lunes, 23 de marzo de 2015

Desborde popular II

Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
23-03-15

Este nuevo proceso ha avanzado considerablemente sin ser reconocido.

Con la frase “desborde popular”, José Matos Mar develó en 1984 lo que hasta entonces había sido la transformación más significativa en la estructura social y demográfica del país. En esencia, la población del campo, abandonada por el Estado y sin perspectivas económicas, se trasladó masivamente a Lima y a otras ciudades donde, por sus propios medios, pudo levantar su nivel de vida y donde su visibilidad y cercanía obligó al Estado a prestar una mayor atención. Como un río que se sale de sus cauces, gran parte de las masas populares encontraron un derrotero más favorable para su economía personal y para su participación política.

Retrospectivamente, sorprende lo difícil que es cambiar la autoimagen del país. Si bien se conocían los procesos de migración y urbanización, no se había captado la significancia del cambio. Matos Mar concibe la publicación de su libro como “campanazo de una tremenda realidad”, pese a que llegaba cuando el proceso ya tenía cuatro décadas de existencia. Posteriormente, el cambio de imagen fue reforzado por el libro “El otro sendero”, de Hernando de Soto, y otros estudios que descubrieron al pequeño empresario, y finalmente por las impactantes realidades de Gamarra y Mega Plaza. Años después, Matos Mar comentaría que el desborde mejoró las vidas en las ciudades donde los pobladores de los conos “son ahora familias y habitantes exitosos”.

Pero no todos se urbanizaron. La población rural y de los pequeños pueblos pasó de ser la gran mayoría a ser apenas una cuarta parte de la población, pero, tras las convulsiones de la reforma agraria y del terrorismo, las perspectivas de los que quedaban en el campo parecían más negativas que nunca. En la década de 1980 las zonas rurales vivían una crisis de producción y rentabilidad, excluidas de los recursos públicos y privados que favorecían a las ciudades y la costa. El avance social producido por el desborde resultaba cojo y poco esperanzador en cuanto a los más pobres.

En ese contexto poco auspicioso y de mínimas esperanzas, surgió un segundo desborde popular. Pero esta vez fue la montaña la que se acercó hacia Mahoma. En vez de una migración humana hacia los centros del dinero, en el segundo desborde el dinero fue desde la ciudad hacia el campo. Un verdadero río de recursos financieros, públicos y privados, fueron transferidos desde la economía urbana hacia los distritos más olvidados y pobres del país.

Este segundo proceso se inició durante la década de 1990, como una reacción política al terrorismo. Los servicios básicos del Estado, salud, escuela y seguridad, regresaron al campo. Nuevos programas llevaron agua potable, riego y caminos vecinales a los centros poblados más pequeños, y otros llevaron tecnología productiva. El flujo financiero, todavía limitado por la pobreza de dicha década, tuvo una gran crecida adicional con la descentralización a partir del 2001. La forma algo accidental y poco planificada de la descentralización se conjugó con un auge fiscal fortuito, lo que relajó los controles y dejó que se produzca finalmente un huaico financiero. El gasto efectuado por los municipios provinciales y distritales se ha multiplicado veinte veces desde 1990, casi todo financiado por recursos transferidos desde Lima. Se suman además los crecidos presupuestos de entidades del Gobierno Central para prestar servicios y hacer obra en los distritos rurales más pobres. Ciertamente, cada distrito tiene hoy su palacio municipal y la corrupción campea, pero tiene también su red de caminos vecinales, camiones, combis, tractores y cabinas de Internet, y la pobreza rural se ha reducido sustancialmente.

Como sucedió con el primer desborde popular, el nuevo proceso ha avanzado considerablemente sin ser reconocido. Incluso, sigue siendo negado con cierta terquedad, en parte, creo, porque nos duele aceptar una nueva realidad surgida sin plan, en forma no anticipada, y en gran parte de modo accidental.

*Director del Instituto del Perú de la USMP

lunes, 2 de febrero de 2015

El Perú y Chile: raíces y frutos distintos

En Chile el estereotipo del peruano es el del tipo atado al pasado, poco culto y sin disciplina, pero versátil y original.

Rolando Arellano *
EL COMERCIO
02-01-15

A un año de la decisión de La Haya se espera que comience una mayor integración entre el Perú y Chile. Eso será posible si, en lugar de criticar sus diferencias, los ciudadanos las entienden y les reconocen su valor. Una de ellas tiene que ver con las raíces de ambas naciones.

Así, uno de los atributos más diferenciadores es el relativo al tipo de mestizaje. Mientras el Perú es mezcla de españoles e incas, Chile es mezcla de migrantes europeos de diversos orígenes, sin aporte relevante indígena.

¿Cómo influye esto en la manera de vivir y desarrollarse? Mucho. Por descender de europeos, los chilenos son muy abiertos a la modernidad que llega de Occidente. Para ellos, no es problema seguirla, pues su forma de pensar se moldeó con la lógica de causa y efecto de la ciencia y la tecnología de sus ancestros.

Los peruanos resultan de la mezcla indígena con la cultura europea traída por España. Aquí convive la fuerza de los incas, imperio dominante y de fuertes estructuras sociales y económicas, con el pensamiento occidental heredado de Europa. Así, mientras un chileno no discute acerca de la tecnología o de la lógica económica que viene de Occidente, un peruano debe procesarla a la luz de sus creencias atávicas y sus costumbres. Una mina aquí no solo debe ser eficiente, sino además ser aprobada por los apus.

Por ello, los peruanos tienen la creatividad y la innovación de los mestizajes. En el Perú se mezclan fácilmente lo externo con lo interno y lo nuevo con lo antiguo porque su diversidad se lo permite y hasta se lo exige. La cocina peruana, ropas, ritmos y bailes, y hasta su forma de hacer empresa son creación propia y cambiante. Con menos opciones, los chilenos basaron su desarrollo en hacer muy bien aquello que tenía éxito comprobado en Occidente: uvas, salmón, manzanas, vino, cobre, sistemas de distribución masiva y algo de tecnología.

Así, en Chile el estereotipo del peruano es el del indígena atado al pasado, poco culto y sin disciplina, pero versátil y original. Y el del chileno, en el Perú, es el del sudamericano que se cree europeo, poco creativo y sin raíces, pero ordenado y trabajador. Por cierto, esos estereotipos se exageran hasta el insulto cuando no hay trato personal, como en las discusiones que vemos por Internet, pero se minimizan cuando se conoce personalmente a gente (y a empresas) de la otra nación, mostrando la fragilidad que tienen las generalizaciones.

Siendo ambos estereotipos resultado de una larga convivencia marcada por rivalidades fronterizas, ellos pueden hoy cambiarse con una mirada más seria, desapasionada y útil. Para eso, debemos aceptar que las características culturales de un pueblo no son ni buenas ni malas, sino que son su herencia y esencia. Además, debemos reconocer que peruanos y chilenos somos distintos y que, para entendernos, necesitamos cambiar el “sentido común” que hoy usamos para comunicarnos. Por último, debemos comprender que, si trabajamos juntos, la gran diferencia de raíces entre ambos pueblos puede originar un mestizaje social y económico muy poderoso, con grandes frutos para el desarrollo mutuo.

* Profesor de Centrum Católica

viernes, 28 de noviembre de 2014

La gran exclusión

Nuestra estructura de ingresos ya no es una pirámide: es un rombo. Pero la del empleo en las empresas es al revés: cóncava

Por: Jaime de Althaus
EL COMERCIO
28-11-14

Debe ser por un afán provocador que Alfredo Torres ha escrito en este Diario que es un mito que en el Perú exista un dinámico sector emergente de micro y pequeños empresarios que a su vez conformen una nueva clase media, pues –afirma– la gran mayoría de microempresas no son expresiones de un pujante emprendedurismo, sino un esforzado mecanismo de supervivencia. Y que el sector verdaderamente dinámico, que explica el crecimiento de la clase media emergente, es el de las 50 mil empresas que tienen entre 10 y 100 trabajadores.

El problema de ese enfoque es que ve el proceso solo de arriba hacia abajo, negando la emergencia que viene de abajo hacia arriba y que queda frustrada precisamente porque las normas laborales y tributarias le impiden seguir escalando. No cabe duda de que hay un fuerte proceso de emergencia social. Entre el 2007 y el 2012, el empleo adecuado urbano (los que ganan por encima del salario mínimo) se dobló asombrosamente, pasando del 27,6% al 56,4%, y la clase media se ha doblado o triplicado (según el cálculo que se haga): pasó de 25,9% de la población el 2005 a 48,9% el 2011 según el BID, o de 11,9% a 40,1% según el Banco Mundial. La cantidad de población en la que se ha incrementado la clase media es mucho mayor a la que trabaja en empresas entre 10 y 100 trabajadores. Nuestra estructura de ingresos ya no es una pirámide, sino un rombo.

El problema está en que buena parte de esa población incorporada a una nueva clase media no se ha formalizado, pues entre esos años el empleo informal urbano apenas disminuyó del 72,8% al 66,8%. Tenemos una clase media emergente informal, lo que es casi un contrasentido. Y no se ha formalizado por el costo de la formalidad. Entonces, si vemos el tema en términos políticos, una cosa es decir: hay que reformar la legislación laboral para que crezcan más las empresas medianas y grandes, y otra es decir: hay que hacerlo para liberar el tapón que les impide a los micro y pequeños empresarios seguir creciendo.

Pues eso es lo que está ocurriendo. Si la estructura de ingresos es un rombo, la del empleo en las empresas es al revés, cóncava: hay mucho menos trabajadores en empresas medianas (8,9%) que en empresas grandes (24,3%), lo que significa que el salto de la pequeña a la mediana empresa es un salto mortal, casi imposible. Es decir, el crecimiento económico de las clases emergentes está reprimido por una formalidad excluyente, onerosa y compleja. La escasa formalización ocurre por expansión de las empresas grandes y no por crecimiento de las pequeñas.

Impulsar el desarrollo de las medianas y grandes empresas formales para convertirnos en un país del Primer Mundo, como quiere Alfredo, requiere levantar las barreras que impiden el acceso de los sectores emergentes a las palancas de la formalidad y que limitan el crecimiento de los pequeños más allá de cierto punto. Pues esa es, finalmente, la gran exclusión de nuestra sociedad.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El mito de los emergentes

El crecimiento de las empresas medianas y grandes aporta a la formación de una cultura cívica, respetuosa de la ley.

Por: Alfredo Torres*
EL COMERCIO
25-11-14

La existencia de un dinámico sector emergente, conformado por millones de micro y pequeños empresarios que a su vez conformarían una nueva y amplia clase media, es uno de nuestros mitos más difundidos y equivocados. La ilusión proviene de la existencia de más de siete millones de unidades productivas en el país. Lo que se olvida es que más del 98% de ellas son microempresas que operan en actividades de baja productividad, que solo permiten salarios o ganancias variables en el rango de 25 a 75 soles diarios para una o dos personas, dependiendo del caso. Por desgracia, la gran mayoría de esas microempresas no son expresiones de un pujante y exitoso emprendedurismo sino un esforzado mecanismo de supervivencia.

Si se quiere vincular el concepto de empresario emergente a un sector de la población, una buena aproximación sería asignárselo a la pequeña empresa. En términos gruesos, se trata de empresas que tienen entre 10 y 100 trabajadores que generan, por lo general, ingresos anuales en el rango de los cien mil a un millón de dólares. En el Perú, existen alrededor de 50 mil de estas empresas, la mitad formales y la mitad en la informalidad. Las más exitosas lograrán eventualmente su pase a la categoría de las Top 10 mil, donde la mayoría cuenta con más de 100 trabajadores.

El crecimiento de la clase media emergente en el Perú es producto del dinamismo de estas 50 mil pequeñas empresas, pero también del crecimiento sostenido de las 10 mil empresas más grandes. Entre ambas han generado un millón de empleos entre el 2006 y el 2013. Y los concurridos centros comerciales que hoy se extienden por todo el país son visitados no solo por las familias de los 50 mil pequeños empresarios y los más exitosos microempresarios sino también por el millón de nuevos trabajadores que ha generado la empresa privada en los últimos siete años.

Las políticas públicas destinadas a la generación de empleo deben estar orientadas, pues, a mejorar las condiciones para estas 60 mil empresas que proveen la mayor parte de los empleos formales del país. En ese sentido, es relevante lo que respondieron los asistentes a CADE 2014 en la encuesta de Ipsos sobre las medidas que serían más importantes para impulsar la creación de empleo: el 65% contestó que reducir la indemnización por despido y prohibir la reposición obligatoria; el 53% facilitar los contratos a plazo fijo; y el 41% facilitar la contratación de trabajadores eventuales como permanentes sin riesgo de pagar beneficios laborales por los años previos. El gobierno y el Congreso deberían recoger estos planteamientos y avanzar con audacia en dichas reformas. Como señaló El Comercio en su editorial de ayer (“Curitas laborales”), el Ejecutivo ha propuesto recientemente algunas medidas importantes en esa dirección, pero lamentablemente dista de ser la reforma que se requiere para ser más competitivos.

Cuando se publicó “El otro sendero” en 1986, el Perú vivía circunstancias muy difíciles frente a las cuales las mypes informales fueron –como destacó Hernando de Soto entonces– una salida creativa y heroica de la población. Ahora, sin embargo, si aspiramos a ser en pocas décadas un país del Primer Mundo, la prioridad debe ser impulsar el desarrollo de las medianas y grandes empresas formales. En el Perú apenas el 40% de la PEA es asalariada; en Chile es más del 60% y en Estados Unidos es el 80%. Es decir, el Perú no necesita más microempresas, al contrario, necesita menos.

La existencia de una proporción reducida de microempresas en Estados Unidos no implica que no haya en ese país un gran espíritu emprendedor pero este se concentra en los innovadores. Ese es el tipo de emprendedores que necesita el Perú, el emprendimiento de las start-ups, que analiza “Semana Económica” en su última edición, no el de las mypes informales que son solo subterfugios para el autoempleo, cuando no para la simple evasión de responsabilidades tributarias.

El crecimiento de las empresas medianas y grandes no trae solo beneficios económicos para el país en términos de producción, empleo y pago de impuestos; aporta también a la formación de una cultura cívica en la que más ciudadanos se sienten parte de una sociedad organizada y respetuosa de la ley. Si hubiese que escoger un indicador simple que permita comparar el país que debemos dejar y el Perú al que debemos evolucionar, este podría ser el número de peruanos que trabajan en los tradicionales mercadillos informales –caracterizados por su precariedad– versus el número peruanos que trabaja en centros comerciales formales y que brindan al público un ambiente limpio, ordenado y seguro.

*Presidente ejecutivo de Ipsos Perú