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lunes, 22 de junio de 2015

¿Fue todo ilusión?

¿Qué se logró realmente en los últimos años?


Por: Richard Webb
Director del Instituto del Perú de la USMP
EL COMERCIO

El bajón de la producción y del consumo ha motivado una mirada crítica al llamado milagro económico peruano. ¿Qué se logró realmente en los últimos años? Para algunos, el crecimiento fue poco más que un accidente, atribuible a los buenos precios de los minerales y a la abundancia de capitales externos. Más que un logro propio, el crecimiento habría sido producido por un empujón desde afuera. Al agotarse ese viento favorable, la economía peruana se estaría quedando a la deriva, sin capacidad para seguir su rumbo. El llamado milagro peruano sería en gran parte una ilusión.

Para lograr un balance más completo, sugiero mirar tres elementos poco comentados del pasado reciente.

El primero es el vuelco histórico que significó –finalmente– lograr un desarrollo relativamente democrático. Nunca antes el Perú había conocido una sostenida expansión económica que resultara más favorable para los pobres que para los ricos. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), durante el último quinquenio el ingreso promedio del quinto más pobre en la escala de familias aumentó 34%, mientras que el del quinto más rico aumentó 8%. Y desde hace 25 años los ingresos rurales crecen más rápido que los urbanos.

Pero lo más importante es el cómo de ese crecimiento democrático. La explicación se encuentra principalmente en la adopción masiva de mejores prácticas tecnológicas en el campo. En la sierra, el uso de tractores pasó del 11% de los agricultores a 22% entre los censos agropecuarios de 1994 al 2012; el uso de fumigadoras de 13% a 27%; el riego tecnificado de apenas 2% a 12%; más de la mitad de los ganaderos aplican ahora medicinas dosificadas; y el uso de alimentos balanceados aumentó de 3% a 10%. La innovación también ha sido comercial. Aprovechando la nueva conexión vial y la masificación del celular, se ha acelerado la adopción de cultivos y variedades de más valor, como el café orgánico, nuevas frutas, el cuy y la papa nativa, que se dirigen tanto a los crecientes mercados urbanos como a la exportación.

Los caminos se construyeron principalmente con el dinero de las generosas transferencias fiscales a los gobiernos locales, pero, desde allí, el progreso rural no ha sido regalo de nadie. La vasta mayoría de los campesinos, por ejemplo, no ha recibido aún crédito ni programas de capacitación, y el celular es un negocio privado.

Un segundo elemento por considerar es que la capacidad productiva del país cuenta hoy con un stock de capital físico cuatro veces mayor que hace veinte años. La acumulación de maquinarias, equipos, inventarios, construcciones e infraestructura de todo tipo se ha expandido a una tasa anual de 7,2% en ese período, y se ha dispersado ampliamente en el territorio nacional. Pero, además, la capacidad productiva se ve favorecida por la nueva tecnología incorporada en los últimos modelos de gran parte de ese capital.

El tercer elemento sería el capital humano. El analfabetismo se ha reducido de 13% a 4% de la población adulta y la proporción con estudios superiores se ha elevado de 20% a 31%, pero criticamos la poca calidad de la educación formal. Sin embargo, me atrevo a pronosticar que la llave para la capacidad productiva futura no será tanto el aprendizaje en aulas, sino el que estaremos recibiendo como autodidactas de por vida, gracias al milagro de los medios modernos de comunicación y de Internet, milagro educativo e informativo que no es una ilusión porque de hecho ha contribuido al dinamismo del pequeño agricultor.

Clase media a medias

¿La mayoría de peruanos (51%) es de clase media?


Por: Rolando Arellano
Profesor de Centrum Católica
EL COMERCIO

Luego de que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con el criterio que usa internacionalmente (de US$10 a US$50 de ingreso diario per cápita) señalara que la mayoría de peruanos (51%) es clase media, aparecieron muchos comentarios, artículos e informes que decían que era una cifra exagerada. Probablemente la razón por la que en lugar de alegrarse se critique la cifra se deba a que muchos comentaristas no han tomado aún en cuenta el peso de la gran parte de la población peruana que conforma la nueva clase media. Veamos.

En primer término, entendemos que una cantidad de críticos a la cifra lo hace en su postura usual de negar lo positivo que ocurre en el país. Algunos niegan que haya más clase media porque no quieren aceptar datos que podrían ser considerados logros del gobierno de turno. Otros, porque  viven de ser antisistema y les es contraproducente reconocer que hay menor pobreza. Y varios porque simplemente creen que las malas noticias venden más que las buenas.

Pero es más difícil entender la posición de quienes se oponen a las cifras del BID con argumentos algo más estructurados. Por ejemplo, quienes dicen que la “clase media es el nivel socioeconómico (NSE) B y C” (35% del Perú) o quienes afirman que “para ser clase media se debe tener... microondas, lavadora o jubilación” (20% o menos de la población).

En ambos casos podría haber una orientación correcta. En uno, porque existe una cierta relación entre ingreso y NSE (aunque el NSE no mide riqueza), y ese dato podría ayudar a definir quién tiene bienestar y quién no. En el otro, porque dentro de las ciencias sociales es válido usar un indicador simple (o “proxi”) que ayude a explicar más fácilmente un fenómeno, como cuando se dice que tener lavadora indica un nivel de comodidad típico de la clase media.

¿Pero por qué tan grande diferencia con el BID (o con Arellano Marketing, que por el lado del gasto define que 57% del Perú urbano es clase media)? Quizá porque esos analistas no incluyen en su cuenta a muchas familias de la nueva clase media (Rolando Arellano, “Al medio hay sitio”, Editorial Planeta, 2010), que son dos tercios de la clase media peruana. Esa nueva clase media, integrada por personas de origen migrante, tiene un nivel de bienestar alto, pero comportamientos y actitudes distintos a los de las clases tradicionales, que por ello no llegan a entenderla. Al tener gustos musicales y artísticos propios, y también una visión distinta del bienestar, quizá no quieren lavadoras (¿una comadre les lava la ropa?) o jubilación (¿la ven dentro de su empresa?), pero no por ello tienen un menor nivel de vida. Si en lugar de lavadoras o jubilación el indicador de los analistas fuera, por ejemplo, tener vivienda propia o una empresa en marcha, cambiaría la cifra.

Y probablemente lo mismo sucede con quienes usan los NSE para señalar quién es clase media o no. Si hoy consideran que solo los “B” y “C” son clase media (antes decían que solo era el B), quizá sea porque en su clasificación consideran básicamente equipamiento y comportamientos propios de las clases medias tradicionales. Dejan así fuera, involuntariamente quizá, a parte de la inmensa mayoría con nivel de bienestar similar, pero comportamiento distinto.

En fin, convendría medir más integralmente la clase media, integrando de manera más estructurada en los análisis a la nueva sociedad peruana. Si fuera así, en el futuro todos podremos alegrarnos sin reservas de noticias como la que nos trae el BID.

lunes, 15 de junio de 2015

Argentina, ¿quién la entiende?

Buscar la pobreza en la Buenos Aires de hace medio siglo era buscar una aguja en un pajar. Hoy es distinto.


Por: Richard Webb
Director del Instituto del Perú de la USMP
EL COMERCIO

Visité Buenos Aires por primera vez hace medio siglo. Varios amigos me habían recomendado los zapatos de la tienda Guante, en la elegante calle Florida. Esa fue una de las raras veces que fui de compras. No pude creer los precios en la vitrina, increíblemente baratos. Por única vez en mi vida, le dije a un vendedor: “Quiero el modelo más lujoso de la casa”. Me costó 10 dólares. Aquellos calzados resultaron los mejores que he tenido. Duraron tanto que se volvieron los más raídos y andrajosos del mundo, hasta que un día, misteriosamente, desaparecieron de mi armario. Décadas después volví a Buenos Aires y me dirigí directamente a Guante para reponer el modelo. Tenían guardado mi apellido y, de un antiguo archivo de madera y papelitos, sacaron mis medidas. Pero lo que no habían guardado era el precio: esta vez el mismo modelo costó 90 dólares. Lamentablemtente, la calidad no fue la deseada, pues el par de zapatos resultó incómodo y duró poco.

Otro hecho de esa visita de hace medio siglo fue comprobar que en esa ciudad no existía la pobreza. Al menos, no la encontré. La búsqueda fue así. Ubiqué a un amigo de la universidad que por entonces era ministro en Argentina. Tiempo atrás me había comentado acerca de su única y breve visita a Lima, donde quedó impactado por la pobreza de las tan visibles y masivas “barriadas” limeñas, fenómeno entonces desconocido para un argentino. Cuando nos reencontramos, me invitó a conocer la ciudad . En el camino dijo: “Nosotros ahora también tenemos barriadas. ¿Quieres ver?”. Asentí y empezamos un larguísimo recorrido en auto por las calles y los barrios de Buenos Aires. Pese a las vueltas y vueltas, no encontramos el rincón de pobreza que me quería mostrar. Finalmente se rindió y, frustrado, dijo: “No entiendo, estaba seguro de haberlo visto por acá”. Buscar la pobreza en la Buenos Aires de esos años era buscar una aguja en un pajar.

Hace pocos días mi colega Nelson Torres Balarezo regresó de un viaje familiar a Argentina y publicó sus observaciones en el portal del Instituto del Perú. Su nota me recordaron esas imágenes guardadas de la Argentina de antes.

En cuanto a la pobreza, Nelson dijo: “Hay barriadas y muchas”. De visita en Mar de Plata con su familia, señaló: “Quedamos aterrados en las barriadas, al nivel de las peores zonas de Lima”. Por otro lado, “lo más sorprendente de la visita fue lo barato que me pareció el país. Esta vez no tuve restricciones al momento de elegir dónde comer o recelos al tomar un taxi. En general, los precios son inferiores a los limeños”. Otra señal de empobrecimiento.

Durante la visita, Nelson cumplió un sueño al conocer el Palacio Barolo, uno de los principales edificios de la ciudad. Admirando la belleza arquitectónica, escuchó el siguiente diálogo:

–¿Por qué hacían estos edificios magníficos en aquellos años? –dijo un visitante.

–Tenés que entender que Argentina era en aquella época como el Dubái de hoy, un país muy rico y opulento –dijo el guía.

Esa conversación –dice Nelson– le provocó la siguiente reflexión: “A veces pienso que la tan mentada frase de Vargas Llosa hermana al Perú y Argentina. En algún momento del siglo XX, Argentina era uno de los países más ricos del mundo. Hoy, es [casi] un país tercermundista más. ¿Cuándo se jodió Argentina?”.

lunes, 18 de mayo de 2015

El Perú Nómada

La ley que sí está elevando los salarios para los pobres del Perú es la ley del mercado.
Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
18-05-15

En la presentación de su obra “Los caminos del Perú”, el estudioso italiano Antonello Gerbi se impresionó por el carácter caótico y desestructurado que la geografía había impreso a nuestra nación. Además, expresó su sorpresa por cómo el reto de una “lucha sempiterna contra la naturaleza” había devenido en una fascinación y encariñamiento con los caminos. “Es cosa de ver con qué alegría, con qué empuje, los indígenas se apiñan alrededor de los trenes en todas las estaciones, cómo se amontonan hasta lo inverosímil en las camionetas de la sierra, cómo soportan las sacudidas, los traqueteos y los evidentes mortales peligros”.

Y contra todo obstáculo, el poblador se movía. A fines del siglo XVIII un virrey decía: “No se conocerá región alguna adonde transmigren más los indios que en el Perú”. Las limitaciones de clima y suelo para la agricultura lo obligaban al movimiento constante para alimentarse con alguna variedad, y a la vez lo liberaban de la necesidad de permanecer estático el año entero en un predio.

Durante siglos, el movimiento era principalmente vertical y local, para aprovechar la diversidad ecológica asociada a las diferentes alturas, aunque se sumaron traslados forzados por los autócratas del momento, como los mitimaes, poblaciones enteras reubicadas por los incas, y la esclavitud en las minas impuesta por la mita colonial. Desde inicios del siglo XX el ir y venir se fue volviendo más distante, respondiendo al desarrollo agrícola de la costa y a la apertura de la montaña. Finalmente, llegaron las olas de migración gigante y más permanente, del campo a la ciudad, y del Perú al extranjero.

Pero nada de ese pasado nos prepara para la explosión migratoria de los últimos veinte años. La repentina multiplicación de caminos, camiones, combis, buses interprovinciales, mototaxis y aviones ha sido como la rotura de un dique. La población se desparrama por todos lados, surcando tranquilamente sobre las anteriores barreras de ríos, desiertos, sierras y pantanos, usando el ubicuo celular para facilitar la logística y coordinación de tanto movimiento. El peruano ha tomado vuelo. O, casi podría decirse, el país se ha vuelto una ciudad.

Un resultado ha sido el abandono de la residencia en el campo. Hace veinte años dos de cada tres agricultores residían en la relativa soledad y con la carencia de servicios de su finca. Hoy es menos de la mitad. Una mayoría de los agricultores son ‘commuters’, viajando al trabajo desde una vivienda no ubicada en sus tierras, sin duda, con más servicios y vida social. Además, el agricultor ahora diversifica su economía trabajando más afuera de su chacra (40% emigra anualmente para laborar en las propiedades de otros agricultores, en obras de construcción o negocios propios; en 1994 la proporción fue 26%).

Para algunos, la migración es señal de desesperación, tierras agotadas y menores cosechas. Visité entonces Huayllay Grande en Huancavelica, que, entre los casi dos mil distritos del Perú, era el de menor desarrollo humano, el fondo del barril según el ránking del PNUD en el 2007. Allí descubrí que el jornal diario se había duplicado, de 10 a 20 soles diarios en el último decenio porque sus habitantes ahora viajaban con facilidad a trabajos urbanos y en los fundos de Ica. Además, sus chacras rendían más porque ahora vendían sus cultivos en la ciudad de Lircay. Esa historia de mayor acceso y movimiento se repitió cuando visitamos Quillo en la cordillera negra de Áncash, el segundo distrito más pobre del país. Allí, el jornal se ha elevado hasta 30 soles en el decenio.

La ley que ha elevado los salarios en esos distritos no es la del sueldo mínimo vital. La ley que sí está elevando los salarios para los pobres del Perú es la ley del mercado, potenciado por nuevos caminos y nuevos camioneros.

*Director del Instituto del Perú de la USMP

lunes, 23 de marzo de 2015

Desborde popular II

Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
23-03-15

Este nuevo proceso ha avanzado considerablemente sin ser reconocido.

Con la frase “desborde popular”, José Matos Mar develó en 1984 lo que hasta entonces había sido la transformación más significativa en la estructura social y demográfica del país. En esencia, la población del campo, abandonada por el Estado y sin perspectivas económicas, se trasladó masivamente a Lima y a otras ciudades donde, por sus propios medios, pudo levantar su nivel de vida y donde su visibilidad y cercanía obligó al Estado a prestar una mayor atención. Como un río que se sale de sus cauces, gran parte de las masas populares encontraron un derrotero más favorable para su economía personal y para su participación política.

Retrospectivamente, sorprende lo difícil que es cambiar la autoimagen del país. Si bien se conocían los procesos de migración y urbanización, no se había captado la significancia del cambio. Matos Mar concibe la publicación de su libro como “campanazo de una tremenda realidad”, pese a que llegaba cuando el proceso ya tenía cuatro décadas de existencia. Posteriormente, el cambio de imagen fue reforzado por el libro “El otro sendero”, de Hernando de Soto, y otros estudios que descubrieron al pequeño empresario, y finalmente por las impactantes realidades de Gamarra y Mega Plaza. Años después, Matos Mar comentaría que el desborde mejoró las vidas en las ciudades donde los pobladores de los conos “son ahora familias y habitantes exitosos”.

Pero no todos se urbanizaron. La población rural y de los pequeños pueblos pasó de ser la gran mayoría a ser apenas una cuarta parte de la población, pero, tras las convulsiones de la reforma agraria y del terrorismo, las perspectivas de los que quedaban en el campo parecían más negativas que nunca. En la década de 1980 las zonas rurales vivían una crisis de producción y rentabilidad, excluidas de los recursos públicos y privados que favorecían a las ciudades y la costa. El avance social producido por el desborde resultaba cojo y poco esperanzador en cuanto a los más pobres.

En ese contexto poco auspicioso y de mínimas esperanzas, surgió un segundo desborde popular. Pero esta vez fue la montaña la que se acercó hacia Mahoma. En vez de una migración humana hacia los centros del dinero, en el segundo desborde el dinero fue desde la ciudad hacia el campo. Un verdadero río de recursos financieros, públicos y privados, fueron transferidos desde la economía urbana hacia los distritos más olvidados y pobres del país.

Este segundo proceso se inició durante la década de 1990, como una reacción política al terrorismo. Los servicios básicos del Estado, salud, escuela y seguridad, regresaron al campo. Nuevos programas llevaron agua potable, riego y caminos vecinales a los centros poblados más pequeños, y otros llevaron tecnología productiva. El flujo financiero, todavía limitado por la pobreza de dicha década, tuvo una gran crecida adicional con la descentralización a partir del 2001. La forma algo accidental y poco planificada de la descentralización se conjugó con un auge fiscal fortuito, lo que relajó los controles y dejó que se produzca finalmente un huaico financiero. El gasto efectuado por los municipios provinciales y distritales se ha multiplicado veinte veces desde 1990, casi todo financiado por recursos transferidos desde Lima. Se suman además los crecidos presupuestos de entidades del Gobierno Central para prestar servicios y hacer obra en los distritos rurales más pobres. Ciertamente, cada distrito tiene hoy su palacio municipal y la corrupción campea, pero tiene también su red de caminos vecinales, camiones, combis, tractores y cabinas de Internet, y la pobreza rural se ha reducido sustancialmente.

Como sucedió con el primer desborde popular, el nuevo proceso ha avanzado considerablemente sin ser reconocido. Incluso, sigue siendo negado con cierta terquedad, en parte, creo, porque nos duele aceptar una nueva realidad surgida sin plan, en forma no anticipada, y en gran parte de modo accidental.

*Director del Instituto del Perú de la USMP

lunes, 2 de febrero de 2015

El Perú y Chile: raíces y frutos distintos

En Chile el estereotipo del peruano es el del tipo atado al pasado, poco culto y sin disciplina, pero versátil y original.

Rolando Arellano *
EL COMERCIO
02-01-15

A un año de la decisión de La Haya se espera que comience una mayor integración entre el Perú y Chile. Eso será posible si, en lugar de criticar sus diferencias, los ciudadanos las entienden y les reconocen su valor. Una de ellas tiene que ver con las raíces de ambas naciones.

Así, uno de los atributos más diferenciadores es el relativo al tipo de mestizaje. Mientras el Perú es mezcla de españoles e incas, Chile es mezcla de migrantes europeos de diversos orígenes, sin aporte relevante indígena.

¿Cómo influye esto en la manera de vivir y desarrollarse? Mucho. Por descender de europeos, los chilenos son muy abiertos a la modernidad que llega de Occidente. Para ellos, no es problema seguirla, pues su forma de pensar se moldeó con la lógica de causa y efecto de la ciencia y la tecnología de sus ancestros.

Los peruanos resultan de la mezcla indígena con la cultura europea traída por España. Aquí convive la fuerza de los incas, imperio dominante y de fuertes estructuras sociales y económicas, con el pensamiento occidental heredado de Europa. Así, mientras un chileno no discute acerca de la tecnología o de la lógica económica que viene de Occidente, un peruano debe procesarla a la luz de sus creencias atávicas y sus costumbres. Una mina aquí no solo debe ser eficiente, sino además ser aprobada por los apus.

Por ello, los peruanos tienen la creatividad y la innovación de los mestizajes. En el Perú se mezclan fácilmente lo externo con lo interno y lo nuevo con lo antiguo porque su diversidad se lo permite y hasta se lo exige. La cocina peruana, ropas, ritmos y bailes, y hasta su forma de hacer empresa son creación propia y cambiante. Con menos opciones, los chilenos basaron su desarrollo en hacer muy bien aquello que tenía éxito comprobado en Occidente: uvas, salmón, manzanas, vino, cobre, sistemas de distribución masiva y algo de tecnología.

Así, en Chile el estereotipo del peruano es el del indígena atado al pasado, poco culto y sin disciplina, pero versátil y original. Y el del chileno, en el Perú, es el del sudamericano que se cree europeo, poco creativo y sin raíces, pero ordenado y trabajador. Por cierto, esos estereotipos se exageran hasta el insulto cuando no hay trato personal, como en las discusiones que vemos por Internet, pero se minimizan cuando se conoce personalmente a gente (y a empresas) de la otra nación, mostrando la fragilidad que tienen las generalizaciones.

Siendo ambos estereotipos resultado de una larga convivencia marcada por rivalidades fronterizas, ellos pueden hoy cambiarse con una mirada más seria, desapasionada y útil. Para eso, debemos aceptar que las características culturales de un pueblo no son ni buenas ni malas, sino que son su herencia y esencia. Además, debemos reconocer que peruanos y chilenos somos distintos y que, para entendernos, necesitamos cambiar el “sentido común” que hoy usamos para comunicarnos. Por último, debemos comprender que, si trabajamos juntos, la gran diferencia de raíces entre ambos pueblos puede originar un mestizaje social y económico muy poderoso, con grandes frutos para el desarrollo mutuo.

* Profesor de Centrum Católica

domingo, 28 de septiembre de 2014

Los pesimistas

Estamos llenos de prejuicios que nos hacen pensar que el mundo está peor cuando en realidad estamos mejor que nunca.

Por: Alfredo Bullard (abogado)
EL COMERCIO
28-09-14

“Todo tiempo pasado fue mejor” es una frase que siempre repetimos . ¿Es cierta? ¿Estamos peor que antes? Gracias a un link enviado por Lampadia puede revisar una conferencia TED de Hans Rosling y de su hijo Ola. Hans Rosling es el creador de Gapminder, un sistema que integra de manera evolutiva y comparativa las estadísticas de la mayoría de países del mundo.

Los Rosling hacen tres simples preguntas al público y las comparan con las respuestas en encuestas en Suecia y Estados Unidos a personas y las hipotéticas respuestas random de chimpancés.

Las tres preguntas son: 1) ¿Cómo ha cambiado el número de muertes por año a causa de desastres naturales en el último siglo? ¿Se duplicó, se mantuvo más o menos igual o decreció a menos de la mitad? 2) ¿Cómo ha cambiado el porcentaje de personas en el mundo que viven en la pobreza extrema en los últimos 20 años? ¿Se ha duplicado, se ha quedado más o menos igual, o se ha reducido a la mitad? 3) ¿Por cuánto tiempo las mujeres de 30 años de edad en el mundo han ido a la escuela: siete años, cinco años o tres años?

¿Qué hubiera contestado usted? Es probable que a la primera pregunta haya dicho que las muertes por desastres naturales se han duplicado. Después de todo, los noticieros están llenos de esos eventos todos los días. A la segunda quizás haya dicho que el número de pobres extremos se ha duplicado. Todos los días escuchamos que los sistemas económicos están empeorando la situación de la gente. A la tercera es probable que haya contestado tres años. Es lógico. La discriminación de género hace que las mujeres estén en una situación realmente desventajosa frente a los hombres.

Si esas fueron sus respuestas, lo felicito. Usted piensa lo mismo que los suecos o los norteamericanos. El 50% de los suecos contestó que las muertes por desastres se han duplicado, el 38% que siguen más o menos igual y solo el 12% que se han reducido. Pero los chimpancés estuvieron más cerca de la respuesta correcta. El 33% pensó que se habían reducido. La realidad es que en el último siglo las muertes por desastres naturales se han reducido de medio millón al año a alrededor de 50.000 en el último siglo (mucho menos de la mitad). Hemos mejorado sustancialmente. Los chimpancés ganaron porque no ven noticieros.

Si usted pensó que la pobreza extrema se ha duplicado, coincide con los norteamericanos. Solo el 5% de ellos cree que se ha reducido a la mitad en los últimos 20 años. Pero lo cierto es que eso es lo que ha ocurrido en el mundo. La pobreza extrema se ha reducido en 50%. ¿Por qué entonces creemos que hay más pobres que antes?

¿Consideró usted que las mujeres van en promedio en el mundo solo tres años a la escuela? De nuevo coincide con los suecos, pero está equivocado. La respuesta correcta es siete. Los hombres van ocho. Las mujeres casi los han alcanzado en los últimos años y de seguir la tendencia pronto no habrá diferencia. Lo que ocurre es que pensamos en las peores partes del mundo, donde existe efectivamente una gran discriminación. Pero lo cierto es que, como dicen los Rosling, esos sitios son cada vez más extraños. Ignoramos lo que pasa a la mayoría.

Estamos llenos de prejuicios que nos hacen pensar que el mundo está peor cuando en realidad estamos mejor que nunca. Y el ejercicio se puede repetir con cientos de indicadores: mortalidad infantil, expectativa de vida, acceso a servicios públicos, niveles de ingreso, etc.

Lo malo es que ese pesimismo equivocado es usado todo el tiempo para impulsar políticas que nos llevan precisamente en contra de lo que queremos lograr. Por eso la próxima vez que le hagan una pregunta como las que nos hacen los Rosling, piense en positivo. Piense que estamos mejor. Es casi seguro que acertará.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Un país bien desarrollado

Estamos a tiempo para decidir si solo queremos desarrollo o si queremos ser un país de gente feliz.

Por: Rolando Arellano*
EL COMERCIO
08-09-14

Hoy que buscamos entrar a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el “club” de las economías desarrolladas, creemos que resulta fundamental preguntarnos qué tipo de desarrollo queremos. Veamos.

La medida más común de desarrollo es el PBI per cápita, es decir, cuánto del producto bruto del país le tocaría a cada peruano, si este se repartiera entre todos. Hoy tenemos un per cápita de 7 mil dólares por año, mientras un estadounidense tiene nueve veces ese monto. ¿Deberíamos aspirar a un per cápita como ellos? No necesariamente, pues el buen desarrollo no está ligado solo al PBI.

En primer término, porque un dólar en Lima alcanza más que uno en Nueva York, y mucho más si es en Villa El Salvador que en San Isidro. Debemos entonces compararnos por el costo de vida o “ppp” (poder de compra paritario), pero corregido además por grupos sociales y lugares, y no por dólares verdes iguales para todo el país. Y si bajamos los costos de acceso a bienes y servicios, como dar agua corriente en los hogares, haremos mucho más ricas a las familias que si generamos trabajo para que paguen por el agua cara de los camiones.

Un segundo aspecto es la distribución del PBI, pues los promedios ocultan que algunos ganamos como estadounidense rico y otros como peruano pobre. Un país bien desarrollado tiene mucha clase media, es decir, menor distancia relativa entre los ricos y los menos ricos. Ello aporta mayor paz social y genera un círculo virtuoso de crecimiento al tener más gente con capacidad de compra y, por ello, mayores economías de escala en la producción. Como en Alemania.

El tercer aspecto del buen desarrollo es que todos cubran sus necesidades básicas, es decir, que no haya pobreza. Y si existieran pobres, un país bien desarrollado no se contenta con ayudarlos a sobrellevarla, sino que genera las condiciones para que salgan de ella. Buena alimentación a los niños, educación pública de calidad y ayuda a los emprendimientos hacen que el desarrollo sea estructural, y la pobreza solo accidental. Como en Canadá.

El cuarto punto de un buen desarrollo es el respeto a la naturaleza. La minería, el turismo y la agricultura que respeten los bosques y los ríos no solo son un deber social sino una buena inversión, pues en el mediano plazo la naturaleza sana será el recurso más escaso del planeta, y su posesión será fuente de bienestar para quienes lo tengan. Como en Noruega.

Finalmente, en un país bien desarrollado la gente consume solo lo adecuado para maximizar su bienestar y el de su entorno. En él se sabe que más consumo no es más bienestar, allí se come bien pero se evita la obesidad por sobreconsumo de alimentos, y la gente se viste a la moda, pero no es esclava de ella. Como en algunos aspectos de los Países Bajos.

No es que planteemos parecernos a Canadá, Alemania o Noruega en todo, sino más bien creemos que estamos a tiempo para decidir si queremos ser un país OECD más, o si tomaremos lo bueno y evitaremos lo malo que el desarrollo ha traído a otros. Y entendemos también que cualquier ejercicio de planeamiento del país resultará inútil si no sabemos adónde queremos llegar. En otras palabras, estamos a tiempo para decidir si solo queremos desarrollo o si queremos ser un país de gente feliz.

*Profesor de Centrum Católica

martes, 20 de mayo de 2014

Rayos X de la pobreza

Por: Richard Webb
INSTITUTO DEL PERÚ
23-05-11

La última encuesta de niveles de vida trae buenas noticias y varios datos interesantes. Lo fundamental es que la pobreza retrocede.

Hace cinco años, la mitad de los peruanos eran pobres; hoy, lo es un tercio de la población. Más y más somos un país de clases medias. Además, la vida del pobre evoluciona. Desde hace tiempo el colegio primario es casi universal en el Perú, pero hoy dos de cada tres niños pobres asisten también a colegio secundario, acercándose a una puerta de salida de la pobreza. Los pobres mejoran sus viviendas: 54% ha reemplazado el uso de kerosene por conexiones eléctricas para alumbrar. Sus familias se achican, especialmente los pobres extremos, que en promedio eran de 5,5 personas hace seis años y ahora son de 5, reducción favorable porque la familia numerosa es una de las causas de la indigencia.

Otra causa asociada a la pobreza es la etnia, y alienta entonces que la reducción de la pobreza ha sido mucho mayor (19 puntos porcentuales) entre los pobres que se definen de “origen nativo” que entre los pobres “blancos” (2 puntos menos). La revelación más inquietante es el desbalance entre el repentino avance tecnológico, representado por la tenencia de celulares y televisión por cable, y el atraso persistente en la conexión a redes de agua y desagüe. La mitad de los hogares pobres posee celular y en el 4% existe televisión por cable, a pesar de su alto costo.

Pero lo que parece contradecir al mismo concepto estadístico de “pobreza extrema” es que uno de cada tres hogares en esa condición tiene celular. Por contraste, el acceso a redes públicas de agua y desagüe sigue siendo muy bajo e incluso ha retrocedido en la última década. Una posible interpretación es que el celular y el cable son decisiones individuales y requieren inversiones pequeñas. Las redes de agua y desagüe, por otro lado, no solo requieren inversiones mayores para su construcción sino además trabajo colectivo y capacidad de autogobierno para su operación. De los proyectos de agua construidos durante las últimas décadas, muchos han caído en desuso por desgobierno comunitario.

Desde los estratos más altos hasta los más bajos, lo que avanza es la iniciativa individual y lo que manca es el trabajo colectivo. Finalmente, lo que está venciendo la pobreza no son las dádivas sino la productividad: la solidaridad pública y privada han crecido, pero mucho más han aumentado los ingresos por trabajo.

Publicado en El Comercio, 23 de mayo de 2011

domingo, 4 de mayo de 2014

El Perú vs. Kuznets

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
05-05-14

Simon Kuznets fue un gigante de la economía del siglo XX. Ruso, emigrado a Estados Unidos, ganador del Premio Nobel, inventó el PBI (la estadística que mide la producción de un país).

Antes, se decía que la economía iba bien o mal según ciertos eventos aislados, como las cosechas. El invento del PBI revolucionó nuestra capacidad para conocer un país. Fue como pasar de las fotos de un viajero a una foto satélite que capta al país entero.

Pero hoy nos interesa especialmente un segundo invento de este notable ruso, porque es allí donde hoy el Perú se enfrenta con él. Se trata de una teoría acerca de la distribución de ingresos conocida como “la curva Kuznets”, según la cual la desigualdad inevitablemente aumenta cuando un país inicia su desarrollo, proceso que se reversa solamente cuando se alcanza un alto nivel de ingresos. La trayectoria de la desigualdad, entonces, dibuja una curva, primero de aumento y luego de reducción. La explicación era que el desarrollo económico consiste en la creación de fábricas y la urbanización, proceso necesariamente desigual, donde primero se benefician capitalistas y algunos obreros, mientras que la mayoría de los campesinos siguen condenados a la pobreza en espera de la creación de nuevos empleos industriales.

La ley de Kuznets ha sido una firme creencia de economistas desde hace medio siglo, sirviendo incluso de justificación para ignorar el mal de la extrema desigualdad.

No obstante, en el Perú, al que le falta mucho para ser país desarrollado, la desigualdad se viene reduciendo. Las evidencias más saltantes, referidas a la evolución de los ingresos familiares del 2007 al 2013, son las siguientes:

1. El ingreso del 10% más rico de las familias peruanas se elevó en 6%; el del 10% más pobre en 53%.
2. Huancavelica, la región más pobre del país en el 2007, fue la que tuvo el aumento más grande (80% en seis años), cuatro veces más que el promedio nacional de 22%.
3. En términos regionales, los extremos de riqueza son Lima, por un lado, y la población rural de la sierra, por otro. En Lima, el ingreso familiar aumentó 13%; en la sierra rural, 53%.
4. El ingreso de las cuatro regiones más pobres en el 2007 (Cajamarca, Huancavelica, Ayacucho, Apurímac) aumentó 54%, el de las cuatro más ricas (Moquegua, Tumbes, Arequipa, Tacna), 19%.
5. A la población rural en general le fue mucho mejor que a la urbana: el ingreso rural aumentó 47%; el urbano, solo 16%.

Lo más alentador es que el retroceso en la desigualdad no es tanto por los programas sociales sino por su propia productividad. Solo un quinto del aumento en el ingreso rural se debe a mayores transferencias; cuatro quintos de la mejora reflejan una mayor capacidad productiva. El “empleo adecuado”, por ejemplo, se elevó 138% en la sierra rural, 112% en la agricultura, y solo 13% en Lima. ¿Kuznets se equivocó? ¿O el Perú está encontrando un camino propio para el desarrollo?

martes, 5 de junio de 2012

Revolución silenciosa: Boom económico en zonas rurales

Por: Miguel Santillana (Economista)
SEMANA ECONÓMICA
21-05-12

La visión del Perú republicano está influenciada por las ideas de Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui. Pero el “espacio-tiempo histórico” en que fueron desarrolladas corresponde al fin de la “República Aristocrática” y la crisis económica de la década de 1930. El Perú que habitaban era una sociedad estamental, con instituciones coloniales precapitalistas que no permitían que fluyera un verdadero proceso democrático, donde la mayor parte de la población habitaba en zonas rurales de la sierra. La explicación de nuestra situación sociopolítica se basada en los mecanismos de poder que permitieron la dominación y explotación del campesino. Y los economistas no nos escapamos de esto, pues centramos nuestro análisis en términos de intercambio rural-urbano, subsidios a las importaciones de alimentos, etc.

Sin embargo, pocos han hablado de lo evidente: cómo nuestros accidentes geográficos determinan la forma como nos organizamos como país, cómo la geografía influye en los costos de comercialización, la provisión de servicios públicos (educación, salud, seguridad pública, tecnología, agua y desagüe, electricidad, asistencia técnica) y políticas públicas para luchar contra la pobreza, cómo la geografía nos impone límites a nuestra integración como mercado ampliado y como país.

Si bien hemos tenido un reordenamiento de la ocupación del espacio territorial en los últimos setenta años (dato más saltante del último censo es que la mayoría de habitantes de la sierra habita en ciudades), recién podemos hacer frente a nuestra limitante geográfica, pues el Estado tiene excedentes fiscales que puede invertir en infraestructura y se han dado desarrollos tecnológicos en las telecomunicaciones que están a nuestro alcance. Son estos cambios los que permiten que los ingresos de los sectores rurales mejoren a niveles nunca antes vistos, y como correlato se esté dando una silenciosa revolución en los sectores rurales; se está integrando el mercado peruano y se está dando una nueva dinámica política. Ésa es la conclusión de la investigación “Pobreza y dispersión rural”, de Richard Webb, del Instituto del Perú-USMP.

La imagen estándar de un estancamiento lo podemos leer en la introducción al libro La lenta modernización de la economía campesina, (1987) Gonzales de Olarte, Raúl Hopkins, Bruno Kervyn, Javier Alvarado, Roxanna Barrantes, que afirma:


A primera vista los campesinos y sus comunidades, así como la actividad agrícola que los sustenta, aparecen como un sector bloqueado y sin futuro, sin grandes cambios en las últimas décadas.

Si bien los autores niegan ese estancamiento absoluto, consideran que la modernización se produce lentamente, y que aún no se ha creado la masa crítica requerida para un despegue.

Adolfo Figueroa en su libro Reformas en sociedades desiguales (2001) opina en el mismo sentido, aunque resaltando el impedimento de la falta de financiamiento.

Existe la potencialidad para el desarrollo de la economía campesina pero el aumento de todas esas formas de capital requiere financiamiento. La economía campesina no tiene capacidad de financiamiento. Son muy pobres para generar ahorros y autofinanciarse. La economía campesina no está restringida en su desarrollo por un solo factor limitante. Sus factores limitantes son varios. Pero todos ellos pueden ser reducidos a uno solo: la falta de financiamiento. La falta de desarrollo rural se debería a la falta de financiamiento.

Esta visión pesimista se sustenta en que, si bien la producción por habitante rural durante la primera mitad del siglo XX no se encuentra adecuadamente documentada, las diversas opiniones y aproximaciones citadas apoyan la interpretación comúnmente aceptada de una expansión muy lenta en la productividad, y concuerdan con el orden de magnitud del estimado de Seminario y Beltrán, de 1.3% anual durante la primera mitad del siglo. Para el periodo largo, de 1900 a 1995, se estima un aumento anual en la productividad de 1.7%.

Por contraste, la productividad en el campo ha crecido a una tasa promedio de 5.1% anual desde 1995. Esa tasa se deriva de un crecimiento de 4.4% en la producción, y de una reducción en la población rural de 0.7% (INEI 2009). Además, según las Enaho, la contribución de las actividades no agropecuarias al ingreso familiar rural ha aumentado durante la década, de 39.4% en el 2001 al 44% en el 2010. Las transferencias y donaciones recibidas por la población rural en el 2010 representaron 18.1% del ingreso de esas familias.

El pesimismo también se sustenta en los términos de intercambio rural-urbano a lo largo del siglo XX. La tendencia negativa de los precios relativos cancela la magra ganancia lograda en la productividad física durante el siglo. La medición más representativa de los términos de intercambio entre el agro y el resto de la economía es la que relaciona los deflatores implícitos respectivos, y según ese indicador la caída en los precios excede el aumento en la producción, por lo que el poder de compra del agricultor se reduce en 13% entre 1950 y 1995 a pesar de haber logrado una esforzada ganancia en su productividad, su poder de compra de productos no agrícolas fue menor en 1995 que en 1950. Sin embargo, la relación entre el deflator del PBI agropecuario para nueve departamentos de la sierra y el IPC ha mejorado desde el 2000, mientras que la relación entre los precios agropecuarios al por mayor y el IPC se mantiene estable desde 1995. De esa forma, el cambio favorable en la tendencia de los precios relativos se ha sumado al mayor dinamismo de la productividad desde fines del siglo pasado.

El deterioro en los términos de intercambio ha recortado una gran parte de la ganancia lograda mediante el lento pero continuado aumento en la productividad agrícola, aunque la estimación es poca precisa, debido a (i) la dudosa calidad y representatividad de los índices de precios, y (ii) a que una proporción de la producción, difícil de estimar y además cambiante en el tiempo, es autoconsumida. El efecto de ese deterioro se ve fuertemente reflejado en la reducción de la participación del sector agropecuario en el PBI nacional medido a precios corrientes, cayendo desde 28.5% en 1950 a 5.6% en el 2010. La mayor parte de esa caída se produjo entre 1950 y 1980.

A lo largo del siglo XX el balance de transferencias de ingreso entre el campo y la ciudad pasó de ser negativo a ser positivo para el campo. Tres cambios sociales fueron las causas de esa reversión: (i) la eliminación de las rentas y del trabajo forzado que constituían una exacción sobre el ingreso generado por la población rural, (ii) la creación de un flujo de transferencias privadas desde la ciudad al campo, como efecto de la migración rural-urbana y al extranjero, y (iii) la reversión en el flujo fiscal, que pasó de ser una imposición neta a una transferencia neta hacia el campo. El impacto cuantitativo de esos cambios no ha sido medido, pero es plausible que ha sido significativo.

En el mundo rural, aquel que tiene sólo su fuerza de trabajo como activo es el más pobre entre los pobres. Un estudio de Shane Hunt (1980) sobre la evolución de los salarios en la costa entre 1914 y 1940 fue negativo en términos reales sugiriendo que en las zonas de donde provenía la mano de obra la situación fue peor. Webb (1977) estima un crecimiento promedio anual de 0.8% entre 1950-1966 para agricultores en costa y selva y cero para minifundistas de la sierra.

Para la década 2001-2011 se observa un crecimiento del ingreso real promedio por trabajo rural del 8.4%, muy por encima del resultado para Lima Metropolitana (4%) y el resto urbano (6.4%). En las zonas rurales, el ahorro ha pasado del 5% del ingreso en 2004 al 15.7% en el 2010.

Si bien la magnitud de la elevación de ingresos merece ser destacada, el aspecto más positivo y novedoso de ese aumento es su alcance horizontal entre la población rural. En el análisis del desarrollo económico, es normal que el reconocimiento de algún caso de éxito productivo esté acompañado por una preocupación por su efecto sobre la igualdad distributiva. La desigualdad es vista como un efecto inevitable del crecimiento (Kuznets). Sin embargo, la actual dinámica rural peruana no obedece ese patrón general, y el proceso se caracteriza más bien por una extraordinaria equidad distributiva en cuanto a sus beneficios. 

Como evidencia tenemos:

  • El ingreso del quintil más pobre de la población rural aumentó en 6.1% anual entre el 2004 y el 2010, casi la misma velocidad que el promedio de 6.7% para toda la población rural.
  • La región sierra registró un aumento de 5.9% anual para ese período, tasa también similar al promedio general.
  • El jornal promedio en 151 distritos de alta pobreza se elevó de S/.8.40 a S/.21.20 entre el 2001 y el 2011, es decir, a una tasa promedio de 9.8%.
  • El valor de los terrenos agrícolas ha aumentado en más del doble: de S/.6,847 en el 2001 a S/.15,578 en el 2011.
  • El precio de una vivienda cercana al centro del pueblo se elevó de S/.7,704 en el 2001 a S/.31,223 en el 2011

Toda esta evidencia tiene su correlato en la reducción de la pobreza y pobreza extrema en zonas rurales (han pasado del 83.4% al 61% y del 41.6% al 23.8%, respectivamente), y la mejora de indicadores socioeconómicos. Aunque la sierra rural es la que está rezagada respecto al resto y donde se debe enfocar la política social.

Una explicación de la pobreza rural es el poder monopsónico de los intermediarios (comerciantes y transportistas), poder que se refuerza por la dispersión e incomunicación de los campesinos productores. Hoy este poder ha sido derrotado por las telecomunicaciones a bajo costo (45% de los hogares rurales tiene un celular y 44% tiene televisor, hay cabinas públicas hasta en los parajes más perdidos del territorio nacional, 59.7% de los hogares rurales tiene electricidad). Los campesinos saben en tiempo real cuánto está el precio de su producto en los principales mercados del país.

Pero, por otro lado, la construcción y el mantenimiento de caminos rurales ha permitido una “capilaridad” que posibilita reducción en costos de comercialización; los pequeños agricultores pagaban 67% en costo de comercialización, mientras que los productores grandes pagaban alrededor del 32% (Grade 2000); hay una reducción de 30% en el tiempo de viaje, un aumento del tráfico de 132% (vehículos importados de segunda mano y timón cambiado), una reducción de 77% en los pasajes y de 44% en el gasto de mantenimiento de los vehículos y mejoras significativas sobre acceso a la educación y salud (Grade 2007).

Lo que observamos hoy en las zonas rurales rompe con todo el pesimismo ilustrado. Los indicadores de mejora a nivel de las familias rurales son consistentes, lo que evidencia una transformación de la economía rural. En el centro de esa transformación está la integración de la economía tradicional peruana a los mercados urbanos e internacionales. También se viene produciendo un sorpresivo cambio demográfico en la forma del creciente dinamismo de los centros poblados menores, cuya tasa de crecimiento ahora supera la de las ciudades intermedias y metrópolis. Finalmente se vienen produciendo cambios organizativos, políticos y de cultura que, a la vez, son efectos y parte integral de la transformación de la sociedad rural. La revolución comunicativa en el campo y su integración a un mercado ampliado están logrando lo que los revolucionarios y reformistas de escritorio nunca pudieron.

miércoles, 22 de febrero de 2012

¿Es el Perú una Pirámide o un Rombo?

Por: Alfredo Torres
SEMANA ECONÓMICA
20-02-12

Con el crecimiento que ha tenido el Perú en las últimas dos décadas, algunos analistas sostienen que el país ha dejado de tener una estructura socioeconómica piramidal para desarrollar la forma de un rombo, con una creciente clase media emergente, el nivel socioeconómico (NSE) C, ubicado en el espacio central entre los más pudientes NSE A y B arriba y los sectores populares o NSE D y E abajo.

Los cálculos de la Asociación Peruana de Investigación de Mercados (APEIM) para Lima parecen confirmar esta hipótesis ya que los NSE AB suman 21%, el C 35%, el D 31% y el E 13%. Un estudio reciente de Ipsos APOYO, sin embargo, revela que si bien la estructura social en algunas ciudades del interior es similar a la capital, especialmente Arequipa, Ica y Trujillo, cuando las ciudades son más pequeñas, los NSE AB se reducen considerablemente, el C se contrae y crecen los NSE D y E. La situación se vuelve extrema en el ámbito rural donde el NSE C es el que tiende a desaparecer, el D se encoge y el E se vuelve hegemónico. El resultado agregado es que el Perú sigue siendo una pirámide, donde el NSE A es apenas 2%, el B 7%, el C 20%, el D 30% y el E 41%.


¿El Perú avanza? Si, pero más lento de lo que se cree. La aplicación de la misma fórmula APEIM de NSE a los datos de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del INEI del 2003 muestra que en ocho años los NSE ABC han crecido de 20 a 29% mientras el tamaño del NSE D ha permanecido constante en 29-30% y el NSE E ha disminuido de 51 a 41%. Hay progreso pero no tanto como el que se ve o se quiere ver desde la parte de arriba de la pirámide.


Los avances más significativos de los últimos cuatro años se han dado en el uso de electrodomésticos y tecnología en las grandes ciudades. Por ejemplo, los hogares de NSE C que cuentan con una computadora pasaron de 26 a 46%, los hogares de NSE D que tienen una refrigeradora crecieron de 49 a 59% y los hogares de NSE E que poseen un teléfono celular saltaron de 31 a 77%.

Los contrastes en el progreso son notables. Por ejemplo, la mayor parte de la población rural continúa residiendo en viviendas con piso de tierra, sin servicios higiénicos y cocina de leña, pero la mitad de ellos tienen ya televisores y teléfonos celulares.

Es difícil saber con precisión cuales son los ingresos familiares de los peruanos. La encuesta de Ipsos APOYO al jefe del hogar llega a un cifra promedio de ingreso monetario ordinario de alrededor de 9000 soles al mes en el NSE A, 2700 en el B, 1400 en el C, 900 en el D y 600 en el E. Si consideramos los ingresos de los demás miembros del hogar y los ingresos extraordinarios probablemente las cifras totales sean 30-40% mayores, que es lo que recoge la ENAHO. Ambas mediciones encuentran que los ingresos vienen creciendo año a año, especialmente entre los más pobres. Sin embargo, desde la perspectiva de lo que se conoce como el ingreso subjetivo, solo el 4% de los peruanos declara que su ingreso le alcanza holgadamente y el 28% ajustadamente, mientras que el 51% sostiene que no le alcanza, que enfrenta algunas dificultades, y el 17% que sufre grandes dificultades.

Paradójicamente, la percepción de que el dinero "no alcanza" se ha incrementado en los últimos años, lo cual podría atribuirse a un desborde de expectativas pero también al incremento en los precios de los alimentos. Según APOYO Consultoría, en los últimos cuatro años la inflación de alimentos ha sido de 22%, debido a la mayor demanda de China, mientras otros bienes y servicios han subido 9%. Esto es especialmente crítico en los NSE D y E donde la compra de alimentos representa más del 60% del presupuesto familiar.

Dicen que la diferencia entre un optimista y un pesimista es que el primero ve un vaso de agua medio lleno y el segundo medio vacío. La realidad es que “el vaso” del desarrollo se está llenando, lo que es positivo, pero todavía falta mucho para saciar la sed de todos los peruanos.

lunes, 15 de agosto de 2011

Insatisfacción

Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
15-08-11


En mi vuelo a Londres viaja también una joven oriunda de Puno. Estoy tratando de imaginarme el choque de cultura que le espera, hasta que recuerdo que en Londres también se vive una insurrección.

En ambos lugares, la violencia ha llegado a las calles, al incendio de automóviles, saqueo de tiendas y pedradas para los policías.

En ese sentido, la puneña se sentiría igualmente en casa en París, Madrid, Atenas, Lisboa o Roma, donde se presentan escenarios similares de disturbios y violencia.

Y si viaja a Chile, se encontraría con estudiantes protestando violentamente contra la mala calidad de la educación, a pesar de que Chile registra la mejor educación de América Latina.

Más graves, por supuesto, son las insurrecciones que viven los países árabes, donde la vasta riqueza petrolera, los generosos programas sociales y los altos sueldos han producido más insatisfacción y rebeldía que tranquilidad política.

El escenario mundial nos dice que la abundancia material no es sinónimo de la satisfacción y que las revoluciones políticas surgen no de la privación material, sino, al contrario, del progreso.

La pobreza es profundamente conservadora y abraza a las monarquías, y al orden de los ritos y los mitos.

En casi todos los países ahora existen encuestas que miden la felicidad, o la “satisfacción vivencial”, cuando se comparan ricos y pobres, y descubren que es poca o nula la relación entre riqueza y felicidad.

Por casualidad, uno de los expertos mundiales en el tema es una politóloga peruana, Carol Graham, quien acaba de publicar un cuarto libro sobre la materia.

Lo que Graham deja en claro es que si bien lo material a veces produce felicidad, muchas veces no lo hace.

En China, Chile y Corea del Sur, a pesar de su extraordinario éxito económico durante los últimos veinte años, las encuestas no registran ninguna mejora en su nivel de satisfacción personal.

Hace cincuenta años se publicó el estudio, “Carcas, la comunidad olvidada”. Ubicada en la Cordillera Blanca y escondida en una quebrada de tierra escasa e infértil, Carcas era conocida por su extrema pobreza y, paradójicamente, por su afición a las fiestas. Hoy, su situación es mejor, pero persiste en su pobreza y en sus fiestas costosas. Pero más allá de los valores humanos omitidos por la moderna y la burocrática contabilidad de las necesidades materiales, cabe recordar que la insatisfacción es inherentemente humana, es un motor del progreso y, en cierta forma, es la expresión máxima de la felicidad.

*Director Instituto del Perú, USMP

viernes, 10 de junio de 2011

¿Ciudadanos o Mendigos?

Por: Jaime De Althaus Guarderas
EL COMERCIO
10-06-11


No es una buena política regalar dinero. Lamentablemente, eso es lo que va a ocurrir con el próximo gobierno, y a raudales, con los programas anunciados y prometidos. No es una buena política por varias razones. Primero, porque nadie sale de la pobreza recibiendo dinero, sino siendo capaz de generarlo. Para eso, lo que debe hacerse no es regalar dinero, sino difundir tecnologías y titular la propiedad. El paquete tecnológico para la sierra rural, donde está la mayor parte de la pobreza, está probado, y le permite a la familia campesina que lo adopta salir de la indigencia, acabar con la desnutrición infantil, conectarse al mercado y llegar a obtener ingresos por dos o tres mil soles al mes en dos años. En cambio, programas de subsidios masivos al consumo solo sirven para perpetuar la pobreza. Porque, ¿para qué me voy a esforzar si me están regalando las cosas?

En segundo lugar, porque lleva a generar una clase de personas dependientes del Estado que tienden a acostumbrarse a esa ayuda y tienen, por lo tanto, menos incentivos para salir por sí mismos de la pobreza. A mayor cantidad recibida, menor interés en trabajar o autogenerar ingresos. Fomentar masivamente la mendicidad no puede ser bueno. No es digno. No es moralmente aceptable. En cambio, no hay nada más humanamente estimulante que ver cómo un campesino pobre, empoderado tecnológicamente, rompe las cadenas de la miseria y se convierte en empresario, en ciudadano libre y autónomo.

La tercera razón es que jamás vamos a desarrollar una clase media de ciudadanos plenos si subsidiamos la informalidad con programas de este tipo. En los últimos 18 años viene creciendo una nueva clase media emergente, pero es aún incipiente e incompleta porque la mayor parte de ella permanece en la informalidad. Por lo tanto, ni tiene todos los derechos ni cumple con todas las obligaciones que competen a un ciudadano pleno y responsable. Y tampoco puede acumular más allá de un punto. Lo que debe hacerse es facilitar su formalización para acelerar la formación de una clase media fuerte y extendida, en lugar de pasmarla con la distribución de pensiones y seguros de salud gratuitos que desincentivan el esfuerzo propio y vuelven menos interesante la formalidad. Pues sin una clase media sólida la democracia no se sostiene en última instancia. Un país de informales es una república populista –si cabe el oxímoron–, pasto de demagogos, y no una democracia liberal de ciudadanos libres y fiscalizadores. No cortemos la evolución de la sociedad peruana. No caigamos en el modelo clásico de los populismos autocráticos que usan la renta petrolera o minera para regalar beneficios sin que nadie pague impuestos. No queremos masa mendicante sino ciudadanía.

lunes, 9 de agosto de 2010

Vuelve a Mirar, Zavalita

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
09-08-10


Es hora de poner patas arriba la frase de Zavalita. En vez de cuándo se jodió el Perú, podemos preguntarnos cuándo se arregló. Los últimos 20 años han sido de exitosa expansión productiva y superación de retos a la democracia, pero como en toda obra de construcción el avance visible se levanta sobre cimientos menos visibles. Si no apreciamos hoy esos cimientos, la culpa la tiene en parte la acusadora pregunta del personaje de “Conversación en La Catedral”, que ha reforzado una perversa fijación nacional en lo negativo.

Los cimientos del Perú moderno son obra del siglo XX, cuando se creó la infraestructura física e institucional que requiere una nación moderna, y cuando se logró una satisfactoria prueba piloto de desarrollo, instilando experiencia y confianza. A pesar de los altibajos, el avance económico fue considerable. Según Bruno Seminario y Arlette Beltrán de la Universidad del Pacifico, la producción total se multiplicó 61 veces desde 1896. A la vez, se pobló el país, pasando de 4 a 29 millones de habitantes. No obstante la ola humana, la producción pudo más y el ingreso por persona creció 2% al año, tasa ligeramente mayor a las registradas durante siglo y medio en Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Holanda, Australia y Canadá cuando se industrializaban. Seguimos atrasados, pero no por estar parados durante el siglo XX sino por la parálisis arrastrada de siglos anteriores.

La clave fue la integración. En 1900 casi todos los peruanos vivían aislados en pequeñas comunidades y haciendas, la miseria y mala salubridad mataban a 159 niños de cada mil antes de cumplir un año (hoy son 29). A partir de los cinco o seis años los niños empezaban una vida de trabajo, no existía la escuela, excepto algunos ferrocarriles todo viaje por el territorio era a pie, humano o de bestia, o en barco. No votaban mujeres ni analfabetos y las elecciones eran ferias para las turbas y los manipuladores.

La unificación interna fue impulsada por sucesivas olas de tecnología comunicativa, el telégrafo, la radio, los automóviles y caminos, el teléfono, la televisión y ahora las señales satélite e Internet, avances tecnológicos que fueron acompañados y reforzados por la escolaridad masiva y el alfabetismo. Y desde mediados de siglo, la iniciativa integradora pasó de manos del Estado a los pies de la población misma, que hizo maletas y se trasladó masivamente a las ciudades, como acertadamente lo ha descrito José Matos Mar en El Desborde Popular. Lejos de estar jodidos, el Perú es ahora un territorio en camino de ser una nación.

martes, 27 de julio de 2010

Consumo une a los de Arriba y Abajo

Entrevista a Rolando Arellano
EL COMERCIO
26-07-10


Por: Mariella Balbi
Lunes 26 de Julio del 2010

Se habla mucho de que los peruanos no tenemos aún una identidad nacional bien fraguada, cohesionada. ¿Está de acuerdo con esa tesis?
Sí, pero también pienso que estamos en un proceso de formación de una identidad nacional. Creo que hasta hace muy pocos años no ha existido una verdadera noción del Perú entre los peruanos. Cuando pensábamos en el Perú, imaginábamos la bandera, algunos soldados marchando y tal vez guerras anteriores. El concepto de país era más bien regional. Para unos el Perú era Piura o Puno, el lugar donde uno nació, y unos limeños que menospreciaban al resto del Perú.

¿No cree que había más elementos de unidad que nos convocaban a todos?
Algunos temas como Miguel Grau y la bandera eran elementos de identificación, pero no tenían profundidad afectiva. Y los recuerdos comunes —en su mayor parte— eran negativos: héroes débiles perdedores de guerras. No existía una comida nacional, por ejemplo, hablabas del cuy arequipeño y del arroz con pato chiclayano.

Pero había mucha gente que se identificaba con este y consumía cuy.
Sí, pero venías a Lima y decías cuy y escuchabas ¡aj! La música era costeña o serrana, no solo no se mezclaban sino que se despreciaban, y la selva no existía.

Según usted, desde la República hasta 20 años atrás el Perú funcionaba con una visión de sí mismo de costa, sierra y selva…
Y Lima. Incluso Lima era un lugar distinto al resto de la costa. Una cosa era ser chiclayano y otra limeño. El centralismo limeño aprovechaba las riquezas del resto, pero no devolvía nada. No había nada que uniera.

¿La historia del Perú está bien aprendida, digerida por los peruanos, por el conjunto de la nación?
No lo creo, porque de alguna manera, desgraciadamente, es una historia de perdedores, casi todo es: nos ganó Colombia, nos ganó Chile, los españoles. Y la historia prehispánica, inca, que podría haber sido una fuente de orgullo fue mal interpretada por el prejuicio existente frente a lo serrano. Si lo serrano es malo, qué podía tener de bueno lo inca. Mejor era el español o el europeo. Si encima de eso tienes un país con crisis económica, con hiperinflación, con dictaduras, al final te queda poco para estar orgulloso. No te puedes identificar con eso.

¿Eso cambió hace 20 años?
Se está revirtiendo. La razón principal es que las migraciones han generado una mezcla de todas las regiones, primero en Lima y luego en otras ciudades importantes.

¿Los que migran más son los puneños?
Sí, están en el sur andino, en Lima. Son muy emprendedores, especialmente los juliaqueños, que tienen una ventaja: cuando salen lo hacen en grupo, son muy gregarios. Recién hace 10 años las migraciones han llegado a regiones que no son Lima y aparecen polos de atracción: Arequipa, Huancayo, Chiclayo. Por primera vez se crean zonas panregionales y en Lima se unen todos los departamentos. El trujillano convive con la loretana o la tacneña. Sus hijos no son ni tacneños ni trujillanos. Tampoco son limeños porque Lima, desde el principio, los rechazaba. Entonces, comienzan a ser peruanos. Acá, por primera vez, se empieza a formar un sentimiento que integra a las regiones en lugar de separarlas.

¿Qué caracteriza este sentimiento, cuáles son sus valores, sus componentes?
Lo más importante es que se reconoce que el Perú es serrano.

Es una gran conquista.
Tremenda, por primera vez la esencia del Perú, que siempre ha sido serrana desde los incas, tiene presencia en Lima. Desde hace 20 años también, ser serrano ya no es un estigma. Eso es una señal de integración.

¿Ello quiere decir que el Perú no es racista?
Depende de qué llamas racista. Si es ese 10% que queda, que se cree el limeño tradicional, sí es racista. Pero el 90% restante no. Están mezclados y se aceptan. A diferencia de las clases medias tradicionales que vivían de las clases altas y aspiraban a ellas, estas migraciones no han necesitado de los sectores altos, han crecido sin ellos y han formado su propia cultura, por lo tanto les llega ese sector. ¿Además a quién escuchas decir serrano? Ya no.

Pero cholo sí...
Básicamente en los sectores altos y a las personas mayores.

¿El asumir la identidad serrana ha sido el primer peldaño, luego qué viene?
La música chicha es una expresión de esa identidad serrana. Chacalón, los Shapis mezclan la salsa con el huaino. Luego eso evoluciona y ahora se habla del Grupo 5. En los clubes de clases altas se baila eso. La aspiracionalidad que se suponía venía de arriba hacia abajo empieza a venir con mucha fuerza de abajo hacia arriba. Bailas el “perreo” como lo bailan abajo, no llegó de Inglaterra. Aparecen entonces líderes de opinión que no vienen de arriba: Rossy War, Dina Páucar y otras personas del folclor que empiezan a ser reconocidas. Son líderes con los cuales se identifica la mayoría, ya no las élites. Representan una mayoría nacional. Se está formando un sentimiento panperuano, más amplio. Y a eso le añades el tema de la cocina, donde se empiezan a mezclar las cocinas regionales. El cuy en Lima ya no es mal visto. Ya puedes hablar de una cocina peruana. A eso se añade que la gente que llegó, a Lima o a las ciudades grandes, tiene más capacidad económica. Las distancias entre pobres y ricos se acortan y hay sentimientos más comunes.

¿La música, la cocina, qué otro elemento aglutinador percibe?
El consumo. Antes pocos tenían carro, los artefactos domésticos, la ropa son más accesibles. Todos terminan en las grandes tiendas. El consumo ayuda a unir, no solo a los de abajo con los de arriba, sino que cuando estos últimos ven que su negocio creció porque hay más gente que no conocían, entonces los ven distintos, hasta los empiezan a querer. Otra revolución que empieza a unir es la educación, se ha hecho más popular, hay abogados y médicos en todos los niveles sociales.

¿La gente invierte mucho en educación?
Muchísimo. Inicialmente invirtieron en vivienda, llegaron con su estera y ahora tienen tres pisos. Al terminar de construir, eso se transforma en educación y en vivir. En mi libro digo “al medio hay sitio” porque se está formando una nueva clase media, pero no necesariamente con los cánones culturales de la clase media tradicional.

No saben quién fue Julio C. Tello o Eguren.
No lo saben, no creo que les haya interesado tampoco. La parte fea del asunto es que las clases medias tradicionales respetaban ciertas normas: el respeto a la ley, al vecino, a los mayores. Cuando los migrantes llegan encuentran a un Estado que se opone a ellos, crecen al costado o contra el Estado y surge la cultura combi: el codazo, mete el carro, para qué impuestos.

No hay valores que cohesionan, hay una descomposición.
Más que descomposición es que todavía no se han compuesto, formado. Una especie de ley de la selva, que es como empiezan las grandes revoluciones y que después se va ordenando. Deberíamos tratar de que se ordene cuanto antes porque si no será una nación irreconocible, que no tiene que ver —por lo menos— con los ideales de nuestros grandes pensadores.

¿Estos ciudadanos son casi todo el Perú?
El 75% de los peruanos vive en ciudades. Dos tercios del Perú comparten los mismos valores en formación, la cultura chicha, la informalidad.

¿Cuáles son esos valores, el dinero?
Lo más importante es la economía. Los migrantes son gregarios, se ayudan, pero mientras que seas productivo y el beneficiado también vea su conveniencia. No es la solidaridad andina; está mediatizada por la practicidad. Otro punto es el trabajo arduo, que en la siguiente generación se convierte en búsqueda de educación. Ya hay tres generaciones, los abuelos que hoy tienen 60 años llegaron con su estera y formaron sus clubes; los hijos son los que hicieron taxi, ferretería, oficios, son la generación chicha que comenzaron con el “achoramiento”, y los nietos que ya no entran en el tercer piso de los abuelos y se dedican más a estudiar. Esos son los que están comprando casa ahora. Para ellos ya se perdió el estigma de que ser serrano era malo. A sus abuelos y padres los segregaron por serranos.

¿Qué es peor serrano o cholo?
Serrano es más fuerte, cholo tiene su lado cariñoso. Por eso les ponen a sus hijos William, porque Aniceto, Teófila te identifica con serrano.

¿El Perú es el del momento actual?
Su visión está más en el futuro que en el pasado.


Los Tiempos Cambian
"La izquierda y la derecha ya no existen en el Perú"

¿Cómo ve la política el peruano de hoy?
Los políticos no se han dado cuenta de los cambios ocurridos y continúan con un planteamiento clásico. La izquierda y la derecha ya no existen. La mayoría de ese 75% de peruanos citadinos son propietarios de alguna manera de un quiosco, una tienda, etc. El mismo concepto de liberalismo no pertenece a las clases altas. La informalidad es el liberalismo a ultranza y está en los pobres. No quieren un gobierno intervencionista.

Pero Ollanta Humala perdió por muy poco la elección pasada.
Fue un tema de polarización, y estamos hablando de cuatro años atrás. En ese momento había 48% de reactivos (reacios al cambio) y 52% de proactivos (los que buscan). Y estos últimos siguen subiendo sobre todo en las mujeres. La mujer que deja el estilo de vida tradicional está creciendo con una fuerza inmensa. Nosotros no usamos nivel socioeconómico porque estos están demasiado mezclados en la sociedad; los pobres no están en Comas y los ricos en Miraflores.

¿Ese 75% de peruanos en proceso de tener una identidad quiere un gobierno con orden, disciplina?
No quieren disciplina. Lo único que conocen es el no gobierno. Es así como han vivido. Quieren un gobierno que les limpie la cancha, pero que no ponga más reglas.

¿La corrupción les importa mucho o la ven como inevitable?
Es parte de esa formación que falta completar. Aún no han entendido que el país es suyo y que están nombrando a un administrador de sus bienes. Es una mezcla de indiferencia y resignación. Si hubiera voto voluntario, votaría solo el 30%. Por primera vez se está formando un país, la nación peruana. Ahora hay que darle consistencia a eso, porque casi ha surgido por generación espontánea.

¿Aprecian la democracia y los derechos humanos?
Es que el elemento central de estos nuevos grupos es la practicidad. Les molesta la delincuencia, pero aún piensan que se debe matar a los violadores. Todavía hay un proceso de formación de ciudadanía.

Sin embargo hay listas para las regiones y municipios como “cancha”.
Fujimori destruye el concepto de democracia y de partidos. Ser político era una mala palabra. Eso se revirtió, y la euforia ha creado una sobredosis. Pero eso se va a decantar. Hasta ahora lo que ha gobernado es el sentido de inmediatez, y la gente quiere ser de frente presidente.

¿La informalidad va en aumento?
En parte se está revirtiendo. Se usan más tarjetas de crédito, han ingresado a la bancarización. Las empresas informales cuando crecen y ven que el prestamista es más caro que el banco, se formalizan. Es parte del proceso de consolidación.

Los nuevos votantes son gente joven.
El 30% de los votantes tiene entre 18 y 28 años. No han conocido a Sendero, ni al primer Alan y su hiperinflación. Esa es la gente que ha vivido el crecimiento del país; tiene un optimismo distinto.

Fuente: EL COMERCIO

lunes, 14 de junio de 2010

Pobreza en Retirada

Por: Julio Luque, Ingeniero
EL COMERCIO
14-06-10


Es una pena que el Marco Macroeconómico Multianual (MMM) 2011—2013 del Ministerio de Economía sea un documento tan profesional y técnico como tedioso, aburrido e ininteligible para el ciudadano de a pie. Digo que es una pena porque cuando uno ya está extenuado de tantas cifras y estadísticas se ve, en la página 44, que aparece la mejor noticia económica que se podría publicar sobre el Perú: en los últimos seis años, el ingreso promedio de los hogares peruanos creció nada menos que ¡38%!

Sería interesante conocer la opinión de aquellos que se han pasado todos estos años criticando las reformas y el modelo económico neoliberal. ¿Les parecerá poco un incremento de ingresos de los hogares de 38% cada 6 años? ¿Qué respuestas ensayarán para minimizar este logro? A ver, ensayemos como podrían desvirtuar la cifra.

Dirán primero que a este incremento de ingresos hay que descontarle la inflación, para ver el aumento en el poder adquisitivo, que es lo que realmente importa. Cierto. La inflación acumulada en el mismo período fue de 19%. Buen intento. Pero todavía se puede decir que el crecimiento de los ingresos duplicó el crecimiento de los precios. Demasiado bueno. Hay que seguir intentando.

Recurrirán entonces a la teoría del crecimiento desigual: este modelo hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Plancha quemada. Resulta que ha ocurrido todo lo contrario. Los ingresos del 20% de hogares más pobres se han incrementado 84%, mientras que los del 20% de hogares más ricos lo han hecho 18%. Observando el comportamiento de los 5 quintiles, se concluye que, mientras más pobre es un hogar, mayor es el crecimiento de sus ingresos en los últimos seis años.

Y ahora, ¿cómo seguir afirmando que el modelo no funciona, que las privatizaciones fueron un error, que los TLC nos empobrecen, que las rebajas de aranceles destruyen empleos? Será que ninguno ha llegado a la página 44 del MMM. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

miércoles, 2 de junio de 2010

Cada vez Menos Pobres

Por: Gustavo Yamada, Economista *
EL COMERCIO
02-06-10


En medio de la nueva incertidumbre económica internacional, generada esta vez por la crisis europea, hubo dos buenas noticias en el frente interno. La producción ha retomado ritmos de expansión no vistos desde el 2008 (6% de crecimiento en el primer trimestre del año). Además, la pobreza siguió reduciéndose en el 2009, a pesar del complicado panorama del período. El porcentaje de compatriotas con gastos mensuales menores a la línea de pobreza se redujo de 36,2% en el 2008 a 34,8% en el 2009, gracias a que el consumo privado creció por encima de la producción.

Hay que subrayar que la canasta que mide la pobreza es realmente básica. Solo permite adquirir lo mínimo de alimentación necesario para mantenerse saludable y cubrir necesidades básicas de vestido, vivienda, transporte, salud y educación. Por ejemplo, su costo promedio en Lima es de S/.1.300 al mes para una familia de cuatro miembros. Esta metodología es seguida por la mayoría de países en desarrollo y es supervisada por los organismos multilaterales de crédito.

¿Por qué tiene tan poca credibilidad esta medición de la pobreza monetaria? Posiblemente porque no guarda relación con la autopercepción de pobreza que tiene la mayor parte de peruanos. La pobreza que podríamos llamar de corte subjetivo es muy grande. En la misma encuesta nacional se pregunta a las personas cuán pobre considera su hogar. Solo 11% de la población peruana no se considera pobre (lo que contrasta con el 65% cuyos gastos superan la pobreza monetaria), mientras que el 89% restante se identifica como más o menos pobre, pobre o muy pobre.

En síntesis, cada vez somos menos pobres, pero no lo percibimos así, en parte porque tenemos aspiraciones mucho más altas (lo cual es muy bueno) y, además, porque la desigualdad de oportunidades aún está muy extendida (lo cual es muy malo). La realidad objetiva es que, posiblemente, estemos entre los países que más han reducido su pobreza en la última década. A pesar de todos los problemas que todavía nos aquejan, y que debemos enfrentar con urgencia y decisión, el progreso es inobjetable.

[*] Profesor de la Universidad del Pacífico

lunes, 31 de mayo de 2010

Muchas Metas

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
31-05-10


Si alguien deambula perdido en medio del desierto, solo tiene una preocupación: encontrar agua. Pero apenas la descubre, se acuerda de otros males: que padece una infección, hambre, que riñó con el compañero y que ha perdido el trabajo. De tener solo un objetivo pasa a tener varios. De manera similar, evolucionan las prioridades de la familia y de la sociedad. Cuando se es paupérrimo, la preocupación por conseguir un empleo y ganarse unos soles adicionales borra todo lo demás de la mente. Superada la necesidad extrema, empiezan a multiplicarse los objetivos.

Uno de los indicadores del progreso es que el Perú vive hoy una multiplicación de prioridades. El desarrollo ya no consiste simplemente en producir más sino también en mejorar los indicadores sociales, como son reducir la pobreza, la desnutrición y la mortalidad infantil y materna, y reducir la desigualdad. Tampoco diríamos que hay desarrollo si no se está reforzando la democracia, lo que incluye una mayor descentralización y una mejor justicia. Además, los valores políticos ya no se limitan a pronunciamientos retóricos sino que ahora son materia de estadísticas y ránkings por entidades internacionales. Del mismo modo, se ha multiplicado el seguimiento estadístico de los aspectos sociales, figurando prominentemente, por ejemplo, el anuncio anual de los datos sobre la pobreza. Hemos pasado del desarrollo a secas al llamado desarrollo sostenible. Así como la preocupación por nuestra salud ya no se limita a saber que no tenemos fiebre y podemos levantarnos de la cama, sino que ahora incluye un seguimiento frecuente de la presión arterial, peso, niveles de azúcar, colesterol y de una nutrición balanceada, de igual manera nuestro análisis de lo económico no se limita al avance inmediato de la producción sino que comprende un conjunto de indicadores o presagios del futuro. Por experiencia sabemos que de poco sirve el crecimiento si mañana se viene una crisis financiera por un exceso de gasto público o por falta de reservas internacionales o insolvencia de bancos. Para que el desarrollo sea sostenible también se requiere de una disponibilidad futura de los recursos naturales, como el agua, la pesca y los bosques. Y la frecuencia de conflictos sociales hace que cada día crezca la preocupación por la “sostenibilidad política” o sea la posibilidad de que el avance gradual económico y social se vea interrumpido por un estallido político, como de hecho ha ocurrido en el pasado. Tantas metas, prioridades y preocupaciones son el precio que estamos pagando por haber avanzado.

viernes, 21 de mayo de 2010

La Nueva Clase del Medio

Por: Rolando Arellano, Dr. en Márketing*
EL COMERCIO
21-05-10


Hay momentos en que, para avanzar, las sociedades deben romper sus paradigmas, cambiar esas ideas que todos aceptan como verdades indiscutibles. Uno de ellos es el de la composición de la clase media.

Durante casi un siglo, los peruanos hemos visto a la clase media como el grupo que, con algo de dinero, es el guardián de la manera de vivir “correcta” de la sociedad. Este sería ese 15% de personas “B”, ubicadas entre las clases pobres (el 80% del país) y el 5% de las clases dominantes (clase alta o “A”), manteniendo el statu quo y defendiendo la moral y las buenas costumbres. Pero las cosas hoy no funcionan así.

En los últimos 40 años, mientras los más ricos perdían sus tierras con la reforma agraria y los empleados de clase media veían disminuir sus ingresos por la inflación, los pobres migrantes que llegaron a instalarse en la periferia de las ciudades crecían y se desarrollaban económica y socialmente. Hoy tienen mucha más riqueza de la que las formas de medir clásicas les asignan, y tienen mayor peso social que el que normalmente se supone. Son la nueva clase media. Hoy sus representantes no solo dirigen la pequeña y mediana empresa, la mayor fuerza laboral del país, sino que están también en la gran empresa, en las dirigencias políticas (basta ver a los congresistas, alcaldes y presidentes regionales) y también en la formación de movimientos culturales y artísticos.

Pero lo más importante es que esta nueva clase, muy fuerte demográfica, social y económicamente, no es más la guardiana de la cultura tradicional y del buen comportamiento clásico. Por el contrario, ella está creando sus propios criterios estéticos, culturales y económicos, que son muchas veces mal comprendidos por la sociedad tradicional.

El Perú está creciendo, pero por caminos que la sociedad tradicional no imaginó. Para aprovecharlo debemos buscar formas de entendimiento entre las clases medias clásicas y las nuevas —y cada vez más numerosas— clases del medio. Algo de eso está propuesto en mi nuevo libro “Al medio hay sitio, el crecimiento social según los estilos de vida”. Espero les parezca útil.

(*) Centrum Católica. Arellano Marketing, Investigación y Consultoría.