No todo lo que se produce en un territorio se queda en los bolsillos de las personas que viven allí.
Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
¿Cómo medimos el éxito de una economía? ¿En su producción? ¿O en sus ingresos? Cuando evaluamos el progreso de una nación, la costumbre es fijarnos en su producción. La estadística productiva se publica cada mes, pero no pasa un día sin que los medios y los analistas estén proyectando o debatiendo la tendencia de la producción, el llamado “PBI” del país, dato estadístico que se ha constituido en el alfa y omega de la economía nacional. Gracias al Instituto Peruano de Economía, ahora contaremos además con estimaciones mensuales del “PBI” de cada región.
La lógica detrás de esa atención preferente a la producción es evidente. Si bien el objetivo final de la economía son los ingresos, el camino pasa por la producción. Ciertamente, es posible aumentar la riqueza o reducir la pobreza mediante transferencias entre personas o países, sean voluntarias o involuntarias, pero en el mundo en que vivimos lo que manda es la producción. En términos generales, cada uno baila con su pañuelo.
Sin embargo, el baile entre la producción y los ingresos no es tan pegadito como se podría creer. En algunas de nuestras regiones, por ejemplo, hasta parecen estar peleados. En Ica, parangón de la inversión y modernización, el PBI por persona aumentó 8.0 por ciento al año desde 2004, pero el ingreso familiar creció apenas un triste 2.0 por ciento. En Huancavelica ocurrió lo opuesto, con apenas 2.9 por ciento anual de crecimiento de PBI pero un fenomenal 9.0 por ciento de mejora anual en sus ingresos. Cajamarca, duramente criticada por oponerse a la gran inversión minera, tuvo un magro 1.5 por ciento de mejora anual en su PBI en ese periodo pero los cajamarquinos gozaron una sorprendente mejora de sus ingresos de 5.7 por ciento anual. Claramente, el PBI no nos cuenta la historia completa.
Es que no todo lo que se produce en un territorio se queda en los bolsillos de las personas que viven allí. Antes de la reforma agraria, las rentas de las haciendas salían del campo para financiar la vida urbana de sus dueños. Hoy sucede con las utilidades de compañías extranjeras, especialmente las mineras, que si bien pagan una planilla de obreros mineros, y hacen otros gastos locales, al final pueden llevar sus utilidades a sus propios países. De otro lado, el trabajo de migrantes de muchos países aumenta el PBI de otros países, pero engorda el ingreso de sus propios países en la forma de remesas. Las remesas que mandan trabajadores hondureños y salvadoreños a sus casas, por ejemplo, representan un quinto del PBI de sus países.
Esas idas y vueltas de las inversiones y de los trabajadores entre países, se multiplica cuando se trata de regiones. En muchas regiones de la sierra ya es rutina migrar a la costa o selva durante varios meses al año, engrosando así las economías de sus hogares pero no el PBI de su región. La minería representa más de un tercio del PBI de ocho regiones peruanas, pero su aporte a los ingresos locales es mucho menor.
El desarrollo nos lleva en la dirección de una creciente interconexión entre países pero también entre regiones nacionales. La producción es el necesario motor de ese desarrollo pero, paradójicamente, un efecto del progreso será una creciente separación entre la producción y el ingreso.
* Director del Instituto del Perú de la USMP
lunes, 14 de julio de 2014
martes, 27 de mayo de 2014
El gorila invisible
Por: Luis Carranza*
EL COMERCIO
26-05-14
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos
Los investigadores Christopher Chabris y Daniel Simons llevaron a cabo un interesante experimento. Filmaron a dos equipos de baloncesto, uno con uniforme blanco y otro con uniforme negro, haciéndose pases a gran velocidad. A los sujetos que participaban en el experimento les pedían que contaran solamente los pases del equipo blanco. Durante este experimento una persona disfrazada de gorila atravesaba la cancha. La mitad de los sujetos estaban tan concentrados que no veían al gorila.
Esto es lo que está pasando con el Plan Nacional de Diversificación Productiva. Están tan obsesionados con la diversificación productiva que no se están dando cuenta de la enorme transformación productiva que viene ocurriendo en la economía peruana en los últimos años. En el año 2000 solamente 18 empresas exportaban más de 50 millones de dólares y todas eran empresas de industrias extractivas, fundamentalmente minería. Para el 2013, ya teníamos 99 empresas y casi la mitad no están relacionadas con industrias extractivas.
Pero además, los nombres cambian mucho, dándonos idea de un proceso de inversión y crecimiento muy dinámico. Estamos exportando en rubros de metalmecánica como maquinaria y equipo de ingeniería civil, vehículos de carretera, maquinaria y equipo generadores de fuerza, maquinaria y equipo industrial y maquinaria y equipo eléctrico, más de 300 millones de dólares; mientras que en el 2000 llegábamos solo a 44 millones de dólares. Un crecimiento cercano a siete veces, sin necesidad de ningún plan ni apelando a fallas de mercado.
¿Cómo fue esto posible sin apoyo del gobierno? La respuesta es muy simple. La minería genera demanda por bienes y servicios que cada vez más viene siendo abastecida internamente. El crecimiento en escala de producción junto con las mejoras en las condiciones de competitividad de la economía (apertura, desarrollo del mercado de capitales, etc.) fueron las razones para que la industria de metalmecánica tuviese este crecimiento en exportaciones. No se necesitó proteccionismo sino que el mercado funcione.
Cálculos independientes señalan que el número de empleos indirectos generados por cada empleo directo creado en minería es de nueve, hace algunos años este múltiplo era bastante menor, entre cuatro y cinco. Eso nos habla de un proceso de crecimiento económico robusto, bastante lejano de la idea de economía endeble y poco diversificada que el plan nos trata de vender.
Se menciona la heterogeneidad de productividad entre sectores. Lo que el plan no mira es cómo ha evolucionado esa productividad desde el 2004. El sector con mayor crecimiento de productividad laboral fue el agrícola y la brecha entre minería y manufactura cayó sensiblemente. Además el empleo se desplazó de la agricultura hacia sectores con mayor valor agregado. Nuevamente el mercado hizo su trabajo.
El plan alude insistentemente a fallas de mercado y, es cierto, estas fallas existen y el Estado debe intervenir cuando existen externalidades, problemas de información, problemas de coordinación, entre otras fallas; pero la verdadera traba para nuestro crecimiento no está allí, sino en las fallas de Estado y en que nuestros mercados no funcionan bien porque no los dejamos que funcionen, especialmente los mercados de factores: trabajo, tierra y agua.
Las medidas propuestas por el plan no son malas en sí mismas, especialmente las medidas de eliminación de sobrecostos y de regulación inadecuada. Las medidas sobre promoción de diversificación productiva y expansión de la productividad de la economía serán medidas irrelevantes o de simple subsidio si no generamos las condiciones para que crezcamos a través del uso adecuado de nuestros recursos naturales y profundizando la eficiencia de los mercados. Ese es el gorila que el plan no está viendo, como sí lo vieron en Australia, Noruega y otros países que basaron su crecimiento y prosperidad en sus recursos naturales.
Estando a dos años de terminar el gobierno, quedan algunas dudas sobre la implementación del plan. ¿Este es un plan del ministerio o del Gobierno? ¿Las medidas que se proponen han sido comunicadas a los otros sectores? ¿Está de acuerdo el presidente en desmantelar buena parte de la reforma tributaria y de la legislación laboral realizadas al inicio de este gobierno? ¿Ya están listos los proyectos de ley? ¿Ya le presentaron el plan a la bancada oficialista? ¿Cómo juega dentro del plan el gasto de 3.500 millones de dólares en la modernización de Talara?
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos, usando todo el capital político en su aprobación. Lo peor que le puede pasar es lo que ocurrió con el Plan de Competitividad: alcanzar un 88% de avance del plan mientras la competitividad del país se desploma.
*Ex ministro de Economía y Finanzas
EL COMERCIO
26-05-14
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos
Los investigadores Christopher Chabris y Daniel Simons llevaron a cabo un interesante experimento. Filmaron a dos equipos de baloncesto, uno con uniforme blanco y otro con uniforme negro, haciéndose pases a gran velocidad. A los sujetos que participaban en el experimento les pedían que contaran solamente los pases del equipo blanco. Durante este experimento una persona disfrazada de gorila atravesaba la cancha. La mitad de los sujetos estaban tan concentrados que no veían al gorila.
Esto es lo que está pasando con el Plan Nacional de Diversificación Productiva. Están tan obsesionados con la diversificación productiva que no se están dando cuenta de la enorme transformación productiva que viene ocurriendo en la economía peruana en los últimos años. En el año 2000 solamente 18 empresas exportaban más de 50 millones de dólares y todas eran empresas de industrias extractivas, fundamentalmente minería. Para el 2013, ya teníamos 99 empresas y casi la mitad no están relacionadas con industrias extractivas.
Pero además, los nombres cambian mucho, dándonos idea de un proceso de inversión y crecimiento muy dinámico. Estamos exportando en rubros de metalmecánica como maquinaria y equipo de ingeniería civil, vehículos de carretera, maquinaria y equipo generadores de fuerza, maquinaria y equipo industrial y maquinaria y equipo eléctrico, más de 300 millones de dólares; mientras que en el 2000 llegábamos solo a 44 millones de dólares. Un crecimiento cercano a siete veces, sin necesidad de ningún plan ni apelando a fallas de mercado.
¿Cómo fue esto posible sin apoyo del gobierno? La respuesta es muy simple. La minería genera demanda por bienes y servicios que cada vez más viene siendo abastecida internamente. El crecimiento en escala de producción junto con las mejoras en las condiciones de competitividad de la economía (apertura, desarrollo del mercado de capitales, etc.) fueron las razones para que la industria de metalmecánica tuviese este crecimiento en exportaciones. No se necesitó proteccionismo sino que el mercado funcione.
Cálculos independientes señalan que el número de empleos indirectos generados por cada empleo directo creado en minería es de nueve, hace algunos años este múltiplo era bastante menor, entre cuatro y cinco. Eso nos habla de un proceso de crecimiento económico robusto, bastante lejano de la idea de economía endeble y poco diversificada que el plan nos trata de vender.
Se menciona la heterogeneidad de productividad entre sectores. Lo que el plan no mira es cómo ha evolucionado esa productividad desde el 2004. El sector con mayor crecimiento de productividad laboral fue el agrícola y la brecha entre minería y manufactura cayó sensiblemente. Además el empleo se desplazó de la agricultura hacia sectores con mayor valor agregado. Nuevamente el mercado hizo su trabajo.
El plan alude insistentemente a fallas de mercado y, es cierto, estas fallas existen y el Estado debe intervenir cuando existen externalidades, problemas de información, problemas de coordinación, entre otras fallas; pero la verdadera traba para nuestro crecimiento no está allí, sino en las fallas de Estado y en que nuestros mercados no funcionan bien porque no los dejamos que funcionen, especialmente los mercados de factores: trabajo, tierra y agua.
Las medidas propuestas por el plan no son malas en sí mismas, especialmente las medidas de eliminación de sobrecostos y de regulación inadecuada. Las medidas sobre promoción de diversificación productiva y expansión de la productividad de la economía serán medidas irrelevantes o de simple subsidio si no generamos las condiciones para que crezcamos a través del uso adecuado de nuestros recursos naturales y profundizando la eficiencia de los mercados. Ese es el gorila que el plan no está viendo, como sí lo vieron en Australia, Noruega y otros países que basaron su crecimiento y prosperidad en sus recursos naturales.
Estando a dos años de terminar el gobierno, quedan algunas dudas sobre la implementación del plan. ¿Este es un plan del ministerio o del Gobierno? ¿Las medidas que se proponen han sido comunicadas a los otros sectores? ¿Está de acuerdo el presidente en desmantelar buena parte de la reforma tributaria y de la legislación laboral realizadas al inicio de este gobierno? ¿Ya están listos los proyectos de ley? ¿Ya le presentaron el plan a la bancada oficialista? ¿Cómo juega dentro del plan el gasto de 3.500 millones de dólares en la modernización de Talara?
Lo ideal sería priorizar las medidas que verdaderamente tengan impacto, en simplificación y reducción de sobrecostos, usando todo el capital político en su aprobación. Lo peor que le puede pasar es lo que ocurrió con el Plan de Competitividad: alcanzar un 88% de avance del plan mientras la competitividad del país se desploma.
*Ex ministro de Economía y Finanzas
martes, 20 de mayo de 2014
Rayos X de la pobreza
Por: Richard Webb
INSTITUTO DEL PERÚ
23-05-11
La última encuesta de niveles de vida trae buenas noticias y varios datos interesantes. Lo fundamental es que la pobreza retrocede.
Hace cinco años, la mitad de los peruanos eran pobres; hoy, lo es un tercio de la población. Más y más somos un país de clases medias. Además, la vida del pobre evoluciona. Desde hace tiempo el colegio primario es casi universal en el Perú, pero hoy dos de cada tres niños pobres asisten también a colegio secundario, acercándose a una puerta de salida de la pobreza. Los pobres mejoran sus viviendas: 54% ha reemplazado el uso de kerosene por conexiones eléctricas para alumbrar. Sus familias se achican, especialmente los pobres extremos, que en promedio eran de 5,5 personas hace seis años y ahora son de 5, reducción favorable porque la familia numerosa es una de las causas de la indigencia.
Otra causa asociada a la pobreza es la etnia, y alienta entonces que la reducción de la pobreza ha sido mucho mayor (19 puntos porcentuales) entre los pobres que se definen de “origen nativo” que entre los pobres “blancos” (2 puntos menos). La revelación más inquietante es el desbalance entre el repentino avance tecnológico, representado por la tenencia de celulares y televisión por cable, y el atraso persistente en la conexión a redes de agua y desagüe. La mitad de los hogares pobres posee celular y en el 4% existe televisión por cable, a pesar de su alto costo.
Pero lo que parece contradecir al mismo concepto estadístico de “pobreza extrema” es que uno de cada tres hogares en esa condición tiene celular. Por contraste, el acceso a redes públicas de agua y desagüe sigue siendo muy bajo e incluso ha retrocedido en la última década. Una posible interpretación es que el celular y el cable son decisiones individuales y requieren inversiones pequeñas. Las redes de agua y desagüe, por otro lado, no solo requieren inversiones mayores para su construcción sino además trabajo colectivo y capacidad de autogobierno para su operación. De los proyectos de agua construidos durante las últimas décadas, muchos han caído en desuso por desgobierno comunitario.
Desde los estratos más altos hasta los más bajos, lo que avanza es la iniciativa individual y lo que manca es el trabajo colectivo. Finalmente, lo que está venciendo la pobreza no son las dádivas sino la productividad: la solidaridad pública y privada han crecido, pero mucho más han aumentado los ingresos por trabajo.
Publicado en El Comercio, 23 de mayo de 2011
INSTITUTO DEL PERÚ
23-05-11
La última encuesta de niveles de vida trae buenas noticias y varios datos interesantes. Lo fundamental es que la pobreza retrocede.
Hace cinco años, la mitad de los peruanos eran pobres; hoy, lo es un tercio de la población. Más y más somos un país de clases medias. Además, la vida del pobre evoluciona. Desde hace tiempo el colegio primario es casi universal en el Perú, pero hoy dos de cada tres niños pobres asisten también a colegio secundario, acercándose a una puerta de salida de la pobreza. Los pobres mejoran sus viviendas: 54% ha reemplazado el uso de kerosene por conexiones eléctricas para alumbrar. Sus familias se achican, especialmente los pobres extremos, que en promedio eran de 5,5 personas hace seis años y ahora son de 5, reducción favorable porque la familia numerosa es una de las causas de la indigencia.
Otra causa asociada a la pobreza es la etnia, y alienta entonces que la reducción de la pobreza ha sido mucho mayor (19 puntos porcentuales) entre los pobres que se definen de “origen nativo” que entre los pobres “blancos” (2 puntos menos). La revelación más inquietante es el desbalance entre el repentino avance tecnológico, representado por la tenencia de celulares y televisión por cable, y el atraso persistente en la conexión a redes de agua y desagüe. La mitad de los hogares pobres posee celular y en el 4% existe televisión por cable, a pesar de su alto costo.
Pero lo que parece contradecir al mismo concepto estadístico de “pobreza extrema” es que uno de cada tres hogares en esa condición tiene celular. Por contraste, el acceso a redes públicas de agua y desagüe sigue siendo muy bajo e incluso ha retrocedido en la última década. Una posible interpretación es que el celular y el cable son decisiones individuales y requieren inversiones pequeñas. Las redes de agua y desagüe, por otro lado, no solo requieren inversiones mayores para su construcción sino además trabajo colectivo y capacidad de autogobierno para su operación. De los proyectos de agua construidos durante las últimas décadas, muchos han caído en desuso por desgobierno comunitario.
Desde los estratos más altos hasta los más bajos, lo que avanza es la iniciativa individual y lo que manca es el trabajo colectivo. Finalmente, lo que está venciendo la pobreza no son las dádivas sino la productividad: la solidaridad pública y privada han crecido, pero mucho más han aumentado los ingresos por trabajo.
Publicado en El Comercio, 23 de mayo de 2011
Etiquetas:
POBREZA,
RICHARD WEBB,
SECTOR SOCIAL
domingo, 4 de mayo de 2014
El Perú vs. Kuznets
Por: Richard Webb
EL COMERCIO
05-05-14
Simon Kuznets fue un gigante de la economía del siglo XX. Ruso, emigrado a Estados Unidos, ganador del Premio Nobel, inventó el PBI (la estadística que mide la producción de un país).
Antes, se decía que la economía iba bien o mal según ciertos eventos aislados, como las cosechas. El invento del PBI revolucionó nuestra capacidad para conocer un país. Fue como pasar de las fotos de un viajero a una foto satélite que capta al país entero.
Pero hoy nos interesa especialmente un segundo invento de este notable ruso, porque es allí donde hoy el Perú se enfrenta con él. Se trata de una teoría acerca de la distribución de ingresos conocida como “la curva Kuznets”, según la cual la desigualdad inevitablemente aumenta cuando un país inicia su desarrollo, proceso que se reversa solamente cuando se alcanza un alto nivel de ingresos. La trayectoria de la desigualdad, entonces, dibuja una curva, primero de aumento y luego de reducción. La explicación era que el desarrollo económico consiste en la creación de fábricas y la urbanización, proceso necesariamente desigual, donde primero se benefician capitalistas y algunos obreros, mientras que la mayoría de los campesinos siguen condenados a la pobreza en espera de la creación de nuevos empleos industriales.
La ley de Kuznets ha sido una firme creencia de economistas desde hace medio siglo, sirviendo incluso de justificación para ignorar el mal de la extrema desigualdad.
No obstante, en el Perú, al que le falta mucho para ser país desarrollado, la desigualdad se viene reduciendo. Las evidencias más saltantes, referidas a la evolución de los ingresos familiares del 2007 al 2013, son las siguientes:
1. El ingreso del 10% más rico de las familias peruanas se elevó en 6%; el del 10% más pobre en 53%.
2. Huancavelica, la región más pobre del país en el 2007, fue la que tuvo el aumento más grande (80% en seis años), cuatro veces más que el promedio nacional de 22%.
3. En términos regionales, los extremos de riqueza son Lima, por un lado, y la población rural de la sierra, por otro. En Lima, el ingreso familiar aumentó 13%; en la sierra rural, 53%.
4. El ingreso de las cuatro regiones más pobres en el 2007 (Cajamarca, Huancavelica, Ayacucho, Apurímac) aumentó 54%, el de las cuatro más ricas (Moquegua, Tumbes, Arequipa, Tacna), 19%.
5. A la población rural en general le fue mucho mejor que a la urbana: el ingreso rural aumentó 47%; el urbano, solo 16%.
Lo más alentador es que el retroceso en la desigualdad no es tanto por los programas sociales sino por su propia productividad. Solo un quinto del aumento en el ingreso rural se debe a mayores transferencias; cuatro quintos de la mejora reflejan una mayor capacidad productiva. El “empleo adecuado”, por ejemplo, se elevó 138% en la sierra rural, 112% en la agricultura, y solo 13% en Lima. ¿Kuznets se equivocó? ¿O el Perú está encontrando un camino propio para el desarrollo?
EL COMERCIO
05-05-14
Simon Kuznets fue un gigante de la economía del siglo XX. Ruso, emigrado a Estados Unidos, ganador del Premio Nobel, inventó el PBI (la estadística que mide la producción de un país).
Antes, se decía que la economía iba bien o mal según ciertos eventos aislados, como las cosechas. El invento del PBI revolucionó nuestra capacidad para conocer un país. Fue como pasar de las fotos de un viajero a una foto satélite que capta al país entero.
Pero hoy nos interesa especialmente un segundo invento de este notable ruso, porque es allí donde hoy el Perú se enfrenta con él. Se trata de una teoría acerca de la distribución de ingresos conocida como “la curva Kuznets”, según la cual la desigualdad inevitablemente aumenta cuando un país inicia su desarrollo, proceso que se reversa solamente cuando se alcanza un alto nivel de ingresos. La trayectoria de la desigualdad, entonces, dibuja una curva, primero de aumento y luego de reducción. La explicación era que el desarrollo económico consiste en la creación de fábricas y la urbanización, proceso necesariamente desigual, donde primero se benefician capitalistas y algunos obreros, mientras que la mayoría de los campesinos siguen condenados a la pobreza en espera de la creación de nuevos empleos industriales.
La ley de Kuznets ha sido una firme creencia de economistas desde hace medio siglo, sirviendo incluso de justificación para ignorar el mal de la extrema desigualdad.
No obstante, en el Perú, al que le falta mucho para ser país desarrollado, la desigualdad se viene reduciendo. Las evidencias más saltantes, referidas a la evolución de los ingresos familiares del 2007 al 2013, son las siguientes:
1. El ingreso del 10% más rico de las familias peruanas se elevó en 6%; el del 10% más pobre en 53%.
2. Huancavelica, la región más pobre del país en el 2007, fue la que tuvo el aumento más grande (80% en seis años), cuatro veces más que el promedio nacional de 22%.
3. En términos regionales, los extremos de riqueza son Lima, por un lado, y la población rural de la sierra, por otro. En Lima, el ingreso familiar aumentó 13%; en la sierra rural, 53%.
4. El ingreso de las cuatro regiones más pobres en el 2007 (Cajamarca, Huancavelica, Ayacucho, Apurímac) aumentó 54%, el de las cuatro más ricas (Moquegua, Tumbes, Arequipa, Tacna), 19%.
5. A la población rural en general le fue mucho mejor que a la urbana: el ingreso rural aumentó 47%; el urbano, solo 16%.
Lo más alentador es que el retroceso en la desigualdad no es tanto por los programas sociales sino por su propia productividad. Solo un quinto del aumento en el ingreso rural se debe a mayores transferencias; cuatro quintos de la mejora reflejan una mayor capacidad productiva. El “empleo adecuado”, por ejemplo, se elevó 138% en la sierra rural, 112% en la agricultura, y solo 13% en Lima. ¿Kuznets se equivocó? ¿O el Perú está encontrando un camino propio para el desarrollo?
Etiquetas:
DISTRIBUCION DEL INGRESO,
PERU,
SECTOR SOCIAL
domingo, 23 de marzo de 2014
El fetiche de las fábricas
Krugman tiene razón cuando dice que el Perú no debe preocuparse por la industrialización
Hay ciertas afirmaciones solemnes que, de tanto escucharlas y repetirlas, se convierten en ideas incuestionables para muchas personas y se enquistan casi inamoviblemente en la sabiduría popular. Una de ellas es que “debemos convertirnos en un país industrializado”.
El problema de esta idea es que, aplicada dogmáticamente, puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas y contraproducentes. Un ejemplo es la política industrial de Velasco, quien tenía una suerte de fetiche por la manufactura. Su ‘política de sustitución de importaciones’ consistía en restringir el ingreso de productos importados bajo la creencia de que así se desarrollaría una sólida industria nacional. Todos sabemos, por supuesto, a dónde esto llevó a nuestra manufactura: a ninguna parte.
Y es que hay que estar seriamente confundido para creer que se puede lograr que un corredor aumente su velocidad retirando al resto de corredores de la carrera.
Para bien de la discusión pública, esta semana pasó por Lima alguien que se atrevió a cuestionar el mito de la industrialización: el premio Nobel de Economía Paul Krugman. Él fue categórico sobre este tema y dijo que “no se preocupen tanto por crear un país destinado a la manufactura. Ustedes ya tienen los recursos para ser exitosos”. Para Krugman, este sería solo un viejo paradigma que hay que descartar.
Al premio Nobel no le falta razón. La forma más eficiente de crear riqueza no es necesariamente llenarnos de fábricas, sino permitir que en el Perú se produzca aquello que sea más rentable vender dentro y fuera del país, independientemente de si esto significa desarrollar más nuestro sector primario, nuestra manufactura o nuestros servicios. Podría, por ejemplo, ser más rentable invertir en desarrollar ‘call centers’ o negocios hoteleros que en instalar fábricas de calzado o de muebles. Y algo similar sucede con el negocio de las materias primas.
Se escucha a menudo que debemos lograr que las inversiones migren de la extracción de recursos hacia la manufactura. No obstante, esta idea pasa por alto que usualmente el primer negocio es más rentable y aporta mayor valor agregado que el segundo. El cobre escondido en el subsuelo, por ejemplo, no vale prácticamente nada, pero realizar la enorme proeza de encontrarlo, desenterrarlo y dejarlo listo para venderlo como concentrado multiplica muchas veces su valor. Por su lado, convertir dicho concentrado en, digamos, alambre, no logra aumentar el valor del mismo ni en un 10%.
Es por este motivo que un país en el cual la extracción de recursos naturales tiene un gran protagonismo puede ser una nación rica. Es, entre otros, el caso de Noruega, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, cuyas exportaciones de recursos naturales representan el 84%, 77%, 44% y 73% de sus exportaciones totales, respectivamente.
Quizá la confusión radica en que en la mente de muchas personas el paradigma de país desarrollado incluye una imagen de cientos de fábricas con humeantes chimeneas. Pero esto dista mucho de la realidad pues, en efecto, bastantes países ricos concentran la mayor parte de su producción en el sector servicios.
La confusión, probablemente, también pueda tener su origen en la difundida idea de que es más barato elaborar los productos que consumimos dentro del país en vez de importarlos. Pero esto también es falso. La economía de un país, después de todo, se parece en muchos sentidos a la de un hogar. Usted, estimado lector, no fabrica dentro de su casa todos los electrodomésticos, vestidos u otros productos que utiliza en su vida diaria. Más bien, se especializa en la actividad que probablemente le resulte más rentable y conveniente y compra el resto de cosas que necesita a otras personas y empresas.
Igual sucede con los países. Lo que les conviene es producir aquellos bienes y servicios para los que tienen ventajas comparativas y adquirir el resto del exterior. Lo que necesitamos no es una ‘política industrial’, sino una política de competitividad y educación, que facilite a los peruanos producir aquello que mejor sepan o puedan aprender a hacer. No caigamos en el error de dejar que el gobierno haga algo equivalente a promover que fabriquemos nuestras refrigeradoras en casa.
Fuente: EL COMERCIO
Hay ciertas afirmaciones solemnes que, de tanto escucharlas y repetirlas, se convierten en ideas incuestionables para muchas personas y se enquistan casi inamoviblemente en la sabiduría popular. Una de ellas es que “debemos convertirnos en un país industrializado”.
El problema de esta idea es que, aplicada dogmáticamente, puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas y contraproducentes. Un ejemplo es la política industrial de Velasco, quien tenía una suerte de fetiche por la manufactura. Su ‘política de sustitución de importaciones’ consistía en restringir el ingreso de productos importados bajo la creencia de que así se desarrollaría una sólida industria nacional. Todos sabemos, por supuesto, a dónde esto llevó a nuestra manufactura: a ninguna parte.
Y es que hay que estar seriamente confundido para creer que se puede lograr que un corredor aumente su velocidad retirando al resto de corredores de la carrera.
Para bien de la discusión pública, esta semana pasó por Lima alguien que se atrevió a cuestionar el mito de la industrialización: el premio Nobel de Economía Paul Krugman. Él fue categórico sobre este tema y dijo que “no se preocupen tanto por crear un país destinado a la manufactura. Ustedes ya tienen los recursos para ser exitosos”. Para Krugman, este sería solo un viejo paradigma que hay que descartar.
Al premio Nobel no le falta razón. La forma más eficiente de crear riqueza no es necesariamente llenarnos de fábricas, sino permitir que en el Perú se produzca aquello que sea más rentable vender dentro y fuera del país, independientemente de si esto significa desarrollar más nuestro sector primario, nuestra manufactura o nuestros servicios. Podría, por ejemplo, ser más rentable invertir en desarrollar ‘call centers’ o negocios hoteleros que en instalar fábricas de calzado o de muebles. Y algo similar sucede con el negocio de las materias primas.
Se escucha a menudo que debemos lograr que las inversiones migren de la extracción de recursos hacia la manufactura. No obstante, esta idea pasa por alto que usualmente el primer negocio es más rentable y aporta mayor valor agregado que el segundo. El cobre escondido en el subsuelo, por ejemplo, no vale prácticamente nada, pero realizar la enorme proeza de encontrarlo, desenterrarlo y dejarlo listo para venderlo como concentrado multiplica muchas veces su valor. Por su lado, convertir dicho concentrado en, digamos, alambre, no logra aumentar el valor del mismo ni en un 10%.
Es por este motivo que un país en el cual la extracción de recursos naturales tiene un gran protagonismo puede ser una nación rica. Es, entre otros, el caso de Noruega, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, cuyas exportaciones de recursos naturales representan el 84%, 77%, 44% y 73% de sus exportaciones totales, respectivamente.
Quizá la confusión radica en que en la mente de muchas personas el paradigma de país desarrollado incluye una imagen de cientos de fábricas con humeantes chimeneas. Pero esto dista mucho de la realidad pues, en efecto, bastantes países ricos concentran la mayor parte de su producción en el sector servicios.
La confusión, probablemente, también pueda tener su origen en la difundida idea de que es más barato elaborar los productos que consumimos dentro del país en vez de importarlos. Pero esto también es falso. La economía de un país, después de todo, se parece en muchos sentidos a la de un hogar. Usted, estimado lector, no fabrica dentro de su casa todos los electrodomésticos, vestidos u otros productos que utiliza en su vida diaria. Más bien, se especializa en la actividad que probablemente le resulte más rentable y conveniente y compra el resto de cosas que necesita a otras personas y empresas.
Igual sucede con los países. Lo que les conviene es producir aquellos bienes y servicios para los que tienen ventajas comparativas y adquirir el resto del exterior. Lo que necesitamos no es una ‘política industrial’, sino una política de competitividad y educación, que facilite a los peruanos producir aquello que mejor sepan o puedan aprender a hacer. No caigamos en el error de dejar que el gobierno haga algo equivalente a promover que fabriquemos nuestras refrigeradoras en casa.
Fuente: EL COMERCIO
jueves, 6 de marzo de 2014
"Industrialización: tan cerca y tan lejos"
En el mundo, hoy es más fácil industrializarse. Sin embargo, para el Perú parece ser cada vez más difícil
Por: Waldo Mendoza
Jefe del Departamento de Economía de la PUCP
EL COMERCIO
06-03-14
Es deseable que el país tenga un mayor grado de industrialización. Las experiencias de crecimiento sobre la base de lo que Dios nos ha dado a menudo terminan mal. En el mundo, hoy es más fácil industrializarse. Sin embargo, para el Perú parece ser cada vez más difícil. Pero algo hay que hacer.
Dani Rodrik es uno de los más versados en la industrialización. Sus argumentos son convincentes. Primero, casi todos los países que han crecido un montón en las últimas décadas lo han hecho bajo el liderazgo de la industria y la exportación manufacturera. Son muy pocos los países que lo han hecho a punta de explotar recursos naturales. Segundo, como la industria es un sector de alta productividad, el desplazamiento de la mano de obra desde otras actividades menos productivas eleva la productividad total de la economía. Tercero, la productividad del trabajo en la industria manufacturera converge hacia la frontera tecnológica.
Entonces, la productividad en la industria de los países pobres, que está muy lejos de la de los ricos, tiene un margen grande para crecer, pues estas industrias producen bienes que se comercian internacionalmente, lo cual facilita la transferencia de tecnologías.
Richard Baldwin, otro erudito en estos temas, advierte que para industrializar un país hoy no valen las recetas del pasado. El detalle es que en las últimas décadas se ha producido en el mundo una reducción drástica del costo de transmitir tecnología y conocimiento. Las distintas etapas del proceso productivo pueden hacerse en diferentes países.
Ya no se necesita industrializar a la antigua, con la sustitución de importaciones, como lo hicieron exitosamente Alemania, Estados Unidos y Japón, aplicando complejas políticas industriales, protegiendo el mercado interno de la competencia extranjera, con salarios elevados y desarrollando dentro de las fronteras todas las etapas del proceso productivo. Los países de industrialización reciente lo han hecho simplemente integrándose a las cadenas de suministro internacional.
Ya no se requiere contar con un mercado interno grande, ni protección contra la competencia externa, y tampoco se necesita tanta intervención estatal. Exagerando, solo se necesita ser un buen anfitrión de la inversión extranjera y contar con mano de obra barata, pues el resto de insumos y tecnología lo producen otros países.
Sin embargo, hay dos grandes problemas. Primero, todos los países que han logrado un crecimiento industrial destacado lo han hecho suministrando insumos o partes a las tres potencias industriales: Estados Unidos, Japón y Alemania. Esos países, además, están localizados cerca de estas tres potencias. La geografía, a pesar de lo que digan Acemoglu y Robinson, parece ser, en este caso, decisiva.
Segundo, esta industrialización ya no jala con tanta fuerza al resto de la economía como en las experiencias clásicas. La razón es que la producción local tiene un altísimo contenido importado. Pero algo hay que hacer.
Una vía posible es utilizar mejor los tratados de libre comercio (TLC). Tenemos TLC con potencias industriales como Estados Unidos, Japón o Corea del Sur. Hay que pasar de la vía fácil del yo te bajo los aranceles y tú me bajas los tuyos, a establecer acuerdos que nos faciliten integrarnos en estas cadenas de suministro internacional.
Por: Waldo Mendoza
Jefe del Departamento de Economía de la PUCP
EL COMERCIO
06-03-14
Es deseable que el país tenga un mayor grado de industrialización. Las experiencias de crecimiento sobre la base de lo que Dios nos ha dado a menudo terminan mal. En el mundo, hoy es más fácil industrializarse. Sin embargo, para el Perú parece ser cada vez más difícil. Pero algo hay que hacer.
Dani Rodrik es uno de los más versados en la industrialización. Sus argumentos son convincentes. Primero, casi todos los países que han crecido un montón en las últimas décadas lo han hecho bajo el liderazgo de la industria y la exportación manufacturera. Son muy pocos los países que lo han hecho a punta de explotar recursos naturales. Segundo, como la industria es un sector de alta productividad, el desplazamiento de la mano de obra desde otras actividades menos productivas eleva la productividad total de la economía. Tercero, la productividad del trabajo en la industria manufacturera converge hacia la frontera tecnológica.
Entonces, la productividad en la industria de los países pobres, que está muy lejos de la de los ricos, tiene un margen grande para crecer, pues estas industrias producen bienes que se comercian internacionalmente, lo cual facilita la transferencia de tecnologías.
Richard Baldwin, otro erudito en estos temas, advierte que para industrializar un país hoy no valen las recetas del pasado. El detalle es que en las últimas décadas se ha producido en el mundo una reducción drástica del costo de transmitir tecnología y conocimiento. Las distintas etapas del proceso productivo pueden hacerse en diferentes países.
Ya no se necesita industrializar a la antigua, con la sustitución de importaciones, como lo hicieron exitosamente Alemania, Estados Unidos y Japón, aplicando complejas políticas industriales, protegiendo el mercado interno de la competencia extranjera, con salarios elevados y desarrollando dentro de las fronteras todas las etapas del proceso productivo. Los países de industrialización reciente lo han hecho simplemente integrándose a las cadenas de suministro internacional.
Ya no se requiere contar con un mercado interno grande, ni protección contra la competencia externa, y tampoco se necesita tanta intervención estatal. Exagerando, solo se necesita ser un buen anfitrión de la inversión extranjera y contar con mano de obra barata, pues el resto de insumos y tecnología lo producen otros países.
Sin embargo, hay dos grandes problemas. Primero, todos los países que han logrado un crecimiento industrial destacado lo han hecho suministrando insumos o partes a las tres potencias industriales: Estados Unidos, Japón y Alemania. Esos países, además, están localizados cerca de estas tres potencias. La geografía, a pesar de lo que digan Acemoglu y Robinson, parece ser, en este caso, decisiva.
Segundo, esta industrialización ya no jala con tanta fuerza al resto de la economía como en las experiencias clásicas. La razón es que la producción local tiene un altísimo contenido importado. Pero algo hay que hacer.
Una vía posible es utilizar mejor los tratados de libre comercio (TLC). Tenemos TLC con potencias industriales como Estados Unidos, Japón o Corea del Sur. Hay que pasar de la vía fácil del yo te bajo los aranceles y tú me bajas los tuyos, a establecer acuerdos que nos faciliten integrarnos en estas cadenas de suministro internacional.
Etiquetas:
INDUSTRIA,
MACROECONOMIA,
WALDO MENDOZA
sábado, 1 de marzo de 2014
Facebook, Coase y Gastón Acurio
El sector privado también puede generar bienes públicos
Por: Alfredo Bullard (Abogado)
EL COMERCIO
01-03-2014
Esta semana asistí al Mobile World Congress en Barcelona, la reunión más importante del mundo sobre telefonía móvil. Allí pude escuchar a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.
Zuckerberg señaló que estaba haciendo esfuerzos por aumentar el número de personas conectadas a Internet. Había convencido a su directorio, y estaba convenciendo a varios operadores de telefonía móvil, para invertir en dar acceso a un paquete básico de servicios (como Wikipedia, pronósticos del clima, Facebook, entre otros) sin costo. Así el teléfono móvil vendría con acceso a ese paquete de servicios básicos sin pagar por dicho acceso. Literalmente dijo: “Sería como cuando adquieres una línea de teléfono fija y esta viene con la posibilidad de llamar a emergencia de la policía o a los bomberos sin costo”.
Cuando le preguntaron por qué Facebook y operadores de telefonía móvil invertirían en regalar acceso gratuito, su respuesta fue: “Creé Facebook para conectar a la gente. Hay que seguir conectando más gente aún. No tengo un modelo económico que me diga cómo se va a ganar dinero, pero mi intuición me dice que si conecto más gente, habrá más oportunidades de negocio”.
El problema se puede explicar con la teoría de los bienes públicos. Según esa teoría, hay bienes necesarios para la convivencia humana que no van a ser producidos por el mercado porque generan externalidades. En otros términos, uno invierte en producirlos y otros se llevan (se externalizan) parte de los beneficios. Por tanto, mejor no se invierte y por ello no se producen. Entonces el Estado debe producirlos (como la seguridad pública, las calles, etc).
La conectividad de la que habla Zuckerberg tiene un componente de bien público: si conecto a alguien los demás se benefician sin pagar. Lo curioso es que propone que sean empresas privadas las que lo produzcan, y no el Estado.
La figura se entiende mejor con un ejemplo de libro de texto: el de los faros que guían a los barcos en el mar. Una vez que un inversionista construye un faro, tendrá problemas para cobrarle a todo barco que lo use. Prendida la luz, esta orientará a todos los barcos: los que pagan por su uso y los que no. El consumo de la luz es no rival. Infinidad de barcos pueden ver la misma luz sin que su uso por unos excluya a los otros. Como no se puede excluir a los que no pagan, entonces no se construirán faros. Conclusión: el Estado debe construirlos usando nuestros impuestos.
Pero el premio Nobel de Economía Ronald Coase desmitificó la teoría de los bienes públicos cuando demostró que los faros en Gran Bretaña no eran estatales, sino principalmente privados. Los usuarios frecuentes habían llegado a acuerdos para pagar por los faros, a pesar de que sabían que se generaría externalidades en favor de quienes no pagan. No es cierto, por tanto, que los bienes públicos solo deben ser producidos por el Estado.
Otro ejemplo es la política seguida por Gastón Acurio. Durante años él ha concentrado sus esfuerzos no solo en vender la imagen de sus restaurantes (bien privado), sino el de la cocina peruana en general (bien público). En sus programas de televisión no tenía temor de saborear y promover los platos de los restaurantes de su competencia. Ha invertido tiempo y dinero en hacer famosa la comida peruana y con mayor efectividad que cualquier programa de promoción estatal. Al hacerlo aumentan las ventas no solo de sus restaurantes, sino las de los demás, a quienes no puede excluir del mayor prestigio de la comida peruana. Una externalidad evidente. ¿Por qué lo hace? Porque como los empresarios que construyen faros o como Zuckerberg y Facebook, sabe que, si bien generará beneficios a otros, los que él obtendrá por su esfuerzo justifican su inversión.
Moraleja: estar frente a un bien público no significa que el Estado tenga que producirlo. Como la conectividad entre personas, la construcción de faros y el prestigio culinario peruano, parece que el sector privado puede producir mejores bienes públicos que el Estado.
Por: Alfredo Bullard (Abogado)
EL COMERCIO
01-03-2014
Esta semana asistí al Mobile World Congress en Barcelona, la reunión más importante del mundo sobre telefonía móvil. Allí pude escuchar a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.
Zuckerberg señaló que estaba haciendo esfuerzos por aumentar el número de personas conectadas a Internet. Había convencido a su directorio, y estaba convenciendo a varios operadores de telefonía móvil, para invertir en dar acceso a un paquete básico de servicios (como Wikipedia, pronósticos del clima, Facebook, entre otros) sin costo. Así el teléfono móvil vendría con acceso a ese paquete de servicios básicos sin pagar por dicho acceso. Literalmente dijo: “Sería como cuando adquieres una línea de teléfono fija y esta viene con la posibilidad de llamar a emergencia de la policía o a los bomberos sin costo”.
Cuando le preguntaron por qué Facebook y operadores de telefonía móvil invertirían en regalar acceso gratuito, su respuesta fue: “Creé Facebook para conectar a la gente. Hay que seguir conectando más gente aún. No tengo un modelo económico que me diga cómo se va a ganar dinero, pero mi intuición me dice que si conecto más gente, habrá más oportunidades de negocio”.
El problema se puede explicar con la teoría de los bienes públicos. Según esa teoría, hay bienes necesarios para la convivencia humana que no van a ser producidos por el mercado porque generan externalidades. En otros términos, uno invierte en producirlos y otros se llevan (se externalizan) parte de los beneficios. Por tanto, mejor no se invierte y por ello no se producen. Entonces el Estado debe producirlos (como la seguridad pública, las calles, etc).
La conectividad de la que habla Zuckerberg tiene un componente de bien público: si conecto a alguien los demás se benefician sin pagar. Lo curioso es que propone que sean empresas privadas las que lo produzcan, y no el Estado.
La figura se entiende mejor con un ejemplo de libro de texto: el de los faros que guían a los barcos en el mar. Una vez que un inversionista construye un faro, tendrá problemas para cobrarle a todo barco que lo use. Prendida la luz, esta orientará a todos los barcos: los que pagan por su uso y los que no. El consumo de la luz es no rival. Infinidad de barcos pueden ver la misma luz sin que su uso por unos excluya a los otros. Como no se puede excluir a los que no pagan, entonces no se construirán faros. Conclusión: el Estado debe construirlos usando nuestros impuestos.
Pero el premio Nobel de Economía Ronald Coase desmitificó la teoría de los bienes públicos cuando demostró que los faros en Gran Bretaña no eran estatales, sino principalmente privados. Los usuarios frecuentes habían llegado a acuerdos para pagar por los faros, a pesar de que sabían que se generaría externalidades en favor de quienes no pagan. No es cierto, por tanto, que los bienes públicos solo deben ser producidos por el Estado.
Otro ejemplo es la política seguida por Gastón Acurio. Durante años él ha concentrado sus esfuerzos no solo en vender la imagen de sus restaurantes (bien privado), sino el de la cocina peruana en general (bien público). En sus programas de televisión no tenía temor de saborear y promover los platos de los restaurantes de su competencia. Ha invertido tiempo y dinero en hacer famosa la comida peruana y con mayor efectividad que cualquier programa de promoción estatal. Al hacerlo aumentan las ventas no solo de sus restaurantes, sino las de los demás, a quienes no puede excluir del mayor prestigio de la comida peruana. Una externalidad evidente. ¿Por qué lo hace? Porque como los empresarios que construyen faros o como Zuckerberg y Facebook, sabe que, si bien generará beneficios a otros, los que él obtendrá por su esfuerzo justifican su inversión.
Moraleja: estar frente a un bien público no significa que el Estado tenga que producirlo. Como la conectividad entre personas, la construcción de faros y el prestigio culinario peruano, parece que el sector privado puede producir mejores bienes públicos que el Estado.
Etiquetas:
ALFREDO BULLARD,
TEORIA ECONOMICA
Suscribirse a:
Entradas (Atom)