Esas idas y vueltas de las inversiones y de los trabajadores entre países, se multiplica cuando se trata de regiones. En muchas regiones de la sierra ya es rutina migrar a la costa o selva durante varios meses al año, engrosando así las economías de sus hogares pero no el PBI de su región. La minería representa más de un tercio del PBI de ocho regiones peruanas, pero su aporte a los ingresos locales es mucho menor.
El desarrollo nos lleva en la dirección de una creciente interconexión entre países pero también entre regiones nacionales. La producción es el necesario motor de ese desarrollo pero, paradójicamente, un efecto del progreso será una creciente separación entre la producción y el ingreso.
* Director del Instituto del Perú de la USMP
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DISTRIBUCION DEL INGRESO,
MACROECONOMIA,
PERU,
RICHARD WEBB
martes, 27 de mayo de 2014
El gorila invisible
Por: Luis Carranza*
EL COMERCIO
26-05-14
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos
Los investigadores Christopher Chabris y Daniel Simons llevaron a cabo un interesante experimento. Filmaron a dos equipos de baloncesto, uno con uniforme blanco y otro con uniforme negro, haciéndose pases a gran velocidad. A los sujetos que participaban en el experimento les pedían que contaran solamente los pases del equipo blanco. Durante este experimento una persona disfrazada de gorila atravesaba la cancha. La mitad de los sujetos estaban tan concentrados que no veían al gorila.
Esto es lo que está pasando con el Plan Nacional de Diversificación Productiva. Están tan obsesionados con la diversificación productiva que no se están dando cuenta de la enorme transformación productiva que viene ocurriendo en la economía peruana en los últimos años. En el año 2000 solamente 18 empresas exportaban más de 50 millones de dólares y todas eran empresas de industrias extractivas, fundamentalmente minería. Para el 2013, ya teníamos 99 empresas y casi la mitad no están relacionadas con industrias extractivas.
Pero además, los nombres cambian mucho, dándonos idea de un proceso de inversión y crecimiento muy dinámico. Estamos exportando en rubros de metalmecánica como maquinaria y equipo de ingeniería civil, vehículos de carretera, maquinaria y equipo generadores de fuerza, maquinaria y equipo industrial y maquinaria y equipo eléctrico, más de 300 millones de dólares; mientras que en el 2000 llegábamos solo a 44 millones de dólares. Un crecimiento cercano a siete veces, sin necesidad de ningún plan ni apelando a fallas de mercado.
¿Cómo fue esto posible sin apoyo del gobierno? La respuesta es muy simple. La minería genera demanda por bienes y servicios que cada vez más viene siendo abastecida internamente. El crecimiento en escala de producción junto con las mejoras en las condiciones de competitividad de la economía (apertura, desarrollo del mercado de capitales, etc.) fueron las razones para que la industria de metalmecánica tuviese este crecimiento en exportaciones. No se necesitó proteccionismo sino que el mercado funcione.
Cálculos independientes señalan que el número de empleos indirectos generados por cada empleo directo creado en minería es de nueve, hace algunos años este múltiplo era bastante menor, entre cuatro y cinco. Eso nos habla de un proceso de crecimiento económico robusto, bastante lejano de la idea de economía endeble y poco diversificada que el plan nos trata de vender.
Se menciona la heterogeneidad de productividad entre sectores. Lo que el plan no mira es cómo ha evolucionado esa productividad desde el 2004. El sector con mayor crecimiento de productividad laboral fue el agrícola y la brecha entre minería y manufactura cayó sensiblemente. Además el empleo se desplazó de la agricultura hacia sectores con mayor valor agregado. Nuevamente el mercado hizo su trabajo.
El plan alude insistentemente a fallas de mercado y, es cierto, estas fallas existen y el Estado debe intervenir cuando existen externalidades, problemas de información, problemas de coordinación, entre otras fallas; pero la verdadera traba para nuestro crecimiento no está allí, sino en las fallas de Estado y en que nuestros mercados no funcionan bien porque no los dejamos que funcionen, especialmente los mercados de factores: trabajo, tierra y agua.
Las medidas propuestas por el plan no son malas en sí mismas, especialmente las medidas de eliminación de sobrecostos y de regulación inadecuada. Las medidas sobre promoción de diversificación productiva y expansión de la productividad de la economía serán medidas irrelevantes o de simple subsidio si no generamos las condiciones para que crezcamos a través del uso adecuado de nuestros recursos naturales y profundizando la eficiencia de los mercados. Ese es el gorila que el plan no está viendo, como sí lo vieron en Australia, Noruega y otros países que basaron su crecimiento y prosperidad en sus recursos naturales.
Estando a dos años de terminar el gobierno, quedan algunas dudas sobre la implementación del plan. ¿Este es un plan del ministerio o del Gobierno? ¿Las medidas que se proponen han sido comunicadas a los otros sectores? ¿Está de acuerdo el presidente en desmantelar buena parte de la reforma tributaria y de la legislación laboral realizadas al inicio de este gobierno? ¿Ya están listos los proyectos de ley? ¿Ya le presentaron el plan a la bancada oficialista? ¿Cómo juega dentro del plan el gasto de 3.500 millones de dólares en la modernización de Talara?
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos, usando todo el capital político en su aprobación. Lo peor que le puede pasar es lo que ocurrió con el Plan de Competitividad: alcanzar un 88% de avance del plan mientras la competitividad del país se desploma.
*Ex ministro de Economía y Finanzas
EL COMERCIO
26-05-14
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos
Los investigadores Christopher Chabris y Daniel Simons llevaron a cabo un interesante experimento. Filmaron a dos equipos de baloncesto, uno con uniforme blanco y otro con uniforme negro, haciéndose pases a gran velocidad. A los sujetos que participaban en el experimento les pedían que contaran solamente los pases del equipo blanco. Durante este experimento una persona disfrazada de gorila atravesaba la cancha. La mitad de los sujetos estaban tan concentrados que no veían al gorila.
Esto es lo que está pasando con el Plan Nacional de Diversificación Productiva. Están tan obsesionados con la diversificación productiva que no se están dando cuenta de la enorme transformación productiva que viene ocurriendo en la economía peruana en los últimos años. En el año 2000 solamente 18 empresas exportaban más de 50 millones de dólares y todas eran empresas de industrias extractivas, fundamentalmente minería. Para el 2013, ya teníamos 99 empresas y casi la mitad no están relacionadas con industrias extractivas.
Pero además, los nombres cambian mucho, dándonos idea de un proceso de inversión y crecimiento muy dinámico. Estamos exportando en rubros de metalmecánica como maquinaria y equipo de ingeniería civil, vehículos de carretera, maquinaria y equipo generadores de fuerza, maquinaria y equipo industrial y maquinaria y equipo eléctrico, más de 300 millones de dólares; mientras que en el 2000 llegábamos solo a 44 millones de dólares. Un crecimiento cercano a siete veces, sin necesidad de ningún plan ni apelando a fallas de mercado.
¿Cómo fue esto posible sin apoyo del gobierno? La respuesta es muy simple. La minería genera demanda por bienes y servicios que cada vez más viene siendo abastecida internamente. El crecimiento en escala de producción junto con las mejoras en las condiciones de competitividad de la economía (apertura, desarrollo del mercado de capitales, etc.) fueron las razones para que la industria de metalmecánica tuviese este crecimiento en exportaciones. No se necesitó proteccionismo sino que el mercado funcione.
Cálculos independientes señalan que el número de empleos indirectos generados por cada empleo directo creado en minería es de nueve, hace algunos años este múltiplo era bastante menor, entre cuatro y cinco. Eso nos habla de un proceso de crecimiento económico robusto, bastante lejano de la idea de economía endeble y poco diversificada que el plan nos trata de vender.
Se menciona la heterogeneidad de productividad entre sectores. Lo que el plan no mira es cómo ha evolucionado esa productividad desde el 2004. El sector con mayor crecimiento de productividad laboral fue el agrícola y la brecha entre minería y manufactura cayó sensiblemente. Además el empleo se desplazó de la agricultura hacia sectores con mayor valor agregado. Nuevamente el mercado hizo su trabajo.
El plan alude insistentemente a fallas de mercado y, es cierto, estas fallas existen y el Estado debe intervenir cuando existen externalidades, problemas de información, problemas de coordinación, entre otras fallas; pero la verdadera traba para nuestro crecimiento no está allí, sino en las fallas de Estado y en que nuestros mercados no funcionan bien porque no los dejamos que funcionen, especialmente los mercados de factores: trabajo, tierra y agua.
Las medidas propuestas por el plan no son malas en sí mismas, especialmente las medidas de eliminación de sobrecostos y de regulación inadecuada. Las medidas sobre promoción de diversificación productiva y expansión de la productividad de la economía serán medidas irrelevantes o de simple subsidio si no generamos las condiciones para que crezcamos a través del uso adecuado de nuestros recursos naturales y profundizando la eficiencia de los mercados. Ese es el gorila que el plan no está viendo, como sí lo vieron en Australia, Noruega y otros países que basaron su crecimiento y prosperidad en sus recursos naturales.
Estando a dos años de terminar el gobierno, quedan algunas dudas sobre la implementación del plan. ¿Este es un plan del ministerio o del Gobierno? ¿Las medidas que se proponen han sido comunicadas a los otros sectores? ¿Está de acuerdo el presidente en desmantelar buena parte de la reforma tributaria y de la legislación laboral realizadas al inicio de este gobierno? ¿Ya están listos los proyectos de ley? ¿Ya le presentaron el plan a la bancada oficialista? ¿Cómo juega dentro del plan el gasto de 3.500 millones de dólares en la modernización de Talara?
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos, usando todo el capital político en su aprobación. Lo peor que le puede pasar es lo que ocurrió con el Plan de Competitividad: alcanzar un 88% de avance del plan mientras la competitividad del país se desploma.
*Ex ministro de Economía y Finanzas
martes, 20 de mayo de 2014
Rayos X de la pobreza
Por: Richard Webb
INSTITUTO DEL PERÚ
23-05-11
La última encuesta de niveles de vida trae buenas noticias y varios datos interesantes. Lo fundamental es que la pobreza retrocede.
Hace cinco años, la mitad de los peruanos eran pobres; hoy, lo es un tercio de la población. Más y más somos un país de clases medias. Además, la vida del pobre evoluciona. Desde hace tiempo el colegio primario es casi universal en el Perú, pero hoy dos de cada tres niños pobres asisten también a colegio secundario, acercándose a una puerta de salida de la pobreza. Los pobres mejoran sus viviendas: 54% ha reemplazado el uso de kerosene por conexiones eléctricas para alumbrar. Sus familias se achican, especialmente los pobres extremos, que en promedio eran de 5,5 personas hace seis años y ahora son de 5, reducción favorable porque la familia numerosa es una de las causas de la indigencia.
Otra causa asociada a la pobreza es la etnia, y alienta entonces que la reducción de la pobreza ha sido mucho mayor (19 puntos porcentuales) entre los pobres que se definen de “origen nativo” que entre los pobres “blancos” (2 puntos menos). La revelación más inquietante es el desbalance entre el repentino avance tecnológico, representado por la tenencia de celulares y televisión por cable, y el atraso persistente en la conexión a redes de agua y desagüe. La mitad de los hogares pobres posee celular y en el 4% existe televisión por cable, a pesar de su alto costo.
Pero lo que parece contradecir al mismo concepto estadístico de “pobreza extrema” es que uno de cada tres hogares en esa condición tiene celular. Por contraste, el acceso a redes públicas de agua y desagüe sigue siendo muy bajo e incluso ha retrocedido en la última década. Una posible interpretación es que el celular y el cable son decisiones individuales y requieren inversiones pequeñas. Las redes de agua y desagüe, por otro lado, no solo requieren inversiones mayores para su construcción sino además trabajo colectivo y capacidad de autogobierno para su operación. De los proyectos de agua construidos durante las últimas décadas, muchos han caído en desuso por desgobierno comunitario.
Desde los estratos más altos hasta los más bajos, lo que avanza es la iniciativa individual y lo que manca es el trabajo colectivo. Finalmente, lo que está venciendo la pobreza no son las dádivas sino la productividad: la solidaridad pública y privada han crecido, pero mucho más han aumentado los ingresos por trabajo.
Publicado en El Comercio, 23 de mayo de 2011
INSTITUTO DEL PERÚ
23-05-11
La última encuesta de niveles de vida trae buenas noticias y varios datos interesantes. Lo fundamental es que la pobreza retrocede.
Hace cinco años, la mitad de los peruanos eran pobres; hoy, lo es un tercio de la población. Más y más somos un país de clases medias. Además, la vida del pobre evoluciona. Desde hace tiempo el colegio primario es casi universal en el Perú, pero hoy dos de cada tres niños pobres asisten también a colegio secundario, acercándose a una puerta de salida de la pobreza. Los pobres mejoran sus viviendas: 54% ha reemplazado el uso de kerosene por conexiones eléctricas para alumbrar. Sus familias se achican, especialmente los pobres extremos, que en promedio eran de 5,5 personas hace seis años y ahora son de 5, reducción favorable porque la familia numerosa es una de las causas de la indigencia.
Otra causa asociada a la pobreza es la etnia, y alienta entonces que la reducción de la pobreza ha sido mucho mayor (19 puntos porcentuales) entre los pobres que se definen de “origen nativo” que entre los pobres “blancos” (2 puntos menos). La revelación más inquietante es el desbalance entre el repentino avance tecnológico, representado por la tenencia de celulares y televisión por cable, y el atraso persistente en la conexión a redes de agua y desagüe. La mitad de los hogares pobres posee celular y en el 4% existe televisión por cable, a pesar de su alto costo.
Pero lo que parece contradecir al mismo concepto estadístico de “pobreza extrema” es que uno de cada tres hogares en esa condición tiene celular. Por contraste, el acceso a redes públicas de agua y desagüe sigue siendo muy bajo e incluso ha retrocedido en la última década. Una posible interpretación es que el celular y el cable son decisiones individuales y requieren inversiones pequeñas. Las redes de agua y desagüe, por otro lado, no solo requieren inversiones mayores para su construcción sino además trabajo colectivo y capacidad de autogobierno para su operación. De los proyectos de agua construidos durante las últimas décadas, muchos han caído en desuso por desgobierno comunitario.
Desde los estratos más altos hasta los más bajos, lo que avanza es la iniciativa individual y lo que manca es el trabajo colectivo. Finalmente, lo que está venciendo la pobreza no son las dádivas sino la productividad: la solidaridad pública y privada han crecido, pero mucho más han aumentado los ingresos por trabajo.
Publicado en El Comercio, 23 de mayo de 2011
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POBREZA,
RICHARD WEBB,
SECTOR SOCIAL
domingo, 4 de mayo de 2014
El Perú vs. Kuznets
Por: Richard Webb
EL COMERCIO
05-05-14
Simon Kuznets fue un gigante de la economía del siglo XX. Ruso, emigrado a Estados Unidos, ganador del Premio Nobel, inventó el PBI (la estadística que mide la producción de un país).
Antes, se decía que la economía iba bien o mal según ciertos eventos aislados, como las cosechas. El invento del PBI revolucionó nuestra capacidad para conocer un país. Fue como pasar de las fotos de un viajero a una foto satélite que capta al país entero.
Pero hoy nos interesa especialmente un segundo invento de este notable ruso, porque es allí donde hoy el Perú se enfrenta con él. Se trata de una teoría acerca de la distribución de ingresos conocida como “la curva Kuznets”, según la cual la desigualdad inevitablemente aumenta cuando un país inicia su desarrollo, proceso que se reversa solamente cuando se alcanza un alto nivel de ingresos. La trayectoria de la desigualdad, entonces, dibuja una curva, primero de aumento y luego de reducción. La explicación era que el desarrollo económico consiste en la creación de fábricas y la urbanización, proceso necesariamente desigual, donde primero se benefician capitalistas y algunos obreros, mientras que la mayoría de los campesinos siguen condenados a la pobreza en espera de la creación de nuevos empleos industriales.
La ley de Kuznets ha sido una firme creencia de economistas desde hace medio siglo, sirviendo incluso de justificación para ignorar el mal de la extrema desigualdad.
No obstante, en el Perú, al que le falta mucho para ser país desarrollado, la desigualdad se viene reduciendo. Las evidencias más saltantes, referidas a la evolución de los ingresos familiares del 2007 al 2013, son las siguientes:
1. El ingreso del 10% más rico de las familias peruanas se elevó en 6%; el del 10% más pobre en 53%.
2. Huancavelica, la región más pobre del país en el 2007, fue la que tuvo el aumento más grande (80% en seis años), cuatro veces más que el promedio nacional de 22%.
3. En términos regionales, los extremos de riqueza son Lima, por un lado, y la población rural de la sierra, por otro. En Lima, el ingreso familiar aumentó 13%; en la sierra rural, 53%.
4. El ingreso de las cuatro regiones más pobres en el 2007 (Cajamarca, Huancavelica, Ayacucho, Apurímac) aumentó 54%, el de las cuatro más ricas (Moquegua, Tumbes, Arequipa, Tacna), 19%.
5. A la población rural en general le fue mucho mejor que a la urbana: el ingreso rural aumentó 47%; el urbano, solo 16%.
Lo más alentador es que el retroceso en la desigualdad no es tanto por los programas sociales sino por su propia productividad. Solo un quinto del aumento en el ingreso rural se debe a mayores transferencias; cuatro quintos de la mejora reflejan una mayor capacidad productiva. El “empleo adecuado”, por ejemplo, se elevó 138% en la sierra rural, 112% en la agricultura, y solo 13% en Lima. ¿Kuznets se equivocó? ¿O el Perú está encontrando un camino propio para el desarrollo?
EL COMERCIO
05-05-14
Simon Kuznets fue un gigante de la economía del siglo XX. Ruso, emigrado a Estados Unidos, ganador del Premio Nobel, inventó el PBI (la estadística que mide la producción de un país).
Antes, se decía que la economía iba bien o mal según ciertos eventos aislados, como las cosechas. El invento del PBI revolucionó nuestra capacidad para conocer un país. Fue como pasar de las fotos de un viajero a una foto satélite que capta al país entero.
Pero hoy nos interesa especialmente un segundo invento de este notable ruso, porque es allí donde hoy el Perú se enfrenta con él. Se trata de una teoría acerca de la distribución de ingresos conocida como “la curva Kuznets”, según la cual la desigualdad inevitablemente aumenta cuando un país inicia su desarrollo, proceso que se reversa solamente cuando se alcanza un alto nivel de ingresos. La trayectoria de la desigualdad, entonces, dibuja una curva, primero de aumento y luego de reducción. La explicación era que el desarrollo económico consiste en la creación de fábricas y la urbanización, proceso necesariamente desigual, donde primero se benefician capitalistas y algunos obreros, mientras que la mayoría de los campesinos siguen condenados a la pobreza en espera de la creación de nuevos empleos industriales.
La ley de Kuznets ha sido una firme creencia de economistas desde hace medio siglo, sirviendo incluso de justificación para ignorar el mal de la extrema desigualdad.
No obstante, en el Perú, al que le falta mucho para ser país desarrollado, la desigualdad se viene reduciendo. Las evidencias más saltantes, referidas a la evolución de los ingresos familiares del 2007 al 2013, son las siguientes:
1. El ingreso del 10% más rico de las familias peruanas se elevó en 6%; el del 10% más pobre en 53%.
2. Huancavelica, la región más pobre del país en el 2007, fue la que tuvo el aumento más grande (80% en seis años), cuatro veces más que el promedio nacional de 22%.
3. En términos regionales, los extremos de riqueza son Lima, por un lado, y la población rural de la sierra, por otro. En Lima, el ingreso familiar aumentó 13%; en la sierra rural, 53%.
4. El ingreso de las cuatro regiones más pobres en el 2007 (Cajamarca, Huancavelica, Ayacucho, Apurímac) aumentó 54%, el de las cuatro más ricas (Moquegua, Tumbes, Arequipa, Tacna), 19%.
5. A la población rural en general le fue mucho mejor que a la urbana: el ingreso rural aumentó 47%; el urbano, solo 16%.
Lo más alentador es que el retroceso en la desigualdad no es tanto por los programas sociales sino por su propia productividad. Solo un quinto del aumento en el ingreso rural se debe a mayores transferencias; cuatro quintos de la mejora reflejan una mayor capacidad productiva. El “empleo adecuado”, por ejemplo, se elevó 138% en la sierra rural, 112% en la agricultura, y solo 13% en Lima. ¿Kuznets se equivocó? ¿O el Perú está encontrando un camino propio para el desarrollo?
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domingo, 23 de marzo de 2014
El fetiche de las fábricas
Krugman tiene razón cuando dice que el Perú no debe preocuparse por la industrialización
Hay ciertas afirmaciones solemnes que, de tanto escucharlas y repetirlas, se convierten en ideas incuestionables para muchas personas y se enquistan casi inamoviblemente en la sabiduría popular. Una de ellas es que “debemos convertirnos en un país industrializado”.
El problema de esta idea es que, aplicada dogmáticamente, puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas y contraproducentes. Un ejemplo es la política industrial de Velasco, quien tenía una suerte de fetiche por la manufactura. Su ‘política de sustitución de importaciones’ consistía en restringir el ingreso de productos importados bajo la creencia de que así se desarrollaría una sólida industria nacional. Todos sabemos, por supuesto, a dónde esto llevó a nuestra manufactura: a ninguna parte.
Y es que hay que estar seriamente confundido para creer que se puede lograr que un corredor aumente su velocidad retirando al resto de corredores de la carrera.
Para bien de la discusión pública, esta semana pasó por Lima alguien que se atrevió a cuestionar el mito de la industrialización: el premio Nobel de Economía Paul Krugman. Él fue categórico sobre este tema y dijo que “no se preocupen tanto por crear un país destinado a la manufactura. Ustedes ya tienen los recursos para ser exitosos”. Para Krugman, este sería solo un viejo paradigma que hay que descartar.
Al premio Nobel no le falta razón. La forma más eficiente de crear riqueza no es necesariamente llenarnos de fábricas, sino permitir que en el Perú se produzca aquello que sea más rentable vender dentro y fuera del país, independientemente de si esto significa desarrollar más nuestro sector primario, nuestra manufactura o nuestros servicios. Podría, por ejemplo, ser más rentable invertir en desarrollar ‘call centers’ o negocios hoteleros que en instalar fábricas de calzado o de muebles. Y algo similar sucede con el negocio de las materias primas.
Se escucha a menudo que debemos lograr que las inversiones migren de la extracción de recursos hacia la manufactura. No obstante, esta idea pasa por alto que usualmente el primer negocio es más rentable y aporta mayor valor agregado que el segundo. El cobre escondido en el subsuelo, por ejemplo, no vale prácticamente nada, pero realizar la enorme proeza de encontrarlo, desenterrarlo y dejarlo listo para venderlo como concentrado multiplica muchas veces su valor. Por su lado, convertir dicho concentrado en, digamos, alambre, no logra aumentar el valor del mismo ni en un 10%.
Es por este motivo que un país en el cual la extracción de recursos naturales tiene un gran protagonismo puede ser una nación rica. Es, entre otros, el caso de Noruega, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, cuyas exportaciones de recursos naturales representan el 84%, 77%, 44% y 73% de sus exportaciones totales, respectivamente.
Quizá la confusión radica en que en la mente de muchas personas el paradigma de país desarrollado incluye una imagen de cientos de fábricas con humeantes chimeneas. Pero esto dista mucho de la realidad pues, en efecto, bastantes países ricos concentran la mayor parte de su producción en el sector servicios.
La confusión, probablemente, también pueda tener su origen en la difundida idea de que es más barato elaborar los productos que consumimos dentro del país en vez de importarlos. Pero esto también es falso. La economía de un país, después de todo, se parece en muchos sentidos a la de un hogar. Usted, estimado lector, no fabrica dentro de su casa todos los electrodomésticos, vestidos u otros productos que utiliza en su vida diaria. Más bien, se especializa en la actividad que probablemente le resulte más rentable y conveniente y compra el resto de cosas que necesita a otras personas y empresas.
Igual sucede con los países. Lo que les conviene es producir aquellos bienes y servicios para los que tienen ventajas comparativas y adquirir el resto del exterior. Lo que necesitamos no es una ‘política industrial’, sino una política de competitividad y educación, que facilite a los peruanos producir aquello que mejor sepan o puedan aprender a hacer. No caigamos en el error de dejar que el gobierno haga algo equivalente a promover que fabriquemos nuestras refrigeradoras en casa.
Fuente: EL COMERCIO
Hay ciertas afirmaciones solemnes que, de tanto escucharlas y repetirlas, se convierten en ideas incuestionables para muchas personas y se enquistan casi inamoviblemente en la sabiduría popular. Una de ellas es que “debemos convertirnos en un país industrializado”.
El problema de esta idea es que, aplicada dogmáticamente, puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas y contraproducentes. Un ejemplo es la política industrial de Velasco, quien tenía una suerte de fetiche por la manufactura. Su ‘política de sustitución de importaciones’ consistía en restringir el ingreso de productos importados bajo la creencia de que así se desarrollaría una sólida industria nacional. Todos sabemos, por supuesto, a dónde esto llevó a nuestra manufactura: a ninguna parte.
Y es que hay que estar seriamente confundido para creer que se puede lograr que un corredor aumente su velocidad retirando al resto de corredores de la carrera.
Para bien de la discusión pública, esta semana pasó por Lima alguien que se atrevió a cuestionar el mito de la industrialización: el premio Nobel de Economía Paul Krugman. Él fue categórico sobre este tema y dijo que “no se preocupen tanto por crear un país destinado a la manufactura. Ustedes ya tienen los recursos para ser exitosos”. Para Krugman, este sería solo un viejo paradigma que hay que descartar.
Al premio Nobel no le falta razón. La forma más eficiente de crear riqueza no es necesariamente llenarnos de fábricas, sino permitir que en el Perú se produzca aquello que sea más rentable vender dentro y fuera del país, independientemente de si esto significa desarrollar más nuestro sector primario, nuestra manufactura o nuestros servicios. Podría, por ejemplo, ser más rentable invertir en desarrollar ‘call centers’ o negocios hoteleros que en instalar fábricas de calzado o de muebles. Y algo similar sucede con el negocio de las materias primas.
Se escucha a menudo que debemos lograr que las inversiones migren de la extracción de recursos hacia la manufactura. No obstante, esta idea pasa por alto que usualmente el primer negocio es más rentable y aporta mayor valor agregado que el segundo. El cobre escondido en el subsuelo, por ejemplo, no vale prácticamente nada, pero realizar la enorme proeza de encontrarlo, desenterrarlo y dejarlo listo para venderlo como concentrado multiplica muchas veces su valor. Por su lado, convertir dicho concentrado en, digamos, alambre, no logra aumentar el valor del mismo ni en un 10%.
Es por este motivo que un país en el cual la extracción de recursos naturales tiene un gran protagonismo puede ser una nación rica. Es, entre otros, el caso de Noruega, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, cuyas exportaciones de recursos naturales representan el 84%, 77%, 44% y 73% de sus exportaciones totales, respectivamente.
Quizá la confusión radica en que en la mente de muchas personas el paradigma de país desarrollado incluye una imagen de cientos de fábricas con humeantes chimeneas. Pero esto dista mucho de la realidad pues, en efecto, bastantes países ricos concentran la mayor parte de su producción en el sector servicios.
La confusión, probablemente, también pueda tener su origen en la difundida idea de que es más barato elaborar los productos que consumimos dentro del país en vez de importarlos. Pero esto también es falso. La economía de un país, después de todo, se parece en muchos sentidos a la de un hogar. Usted, estimado lector, no fabrica dentro de su casa todos los electrodomésticos, vestidos u otros productos que utiliza en su vida diaria. Más bien, se especializa en la actividad que probablemente le resulte más rentable y conveniente y compra el resto de cosas que necesita a otras personas y empresas.
Igual sucede con los países. Lo que les conviene es producir aquellos bienes y servicios para los que tienen ventajas comparativas y adquirir el resto del exterior. Lo que necesitamos no es una ‘política industrial’, sino una política de competitividad y educación, que facilite a los peruanos producir aquello que mejor sepan o puedan aprender a hacer. No caigamos en el error de dejar que el gobierno haga algo equivalente a promover que fabriquemos nuestras refrigeradoras en casa.
Fuente: EL COMERCIO
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