Por: Alfredo Torres
SEMANA ECONÓMICA
20-02-12
Con el crecimiento que ha tenido el Perú en las últimas dos décadas, algunos analistas sostienen que el país ha dejado de tener una estructura socioeconómica piramidal para desarrollar la forma de un rombo, con una creciente clase media emergente, el nivel socioeconómico (NSE) C, ubicado en el espacio central entre los más pudientes NSE A y B arriba y los sectores populares o NSE D y E abajo.
Los cálculos de la Asociación Peruana de Investigación de Mercados (APEIM) para Lima parecen confirmar esta hipótesis ya que los NSE AB suman 21%, el C 35%, el D 31% y el E 13%. Un estudio reciente de Ipsos APOYO, sin embargo, revela que si bien la estructura social en algunas ciudades del interior es similar a la capital, especialmente Arequipa, Ica y Trujillo, cuando las ciudades son más pequeñas, los NSE AB se reducen considerablemente, el C se contrae y crecen los NSE D y E. La situación se vuelve extrema en el ámbito rural donde el NSE C es el que tiende a desaparecer, el D se encoge y el E se vuelve hegemónico. El resultado agregado es que el Perú sigue siendo una pirámide, donde el NSE A es apenas 2%, el B 7%, el C 20%, el D 30% y el E 41%.
¿El Perú avanza? Si, pero más lento de lo que se cree. La aplicación de la misma fórmula APEIM de NSE a los datos de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del INEI del 2003 muestra que en ocho años los NSE ABC han crecido de 20 a 29% mientras el tamaño del NSE D ha permanecido constante en 29-30% y el NSE E ha disminuido de 51 a 41%. Hay progreso pero no tanto como el que se ve o se quiere ver desde la parte de arriba de la pirámide.
Los avances más significativos de los últimos cuatro años se han dado en el uso de electrodomésticos y tecnología en las grandes ciudades. Por ejemplo, los hogares de NSE C que cuentan con una computadora pasaron de 26 a 46%, los hogares de NSE D que tienen una refrigeradora crecieron de 49 a 59% y los hogares de NSE E que poseen un teléfono celular saltaron de 31 a 77%.
Los contrastes en el progreso son notables. Por ejemplo, la mayor parte de la población rural continúa residiendo en viviendas con piso de tierra, sin servicios higiénicos y cocina de leña, pero la mitad de ellos tienen ya televisores y teléfonos celulares.
Es difícil saber con precisión cuales son los ingresos familiares de los peruanos. La encuesta de Ipsos APOYO al jefe del hogar llega a un cifra promedio de ingreso monetario ordinario de alrededor de 9000 soles al mes en el NSE A, 2700 en el B, 1400 en el C, 900 en el D y 600 en el E. Si consideramos los ingresos de los demás miembros del hogar y los ingresos extraordinarios probablemente las cifras totales sean 30-40% mayores, que es lo que recoge la ENAHO. Ambas mediciones encuentran que los ingresos vienen creciendo año a año, especialmente entre los más pobres. Sin embargo, desde la perspectiva de lo que se conoce como el ingreso subjetivo, solo el 4% de los peruanos declara que su ingreso le alcanza holgadamente y el 28% ajustadamente, mientras que el 51% sostiene que no le alcanza, que enfrenta algunas dificultades, y el 17% que sufre grandes dificultades.
Paradójicamente, la percepción de que el dinero "no alcanza" se ha incrementado en los últimos años, lo cual podría atribuirse a un desborde de expectativas pero también al incremento en los precios de los alimentos. Según APOYO Consultoría, en los últimos cuatro años la inflación de alimentos ha sido de 22%, debido a la mayor demanda de China, mientras otros bienes y servicios han subido 9%. Esto es especialmente crítico en los NSE D y E donde la compra de alimentos representa más del 60% del presupuesto familiar.
Dicen que la diferencia entre un optimista y un pesimista es que el primero ve un vaso de agua medio lleno y el segundo medio vacío. La realidad es que “el vaso” del desarrollo se está llenando, lo que es positivo, pero todavía falta mucho para saciar la sed de todos los peruanos.
miércoles, 22 de febrero de 2012
martes, 17 de enero de 2012
Impuestos Chatarra
Por: Eduardo Morón
SEMANA ECONOMICA
10-01-12
Empecemos por el descargo correspondiente. Tengo 8 kilos de sobrepeso. Tengo 4 hijos que les encanta comer en restaurants de comida chatarra. Ninguno de ellos tiene un problema de sobrepeso.
Al Ministro Tejada le salió lo de árbitro y quiere ponerle tarjeta amarilla a la comida chatarra en vez de seguir con la promoción de los trotes alrededor del Pentagonito de su época de alcalde sanborjino.
Aquí hay varias preguntas. La primera es si el Estado debe desincentivar el consumo de comida que puede ser nociva para la salud y bienestar futuro de las personas. La gran mayoría diría que sí y pondría los ejemplos de lo que ya se hace con el alcohol y el tabaco. Pero (y no es menor), la gran complicación viene por la forma de cobro. En el caso del alcohol y el tabaco se cobra dicho impuesto a la venta de productos debidamente manufacturados. Si pudiera comprar puros rolados a mano que se vendiera al pie de los semáforos ese producto estaría exento de impuestos, lo mismo con algún aguardiente producido de manera artesanal.
Lo esencial en el diseño de un impuesto es que la base imponible sea visible y verificable. Eso aumenta enormemente la recaudación. Piensen en el ITF o en el impuesto a los combustibles. En el caso de la comida chatarra uno podría preguntarse para empezar a qué le llamamos comida chatarra. Una respuesta simple es identificar a quien vende. Pero una hamburguesa con papas me la puedo comer en un fast food como en el restaurant más refinado. Una segunda opción es ir por el contenido de la comida en sí y hacer como hacen los daneses que le cobran un impuesto a cualquier comida que tenga un contenido de grasas saturadas mayor a un cierto nivel. El problema es que hay comidas como el chocolate oscuro que tiene otras buenas propiedades que están por encima de muchas comidas rápidas.
Pero un problema aún mayor es la efectividad de la política. Estamos muy acostumbrados a no evaluar lo que hacemos pero es algo fundamental. Lo que muestra el caso danés es que el impuesto a las comidas con grasa saturada no ha reducido significativamente el nivel de obesidad de las personas. ¿Entonces? Lo que corresponde es probar diferentes instrumentos siguiendo un diseño experimental que permita aislar posibles explicaciones erróneas para evaluar cual es la mejor manera de modificar los hábitos alimenticios de las personas. De repente terminamos concluyendo que lo más efectivo para reducir la obesidad en las personas es motivándolos a correr o caminar creando estos espacios públicos en las ciudades. Es decir, lo mejor es enfocarse en lo que ya hace tiempo puso en marcha el actual Ministro Tejada, y no en un impuesto chatarra, mal diseñado y peor implementado.
SEMANA ECONOMICA
10-01-12
Empecemos por el descargo correspondiente. Tengo 8 kilos de sobrepeso. Tengo 4 hijos que les encanta comer en restaurants de comida chatarra. Ninguno de ellos tiene un problema de sobrepeso.
Al Ministro Tejada le salió lo de árbitro y quiere ponerle tarjeta amarilla a la comida chatarra en vez de seguir con la promoción de los trotes alrededor del Pentagonito de su época de alcalde sanborjino.
Aquí hay varias preguntas. La primera es si el Estado debe desincentivar el consumo de comida que puede ser nociva para la salud y bienestar futuro de las personas. La gran mayoría diría que sí y pondría los ejemplos de lo que ya se hace con el alcohol y el tabaco. Pero (y no es menor), la gran complicación viene por la forma de cobro. En el caso del alcohol y el tabaco se cobra dicho impuesto a la venta de productos debidamente manufacturados. Si pudiera comprar puros rolados a mano que se vendiera al pie de los semáforos ese producto estaría exento de impuestos, lo mismo con algún aguardiente producido de manera artesanal.
Lo esencial en el diseño de un impuesto es que la base imponible sea visible y verificable. Eso aumenta enormemente la recaudación. Piensen en el ITF o en el impuesto a los combustibles. En el caso de la comida chatarra uno podría preguntarse para empezar a qué le llamamos comida chatarra. Una respuesta simple es identificar a quien vende. Pero una hamburguesa con papas me la puedo comer en un fast food como en el restaurant más refinado. Una segunda opción es ir por el contenido de la comida en sí y hacer como hacen los daneses que le cobran un impuesto a cualquier comida que tenga un contenido de grasas saturadas mayor a un cierto nivel. El problema es que hay comidas como el chocolate oscuro que tiene otras buenas propiedades que están por encima de muchas comidas rápidas.
Pero un problema aún mayor es la efectividad de la política. Estamos muy acostumbrados a no evaluar lo que hacemos pero es algo fundamental. Lo que muestra el caso danés es que el impuesto a las comidas con grasa saturada no ha reducido significativamente el nivel de obesidad de las personas. ¿Entonces? Lo que corresponde es probar diferentes instrumentos siguiendo un diseño experimental que permita aislar posibles explicaciones erróneas para evaluar cual es la mejor manera de modificar los hábitos alimenticios de las personas. De repente terminamos concluyendo que lo más efectivo para reducir la obesidad en las personas es motivándolos a correr o caminar creando estos espacios públicos en las ciudades. Es decir, lo mejor es enfocarse en lo que ya hace tiempo puso en marcha el actual Ministro Tejada, y no en un impuesto chatarra, mal diseñado y peor implementado.
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EDUARDO MORON,
PERU,
TRIBUTACION
jueves, 12 de enero de 2012
La conveniencia de dos nuevos impuestos
Por: Hans Rothgiesser
SEMANA ECONÓMICA
12-01-12
En un mercado competitivo, los precios de los productos se definen por la interacción de la oferta y la demanda. Puede que el precio parezca excesivo, pero a menos que haya una falla de mercado corregible por medio de una medida específica, no hay razón para que el Estado intervenga poniendo alguna clase de control o de restricción al libre comercio de estos productos. Éste es el caso, por ejemplo, de productos que generan costos a terceros y que no son compensados por el agente que está recibiendo un beneficio de su consumo. Digamos, los cigarrillos. En ciertas circunstancias, el consumo del cigarrillo afecta a terceros inocentes que también aspiran los humos y se perjudican involuntariamente. En casos como ése se justifica que el Estado intervenga para solucionar esa falla de mercado de alguna manera. En otros casos el Estado interviene porque asume que sabe más que tú sobre lo que te conviene, limitando tu libertad de elegir.
Eso se está pretendiendo hacer con el impuesto a la comida chatarra. No obstante, esta propuesta presenta una serie de problemas de aplicación que hacen que la discusión acerca de su conveniencia ni valgan la pena. Esta columna de Gonzalo Zegarra lo comenta, este post de Eduardo Morón ahonda más en ello y este texto de Gonzalo Tamayo de Macroconsult lo aborda brevemente. De hecho, sorprende que los que plantean esta propuesta para desincentivar el consumo de un producto, no consideren qué tan sensibles son los consumidores de estos productos a las variaciones en los precios. A esto en economía se le llama elasticidad precio y es elemental para entender cuál será el efecto de un impuesto de este tipo en el consumo. Un problema adicional con esta propuesta es que distintos grupos de la población tienen distintas elasticidades con respecto a estos productos. Y casualmente los que nos preocupan -los obesos o los que tienen predisposición a la obesidad- tienen una elasticidad mayor para el precio de este producto. Al final, aplicando el impuesto las cadenas de comida chatarra se quedarían solamente con los obesos. A menos que se ponga el impuesto demasiado alto, de tal manera que nadie vaya, lo que equivaldría a que el Estado prohiba el mercado de la comida chatarra en el país, lo cual no tendría sentido en una economía de libre mercado como la que se supone que pregonamos tener.
Por el otro lado tenemos el impuesto de reciprocidad, iniciativa de Javier Diez Canseco. Su proyecto de ley pretende replicar aquí lo que ya se hace en otros países como Argentina, Chile o Brasil, en el que se cobra un impuesto especial a los turistas provenientes de países que cobran "tasa por la solicitud y/o tramitación de visa de turismo y/o residencia temporal a ciudadanos peruanos para el ingreso a sus respectivos territorios". En el mundo de los ideales políticos puede que tenga sentido, pero cuando uno llega a la penúltima página del proyecto, en el que alega no generar ningún costo a la industria del turismo, queda claro que el congresista en cuestión no tiene ni idea del efecto del incremento del precio en la cantidad consumida de un producto. El turista que sale de Europa o de alguno de los países listados tiene varios destinos posibles. Cuando le incrementa el precio a la experiencia, definitivamente la cantidad de turistas que vendrán se va a reducir. Eso es economía básica. A menos, claro, que la elasticidad sea tal que no importe el precio que uno ponga. No obstante, eso implica un tipo específico de turista. Y la propuesta de PromPerú es, por el contrario, promover distintos tipos de turismo.
Por el otro lado, si uno revisa la información disponible en la Organización Mundial del Turismo, podrá ver que todos los países con los que nos compara el congresista Diez Canseco tienen un nivel superior de turismo que el Perú. Quizás cuando tengamos mayor masa de influjo de turistas, pueda tener sentido una propuesta como ésta. Pero por el momento no la tendría tanto. O por lo menos, que acepte que su propuesta tiene costos. Por lo menos.
Ni qué decir del aspecto moral de la medida: ¿Por qué sancionar a los que buenamente desean conocer nuestor país por una iniciativa incorrecta por parte de los políticos de sus países? Se deberían enfocar estos esfuerzos a que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores se manifiesta con los representantes de esos países para hacerles llegar nuestra inconformidad y negociar algo.
SEMANA ECONÓMICA
12-01-12
En un mercado competitivo, los precios de los productos se definen por la interacción de la oferta y la demanda. Puede que el precio parezca excesivo, pero a menos que haya una falla de mercado corregible por medio de una medida específica, no hay razón para que el Estado intervenga poniendo alguna clase de control o de restricción al libre comercio de estos productos. Éste es el caso, por ejemplo, de productos que generan costos a terceros y que no son compensados por el agente que está recibiendo un beneficio de su consumo. Digamos, los cigarrillos. En ciertas circunstancias, el consumo del cigarrillo afecta a terceros inocentes que también aspiran los humos y se perjudican involuntariamente. En casos como ése se justifica que el Estado intervenga para solucionar esa falla de mercado de alguna manera. En otros casos el Estado interviene porque asume que sabe más que tú sobre lo que te conviene, limitando tu libertad de elegir.
Eso se está pretendiendo hacer con el impuesto a la comida chatarra. No obstante, esta propuesta presenta una serie de problemas de aplicación que hacen que la discusión acerca de su conveniencia ni valgan la pena. Esta columna de Gonzalo Zegarra lo comenta, este post de Eduardo Morón ahonda más en ello y este texto de Gonzalo Tamayo de Macroconsult lo aborda brevemente. De hecho, sorprende que los que plantean esta propuesta para desincentivar el consumo de un producto, no consideren qué tan sensibles son los consumidores de estos productos a las variaciones en los precios. A esto en economía se le llama elasticidad precio y es elemental para entender cuál será el efecto de un impuesto de este tipo en el consumo. Un problema adicional con esta propuesta es que distintos grupos de la población tienen distintas elasticidades con respecto a estos productos. Y casualmente los que nos preocupan -los obesos o los que tienen predisposición a la obesidad- tienen una elasticidad mayor para el precio de este producto. Al final, aplicando el impuesto las cadenas de comida chatarra se quedarían solamente con los obesos. A menos que se ponga el impuesto demasiado alto, de tal manera que nadie vaya, lo que equivaldría a que el Estado prohiba el mercado de la comida chatarra en el país, lo cual no tendría sentido en una economía de libre mercado como la que se supone que pregonamos tener.
Por el otro lado tenemos el impuesto de reciprocidad, iniciativa de Javier Diez Canseco. Su proyecto de ley pretende replicar aquí lo que ya se hace en otros países como Argentina, Chile o Brasil, en el que se cobra un impuesto especial a los turistas provenientes de países que cobran "tasa por la solicitud y/o tramitación de visa de turismo y/o residencia temporal a ciudadanos peruanos para el ingreso a sus respectivos territorios". En el mundo de los ideales políticos puede que tenga sentido, pero cuando uno llega a la penúltima página del proyecto, en el que alega no generar ningún costo a la industria del turismo, queda claro que el congresista en cuestión no tiene ni idea del efecto del incremento del precio en la cantidad consumida de un producto. El turista que sale de Europa o de alguno de los países listados tiene varios destinos posibles. Cuando le incrementa el precio a la experiencia, definitivamente la cantidad de turistas que vendrán se va a reducir. Eso es economía básica. A menos, claro, que la elasticidad sea tal que no importe el precio que uno ponga. No obstante, eso implica un tipo específico de turista. Y la propuesta de PromPerú es, por el contrario, promover distintos tipos de turismo.
Por el otro lado, si uno revisa la información disponible en la Organización Mundial del Turismo, podrá ver que todos los países con los que nos compara el congresista Diez Canseco tienen un nivel superior de turismo que el Perú. Quizás cuando tengamos mayor masa de influjo de turistas, pueda tener sentido una propuesta como ésta. Pero por el momento no la tendría tanto. O por lo menos, que acepte que su propuesta tiene costos. Por lo menos.
Ni qué decir del aspecto moral de la medida: ¿Por qué sancionar a los que buenamente desean conocer nuestor país por una iniciativa incorrecta por parte de los políticos de sus países? Se deberían enfocar estos esfuerzos a que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores se manifiesta con los representantes de esos países para hacerles llegar nuestra inconformidad y negociar algo.
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HANS ROTHGIESSER,
PERU,
TRIBUTACION
jueves, 5 de enero de 2012
La Rajtokodo de la Konsumanto estas ruboj kaj gi damagi la ekonomion
Por: Alfredo Bullard
SEMANA ECONÓMICA
05-01-12
Es probable que la gran mayoría no haya entendido el título. La razón es muy sencilla. Están en un idioma del que varios habrán escuchado, pero que virtualmente nadie habla: están en esperanto.
El esperanto es quizás la más conocida de las llamadas lenguas planificadas. Fue creada entre 1877 y 1887 por L.L. Zamenhof, un polaco que se creía capaz de crear un idioma tan fácil de hablar y de aprender que lo usaría todo el mundo, que tendría uso universal y permitiría a todos los habitantes del orbe comunicarse con facilidad.
Desde el punto de vista teórico, Zamenhof hizo un excelente trabajo: el esperanto es 10 veces más fácil de aprender que el inglés, en especial como segundo idioma. Su regularidad y la ausencia de excepciones en su uso lo hace muy amigable, sencillo y predecible. Lo cierto es que si lo aprendiéramos todos, sería más fácil comunicarse.
Pero desde el punto de vista práctico fue un absoluto fracaso. Nadie lo habla ni tiene interés en aprenderlo. Los seres humanos no hablan un idioma por que sea fácil de aprender, sino por que les nace hacerlo de la interacción con otros individuos. El fracaso de Zamenhof y su esperanto se origina en no haber comprendido algo muy sencillo: el lenguaje es un orden espontáneo, no susceptible de planificación. No nace de arriba abajo, sino de abajo arriba. Las personas aprendemos a hablar un idioma interactuando y al interactuar vamos a la vez recreando el idioma. El español que hablamos es una creación colectiva no atribuible a nadie en particular, pero sí a todos en general, incluidas numerosas generaciones que nos antecedieron hablando español o las lenguas que le sirvieron de raíz.
Por supuesto que Zamenhof pudo seguir una vía distinta y convencer a los gobiernos que obligaran a sus ciudadanos a aprender y hablar esperanto. Con ello la lengua planificada hubierasido impuesta por un planificador. ¿Hubieran sido sus resultados más auspiciosos?
Lo dudo. El idioma no se puede imponer ni por las buenas ni por las malas. Intentos similares han fracasado simplemente porque es de la naturaleza de todo idioma ser producto de la interacción y no de la imposición. No se enseña a hablar por decreto.
De hecho los intentos de organizaciones como la Real Academia de la Lengua Española de restringir la evolución del lenguaje con reglas de “obligatorio” cumplimiento fracasa una tras otra, a tal nivel que hoy la Academia es más un mecanismo (innecesario por cierto) de reconocer la evolución espontánea antes que de reglar realmente como habla y escribe la gente. Las comunicaciones vía Internet o teléfonos celulares está cambiando radicalmente la forma como las personas escriben, muy a pesar de los ortodoxos de la Academia, simplemente porque la interacción empuja una evolución cada vez más ecelerada.
Como decía Hayek, los órdenes espontáneos tienen una ventaja inmensa sobre los órdenes planificados o constructivistas: reflejan mejor lo que la gente sabe, quiere y siente. No son meros caprichos. Resuelven el problema de contar la información necesaria para establecer las reglas adecuadas. Las reglas nacen de la interacción y evolucionan conforme la sociedad evoluciona. Son dinámicas y responden al carácter innovador y renovador de la vida en sociedad.
Hace unos días el diario El Comercio refería que el Código de Consumo “no había respondido a las expectativas” y sustentaba su conclusión en una encuesta tomada a la población. Al día siguiente de publicada esa información el mismo diario editorializaba sobre las razones de por qué esas expectativas no habían sido satisfechas, y se achacaba el hecho a problemas en las normas, falta de reglamentación y a la incapacidad del Indecopi de poner en práctica las reglas aprobadas.
El Comercio se equivoca de cabo a rabo. La razón por la que el código no funciona es la misma por la que fracasó el esperanto: no se entiende que el mercado -como el lenguaje- es un orden espontáneo en el que las regulaciones, y en especial las malas regulaciones, están condenadas al fracaso. El código trata de crear reglas para la interacción al margen de si reflejan o no lo que la gente quiere. Reglas creadas sin información respecto de lo que los seres humanos quieren y necesitan no augura nada bueno.
Quizás esté equivocado, pero me atrevo a sugerir que lo que los consumidores más desean es innovación y diversidad. Las personas queremos que las empresas y proveedores encuentren nuevas maneras, más efectivas y económicas, de satisfacer nuestras necesidades y que tengamos opciones diferentes en el mercado entre las cuales escoger. La clara inclinación por soluciones tecnológicas cada vez más sofisticadas y, a la vez baratas, parece un signo de los tiempos de Steve Jobs y Bill Gates. Lo mismo se puede decir en la creatividad que uno encuentra entre nuevos servicios y calidades. El código va precisamente en contra, pues al regular estándares y reglas obligatorias reduce los espacios para innovar. El problema es entonces que no se respetan las reglas, pero no porque los proveedores sean malos, sino porque no hay suficientes consumidores dispuestos a hacer que el código se cumpla, simplemente porque no es eso lo que les interesa.
Otra cosa que me atrevo a sugerir que los consumidores desean es pagar menos. Pero los estándares del código son una recatafila de sobrecostos impuestos sin preguntar a los consumidores si están dispuestos o deseosos de pagar por ellos. Y ante cumplir el código a mayor costo, la gente escoge que este no se cumpla.
Los Gutiérrez y Delgados que impulsaron el código cometen el mismo error que Zamenhof y de los socialistas: olvidar la existencia de órdenes espontáneos. Y es que, les guste o no, ese código es un esperpento socialista, pero bajo piel de cordero pro mercado. Sus impulsores creen que empujan el desarrollo de un mercado cuando en realidad lo destruyen, y al hacerlo conducen a una reducción sustancial del bienestar.
¿Por qué el Código de Consumo no ha satisfecho las expectativas? Por una razón muy sencilla: porque no puede hacerlo. Después de ofrecernos que nos llevaría a un mundo mejor, nos deja en un mundo en el que nadie estará satisfecho: no puede cumplirse porque crea una relación “contra natura” entre proveedores y consumidores.
Por eso los comentarios que se pusieron a mi post anterior (Querido Papá Noel, publicado el 23 de diciembre del 2011) que preguntaban por qué proponía derogar ese esperpento llamado Código de Consumo encuentran aquí su respuesta. Los mercados no se corrigen ni funcionan mejor con libros de reclamos o prohibiendo los transgénicos o limitando el derecho a renunciar al prepago de un crédito. Los mercados funcionan mejor dejando que -como en el lenguaje- los consumidores se expresen mejor. A fin de cuentas los mercados son como los idiomas: son formas de comunicar expectativas llevándolas al encuentro de aquellas capacidades de otros que puedan satisfacerlas.
Lo dicho no quiere decir, sin embargo, que el código sea irrelevante y que no cause daño. Es todo lo contrario. Los órdenes espontáneos se desarrollan mejor y generan más bienestar dentro de marcos institucionales que promueven la interacción libre, dejan espacio a la innovación y permiten que cada persona encuentre su camino.
Cuando la interacción humana se encuentra con regulaciones ridículas y absurdas como las que plagan el articulado del código que pretenden ser impuestas por la autoridad, se limita y relativiza la capacidad de los órdenes espontáneos para avanzar en la generación de bienestar. Se elevan innecesariamente los costos de transacción y convierte la satisfacción legítima de intereses individuales de consumidores y proveedores en infracción, ilegalidad e informalidad. Así como prohibir hablar español convertirá en clandestino un idioma, sancionar la innovación y la reducción de costos convierte en ilegal y penado lo que deberíamos aplaudir.
Aquí planteo una apuesta: año tras año, década tras década, todas las encuestas que se hagan arrojaran el mismo resultado: el bendito código no satisface las expectativas de la gente. Pero eso no es su culpa. Es consecuencia de que el mercado es un orden espontáneo y culpa de la ingenua malicia de sus creadores.
PD. Para los que tengan curiosidad sobre qué significa el título: El Código de Consumo es un adefesio y daña a la economía.
* Abogado de Bullard, Falla & Ezcurra
SEMANA ECONÓMICA
05-01-12
Es probable que la gran mayoría no haya entendido el título. La razón es muy sencilla. Están en un idioma del que varios habrán escuchado, pero que virtualmente nadie habla: están en esperanto.
El esperanto es quizás la más conocida de las llamadas lenguas planificadas. Fue creada entre 1877 y 1887 por L.L. Zamenhof, un polaco que se creía capaz de crear un idioma tan fácil de hablar y de aprender que lo usaría todo el mundo, que tendría uso universal y permitiría a todos los habitantes del orbe comunicarse con facilidad.
Desde el punto de vista teórico, Zamenhof hizo un excelente trabajo: el esperanto es 10 veces más fácil de aprender que el inglés, en especial como segundo idioma. Su regularidad y la ausencia de excepciones en su uso lo hace muy amigable, sencillo y predecible. Lo cierto es que si lo aprendiéramos todos, sería más fácil comunicarse.
Pero desde el punto de vista práctico fue un absoluto fracaso. Nadie lo habla ni tiene interés en aprenderlo. Los seres humanos no hablan un idioma por que sea fácil de aprender, sino por que les nace hacerlo de la interacción con otros individuos. El fracaso de Zamenhof y su esperanto se origina en no haber comprendido algo muy sencillo: el lenguaje es un orden espontáneo, no susceptible de planificación. No nace de arriba abajo, sino de abajo arriba. Las personas aprendemos a hablar un idioma interactuando y al interactuar vamos a la vez recreando el idioma. El español que hablamos es una creación colectiva no atribuible a nadie en particular, pero sí a todos en general, incluidas numerosas generaciones que nos antecedieron hablando español o las lenguas que le sirvieron de raíz.
Por supuesto que Zamenhof pudo seguir una vía distinta y convencer a los gobiernos que obligaran a sus ciudadanos a aprender y hablar esperanto. Con ello la lengua planificada hubierasido impuesta por un planificador. ¿Hubieran sido sus resultados más auspiciosos?
Lo dudo. El idioma no se puede imponer ni por las buenas ni por las malas. Intentos similares han fracasado simplemente porque es de la naturaleza de todo idioma ser producto de la interacción y no de la imposición. No se enseña a hablar por decreto.
De hecho los intentos de organizaciones como la Real Academia de la Lengua Española de restringir la evolución del lenguaje con reglas de “obligatorio” cumplimiento fracasa una tras otra, a tal nivel que hoy la Academia es más un mecanismo (innecesario por cierto) de reconocer la evolución espontánea antes que de reglar realmente como habla y escribe la gente. Las comunicaciones vía Internet o teléfonos celulares está cambiando radicalmente la forma como las personas escriben, muy a pesar de los ortodoxos de la Academia, simplemente porque la interacción empuja una evolución cada vez más ecelerada.
Como decía Hayek, los órdenes espontáneos tienen una ventaja inmensa sobre los órdenes planificados o constructivistas: reflejan mejor lo que la gente sabe, quiere y siente. No son meros caprichos. Resuelven el problema de contar la información necesaria para establecer las reglas adecuadas. Las reglas nacen de la interacción y evolucionan conforme la sociedad evoluciona. Son dinámicas y responden al carácter innovador y renovador de la vida en sociedad.
Hace unos días el diario El Comercio refería que el Código de Consumo “no había respondido a las expectativas” y sustentaba su conclusión en una encuesta tomada a la población. Al día siguiente de publicada esa información el mismo diario editorializaba sobre las razones de por qué esas expectativas no habían sido satisfechas, y se achacaba el hecho a problemas en las normas, falta de reglamentación y a la incapacidad del Indecopi de poner en práctica las reglas aprobadas.
El Comercio se equivoca de cabo a rabo. La razón por la que el código no funciona es la misma por la que fracasó el esperanto: no se entiende que el mercado -como el lenguaje- es un orden espontáneo en el que las regulaciones, y en especial las malas regulaciones, están condenadas al fracaso. El código trata de crear reglas para la interacción al margen de si reflejan o no lo que la gente quiere. Reglas creadas sin información respecto de lo que los seres humanos quieren y necesitan no augura nada bueno.
Quizás esté equivocado, pero me atrevo a sugerir que lo que los consumidores más desean es innovación y diversidad. Las personas queremos que las empresas y proveedores encuentren nuevas maneras, más efectivas y económicas, de satisfacer nuestras necesidades y que tengamos opciones diferentes en el mercado entre las cuales escoger. La clara inclinación por soluciones tecnológicas cada vez más sofisticadas y, a la vez baratas, parece un signo de los tiempos de Steve Jobs y Bill Gates. Lo mismo se puede decir en la creatividad que uno encuentra entre nuevos servicios y calidades. El código va precisamente en contra, pues al regular estándares y reglas obligatorias reduce los espacios para innovar. El problema es entonces que no se respetan las reglas, pero no porque los proveedores sean malos, sino porque no hay suficientes consumidores dispuestos a hacer que el código se cumpla, simplemente porque no es eso lo que les interesa.
Otra cosa que me atrevo a sugerir que los consumidores desean es pagar menos. Pero los estándares del código son una recatafila de sobrecostos impuestos sin preguntar a los consumidores si están dispuestos o deseosos de pagar por ellos. Y ante cumplir el código a mayor costo, la gente escoge que este no se cumpla.
Los Gutiérrez y Delgados que impulsaron el código cometen el mismo error que Zamenhof y de los socialistas: olvidar la existencia de órdenes espontáneos. Y es que, les guste o no, ese código es un esperpento socialista, pero bajo piel de cordero pro mercado. Sus impulsores creen que empujan el desarrollo de un mercado cuando en realidad lo destruyen, y al hacerlo conducen a una reducción sustancial del bienestar.
¿Por qué el Código de Consumo no ha satisfecho las expectativas? Por una razón muy sencilla: porque no puede hacerlo. Después de ofrecernos que nos llevaría a un mundo mejor, nos deja en un mundo en el que nadie estará satisfecho: no puede cumplirse porque crea una relación “contra natura” entre proveedores y consumidores.
Por eso los comentarios que se pusieron a mi post anterior (Querido Papá Noel, publicado el 23 de diciembre del 2011) que preguntaban por qué proponía derogar ese esperpento llamado Código de Consumo encuentran aquí su respuesta. Los mercados no se corrigen ni funcionan mejor con libros de reclamos o prohibiendo los transgénicos o limitando el derecho a renunciar al prepago de un crédito. Los mercados funcionan mejor dejando que -como en el lenguaje- los consumidores se expresen mejor. A fin de cuentas los mercados son como los idiomas: son formas de comunicar expectativas llevándolas al encuentro de aquellas capacidades de otros que puedan satisfacerlas.
Lo dicho no quiere decir, sin embargo, que el código sea irrelevante y que no cause daño. Es todo lo contrario. Los órdenes espontáneos se desarrollan mejor y generan más bienestar dentro de marcos institucionales que promueven la interacción libre, dejan espacio a la innovación y permiten que cada persona encuentre su camino.
Cuando la interacción humana se encuentra con regulaciones ridículas y absurdas como las que plagan el articulado del código que pretenden ser impuestas por la autoridad, se limita y relativiza la capacidad de los órdenes espontáneos para avanzar en la generación de bienestar. Se elevan innecesariamente los costos de transacción y convierte la satisfacción legítima de intereses individuales de consumidores y proveedores en infracción, ilegalidad e informalidad. Así como prohibir hablar español convertirá en clandestino un idioma, sancionar la innovación y la reducción de costos convierte en ilegal y penado lo que deberíamos aplaudir.
Aquí planteo una apuesta: año tras año, década tras década, todas las encuestas que se hagan arrojaran el mismo resultado: el bendito código no satisface las expectativas de la gente. Pero eso no es su culpa. Es consecuencia de que el mercado es un orden espontáneo y culpa de la ingenua malicia de sus creadores.
PD. Para los que tengan curiosidad sobre qué significa el título: El Código de Consumo es un adefesio y daña a la economía.
* Abogado de Bullard, Falla & Ezcurra
sábado, 3 de diciembre de 2011
Minería: Pico y Pala
Por: Eduardo Morón *
EL COMERCIO
03-12-11
Para muchos desinformados la actividad minera se puede reducir a agarrar un pico y una pala; la actividad no implica ningún esfuerzo tecnológico, no hay nada de sofisticado. Como las exportaciones de minerales están clasificadas como tradicionales, algunos suponen que se utilizan métodos tradicionales, por no decir ancestrales o artesanales.
Me imagino que estarán pensando en la minería informal, en la minería artesanal. La minería formal y por tanto la exportación de minerales es por el contrario una actividad donde la tecnología de punta está en todos lados. Desde la manera como se lleva a cabo la exploración y prospección hasta las complejidades de la explotación, la minería es una actividad donde la tecnología y la innovación abundan.
El problema es que no conocemos que para cosas tan aparentemente simples como volar un cerro que tiene algún contenido de mineral, no se recurre al estilo “Duro de matar”, sino que debe ser volado de una manera controlada. Este detalle incluye cosas como definir qué tipo de cargas explosivas usar, cómo conseguir piedras de cierto tamaño que permitirán extraer más fácilmente (y más económicamente rentable) el mineral.
Proyectos como Yanacocha muestran el triunfo tecnológico de poder encontrar de manera rentable las minúsculas partículas de oro en, literalmente, cerros de material, a través de un proceso llamado lixiviación.
La minería innova porque un dato crucial para sus proyectos de inversión es cuál es su costo de producción. Los mineros no deciden a qué precio venden. Ese precio viene dado. Si sus costos de operación no son suficientemente bajos, simplemente no van.
La presencia de empresas transnacionales es, sin duda, una enorme ventaja para la adopción de tecnología. Estas son empresas que tienen un enorme incentivo para innovar. Cada ventaja tecnológica implica una ganancia directa en sus beneficios, así que lo van a hacer no porque les interese ser sofisticados sino porque les conviene privadamente.
Pensar que no hay valor agregado es suponer que la minería se hace a punta de pico y pala. Esa es simplemente una caricatura alejada de la realidad.
* Economista, Universidad del Pacífico
EL COMERCIO
03-12-11
Para muchos desinformados la actividad minera se puede reducir a agarrar un pico y una pala; la actividad no implica ningún esfuerzo tecnológico, no hay nada de sofisticado. Como las exportaciones de minerales están clasificadas como tradicionales, algunos suponen que se utilizan métodos tradicionales, por no decir ancestrales o artesanales.
Me imagino que estarán pensando en la minería informal, en la minería artesanal. La minería formal y por tanto la exportación de minerales es por el contrario una actividad donde la tecnología de punta está en todos lados. Desde la manera como se lleva a cabo la exploración y prospección hasta las complejidades de la explotación, la minería es una actividad donde la tecnología y la innovación abundan.
El problema es que no conocemos que para cosas tan aparentemente simples como volar un cerro que tiene algún contenido de mineral, no se recurre al estilo “Duro de matar”, sino que debe ser volado de una manera controlada. Este detalle incluye cosas como definir qué tipo de cargas explosivas usar, cómo conseguir piedras de cierto tamaño que permitirán extraer más fácilmente (y más económicamente rentable) el mineral.
Proyectos como Yanacocha muestran el triunfo tecnológico de poder encontrar de manera rentable las minúsculas partículas de oro en, literalmente, cerros de material, a través de un proceso llamado lixiviación.
La minería innova porque un dato crucial para sus proyectos de inversión es cuál es su costo de producción. Los mineros no deciden a qué precio venden. Ese precio viene dado. Si sus costos de operación no son suficientemente bajos, simplemente no van.
La presencia de empresas transnacionales es, sin duda, una enorme ventaja para la adopción de tecnología. Estas son empresas que tienen un enorme incentivo para innovar. Cada ventaja tecnológica implica una ganancia directa en sus beneficios, así que lo van a hacer no porque les interese ser sofisticados sino porque les conviene privadamente.
Pensar que no hay valor agregado es suponer que la minería se hace a punta de pico y pala. Esa es simplemente una caricatura alejada de la realidad.
* Economista, Universidad del Pacífico
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PERU
viernes, 18 de noviembre de 2011
País Min...
Por: Rolando Arellano C.*
EL COMERCIO
18-11-11
¿Qué pasaría si nuestro país no tuviera los ingresos de la actividad minera, que representan un tercio de los impuestos que recibe el Estado Peruano?
La respuesta es que se quedaría trunco al menos el 30% de las actividades de desarrollo del país. Se truncaría como el título de esta columna, donde la tinta solo alcanzó para dos tercios de la frase que quería decir que somos un país minero.
Sin la minería, debería desaparecer uno de cada tres proyectos de apoyo a la sociedad. Así, el gobierno nacional tendría que escoger cuál proyecto eliminar: ¿Pensión 65? ¿Desayuno y almuerzo escolar? ¿Cuna más?
Además, debería decidir si desaparecen los servicios de salud, deja de construir carreteras o no invierte en servicios de agua potable. Y tendrá que ver a quién dejar sin beneficios –¿a los niños, a los adultos mayores, a las mujeres más pobres?– para salvar 2 de cada 3 proyectos que haya pensado emprender.
Pero, suponiendo que no quiera eliminar drásticamente ninguno, entonces estará obligado a disminuir el alcance de los beneficios en todos ellos. Poner 2 profesores para cada 3 salones de clase en los colegios públicos, dar 4 pastillas a cada enfermo en vez de las 6 que necesita, y darles 30% menos de leche a los comedores populares.
No se piense que eso es solamente un problema para el gobierno nacional. Los gobiernos regionales, los municipios, y todas las autoridades públicas deberán hacer lo mismo.
Ellos empezarán por despedir al 30% de su personal (o bajarles en 30% el sueldo a todos), dejarán que se sequen las plantas del 30% de los parques, y cortarán en un tercio sus gastos de representación.
Además, paradójicamente, aquellas autoridades que se oponen a la minería dispondrán de 30% menos de fondos para organizar sus actividades antimineras.
Sin pretender decir que se debe permitir la actividad minera a cualquier costo, creemos que es necesario entender la gran importancia que tiene ella para todos en el país.
Pero debemos aclarar también que sin la minería no todo disminuirá en el Perú. Sin los aportes mineros probablemente aumentarán en 30% las protestas sociales y habrá 30% más de críticas a todas las autoridades. Incluidas aquellas que se oponen a la minería.
(*)Dr en Márketing. Centrum Católica. Arellano Marketing, Investigación y Consultoría.
EL COMERCIO
18-11-11
¿Qué pasaría si nuestro país no tuviera los ingresos de la actividad minera, que representan un tercio de los impuestos que recibe el Estado Peruano?
La respuesta es que se quedaría trunco al menos el 30% de las actividades de desarrollo del país. Se truncaría como el título de esta columna, donde la tinta solo alcanzó para dos tercios de la frase que quería decir que somos un país minero.
Sin la minería, debería desaparecer uno de cada tres proyectos de apoyo a la sociedad. Así, el gobierno nacional tendría que escoger cuál proyecto eliminar: ¿Pensión 65? ¿Desayuno y almuerzo escolar? ¿Cuna más?
Además, debería decidir si desaparecen los servicios de salud, deja de construir carreteras o no invierte en servicios de agua potable. Y tendrá que ver a quién dejar sin beneficios –¿a los niños, a los adultos mayores, a las mujeres más pobres?– para salvar 2 de cada 3 proyectos que haya pensado emprender.
Pero, suponiendo que no quiera eliminar drásticamente ninguno, entonces estará obligado a disminuir el alcance de los beneficios en todos ellos. Poner 2 profesores para cada 3 salones de clase en los colegios públicos, dar 4 pastillas a cada enfermo en vez de las 6 que necesita, y darles 30% menos de leche a los comedores populares.
No se piense que eso es solamente un problema para el gobierno nacional. Los gobiernos regionales, los municipios, y todas las autoridades públicas deberán hacer lo mismo.
Ellos empezarán por despedir al 30% de su personal (o bajarles en 30% el sueldo a todos), dejarán que se sequen las plantas del 30% de los parques, y cortarán en un tercio sus gastos de representación.
Además, paradójicamente, aquellas autoridades que se oponen a la minería dispondrán de 30% menos de fondos para organizar sus actividades antimineras.
Sin pretender decir que se debe permitir la actividad minera a cualquier costo, creemos que es necesario entender la gran importancia que tiene ella para todos en el país.
Pero debemos aclarar también que sin la minería no todo disminuirá en el Perú. Sin los aportes mineros probablemente aumentarán en 30% las protestas sociales y habrá 30% más de críticas a todas las autoridades. Incluidas aquellas que se oponen a la minería.
(*)Dr en Márketing. Centrum Católica. Arellano Marketing, Investigación y Consultoría.
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ROLANDO ARELLANO
lunes, 7 de noviembre de 2011
Las lecciones de las cucharitas y los indignados
Por: Alfredo Bullard
SEMANA ECONÓMICA
24-10-11
Un reconocido profesor de economía norteamericano fue convocado por las autoridades de China para asesorarlos en varias de las reformas. Durante un recorrido pudo apreciar varias obras públicas que venían ejecutándose. Vio como un sinnúmero de trabajadores cavaban, con lampas en la mano, una inmensa zanja. El dialogo que se produjo entre el profesor y el funcionario chino que lo acompañaba fue más o menos así:
“Dígame, por que no usan maquinaria pesada para hacer la zanja en lugar de tantos trabajadores con lampas. Sería mucho más productivo y eficiente.”
El funcionario chino, con tono de autoridad y con autosuficiencia, le contestó:
“Si usáramos maquinaria pesada necesitaríamos menos trabajadores y estos quedarían desempleados. El uso de lampas asegura más trabajo para el pueblo chino.”
El profesor dibujó una sonrisa sarcástica en los labios y en todo medio en serio, medio en broma, respondió: “Si de eso se trata, entonces cambien las lampas por cucharitas”.
Esta anécdota ayuda a entender varias lecciones sobre las cosas que hoy pasan en el mundo.
La primera lección, y quizás la más importante, es que la riqueza proviene de la productividad. Y la productividad es generada principalmente por la tecnología y los bienes de capital. Las lampas, al ser una tecnología superior a las cucharitas, hacen que cada trabajador produzca más y con ello aumenta más la riqueza disponible. Y se produciría más riqueza con maquinaria pesada. Sin bienes de capital y tecnología, y sin los recursos para invertir en ella, la productividad será menor. Un mundo más rico requiere de esas inversiones.
Eso nos lleva a una segunda lección. ¿Cuándo será el sueldo de cada trabajador más alto? ¿Con cucharitas o con lampas? La respuesta es obvia. El sueldo será mayor con lampas y aún mayor con cargadores frontales. Al ser cada trabajador más productivo, y generar más riqueza, su sueldo será mayor. La explicación de por que un obrero americano, incluso después de la crisis, gana mucho más que un obrero peruano, es que el primero es más productivo, y lo es por que en su ambiente laboral hay más tecnología (incluida mayor educación) y bienes de capital que aumentan su productividad. Al producir más se le puede pagar más.
La tercera lección es igual de obvia, pero se entiende menos. ¿Cuándo habrá más trabajo? ¿Con lampas o con cucharitas? El error común, cometido por el funcionario chino y no desmentido abiertamente por el profesor, es que las cucharitas generan más empleo. Falso. Las cucharitas generan menos puestos de trabajo en el mediano y en el largo plazo.
¿Como así? Para ello basta entender quién paga las remuneraciones de los trabajadores. Tendemos a creer que son los empleadores. Pero eso es un espejismo generado por las boletas de pago. En realidad los sueldos son pagados por los consumidores que demandan productos y servicios y que están dispuestos a pagar por ellos en función a sus preferencias y su capacidad de pago. Y un trabajador que produce más unidades de algo (por que es más productivo) podrá obtener su sueldo de más consumidores. Como dice Mises, al pagar salarios el empleador actúa en realidad como mandatario de los consumidores ¿Y de donde proviene su capacidad de pago? Pues en el caso de la mayoría de los consumidores, de sus sueldos. Es decir que los consumidores son usualmente esos trabajadores que ahora, gracias al uso de lampas (y mejor aún, de cargadores frontales), ganan más que con el uso de cucharitas, y por tanto pueden demandar más bienes y servicios. Y a mayor productividad la demanda crece y permite generar más puestos de trabajo. Ese es el círculo virtuoso del aumento real de la productividad.
Y esto nos lleva a la cuarta lección: los salarios y las condiciones de vida de los ciudadanos pueden mejorar solo si se mejora la productividad y la eficiencia de la economía. Si tratamos que la gente gane sueldos o reciba ingresos de “lampas”, cuando produce con “cucharitas”, el resultado será una economía de ficción no sostenible en el tiempo. Solo se puede lograr (en el corto plazo) consumiendo hoy recursos destinados a generar bienes de capital y tecnología, es decir sacrificando productividad futura para crear una falsa sensación de bienestar presente.
De allí el gran error de creer que aumentando impuestos o afectando a los inversionistas mejoramos a los trabajadores. Usualmente esos impuestos o afectaciones reducen el stock de recursos destinados a invertir en tecnología y bienes de capital, y con ello se reduce la productividad real.
Y todo esto me trae al tema de hoy en el post: los indignados. ¿Quiénes son estos individuos? Pues una colectividad de anónimos con una identidad inidentificable. ¿Qué los une? No lo tengo claro. Sus mensajes son contradictorios. Se quejan de los ricos, de los bancos, de Wall Street pero a su vez se quejan del Estado que les permite seguir haciendo supuestas “travesuras”. A los primeros los agarra de responsables. Al segundo lo agarran de cómplice.
Pero las cosas son precisamente al revés.
¿Qué causo la crisis del 2008? Pues lo mismo que esta causando la crisis del 2011 (que en mi entender es la misma crisis, reempaquetada para que vuelva a explotar, pero peor). Es una crisis de falsa productividad. Todo el mundo ha culpado a los bancos de lo que pasó con las famosas hipotecas basura. Pero lo que en realidad pasó fue que los gobiernos republicanos y demócratas en Estados Unidos se pusieron de acuerdo en regalar créditos para casas para sectores más pobres. Estos créditos fueron fomentados mediante la creación de una banca cuasiestatal, la reducción de las tasas de interés a niveles absurdos, la promoción de créditos hipotecarios para personas de bajos ingresos, el reforzar normas antidiscriminación en el crédito. Esto llevó a crear una burbuja que no es otra cosa que inmuebles adquiridos no en base a un aumento de la productividad de la economía, sino a una política que creaba el espejismo de que podías tener una casa que en realidad no podías pagar por que no eras suficientemente productivo.
Esa falsa riqueza se filtró en el sistema financiero y en el mercado de capitales y los destruyó como un virus destruye la información en una computadora. El sistema se limitó a reaccionar a las señales que el Estado dio. El Estado dijo que podías tener casas con sueldos de lampas, cuando seguías usando cucharitas. Esas casas son un engaña muchachos que luego nos pasarían la factura. Los empresarios se limitaron a seguir los incentivos. Como bien se dijo en su momento, culpar de la crisis a los empresarios es como culpar a la ley de la gravedad de un accidente de aviación.
Y el mercado reaccionó por el lado inmobiliario. Pero otros sistemas igual de nocivos, con productividad de cucharitas aspirando a sueldos de cargadores frontales generan el mismo riesgo. Allí están los sistemas de seguridad social americanos y europeos (las “pensiones 65” que no se sustentan en mayor productividad), los sistemas de salud que funcionan como agujeros negros que se devoran todo lo que encuentran sin sustentarse en recursos reales para financiar las cargas que soportan, los sistemas de welfare que crean un bienestar artificial sin sustento en verdadera productividad, los mecanismos de protección al consumidor que creen que se puede hacer más ricos a los consumidores dictando un Código de Consumo, etc, etc, etc.
Y en todos ellos esta como denominador común un Estado que causa todos los estropicios y luego pretende culpar al sector privado por seguir los mensajes que el propio Estado manda. El Estado sigue forzando a financiar gastos que generan un bienestar imposible con los niveles de productividad existentes. Esa “riqueza” es artificial y falsa por que no se basa en mayor inversión en bienes de capital y tecnología, sino en demagogia pura.
Como bien dijo proféticamente Mises hace varias decadas:
“Pero la expansión del crédito, ya sea producida mediante la emisión adicional de billetes, o por aumento de préstamos bancarios que crean nuevos depósitos en las cuentas corrientes de los clientes, no agregan nada a la riqueza de la nación en bienes de capital. Sólo crean la ilusión de un incremento de fondos disponibles para una expansión de la producción. Al poder obtener crédito barato, la gente cree, erróneamente, que la riqueza de la nación se ha incrementado, y que, por tanto, ciertos proyectos que antes no podía ejecutarse son ahora factibles. La puesta en marcha de estos proyectos intensifica la demanda de trabajo y de materias primas, elevando así los salarios y los precios de los bienes. Se produce un auge artificial.”
¿Y qué esta pasando hoy? Pues más de lo mismo. La lección del 2008 fue: no se puede consumir lo que no se tiene. La gente tiene que ajustar sus ingresos y beneficios (pensiones, seguros médicos, bienestar artificial) a las condiciones de productividad reales. Hay que restringir el crédito a condiciones realistas para evitar que la bola siga creciendo. Sí, el famoso Estado de bienestar europeo o norteamericano era falso, por que regala lo que no se tiene. Los sueldos tienen que bajar, los beneficios reducirse y ajustarse todos.
¿Y qué se hizo? Pues justo lo contrario: expansión mayor del gasto, evitar que los bancos se cayeran, rescatar a quienes ganan sin productividad, y profundizar el problema que causó la crisis. El mayor ejemplo de esa estupidez: las reformas del sistema de welfare llevadas a cabo por Obama. En lugar de apagar el incendio, le echaron gasolina.
Y ahora dicen que lo que faltó fue regulación cuando fue precisamente eso lo que sobró y causó todos los estropicios. El Estado causante, no contento con lo que embarró, se reclama a si mismo más Estado.
¿Y quienes son los indignados? Esos que recibieron sueldos de cargador frontal cuando producían con cucharitas. Recibieron beneficios que la sociedad no podía pagar por que el Estado creó un espejismo que se diluye al chocar con la realidad. Los griegos, los españoles, los portugueses, los americanos y pronto por nuestro lado los argentinos, tendrán que asumir que lo falso, falso es, y que nada en sus protestas lo convertirá en verdad.
Culpan al mercado por que este cometió el pecado de sincerar las cosas. Por que este desenmascaró al Estado y sus absurdas políticas promotoras de un falso bienestar que no es sostenible en el tiempo. Como el emisario de la mala noticia, les cae mal, confundiendo al portador del mensaje con el causante de la desgracia. No deberían ir a ocupar Wall Street, sino las oficinas de los Ministerios y oficinas públicas causantes del desastre.
La verdad es que soy yo el indignado. Y es que indigna constatar tanta ceguera para ver lo que es evidente.
SEMANA ECONÓMICA
24-10-11
Un reconocido profesor de economía norteamericano fue convocado por las autoridades de China para asesorarlos en varias de las reformas. Durante un recorrido pudo apreciar varias obras públicas que venían ejecutándose. Vio como un sinnúmero de trabajadores cavaban, con lampas en la mano, una inmensa zanja. El dialogo que se produjo entre el profesor y el funcionario chino que lo acompañaba fue más o menos así:
“Dígame, por que no usan maquinaria pesada para hacer la zanja en lugar de tantos trabajadores con lampas. Sería mucho más productivo y eficiente.”
El funcionario chino, con tono de autoridad y con autosuficiencia, le contestó:
“Si usáramos maquinaria pesada necesitaríamos menos trabajadores y estos quedarían desempleados. El uso de lampas asegura más trabajo para el pueblo chino.”
El profesor dibujó una sonrisa sarcástica en los labios y en todo medio en serio, medio en broma, respondió: “Si de eso se trata, entonces cambien las lampas por cucharitas”.
Esta anécdota ayuda a entender varias lecciones sobre las cosas que hoy pasan en el mundo.
La primera lección, y quizás la más importante, es que la riqueza proviene de la productividad. Y la productividad es generada principalmente por la tecnología y los bienes de capital. Las lampas, al ser una tecnología superior a las cucharitas, hacen que cada trabajador produzca más y con ello aumenta más la riqueza disponible. Y se produciría más riqueza con maquinaria pesada. Sin bienes de capital y tecnología, y sin los recursos para invertir en ella, la productividad será menor. Un mundo más rico requiere de esas inversiones.
Eso nos lleva a una segunda lección. ¿Cuándo será el sueldo de cada trabajador más alto? ¿Con cucharitas o con lampas? La respuesta es obvia. El sueldo será mayor con lampas y aún mayor con cargadores frontales. Al ser cada trabajador más productivo, y generar más riqueza, su sueldo será mayor. La explicación de por que un obrero americano, incluso después de la crisis, gana mucho más que un obrero peruano, es que el primero es más productivo, y lo es por que en su ambiente laboral hay más tecnología (incluida mayor educación) y bienes de capital que aumentan su productividad. Al producir más se le puede pagar más.
La tercera lección es igual de obvia, pero se entiende menos. ¿Cuándo habrá más trabajo? ¿Con lampas o con cucharitas? El error común, cometido por el funcionario chino y no desmentido abiertamente por el profesor, es que las cucharitas generan más empleo. Falso. Las cucharitas generan menos puestos de trabajo en el mediano y en el largo plazo.
¿Como así? Para ello basta entender quién paga las remuneraciones de los trabajadores. Tendemos a creer que son los empleadores. Pero eso es un espejismo generado por las boletas de pago. En realidad los sueldos son pagados por los consumidores que demandan productos y servicios y que están dispuestos a pagar por ellos en función a sus preferencias y su capacidad de pago. Y un trabajador que produce más unidades de algo (por que es más productivo) podrá obtener su sueldo de más consumidores. Como dice Mises, al pagar salarios el empleador actúa en realidad como mandatario de los consumidores ¿Y de donde proviene su capacidad de pago? Pues en el caso de la mayoría de los consumidores, de sus sueldos. Es decir que los consumidores son usualmente esos trabajadores que ahora, gracias al uso de lampas (y mejor aún, de cargadores frontales), ganan más que con el uso de cucharitas, y por tanto pueden demandar más bienes y servicios. Y a mayor productividad la demanda crece y permite generar más puestos de trabajo. Ese es el círculo virtuoso del aumento real de la productividad.
Y esto nos lleva a la cuarta lección: los salarios y las condiciones de vida de los ciudadanos pueden mejorar solo si se mejora la productividad y la eficiencia de la economía. Si tratamos que la gente gane sueldos o reciba ingresos de “lampas”, cuando produce con “cucharitas”, el resultado será una economía de ficción no sostenible en el tiempo. Solo se puede lograr (en el corto plazo) consumiendo hoy recursos destinados a generar bienes de capital y tecnología, es decir sacrificando productividad futura para crear una falsa sensación de bienestar presente.
De allí el gran error de creer que aumentando impuestos o afectando a los inversionistas mejoramos a los trabajadores. Usualmente esos impuestos o afectaciones reducen el stock de recursos destinados a invertir en tecnología y bienes de capital, y con ello se reduce la productividad real.
Y todo esto me trae al tema de hoy en el post: los indignados. ¿Quiénes son estos individuos? Pues una colectividad de anónimos con una identidad inidentificable. ¿Qué los une? No lo tengo claro. Sus mensajes son contradictorios. Se quejan de los ricos, de los bancos, de Wall Street pero a su vez se quejan del Estado que les permite seguir haciendo supuestas “travesuras”. A los primeros los agarra de responsables. Al segundo lo agarran de cómplice.
Pero las cosas son precisamente al revés.
¿Qué causo la crisis del 2008? Pues lo mismo que esta causando la crisis del 2011 (que en mi entender es la misma crisis, reempaquetada para que vuelva a explotar, pero peor). Es una crisis de falsa productividad. Todo el mundo ha culpado a los bancos de lo que pasó con las famosas hipotecas basura. Pero lo que en realidad pasó fue que los gobiernos republicanos y demócratas en Estados Unidos se pusieron de acuerdo en regalar créditos para casas para sectores más pobres. Estos créditos fueron fomentados mediante la creación de una banca cuasiestatal, la reducción de las tasas de interés a niveles absurdos, la promoción de créditos hipotecarios para personas de bajos ingresos, el reforzar normas antidiscriminación en el crédito. Esto llevó a crear una burbuja que no es otra cosa que inmuebles adquiridos no en base a un aumento de la productividad de la economía, sino a una política que creaba el espejismo de que podías tener una casa que en realidad no podías pagar por que no eras suficientemente productivo.
Esa falsa riqueza se filtró en el sistema financiero y en el mercado de capitales y los destruyó como un virus destruye la información en una computadora. El sistema se limitó a reaccionar a las señales que el Estado dio. El Estado dijo que podías tener casas con sueldos de lampas, cuando seguías usando cucharitas. Esas casas son un engaña muchachos que luego nos pasarían la factura. Los empresarios se limitaron a seguir los incentivos. Como bien se dijo en su momento, culpar de la crisis a los empresarios es como culpar a la ley de la gravedad de un accidente de aviación.
Y el mercado reaccionó por el lado inmobiliario. Pero otros sistemas igual de nocivos, con productividad de cucharitas aspirando a sueldos de cargadores frontales generan el mismo riesgo. Allí están los sistemas de seguridad social americanos y europeos (las “pensiones 65” que no se sustentan en mayor productividad), los sistemas de salud que funcionan como agujeros negros que se devoran todo lo que encuentran sin sustentarse en recursos reales para financiar las cargas que soportan, los sistemas de welfare que crean un bienestar artificial sin sustento en verdadera productividad, los mecanismos de protección al consumidor que creen que se puede hacer más ricos a los consumidores dictando un Código de Consumo, etc, etc, etc.
Y en todos ellos esta como denominador común un Estado que causa todos los estropicios y luego pretende culpar al sector privado por seguir los mensajes que el propio Estado manda. El Estado sigue forzando a financiar gastos que generan un bienestar imposible con los niveles de productividad existentes. Esa “riqueza” es artificial y falsa por que no se basa en mayor inversión en bienes de capital y tecnología, sino en demagogia pura.
Como bien dijo proféticamente Mises hace varias decadas:
“Pero la expansión del crédito, ya sea producida mediante la emisión adicional de billetes, o por aumento de préstamos bancarios que crean nuevos depósitos en las cuentas corrientes de los clientes, no agregan nada a la riqueza de la nación en bienes de capital. Sólo crean la ilusión de un incremento de fondos disponibles para una expansión de la producción. Al poder obtener crédito barato, la gente cree, erróneamente, que la riqueza de la nación se ha incrementado, y que, por tanto, ciertos proyectos que antes no podía ejecutarse son ahora factibles. La puesta en marcha de estos proyectos intensifica la demanda de trabajo y de materias primas, elevando así los salarios y los precios de los bienes. Se produce un auge artificial.”
¿Y qué esta pasando hoy? Pues más de lo mismo. La lección del 2008 fue: no se puede consumir lo que no se tiene. La gente tiene que ajustar sus ingresos y beneficios (pensiones, seguros médicos, bienestar artificial) a las condiciones de productividad reales. Hay que restringir el crédito a condiciones realistas para evitar que la bola siga creciendo. Sí, el famoso Estado de bienestar europeo o norteamericano era falso, por que regala lo que no se tiene. Los sueldos tienen que bajar, los beneficios reducirse y ajustarse todos.
¿Y qué se hizo? Pues justo lo contrario: expansión mayor del gasto, evitar que los bancos se cayeran, rescatar a quienes ganan sin productividad, y profundizar el problema que causó la crisis. El mayor ejemplo de esa estupidez: las reformas del sistema de welfare llevadas a cabo por Obama. En lugar de apagar el incendio, le echaron gasolina.
Y ahora dicen que lo que faltó fue regulación cuando fue precisamente eso lo que sobró y causó todos los estropicios. El Estado causante, no contento con lo que embarró, se reclama a si mismo más Estado.
¿Y quienes son los indignados? Esos que recibieron sueldos de cargador frontal cuando producían con cucharitas. Recibieron beneficios que la sociedad no podía pagar por que el Estado creó un espejismo que se diluye al chocar con la realidad. Los griegos, los españoles, los portugueses, los americanos y pronto por nuestro lado los argentinos, tendrán que asumir que lo falso, falso es, y que nada en sus protestas lo convertirá en verdad.
Culpan al mercado por que este cometió el pecado de sincerar las cosas. Por que este desenmascaró al Estado y sus absurdas políticas promotoras de un falso bienestar que no es sostenible en el tiempo. Como el emisario de la mala noticia, les cae mal, confundiendo al portador del mensaje con el causante de la desgracia. No deberían ir a ocupar Wall Street, sino las oficinas de los Ministerios y oficinas públicas causantes del desastre.
La verdad es que soy yo el indignado. Y es que indigna constatar tanta ceguera para ver lo que es evidente.
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