domingo, 23 de marzo de 2014

El fetiche de las fábricas

Krugman tiene razón cuando dice que el Perú no debe preocuparse por la industrialización

Hay ciertas afirmaciones solemnes que, de tanto escucharlas y repetirlas, se convierten en ideas incuestionables para muchas personas y se enquistan casi inamoviblemente en la sabiduría popular. Una de ellas es que “debemos convertirnos en un país industrializado”.

El problema de esta idea es que, aplicada dogmáticamente, puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas y contraproducentes. Un ejemplo es la política industrial de Velasco, quien tenía una suerte de fetiche por la manufactura. Su ‘política de sustitución de importaciones’ consistía en restringir el ingreso de productos importados bajo la creencia de que así se desarrollaría una sólida industria nacional. Todos sabemos, por supuesto, a dónde esto llevó a nuestra manufactura: a ninguna parte.

Y es que hay que estar seriamente confundido para creer que se puede lograr que un corredor aumente su velocidad retirando al resto de corredores de la carrera.

Para bien de la discusión pública, esta semana pasó por Lima alguien que se atrevió a cuestionar el mito de la industrialización: el premio Nobel de Economía Paul Krugman. Él fue categórico sobre este tema y dijo que “no se preocupen tanto por crear un país destinado a la manufactura. Ustedes ya tienen los recursos para ser exitosos”. Para Krugman, este sería solo un viejo paradigma que hay que descartar.

Al premio Nobel no le falta razón. La forma más eficiente de crear riqueza no es necesariamente llenarnos de fábricas, sino permitir que en el Perú se produzca aquello que sea más rentable vender dentro y fuera del país, independientemente de si esto significa desarrollar más nuestro sector primario, nuestra manufactura o nuestros servicios. Podría, por ejemplo, ser más rentable invertir en desarrollar ‘call centers’ o negocios hoteleros que en instalar fábricas de calzado o de muebles. Y algo similar sucede con el negocio de las materias primas.

Se escucha a menudo que debemos lograr que las inversiones migren de la extracción de recursos hacia la manufactura. No obstante, esta idea pasa por alto que usualmente el primer negocio es más rentable y aporta mayor valor agregado que el segundo. El cobre escondido en el subsuelo, por ejemplo, no vale prácticamente nada, pero realizar la enorme proeza de encontrarlo, desenterrarlo y dejarlo listo para venderlo como concentrado multiplica muchas veces su valor. Por su lado, convertir dicho concentrado en, digamos, alambre, no logra aumentar el valor del mismo ni en un 10%.

Es por este motivo que un país en el cual la extracción de recursos naturales tiene un gran protagonismo puede ser una nación rica. Es, entre otros, el caso de Noruega, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, cuyas exportaciones de recursos naturales representan el 84%, 77%, 44% y 73% de sus exportaciones totales, respectivamente.

Quizá la confusión radica en que en la mente de muchas personas el paradigma de país desarrollado incluye una imagen de cientos de fábricas con humeantes chimeneas. Pero esto dista mucho de la realidad pues, en efecto, bastantes países ricos concentran la mayor parte de su producción en el sector servicios.

La confusión, probablemente, también pueda tener su origen en la difundida idea de que es más barato elaborar los productos que consumimos dentro del país en vez de importarlos. Pero esto también es falso. La economía de un país, después de todo, se parece en muchos sentidos a la de un hogar. Usted, estimado lector, no fabrica dentro de su casa todos los electrodomésticos, vestidos u otros productos que utiliza en su vida diaria. Más bien, se especializa en la actividad que probablemente le resulte más rentable y conveniente y compra el resto de cosas que necesita a otras personas y empresas.

Igual sucede con los países. Lo que les conviene es producir aquellos bienes y servicios para los que tienen ventajas comparativas y adquirir el resto del exterior. Lo que necesitamos no es una ‘política industrial’, sino una política de competitividad y educación, que facilite a los peruanos producir aquello que mejor sepan o puedan aprender a hacer. No caigamos en el error de dejar que el gobierno haga algo equivalente a promover que fabriquemos nuestras refrigeradoras en casa.

Fuente: EL COMERCIO

jueves, 6 de marzo de 2014

"Industrialización: tan cerca y tan lejos"

En el mundo, hoy es más fácil industrializarse. Sin embargo, para el Perú parece ser cada vez más difícil

Por: Waldo Mendoza
Jefe del Departamento de Economía de la PUCP
EL COMERCIO
06-03-14

Es deseable que el país tenga un mayor grado de industrialización. Las experiencias de crecimiento sobre la base de lo que Dios nos ha dado a menudo terminan mal. En el mundo, hoy es más fácil industrializarse. Sin embargo, para el Perú parece ser cada vez más difícil. Pero algo hay que hacer.

Dani Rodrik es uno de los más versados en la industrialización. Sus argumentos son convincentes. Primero, casi todos los países que han crecido un montón en las últimas décadas lo han hecho bajo el liderazgo de la industria y la exportación manufacturera. Son muy pocos los países que lo han hecho a punta de explotar recursos naturales. Segundo, como la industria es un sector de alta productividad, el desplazamiento de la mano de obra desde otras actividades menos productivas eleva la productividad total de la economía. Tercero, la productividad del trabajo en la industria manufacturera converge hacia la frontera tecnológica. 

Entonces, la productividad en la industria de los países pobres, que está muy lejos de la de los ricos, tiene un margen grande para crecer, pues estas industrias producen bienes que se comercian internacionalmente, lo cual facilita la transferencia de tecnologías.

Richard Baldwin, otro erudito en estos temas, advierte que para industrializar un país hoy no valen las recetas del pasado. El detalle es que en las últimas décadas se ha producido en el mundo una reducción drástica del costo de transmitir tecnología y conocimiento. Las distintas etapas del proceso productivo pueden hacerse en diferentes países.

Ya no se necesita industrializar a la antigua, con la sustitución de importaciones, como lo hicieron exitosamente Alemania, Estados Unidos y Japón, aplicando complejas políticas industriales, protegiendo el mercado interno de la competencia extranjera, con salarios elevados y desarrollando dentro de las fronteras todas las etapas del proceso productivo. Los países de industrialización reciente lo han hecho simplemente integrándose a las cadenas de suministro internacional.

Ya no se requiere contar con un mercado interno grande, ni protección contra la competencia externa, y tampoco se necesita tanta intervención estatal. Exagerando, solo se necesita ser un buen anfitrión de la inversión extranjera y contar con mano de obra barata, pues el resto de insumos y tecnología lo producen otros países.

Sin embargo, hay dos grandes problemas. Primero, todos los países que han logrado un crecimiento industrial destacado lo han hecho suministrando insumos o partes a las tres potencias industriales: Estados Unidos, Japón y Alemania. Esos países, además, están localizados cerca de estas tres potencias. La geografía, a pesar de lo que digan Acemoglu y Robinson, parece ser, en este caso, decisiva.

Segundo, esta industrialización ya no jala con tanta fuerza al resto de la economía como en las experiencias clásicas. La razón es que la producción local tiene un altísimo contenido importado. Pero algo hay que hacer.

Una vía posible es utilizar mejor los tratados de libre comercio (TLC). Tenemos TLC con potencias industriales como Estados Unidos, Japón o Corea del Sur. Hay que pasar de la vía fácil del yo te bajo los aranceles y tú me bajas los tuyos, a establecer acuerdos que nos faciliten integrarnos en estas cadenas de suministro internacional.

sábado, 1 de marzo de 2014

Facebook, Coase y Gastón Acurio

El sector privado también puede generar bienes públicos

Por: Alfredo Bullard (Abogado)
EL COMERCIO
01-03-2014

Esta semana asistí al Mobile World Congress en Barcelona, la reunión más importante del mundo sobre telefonía móvil. Allí pude escuchar a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

Zuckerberg señaló que estaba haciendo esfuerzos por aumentar el número de personas conectadas a Internet. Había convencido a su directorio, y estaba convenciendo a varios operadores de telefonía móvil, para invertir en dar acceso a un paquete básico de servicios (como Wikipedia, pronósticos del clima, Facebook, entre otros) sin costo. Así el teléfono móvil vendría con acceso a ese paquete de servicios básicos sin pagar por dicho acceso. Literalmente dijo: “Sería como cuando adquieres una línea de teléfono fija y esta viene con la posibilidad de llamar a emergencia de la policía o a los bomberos sin costo”.

Cuando le preguntaron por qué Facebook y operadores de telefonía móvil invertirían en regalar acceso gratuito, su respuesta fue: “Creé Facebook para conectar a la gente. Hay que seguir conectando más gente aún. No tengo un modelo económico que me diga cómo se va a ganar dinero, pero mi intuición me dice que si conecto más gente, habrá más oportunidades de negocio”.

El problema se puede explicar con la teoría de los bienes públicos. Según esa teoría, hay bienes necesarios para la convivencia humana que no van a ser producidos por el mercado porque generan externalidades. En otros términos, uno invierte en producirlos y otros se llevan (se externalizan) parte de los beneficios. Por tanto, mejor no se invierte y por ello no se producen. Entonces el Estado debe producirlos (como la seguridad pública, las calles, etc).

La conectividad de la que habla Zuckerberg tiene un componente de bien público: si conecto a alguien los demás se benefician sin pagar. Lo curioso es que propone que sean empresas privadas las que lo produzcan, y no el Estado.

La figura se entiende mejor con un ejemplo de libro de texto: el de los faros que guían a los barcos en el mar. Una vez que un inversionista construye un faro, tendrá problemas para cobrarle a todo barco que lo use. Prendida la luz, esta orientará a todos los barcos: los que pagan por su uso y los que no. El consumo de la luz es no rival. Infinidad de barcos pueden ver la misma luz sin que su uso por unos excluya a los otros. Como no se puede excluir a los que no pagan, entonces no se construirán faros. Conclusión: el Estado debe construirlos usando nuestros impuestos.

Pero el premio Nobel de Economía Ronald Coase desmitificó la teoría de los bienes públicos cuando demostró que los faros en Gran Bretaña no eran estatales, sino principalmente privados. Los usuarios frecuentes habían llegado a acuerdos para pagar por los faros, a pesar de que sabían que se generaría externalidades en favor de quienes no pagan. No es cierto, por tanto, que los bienes públicos solo deben ser producidos por el Estado.

Otro ejemplo es la política seguida por Gastón Acurio. Durante años él ha concentrado sus esfuerzos no solo en vender la imagen de sus restaurantes (bien privado), sino el de la cocina peruana en general (bien público). En sus programas de televisión no tenía temor de saborear y promover los platos de los restaurantes de su competencia. Ha invertido tiempo y dinero en hacer famosa la comida peruana y con mayor efectividad que cualquier programa de promoción estatal. Al hacerlo aumentan las ventas no solo de sus restaurantes, sino las de los demás, a quienes no puede excluir del mayor prestigio de la comida peruana. Una externalidad evidente. ¿Por qué lo hace? Porque como los empresarios que construyen faros o como Zuckerberg y Facebook, sabe que, si bien generará beneficios a otros, los que él obtendrá por su esfuerzo justifican su inversión.

Moraleja: estar frente a un bien público no significa que el Estado tenga que producirlo. Como la conectividad entre personas, la construcción de faros y el prestigio culinario peruano, parece que el sector privado puede producir mejores bienes públicos que el Estado.

lunes, 1 de abril de 2013

Enjaulados

Disímiles y apasionantes como son las economías de Brasil, Chile, Argentina, Perú, México y Colombia, una sospecha comienza a tomar cuerpo: una trampa invisible las amarra a todas.
 
El puesto que vende frutas y verduras está ubicado sobre la carretera, poco antes de la entrada a Las Brisas, una urbanización de lujo sobre la costa del océano Pacífico, en la zona central de Chile. Es amplio, limpio, ordenado, elegante en su simplicidad. Detrás de él, árboles de aguacate enanos se acurrucan con su fruto sabroso. Lo atiende un hombre delgado que sorprende cuando, al preguntarle por una flor solitaria dentro de un cubo plástico, responde: “Es un lilium. Antes los exportábamos a Miami, pero ahora no. Los fletes aéreos aumentaron mucho y el dólar bajó mucho. No podíamos competir”.

Aun así, las cosas no le van mal. Ni a él ni a esa región. La ruta que va de Matanzas, balneario internacional de surfers, al puerto exportador de San Antonio es de buena calidad. Sólo se ven autos nuevos. El desvío cercano a Santiago, la capital, reluce puntuado de locales similares, especializados en mieles y frutillas. Su aspecto y oferta son rebeldes a la postal folklórica del pequeño productor que vive los malabarismos de la pobreza. Hay risas, packaging cuidado y nadie dejará de cenar esa noche si el comprador elige a la competencia.

Es la carnadura que toma un número simbólico: los US$ 20.000 de ingreso per cápita que el país sudamericano alcanzará este 2013. Se trata de una cifra en paridad de poder de compra (PPP en inglés), a la cual se le otorga el valor de umbral de acceso al club de las naciones desarrolladas. Si bien ayuda el descubrimiento, gracias al último censo, de que los chilenos son 900.000 personas menos que lo que se esperaba (sólo 16,5 millones) –y por lo tanto a cada uno le toca más de lo que el país produce–, también lo es que la riqueza chilena es tan real como su tercera exportación más importante: el oro (US$ 1.634 millones en 2012); ya no tan novedosa como la segunda, el salmón (US$ 1.985 millones en 2012) y tan sólida como la primera, el cobre (US$ 42.723 millones en 2012).

Pero una cosa es coronar la economía chilena con laureles rojizos, y otra que estos productos son los barrotes de una jaula. Una jaula lo suficientemente cómoda para hacer olvidar a los chilenos que están presos. Y no sólo ellos, sino todo el resto de los latinoamericanos. Cada uno en una pajarera de forma y comodidad distintas, pero todos volando bajo un techo transparente y terco para subir. Es lo que propone la tesis de la Trampa de los Ingresos Medios.

NEURONA EXPORTABLE
Se trata de una constatación histórica. Muchos países que transitan un crecimiento sostenido de más de un lustro, con altos niveles de inversión, bajan bruscamente su velocidad de expansión y pasan del trote a una caminata cansina. Algo que puede durar no pocos años, antes que tomen resuello suficiente para volver a la carrera. Naciones tan distintas como Argentina, Brasil, México lo han vivido. Cuando ocurre más de una vez el país se descubre “atrapado” en un PIB que no puede incrementar.

En enero de este año, los economistas Barry Eichegreen –profesor de Economía en Berkeley–, Donghyun Park y Kwanho Shin, publicaron un trabajo en el cual aseveran que estos frenazos suelen ocurrir mayormente en naciones que poseen ingresos per cápita de cerca de US$ 11.000 y US$ 15.000-16.000. “Los frenazos son más probables en las economías con tasas de inversión elevadas, que pueden traducirse a futuro en bajos rendimientos del capital y tipos de cambio reales subvaluados, que proporcionan un desincentivo para subir la escala tecnológica”, dice Eichengreen.

Pero no es una regla fija o efecto de magia numérica. Las desaceleraciones han ocurrido en US$ 19.415 (Bélgica, 1976), US$ 20.409 (Australia, 1969), US$ 21.830 (Holanda, 1974), US$ 26.713 (España, 2001) y a cifras tan altas como US$ 74.229 (Emiratos Árabes, 1980).

La moraleja es que arribar a los US$ 20.000 o 30.000 de ingreso no asegura estar en el mundo desarrollado, simplemente porque los avances que se logran pueden ser sólo cierres de brechas, vía catch ups de productividad en sectores primarios: no se crean nuevos sectores industriales/productivos ni tampoco mejora dramáticamente el capital humano disponible. Es la visión de Enrique Dentice, coordinador del Centro de Investigación y Medición Económica de la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín), en Argentina: “De hecho, las economías latinoamericanas que más reformas han llevado adelante son aquellas que han ido a una primarización de sus producciones”, recalca. “En otros casos –agrega–, estas reformas se utilizaron sólo para aprovechar cadenas establecidas y marcas”.

En general hay consenso en que la detención ocurre cuando la productividad total de una economía llega a su techo y no hay una vía clara para seguir avanzando. En no pocos casos esa economía, gracias al ingreso de inversores o reformas, estaba haciendo mucho más con lo mismo de siempre gracias a avances tecnológicos importados directamente. O aprovechaba la ampliación de una frontera física que alimentaba un boom productivo, gracias también a crédito disponible para explotarla. Es la situación del impacto en Brasil de los paquetes tecnológicos de semillas y la acción del BNDES en el Cerrado y en Rondônia.

“Sí, a Brasil le ha ido muy bien con algo que siempre despreció: la agroindustria”, dice en Buenos Aires Eduardo Fracchia, director del Área Académica de Economía en el Centro GESE de la IAE Business School. Gracias a ello, puntualiza, “Brasil está funcionando ahora con los dos pulmones, el agro y el de la manufactura. Aunque tal vez no le alcance”. Fracchia coincide en que Brasil y México son los países que uno tiende a pensar que tienen más base para enfrentar la senda del crecimiento constante, mientras que al resto la volatilidad de precios de las materias primas los puede afectar fuertemente. Pero si de exportaciones sofisticadas se trata, la realidad regional es dura: “En general las manufacturas de uso industrial son de baja o mediana tecnología: faltan neuronas en la exportación”.

MACRO COJA
No es un secreto. Pero pronto podría resultar más letal de lo que creemos. A ojos de Eichengreen, países como los de la región, si quieren mantener sus altas tasas de crecimiento actuales, tienen una misión crucial: “Ascender en la escala tecnológica en la producción de bienes tecnológicamente más sofisticados”, dice. No sólo porque se venden mejor y generan un tejido más denso de empresas, sino por algo en lo que no solemos pensar: en el mundo hay muchas naciones empujándonos a codazos desde abajo. Así, la migración a más tecnología debe hacerse, “en parte, con el fin de salir del camino de menor costo de los países en desarrollo que comienzan a penetrar en los mercados mundiales de productos de baja tecnología (usando plantas de maquila, ensamblaje y similares)”.

El economista estadounidense identifica el uso de una moneda devaluada como fuente parcial de esta dificultad. En Santiago de Chile, el economista Ricardo Ffrench-Davies discrepa. “No estamos haciendo las correcciones para avanzar sostenidamente en una situación de dependencia de ingresos externos que están sujetos a precios transitoriamente altos y con ingresos de capitales que huyen de EE.UU. y Europa”, dice. El resultado es la apreciación de las monedas de Perú, Brasil, Chile y Colombia, entre otros. “El quantitative easing nos llega a nosotros y nos hace daño”.

A juicio de Ffrench-Davies, los niveles de desalineamiento del cambio de cerca de 10% a 15% no ayudan a las empresas a esforzarse por ser más productivas: “Pretender aumentos de productividad del 10% a 15% es de una ingenuidad conmovedora”, dice. El efecto real es la salida del mercado de los pequeños exportadores. “América Latina es buena para hacer macro para la inflación, pero pésima para hacer macro para el desarrollo productivo”, remata.

A su juicio, el camino debería ser el tomado por Perú, “que se ha atrevido a intervenir la cuenta de capital usando encajes de hasta el 50%”. En Lima, Hugo Perea, economista jefe, BBVA Research Perú, comparte el juicio. “El Banco Central se ha mostrado activo en tratar de acotar el ritmo de apreciación. No busca cambiar la tendencia, sino controlar factores transitorios, como el influjo de capitales”. Se trata de evitar un boom de crédito y consumo insostenible. “Es dinero bien invertido”, asevera.

Con un ingreso per cápita 2012 de US$ 11.000 (PPP), una tasa de inversión total que ronda el 28%, las expectativas de crecimiento son altas: 6% promedio para 2015-17. Perú literalmente vuela. “A Colombia la habíamos superado en 2012 o lo haremos este año”, afirma Perea.

MÁS DE LO MISMO
Justamente Colombia, nación caribeña y andina a la vez, también se tensa por la apreciación. “Según el índice de The Economist, estamos como el país con la segunda moneda más apreciada, después de Brasil”, explica –en Bogotá– Juan Mauricio Ramírez, subdirector del centro de estudios Fedesarrollo. Eso después que la tasa de inversión creciera durante 10 años seguidos. “Colombia ha aumentado su dependencia de la minería y el petróleo”, dice. “Cuando se observa la balanza comercial, tenemos un superávit de 30.000 millones en minería y un déficit de 30.000 millones en el sector industrial. Estamos frente a un fenómeno de enfermedad holandesa”.

Por el lado positivo, el gobierno redistribuyó el sistema de reparto territorial de las regalías mineras y creó una regla de ahorro fiscal del 25% de los ingresos tributarios y directos provenientes de Ecopetrol. Lanzó, además, un programa de mejoramiento de infraestructura que aumentó los kilómetros de carreteras de dos pistas 60 km (2006) a 1.200 km (2012). “No ha sido suficiente, pero es mejor que nada”, destaca Ramírez. Y, sin duda, es una mejora impresionante luego que, hace apenas 11 años, el país estuviese en la lista de los 10 Estados fracasados. “Tenemos acá la Visión 2032: superar los US$ 18.000 per cápita ese año y reducir la pobreza al 13%”.

Con 50% de sus habitantes bajo la línea de pobreza, México posee la ventaja, frente a Colombia, de ser más rico: US$ 15.300 por cabeza (2012, estimado). Pero también está atrapado. Es lo que afirma el reciente informe Futuro para todos, coordinado por Barry Eichgreen y Claudio Loser, antiguo economista jefe para América Latina del Banco Mundial, y Harinder Kohli. “México está en la trampa del ingreso medio”, dice. “Los países que han caído en dicha trampa tienen salarios que son muy altos como para permitirles ser globalmente competitivos en manufactura básica asociada con mano de obra barata”. Y tampoco disponen de “las capacidades tecnológicas, el capital humano y las instituciones necesarias para producir productos más sofisticados y competir con los países avanzados”. Así, “comparado con el resto del mundo, el país ha estado esencialmente en la misma posición relativa durante los últimos treinta años”. 

¿En qué falla México? Eichgreen estima que nunca superamos la primera fase del acceso a la clase media mundial: importar tecnología. “Tomar el siguiente paso, que consiste en adaptar la tecnología importada a las condiciones propias y encarnarla en las exportaciones con alto contenido local, requiere de un conjunto de trabajadores altamente cualificados”. El problema es que no están.

LAS POLÍTICAS
En el DF mexicano, una voz se manifiesta en contra de una salida de la trampa centrada en la educación. “Creo que esta postura (poner la educación primero) es básicamente una tontería: es la necesidad de la industria o de la guerra la que produce la tecnología que produce el desarrollo”, dice Julio Boltvinik Kalinka, economista de la UNAM y de East Anglia, autor del libro Pobreza y distribución del ingreso en México. Sugiere que el pensamiento convencional ve el problema patas arriba: “El factor que más pesa es la decisión económico-política. El rol educativo de las universidades depende de los proyectos económicos de un país”.

Si bien Corea del Sur y Taiwán pueden ser un ejemplo de ello, no hay que olvidar que su industrialización se forjó en regímenes autoritarios dentro de países pequeños. En el gigantesco Brasil, Embraer y Petrobras son ejemplo de una política sectorial de sofisticación exitosa, pero que no alcanza a arrastrar a toda la economía. “En los últimos años fueron creadas varias leyes y fondos en Brasil para financiar la innovación. Sin embargo, esas medidas no resultaron en el aumento de la actividad innovadora”, explica –en Rio de Janeiro– Fernando Augusto Adeodato Veloso, experto en economía aplicada de la Fundación Getúlio Vargas y secretario ejecutivo de la Sociedad Brasileña de Econometría. “Las razones no están claras, pero parecen estar asociadas a la complejidad y burocracia de la legislación, además de la baja demanda por parte de las empresas”. De hecho Brasil gastaba (2010) 1,6% de su PIB en I+D, cerca de US$ 25.450 millones (Chile gasta 0,42% y de un PIB bastante más pequeño). Para Veloso, la dificultad es transitar de un Estado híper activo a otro que regule mercados y provea bienes públicos de calidad como la educación. Esto ayuda a entender por qué Brasil todavía no supera el nivel de ingreso promedio.

En Las Brisas, el vendedor de fruta no pierde la esperanza. “Ahora tenemos una vecina que plantó otra flor y la estamos ayudando a que pueda exportar”. A ver si el techo de la trampa deja espacio para que él pueda batir más sus alas.

Fuente: AMÉRICA ECONOMÍA

jueves, 21 de febrero de 2013

La advertencia de Gross: Sobrevaluación masiva de activos

Por: Ricardo Lago
SEMANA ECONÓMICA
12-02-13

Les aconsejo que no dejen de leer la última Newsletter de PIMCO. Seguramente les ayudará a moderar un poco la euforia económica que se vive en Lima estos meses.

Nunca esta de más poner en perspectiva los riesgos a la baja que presenta la economía mundial y que sin duda afectarían el devenir de la economía peruana. En el 2009 salí a contracorriente del pesimismo excesivo : http://blogs.semanaeconomica.com/blogs/el-nuevo-sol/posts/el-decalogo-las-claves-para-entender-el-milagro-economico-peruano Creo que hoy toca poner un grano de sal en la euforia desbordada : http://blogs.semanaeconomica.com/blogs/el-nuevo-sol/posts/demasiada-euforia-en-columna-de-correo-hoy

A Bill Gross se le conoce como el “Rey de los Bonos”. Es el fundador PIMCO, la mayor la casa de inversión de bonos del mundo que administra 2 billones de dólares, algo así como 15% del PBI de los EEUU y 30 veces las reservas internacionales del BCR. Su patrimonio personal clasifica como la 564 mayor fortuna según Forbes.

Pues bien, Gross, en su Newsletter de febrero, lanza una advertencia sobre los efectos catastróficos que se derivarían de las políticas de expansión monetaria sin control que vienen adoptando los bancos centrales de los principales países desarrollados desde la crisis del 2008.

Políticamente correcto, Gross elude la crítica frontal y directa a los bancos centrales, planteando el tema en contexto histórico, desde la inestable década de los 70, y además apelando al símil cósmico de la “supernova”, el destello de luz que se produce con una explosión estelar. Sin embargo su mensaje es claro y, viniendo de quien viene, digno de tomar en cuenta: las sucesivas rondas de estímulos fiscales y sobre todo monetarios solo fomentan la especulación y están llevando a una sobrevaluación masiva de bonos y bolsas con el desenlace inminente de un nuevo colapso financiero o una inflación creciente. Estamos ante un escenario de mucho riesgo para poco rendimiento.

Debajo les transcribo algunos de los párrafos, traducidos al español, así como el texto completo de la Newsletter “En los 70, saldo total de crédito en los EE.UU. ascendía a 3 billones (“trillion”) de dólares; hoy en día, se sitúa en $ 56 billones y suma y sigue. Un dólar adicional de crédito cada vez genera menos crecimiento del PBI real. En la década de los 80, por cada cuatro dólares de crédito nuevo se generaba un dólar de PIB real. En la última década, se necesitaban ya 10 dólares, y desde 2006, 20 dólares para producir el mismo resultado.” “Asistimos en 2013, por tanto, a una realidad de excesivo crecimiento del crédito que va a parar cada vez más a la especulación y menos a la economía real. Esta "nueva normalidad" es entrópica en el sentido de que, a pesar del colosal crecimiento crediticio, cada vez contribuye menos al crecimiento del PBI: 2% ahora en lugar de una tasas histórica de 3,5% en los últimos 50 años; y posiblemente aún menos en el futuro.” “Constatamos que el crédito excesivo fomenta la especulación y no la innovación productiva. La apreciación de los activos, y no la rentabilidad de éstos, se ha convertido en la variable clave para perpetuar el proceso.”

“La cuenta atrás, sin embargo, comienza cuando los activos financieros suponen demasiado riesgo para sus bajas expectativas de rentabilidad; ese es el momento en que los inversionistas abandonan los mercados de capitales para colocar su dinero en activos reales.” “Y lo hacen cuando se dan varios signos visibles : 1) bajos rendimientos de los bonos de largo plazo en relación al riesgo de duración, 2) apretadas primas de riesgo en relación al riesgo de impago; y 3) valoraciones PER demasiada altas en relación al riesgo de bajo crecimiento.”

Fuente: http://blogs.semanaeconomica.com/blogs/el-nuevo-sol/posts/la-advertencia-de-gross-sobrevaluacion-masiva?utm_source=boletin&utm_medium=matutino&utm_campaign=2013-02-21

Artículo de Gross: http://www.pimco.com/EN/Insights/Pages/Credit-Supernova.aspx