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domingo, 28 de septiembre de 2014

Los pesimistas

Estamos llenos de prejuicios que nos hacen pensar que el mundo está peor cuando en realidad estamos mejor que nunca.

Por: Alfredo Bullard (abogado)
EL COMERCIO
28-09-14

“Todo tiempo pasado fue mejor” es una frase que siempre repetimos . ¿Es cierta? ¿Estamos peor que antes? Gracias a un link enviado por Lampadia puede revisar una conferencia TED de Hans Rosling y de su hijo Ola. Hans Rosling es el creador de Gapminder, un sistema que integra de manera evolutiva y comparativa las estadísticas de la mayoría de países del mundo.

Los Rosling hacen tres simples preguntas al público y las comparan con las respuestas en encuestas en Suecia y Estados Unidos a personas y las hipotéticas respuestas random de chimpancés.

Las tres preguntas son: 1) ¿Cómo ha cambiado el número de muertes por año a causa de desastres naturales en el último siglo? ¿Se duplicó, se mantuvo más o menos igual o decreció a menos de la mitad? 2) ¿Cómo ha cambiado el porcentaje de personas en el mundo que viven en la pobreza extrema en los últimos 20 años? ¿Se ha duplicado, se ha quedado más o menos igual, o se ha reducido a la mitad? 3) ¿Por cuánto tiempo las mujeres de 30 años de edad en el mundo han ido a la escuela: siete años, cinco años o tres años?

¿Qué hubiera contestado usted? Es probable que a la primera pregunta haya dicho que las muertes por desastres naturales se han duplicado. Después de todo, los noticieros están llenos de esos eventos todos los días. A la segunda quizás haya dicho que el número de pobres extremos se ha duplicado. Todos los días escuchamos que los sistemas económicos están empeorando la situación de la gente. A la tercera es probable que haya contestado tres años. Es lógico. La discriminación de género hace que las mujeres estén en una situación realmente desventajosa frente a los hombres.

Si esas fueron sus respuestas, lo felicito. Usted piensa lo mismo que los suecos o los norteamericanos. El 50% de los suecos contestó que las muertes por desastres se han duplicado, el 38% que siguen más o menos igual y solo el 12% que se han reducido. Pero los chimpancés estuvieron más cerca de la respuesta correcta. El 33% pensó que se habían reducido. La realidad es que en el último siglo las muertes por desastres naturales se han reducido de medio millón al año a alrededor de 50.000 en el último siglo (mucho menos de la mitad). Hemos mejorado sustancialmente. Los chimpancés ganaron porque no ven noticieros.

Si usted pensó que la pobreza extrema se ha duplicado, coincide con los norteamericanos. Solo el 5% de ellos cree que se ha reducido a la mitad en los últimos 20 años. Pero lo cierto es que eso es lo que ha ocurrido en el mundo. La pobreza extrema se ha reducido en 50%. ¿Por qué entonces creemos que hay más pobres que antes?

¿Consideró usted que las mujeres van en promedio en el mundo solo tres años a la escuela? De nuevo coincide con los suecos, pero está equivocado. La respuesta correcta es siete. Los hombres van ocho. Las mujeres casi los han alcanzado en los últimos años y de seguir la tendencia pronto no habrá diferencia. Lo que ocurre es que pensamos en las peores partes del mundo, donde existe efectivamente una gran discriminación. Pero lo cierto es que, como dicen los Rosling, esos sitios son cada vez más extraños. Ignoramos lo que pasa a la mayoría.

Estamos llenos de prejuicios que nos hacen pensar que el mundo está peor cuando en realidad estamos mejor que nunca. Y el ejercicio se puede repetir con cientos de indicadores: mortalidad infantil, expectativa de vida, acceso a servicios públicos, niveles de ingreso, etc.

Lo malo es que ese pesimismo equivocado es usado todo el tiempo para impulsar políticas que nos llevan precisamente en contra de lo que queremos lograr. Por eso la próxima vez que le hagan una pregunta como las que nos hacen los Rosling, piense en positivo. Piense que estamos mejor. Es casi seguro que acertará.

sábado, 1 de marzo de 2014

Facebook, Coase y Gastón Acurio

El sector privado también puede generar bienes públicos

Por: Alfredo Bullard (Abogado)
EL COMERCIO
01-03-2014

Esta semana asistí al Mobile World Congress en Barcelona, la reunión más importante del mundo sobre telefonía móvil. Allí pude escuchar a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

Zuckerberg señaló que estaba haciendo esfuerzos por aumentar el número de personas conectadas a Internet. Había convencido a su directorio, y estaba convenciendo a varios operadores de telefonía móvil, para invertir en dar acceso a un paquete básico de servicios (como Wikipedia, pronósticos del clima, Facebook, entre otros) sin costo. Así el teléfono móvil vendría con acceso a ese paquete de servicios básicos sin pagar por dicho acceso. Literalmente dijo: “Sería como cuando adquieres una línea de teléfono fija y esta viene con la posibilidad de llamar a emergencia de la policía o a los bomberos sin costo”.

Cuando le preguntaron por qué Facebook y operadores de telefonía móvil invertirían en regalar acceso gratuito, su respuesta fue: “Creé Facebook para conectar a la gente. Hay que seguir conectando más gente aún. No tengo un modelo económico que me diga cómo se va a ganar dinero, pero mi intuición me dice que si conecto más gente, habrá más oportunidades de negocio”.

El problema se puede explicar con la teoría de los bienes públicos. Según esa teoría, hay bienes necesarios para la convivencia humana que no van a ser producidos por el mercado porque generan externalidades. En otros términos, uno invierte en producirlos y otros se llevan (se externalizan) parte de los beneficios. Por tanto, mejor no se invierte y por ello no se producen. Entonces el Estado debe producirlos (como la seguridad pública, las calles, etc).

La conectividad de la que habla Zuckerberg tiene un componente de bien público: si conecto a alguien los demás se benefician sin pagar. Lo curioso es que propone que sean empresas privadas las que lo produzcan, y no el Estado.

La figura se entiende mejor con un ejemplo de libro de texto: el de los faros que guían a los barcos en el mar. Una vez que un inversionista construye un faro, tendrá problemas para cobrarle a todo barco que lo use. Prendida la luz, esta orientará a todos los barcos: los que pagan por su uso y los que no. El consumo de la luz es no rival. Infinidad de barcos pueden ver la misma luz sin que su uso por unos excluya a los otros. Como no se puede excluir a los que no pagan, entonces no se construirán faros. Conclusión: el Estado debe construirlos usando nuestros impuestos.

Pero el premio Nobel de Economía Ronald Coase desmitificó la teoría de los bienes públicos cuando demostró que los faros en Gran Bretaña no eran estatales, sino principalmente privados. Los usuarios frecuentes habían llegado a acuerdos para pagar por los faros, a pesar de que sabían que se generaría externalidades en favor de quienes no pagan. No es cierto, por tanto, que los bienes públicos solo deben ser producidos por el Estado.

Otro ejemplo es la política seguida por Gastón Acurio. Durante años él ha concentrado sus esfuerzos no solo en vender la imagen de sus restaurantes (bien privado), sino el de la cocina peruana en general (bien público). En sus programas de televisión no tenía temor de saborear y promover los platos de los restaurantes de su competencia. Ha invertido tiempo y dinero en hacer famosa la comida peruana y con mayor efectividad que cualquier programa de promoción estatal. Al hacerlo aumentan las ventas no solo de sus restaurantes, sino las de los demás, a quienes no puede excluir del mayor prestigio de la comida peruana. Una externalidad evidente. ¿Por qué lo hace? Porque como los empresarios que construyen faros o como Zuckerberg y Facebook, sabe que, si bien generará beneficios a otros, los que él obtendrá por su esfuerzo justifican su inversión.

Moraleja: estar frente a un bien público no significa que el Estado tenga que producirlo. Como la conectividad entre personas, la construcción de faros y el prestigio culinario peruano, parece que el sector privado puede producir mejores bienes públicos que el Estado.

jueves, 5 de enero de 2012

La Rajtokodo de la Konsumanto estas ruboj kaj gi damagi la ekonomion

Por: Alfredo Bullard
SEMANA ECONÓMICA
05-01-12


Es probable que la gran mayoría no haya entendido el título. La razón es muy sencilla. Están en un idioma del que varios habrán escuchado, pero que virtualmente nadie habla: están en esperanto.

El esperanto es quizás la más conocida de las llamadas lenguas planificadas. Fue creada entre 1877 y 1887 por L.L. Zamenhof, un polaco que se creía capaz de crear un idioma tan fácil de hablar y de aprender que lo usaría todo el mundo, que tendría uso universal y permitiría a todos los habitantes del orbe comunicarse con facilidad.

Desde el punto de vista teórico, Zamenhof hizo un excelente trabajo: el esperanto es 10 veces más fácil de aprender que el inglés, en especial como segundo idioma. Su regularidad y la ausencia de excepciones en su uso lo hace muy amigable, sencillo y predecible. Lo cierto es que si lo aprendiéramos todos, sería más fácil comunicarse.

Pero desde el punto de vista práctico fue un absoluto fracaso. Nadie lo habla ni tiene interés en aprenderlo. Los seres humanos no hablan un idioma por que sea fácil de aprender, sino por que les nace hacerlo de la interacción con otros individuos. El fracaso de Zamenhof y su esperanto se origina en no haber comprendido algo muy sencillo: el lenguaje es un orden espontáneo, no susceptible de planificación. No nace de arriba abajo, sino de abajo arriba. Las personas aprendemos a hablar un idioma interactuando y al interactuar vamos a la vez recreando el idioma. El español que hablamos es una creación colectiva no atribuible a nadie en particular, pero sí a todos en general, incluidas numerosas generaciones que nos antecedieron hablando español o las lenguas que le sirvieron de raíz.

Por supuesto que Zamenhof pudo seguir una vía distinta y convencer a los gobiernos que obligaran a sus ciudadanos a aprender y hablar esperanto. Con ello la lengua planificada hubierasido impuesta por un planificador. ¿Hubieran sido sus resultados más auspiciosos?

Lo dudo. El idioma no se puede imponer ni por las buenas ni por las malas. Intentos similares han fracasado simplemente porque es de la naturaleza de todo idioma ser producto de la interacción y no de la imposición. No se enseña a hablar por decreto.

De hecho los intentos de organizaciones como la Real Academia de la Lengua Española de restringir la evolución del lenguaje con reglas de “obligatorio” cumplimiento fracasa una tras otra, a tal nivel que hoy la Academia es más un mecanismo (innecesario por cierto) de reconocer la evolución espontánea antes que de reglar realmente como habla y escribe la gente. Las comunicaciones vía Internet o teléfonos celulares está cambiando radicalmente la forma como las personas escriben, muy a pesar de los ortodoxos de la Academia, simplemente porque la interacción empuja una evolución cada vez más ecelerada.

Como decía Hayek, los órdenes espontáneos tienen una ventaja inmensa sobre los órdenes planificados o constructivistas: reflejan mejor lo que la gente sabe, quiere y siente. No son meros caprichos. Resuelven el problema de contar la información necesaria para establecer las reglas adecuadas. Las reglas nacen de la interacción y evolucionan conforme la sociedad evoluciona. Son dinámicas y responden al carácter innovador y renovador de la vida en sociedad.

Hace unos días el diario El Comercio refería que el Código de Consumo “no había respondido a las expectativas” y sustentaba su conclusión en una encuesta tomada a la población. Al día siguiente de publicada esa información el mismo diario editorializaba sobre las razones de por qué esas expectativas no habían sido satisfechas, y se achacaba el hecho a problemas en las normas, falta de reglamentación y a la incapacidad del Indecopi de poner en práctica las reglas aprobadas.

El Comercio se equivoca de cabo a rabo. La razón por la que el código no funciona es la misma por la que fracasó el esperanto: no se entiende que el mercado -como el lenguaje- es un orden espontáneo en el que las regulaciones, y en especial las malas regulaciones, están condenadas al fracaso. El código trata de crear reglas para la interacción al margen de si reflejan o no lo que la gente quiere. Reglas creadas sin información respecto de lo que los seres humanos quieren y necesitan no augura nada bueno.

Quizás esté equivocado, pero me atrevo a sugerir que lo que los consumidores más desean es innovación y diversidad. Las personas queremos que las empresas y proveedores encuentren nuevas maneras, más efectivas y económicas, de satisfacer nuestras necesidades y que tengamos opciones diferentes en el mercado entre las cuales escoger. La clara inclinación por soluciones tecnológicas cada vez más sofisticadas y, a la vez baratas, parece un signo de los tiempos de Steve Jobs y Bill Gates. Lo mismo se puede decir en la creatividad que uno encuentra entre nuevos servicios y calidades. El código va precisamente en contra, pues al regular estándares y reglas obligatorias reduce los espacios para innovar. El problema es entonces que no se respetan las reglas, pero no porque los proveedores sean malos, sino porque no hay suficientes consumidores dispuestos a hacer que el código se cumpla, simplemente porque no es eso lo que les interesa.

Otra cosa que me atrevo a sugerir que los consumidores desean es pagar menos. Pero los estándares del código son una recatafila de sobrecostos impuestos sin preguntar a los consumidores si están dispuestos o deseosos de pagar por ellos. Y ante cumplir el código a mayor costo, la gente escoge que este no se cumpla.

Los Gutiérrez y Delgados que impulsaron el código cometen el mismo error que Zamenhof y de los socialistas: olvidar la existencia de órdenes espontáneos. Y es que, les guste o no, ese código es un esperpento socialista, pero bajo piel de cordero pro mercado. Sus impulsores creen que empujan el desarrollo de un mercado cuando en realidad lo destruyen, y al hacerlo conducen a una reducción sustancial del bienestar.

¿Por qué el Código de Consumo no ha satisfecho las expectativas? Por una razón muy sencilla: porque no puede hacerlo. Después de ofrecernos que nos llevaría a un mundo mejor, nos deja en un mundo en el que nadie estará satisfecho: no puede cumplirse porque crea una relación “contra natura” entre proveedores y consumidores.

Por eso los comentarios que se pusieron a mi post anterior (Querido Papá Noel, publicado el 23 de diciembre del 2011) que preguntaban por qué proponía derogar ese esperpento llamado Código de Consumo encuentran aquí su respuesta. Los mercados no se corrigen ni funcionan mejor con libros de reclamos o prohibiendo los transgénicos o limitando el derecho a renunciar al prepago de un crédito. Los mercados funcionan mejor dejando que -como en el lenguaje- los consumidores se expresen mejor. A fin de cuentas los mercados son como los idiomas: son formas de comunicar expectativas llevándolas al encuentro de aquellas capacidades de otros que puedan satisfacerlas.

Lo dicho no quiere decir, sin embargo, que el código sea irrelevante y que no cause daño. Es todo lo contrario. Los órdenes espontáneos se desarrollan mejor y generan más bienestar dentro de marcos institucionales que promueven la interacción libre, dejan espacio a la innovación y permiten que cada persona encuentre su camino.

Cuando la interacción humana se encuentra con regulaciones ridículas y absurdas como las que plagan el articulado del código que pretenden ser impuestas por la autoridad, se limita y relativiza la capacidad de los órdenes espontáneos para avanzar en la generación de bienestar. Se elevan innecesariamente los costos de transacción y convierte la satisfacción legítima de intereses individuales de consumidores y proveedores en infracción, ilegalidad e informalidad. Así como prohibir hablar español convertirá en clandestino un idioma, sancionar la innovación y la reducción de costos convierte en ilegal y penado lo que deberíamos aplaudir.

Aquí planteo una apuesta: año tras año, década tras década, todas las encuestas que se hagan arrojaran el mismo resultado: el bendito código no satisface las expectativas de la gente. Pero eso no es su culpa. Es consecuencia de que el mercado es un orden espontáneo y culpa de la ingenua malicia de sus creadores.

PD. Para los que tengan curiosidad sobre qué significa el título: El Código de Consumo es un adefesio y daña a la economía.

* Abogado de Bullard, Falla & Ezcurra

lunes, 7 de noviembre de 2011

Las lecciones de las cucharitas y los indignados

Por: Alfredo Bullard
SEMANA ECONÓMICA
24-10-11


Un reconocido profesor de economía norteamericano fue convocado por las autoridades de China para asesorarlos en varias de las reformas. Durante un recorrido pudo apreciar varias obras públicas que venían ejecutándose. Vio como un sinnúmero de trabajadores cavaban, con lampas en la mano, una inmensa zanja. El dialogo que se produjo entre el profesor y el funcionario chino que lo acompañaba fue más o menos así:
“Dígame, por que no usan maquinaria pesada para hacer la zanja en lugar de tantos trabajadores con lampas. Sería mucho más productivo y eficiente.”
El funcionario chino, con tono de autoridad y con autosuficiencia, le contestó:
“Si usáramos maquinaria pesada necesitaríamos menos trabajadores y estos quedarían desempleados. El uso de lampas asegura más trabajo para el pueblo chino.”
El profesor dibujó una sonrisa sarcástica en los labios y en todo medio en serio, medio en broma, respondió: “Si de eso se trata, entonces cambien las lampas por cucharitas”.

Esta anécdota ayuda a entender varias lecciones sobre las cosas que hoy pasan en el mundo.

La primera lección, y quizás la más importante, es que la riqueza proviene de la productividad. Y la productividad es generada principalmente por la tecnología y los bienes de capital. Las lampas, al ser una tecnología superior a las cucharitas, hacen que cada trabajador produzca más y con ello aumenta más la riqueza disponible. Y se produciría más riqueza con maquinaria pesada. Sin bienes de capital y tecnología, y sin los recursos para invertir en ella, la productividad será menor. Un mundo más rico requiere de esas inversiones.

Eso nos lleva a una segunda lección. ¿Cuándo será el sueldo de cada trabajador más alto? ¿Con cucharitas o con lampas? La respuesta es obvia. El sueldo será mayor con lampas y aún mayor con cargadores frontales. Al ser cada trabajador más productivo, y generar más riqueza, su sueldo será mayor. La explicación de por que un obrero americano, incluso después de la crisis, gana mucho más que un obrero peruano, es que el primero es más productivo, y lo es por que en su ambiente laboral hay más tecnología (incluida mayor educación) y bienes de capital que aumentan su productividad. Al producir más se le puede pagar más.

La tercera lección es igual de obvia, pero se entiende menos. ¿Cuándo habrá más trabajo? ¿Con lampas o con cucharitas? El error común, cometido por el funcionario chino y no desmentido abiertamente por el profesor, es que las cucharitas generan más empleo. Falso. Las cucharitas generan menos puestos de trabajo en el mediano y en el largo plazo.
¿Como así? Para ello basta entender quién paga las remuneraciones de los trabajadores. Tendemos a creer que son los empleadores. Pero eso es un espejismo generado por las boletas de pago. En realidad los sueldos son pagados por los consumidores que demandan productos y servicios y que están dispuestos a pagar por ellos en función a sus preferencias y su capacidad de pago. Y un trabajador que produce más unidades de algo (por que es más productivo) podrá obtener su sueldo de más consumidores. Como dice Mises, al pagar salarios el empleador actúa en realidad como mandatario de los consumidores ¿Y de donde proviene su capacidad de pago? Pues en el caso de la mayoría de los consumidores, de sus sueldos. Es decir que los consumidores son usualmente esos trabajadores que ahora, gracias al uso de lampas (y mejor aún, de cargadores frontales), ganan más que con el uso de cucharitas, y por tanto pueden demandar más bienes y servicios. Y a mayor productividad la demanda crece y permite generar más puestos de trabajo. Ese es el círculo virtuoso del aumento real de la productividad.

Y esto nos lleva a la cuarta lección: los salarios y las condiciones de vida de los ciudadanos pueden mejorar solo si se mejora la productividad y la eficiencia de la economía. Si tratamos que la gente gane sueldos o reciba ingresos de “lampas”, cuando produce con “cucharitas”, el resultado será una economía de ficción no sostenible en el tiempo. Solo se puede lograr (en el corto plazo) consumiendo hoy recursos destinados a generar bienes de capital y tecnología, es decir sacrificando productividad futura para crear una falsa sensación de bienestar presente.
De allí el gran error de creer que aumentando impuestos o afectando a los inversionistas mejoramos a los trabajadores. Usualmente esos impuestos o afectaciones reducen el stock de recursos destinados a invertir en tecnología y bienes de capital, y con ello se reduce la productividad real.

Y todo esto me trae al tema de hoy en el post: los indignados. ¿Quiénes son estos individuos? Pues una colectividad de anónimos con una identidad inidentificable. ¿Qué los une? No lo tengo claro. Sus mensajes son contradictorios. Se quejan de los ricos, de los bancos, de Wall Street pero a su vez se quejan del Estado que les permite seguir haciendo supuestas “travesuras”. A los primeros los agarra de responsables. Al segundo lo agarran de cómplice.

Pero las cosas son precisamente al revés.

¿Qué causo la crisis del 2008? Pues lo mismo que esta causando la crisis del 2011 (que en mi entender es la misma crisis, reempaquetada para que vuelva a explotar, pero peor). Es una crisis de falsa productividad. Todo el mundo ha culpado a los bancos de lo que pasó con las famosas hipotecas basura. Pero lo que en realidad pasó fue que los gobiernos republicanos y demócratas en Estados Unidos se pusieron de acuerdo en regalar créditos para casas para sectores más pobres. Estos créditos fueron fomentados mediante la creación de una banca cuasiestatal, la reducción de las tasas de interés a niveles absurdos, la promoción de créditos hipotecarios para personas de bajos ingresos, el reforzar normas antidiscriminación en el crédito. Esto llevó a crear una burbuja que no es otra cosa que inmuebles adquiridos no en base a un aumento de la productividad de la economía, sino a una política que creaba el espejismo de que podías tener una casa que en realidad no podías pagar por que no eras suficientemente productivo.

Esa falsa riqueza se filtró en el sistema financiero y en el mercado de capitales y los destruyó como un virus destruye la información en una computadora. El sistema se limitó a reaccionar a las señales que el Estado dio. El Estado dijo que podías tener casas con sueldos de lampas, cuando seguías usando cucharitas. Esas casas son un engaña muchachos que luego nos pasarían la factura. Los empresarios se limitaron a seguir los incentivos. Como bien se dijo en su momento, culpar de la crisis a los empresarios es como culpar a la ley de la gravedad de un accidente de aviación.

Y el mercado reaccionó por el lado inmobiliario. Pero otros sistemas igual de nocivos, con productividad de cucharitas aspirando a sueldos de cargadores frontales generan el mismo riesgo. Allí están los sistemas de seguridad social americanos y europeos (las “pensiones 65” que no se sustentan en mayor productividad), los sistemas de salud que funcionan como agujeros negros que se devoran todo lo que encuentran sin sustentarse en recursos reales para financiar las cargas que soportan, los sistemas de welfare que crean un bienestar artificial sin sustento en verdadera productividad, los mecanismos de protección al consumidor que creen que se puede hacer más ricos a los consumidores dictando un Código de Consumo, etc, etc, etc.

Y en todos ellos esta como denominador común un Estado que causa todos los estropicios y luego pretende culpar al sector privado por seguir los mensajes que el propio Estado manda. El Estado sigue forzando a financiar gastos que generan un bienestar imposible con los niveles de productividad existentes. Esa “riqueza” es artificial y falsa por que no se basa en mayor inversión en bienes de capital y tecnología, sino en demagogia pura.

Como bien dijo proféticamente Mises hace varias decadas:

“Pero la expansión del crédito, ya sea producida mediante la emisión adicional de billetes, o por aumento de préstamos bancarios que crean nuevos depósitos en las cuentas corrientes de los clientes, no agregan nada a la riqueza de la nación en bienes de capital. Sólo crean la ilusión de un incremento de fondos disponibles para una expansión de la producción. Al poder obtener crédito barato, la gente cree, erróneamente, que la riqueza de la nación se ha incrementado, y que, por tanto, ciertos proyectos que antes no podía ejecutarse son ahora factibles. La puesta en marcha de estos proyectos intensifica la demanda de trabajo y de materias primas, elevando así los salarios y los precios de los bienes. Se produce un auge artificial.”

¿Y qué esta pasando hoy? Pues más de lo mismo. La lección del 2008 fue: no se puede consumir lo que no se tiene. La gente tiene que ajustar sus ingresos y beneficios (pensiones, seguros médicos, bienestar artificial) a las condiciones de productividad reales. Hay que restringir el crédito a condiciones realistas para evitar que la bola siga creciendo. Sí, el famoso Estado de bienestar europeo o norteamericano era falso, por que regala lo que no se tiene. Los sueldos tienen que bajar, los beneficios reducirse y ajustarse todos.

¿Y qué se hizo? Pues justo lo contrario: expansión mayor del gasto, evitar que los bancos se cayeran, rescatar a quienes ganan sin productividad, y profundizar el problema que causó la crisis. El mayor ejemplo de esa estupidez: las reformas del sistema de welfare llevadas a cabo por Obama. En lugar de apagar el incendio, le echaron gasolina.

Y ahora dicen que lo que faltó fue regulación cuando fue precisamente eso lo que sobró y causó todos los estropicios. El Estado causante, no contento con lo que embarró, se reclama a si mismo más Estado.

¿Y quienes son los indignados? Esos que recibieron sueldos de cargador frontal cuando producían con cucharitas. Recibieron beneficios que la sociedad no podía pagar por que el Estado creó un espejismo que se diluye al chocar con la realidad. Los griegos, los españoles, los portugueses, los americanos y pronto por nuestro lado los argentinos, tendrán que asumir que lo falso, falso es, y que nada en sus protestas lo convertirá en verdad.

Culpan al mercado por que este cometió el pecado de sincerar las cosas. Por que este desenmascaró al Estado y sus absurdas políticas promotoras de un falso bienestar que no es sostenible en el tiempo. Como el emisario de la mala noticia, les cae mal, confundiendo al portador del mensaje con el causante de la desgracia. No deberían ir a ocupar Wall Street, sino las oficinas de los Ministerios y oficinas públicas causantes del desastre.

La verdad es que soy yo el indignado. Y es que indigna constatar tanta ceguera para ver lo que es evidente.

lunes, 10 de octubre de 2011

Matrimonio con hijos: Por qué el control de fusiones es una pésima idea

Por: Alfredo Bullard*
SEMANA ECONÓMICA
10-10-11


En La gran trasformación, ese largo panfleto intervencionista que Humala presentó como su plan de gobierno original ya lo decía: hay que aprobar una ley para controlar las fusiones y adquisiciones empresariales (ver página 114). Ello significa que habrá que pedir permiso al Estado para que, cuando le dé la gana, por los tamaños que le dé la gana y en las circunstancias que le dé la gana, dos empresas se conviertan en una sola, sea mediante fusiones o adquisiciones de acciones.

El gobierno quiere debutar aprobando esa ley y abrirse el espacio para hacer “lo que le dé la gana”. Finalmente no sólo es una regulación intervencionista asociada a una tremenda discrecionalidad, sino un mecanismo para hacer populismo mediático y ejercer chantaje político.

Es como si, cuando uno se va a casar, tuviera que pedir permiso al Estado para que evalúe (cuando le dé la gana y en la forma que le dé la gana) si el matrimonio será bueno o si hay riesgo con que los esposos se agarren a golpes o maltraten a sus hijos. La pregunta es entonces, ¿con qué criterio podría el Estado limitar nuestra libertad con el argumento que casarse puede ser riesgoso? Nadie discute que un matrimonio puede acabar mal. Pero de allí a limitar la libertad de casarse hay un buen trecho.

Y cuando digo “le dé la gana” no exagero. Pocas áreas del Derecho de la Competencia dan espacio a tal nivel de discrecionalidad. Y pocas tienen tal capacidad de causar tanto daño a la actividad económica, al restarle dinámica a las empresas y elevar los costos de transacción de la reorganización empresarial.

En un área como el Derecho de la Competencia, en que el control de fusiones aparece casi como un “estándar de la industria”, estar en contra suena a ser “bicho raro”. Y más raro si eres abogado. Debo reconocer que estoy en una situación muy cómoda. Es una situación win-win en la que siempre gano. Si gano este debate, me sentiré académicamente reconfortado porque se imperará que se realice una idea que creo, con convicción es incorrecta y dañina. Pero si lo pierdo y se aprueba la ley, tendré mucho trabajo. Tratar de adivinar qué es lo que hará un adivino puede ser muy rentable. La incertidumbre de los clientes es muy lucrativa para los abogados. Y el control de fusiones es incertidumbre pura. Así que bienvenido sea el resultado, cualquiera sea este.

Hay dos niveles de discusión. El primero es si los controles de fusiones, en general y abstracto, son o no una buena idea. El segundo es si son una buena idea para un país como el Perú.

Creo que la respuesta a ambas temas es negativa. No creo que los controles de fusiones sean buena idea en general. Pero estoy convencido de que son una pésima idea en particular para el Perú. Acepto que lo primero es más debatible. Lo segundo me parece un despropósito.

El primer argumento que suele usarse es que todos lo tienen, en especial los países desarrollados. Pero el control de fusiones no es el primer ejemplo de una “moda descabellada”. Los controles de precios fueron parte del estándar general de la “industria regulatoria” hace unas décadas. Lo mismo pasó con el control de flujos de capitales, la sustitución de importaciones o las políticas proteccionistas en el comercio internacional. En su época fueron todas “estándares de la industria”. Estaban de moda, y miren dónde terminaron en el consenso general. Estoy convencido de que algo así ocurrirá en unos años con los controles de fusiones.

Creo que el verdadero problema de quienes justifican su existencia es una mala comprensión de la competencia, de los mercados y, en especial, del sistema de precios.

El argumento para justificar el control de fusiones es que empresas más grandes reducen la rivalidad entre ellas, y con ello los precios suben. Y a nadie le gusta pagar precios más altos.

Pero los precios bajos no son un fin en sí mismos. Los precios son sólo un medio para mandar señales. Si algo es escaso, los precios cumplen su función elevándose, con lo que se encargan de mandar señales para corregir la situación. Los controles de fusiones son una creación antagónica con la lógica de la competencia, pues precisamente la niegan y la reemplazan con discrecionalidad burocrática. La concentración y desconcentración de empresas es una parte esencial del funcionamiento del proceso competitivo. Si la concentración genera escasez, los precios se encargan de mandar señales para atraer la entrada de nueva competencia. Si no la generan, las señales (precio bajo) indicarán que el número de empresas en el mercado es el adecuado.

El control de fusiones intenta reemplazar el funcionamiento de los precios por la decisión “iluminada” de funcionarios públicos que supuestamente están en la capacidad de saber cuántas empresas tener y de qué tamaño eficiente de las mismas.

En esa línea el argumento a favor del control de fusiones es más o menos el siguiente: si dejamos que la gente se case libremente, pueden generarse problemas. El marido puede pegarle a la esposa o los hijos. Imaginemos que para prevenirlos se nos ocurre sujetar los matrimonios a una evaluación previa de una autoridad para ver si conviene o no que se casen. Se puede mediante análisis psicológicos o médicos predecir algunos de estos riesgos, y profetizar un resultado. Si la profecía es negativa no se autoriza el matrimonio.

Con ello quizás evite algunas situaciones no deseadas, pero de paso evitaré matrimonios que podrían haber sido felices. La pareja que supuestamente se iba a agarrar a golpes podría pasarse toda la vida dándose besitos y amándose incondicionalmente. Si el marido le pega a la mujer (o la mujer al marido para no ser sexista) entonces lo sancionas cuando le pegan. Pero no prohíbes que la gente se case ni sujetas el matrimonio a aprobaciones administrativas previas.

Y si se propone el argumento que en Derecho de la Competencia hay daños a terceros, es decir los consumidores, en el matrimonio uno le puede pegar también a los hijos pero no por eso evalúas previamente el matrimonio ni sujetas las relaciones sexuales a aprobación previa para evitar hijos abusados.

Los problemas se agudizan en un país como el Perú. Se puede argumentar a favor de incluir un sistema similar ya que este mecanismo de control tiene un uso extendido en otras jurisdicciones (Estados Unidos, Comunidad Europea, entre otros). Si bien ello es cierto, y sin perjuicio de lo cuestionable en general que puedan ser este tipo de sistemas, también es cierto que donde ello ocurre existen una serie de condiciones institucionales (recursos, personal experimentado, mecanismos de control sobre la discrecionalidad de los funcionarios, etc.) que garantizan, hasta cierto nivel, que el mecanismo no será utilizado para alcanzar objetivos diferentes al fortalecimiento del mercado y la competencia (corrupción o manejo político, por ejemplo).

Por ejemplo, son malos indicadores de que tal capacidad institucional exista, la alta rotación de funcionarios y personal en la agencia de competencia.

A ello se suma la falta de predictibilidad de las decisiones de la agencia de competencia, algo especialmente sensible en un área como el control de fusiones que afecta seriamente las decisiones de reorganización empresarial y de inversión. Han habido periodos de poca consistencia en las decisiones del INDECOPI. Por ejemplo durante el año 2003, el Tribunal de dicha institución no confirmó ninguna de las resoluciones de la Comisión que fueron apeladas; el año 2004, el Tribunal sólo confirmó una de las 10 resoluciones de la Comisión.

De incorporarse a nuestro sistema un control de fusiones sin la existencia de garantías institucionales mínimas, generaría oportunidades y condiciones para el error y para el abuso. La aplicación de mecanismos para el control de fusiones y concentraciones empresariales por agencias que carecen de capacidad institucional puede derivar en la utilización del instrumento para alcanzar objetivos políticos o personales que nada tienen que ver con objetivos de eficiencia o, lo que resulta mas frecuente, pueden conducir a una toma de decisiones equivocadas, lo cual afectaría el crecimiento y eficiencia del sector privado.

Finalmente, el control de fusiones es un acto de adivinación, en el que un conjunto de funcionarios públicos tiene que predecir los efectos positivos o negativos de la operación. Esa decisión se toma con información limitada y pobre y el margen de error es muy alto. Sin dudas las concentraciones empresariales pueden afectar la competencia. Pero esa no es la pregunta. La verdadera pregunta es si las decisiones de los funcionarios públicos pueden ser más eficaces que el funcionamiento del mercado para corregir los problemas de falta de competencia. Y si el argumento es que hay barreras o mercados no transables, la respuesta no es el control de fusiones, sino en todo caso la eliminación de las barreras.

Vayamos a Estados Unidos. Allí, en el supuesto negado que el control de fusiones fuera en abstracto bueno, existen numerosas fuentes de información. Uno puede tener acceso a secuencias de precios de décadas en una industria. En el Perú eso no existe. ¿Cómo predecir el futuro cuando no se sabe ni siquiera que pasó en el pasado? Nuestro conocimiento del funcionamiento de los mercados es paupérrimo. ¿Cómo resolver una fusión sin información? El riesgo de error se multiplica exponencialmente en un país como el Perú.

Además no tomamos en cuenta cómo se forman las decisiones económicas en el mercado. Cuando dos empresas se fusionan ni ellas saben si ello va a ser eficiente. Creen que puede serlo. Pero llegan a descubrir la verdad en un proceso de ensayo-error contínuo. Se fusionan y si las cosas van bien siguen. Pero de no ser así cambian la decisión y de pronto se escinden, o cambian su proceso productivo, o simplemente cierran el negocio o se fusionan con otro. No es una sola decisión, es una decisión que se forma de muchas decisiones distintas que ajustan la situación según las circunstancias. Ese es el proceso de construcción destructiva o de destrucción contractiva del que habla Shumpeter. El control de fusiones es un solo disparo. No hay ensayo error, es error puro. Y la posibilidad de atinarle en un solo disparo es remota. Y es que en el fondo quienes creen en el control de fusiones olvidan lo que Hayek señala sobre que la información esta diseminada y que justamente el mercado tienen el merito de coordinarla en un proceso continuo que nunca termina, a diferencia de un expediente que se acaba con la resolución final del INDECOPI.

Resumiendo, las razones por las que no se ha adoptado un control general de fusiones son:

El tamaño de la economía peruana.
Dadas las dimensiones de la economía peruana, se considera que la existencia de controles de fusiones o de remedios estructurales podrían desincentivar el desarrollo de empresas que alcancen las economías de escala necesarias para competir internacionalmente. Así empresas con participaciones del mercado nacional significativas pueden no ser realmente grandes en comparación con estándares internacionales. Un control de fusiones haría difícil llegar a las economías de escala necesarias para ser realmente competitivas elevando a su vez los costos de transacción para las reorganizaciones empresariales.

La falta de experiencia e información en la autoridad peruana.
El control de fusiones se ha desarrollado en países con economías distintas a la peruana. Los referentes internacionales como el sistema norteamericano o el de países europeos pueden no ser pertinentes para un país como el Perú. Ello hace que la posibilidad de error sea elevada y con ello se podría estar limitando un desarrollo efectivo de las empresas. Evitar estos errores puede ayudar a un desarrollo de eficiencias en nuestra economía. Son autoridades si experiencia y sin información disponible para tomar las decisiones.

La capacidad del mercado para corregir fusiones o escalas empresariales ineficientes.
Dado que el Perú tiene una economía en principio abierta (y que curiosamente muchos de los defensores del control de fusiones pretenden cerrar más con la otra mano), es de esperar que cualquier ganancia monopólica generada por una fusión o dimensiones exageradas de una empresa en la que la reducción de rivalidad sea ineficiente, genere incentivos para la rápida entrada de competidores que corrijan la situación.

La escasez de recursos y la prioridad en su uso.
La autoridad peruana carece de suficientes recursos. La agencia de competencia enfrenta por tanto la disyuntiva de hacer mucho con poco. El control de fusiones es de todas las actividades que debe desarrollar una agencia de competencia la que más recursos consume, a pesar de la incertidumbre de sus resultados. Ello aumenta el riesgo de error, pero a su vez distrae recursos de otras actividades necesarias para promover la competencia. En particular, en un país como el Perú donde la causa principal de limitaciones a la competencia está constituida por barreras legales y burocráticas al mercado, el INDECOPI debería priorizar tales actividades (en su Comisión de Eliminación de Barreras Burocráticas del INDECOPI que justamente elimina esas barreras) antes de distraer recursos en un poco preciso y costoso control de fusiones.

En el control de fusiones todas son dudas, y limitar la libertad en base a dudas suele ser la fuente de arbitrariedad. Con tantas dudas no queda sino seguir el consejo de Santo Tomas: “En la duda, abstente”.

* Abogado en Bullard, Falla & Ezcurra