viernes, 18 de noviembre de 2011

País Min...

Por: Rolando Arellano C.*
EL COMERCIO
18-11-11


¿Qué pasaría si nuestro país no tuviera los ingresos de la actividad minera, que representan un tercio de los impuestos que recibe el Estado Peruano?

La respuesta es que se quedaría trunco al menos el 30% de las actividades de desarrollo del país. Se truncaría como el título de esta columna, donde la tinta solo alcanzó para dos tercios de la frase que quería decir que somos un país minero.

Sin la minería, debería desaparecer uno de cada tres proyectos de apoyo a la sociedad. Así, el gobierno nacional tendría que escoger cuál proyecto eliminar: ¿Pensión 65? ¿Desayuno y almuerzo escolar? ¿Cuna más?

Además, debería decidir si desaparecen los servicios de salud, deja de construir carreteras o no invierte en servicios de agua potable. Y tendrá que ver a quién dejar sin beneficios –¿a los niños, a los adultos mayores, a las mujeres más pobres?– para salvar 2 de cada 3 proyectos que haya pensado emprender.

Pero, suponiendo que no quiera eliminar drásticamente ninguno, entonces estará obligado a disminuir el alcance de los beneficios en todos ellos. Poner 2 profesores para cada 3 salones de clase en los colegios públicos, dar 4 pastillas a cada enfermo en vez de las 6 que necesita, y darles 30% menos de leche a los comedores populares.

No se piense que eso es solamente un problema para el gobierno nacional. Los gobiernos regionales, los municipios, y todas las autoridades públicas deberán hacer lo mismo.

Ellos empezarán por despedir al 30% de su personal (o bajarles en 30% el sueldo a todos), dejarán que se sequen las plantas del 30% de los parques, y cortarán en un tercio sus gastos de representación.

Además, paradójicamente, aquellas autoridades que se oponen a la minería dispondrán de 30% menos de fondos para organizar sus actividades antimineras.

Sin pretender decir que se debe permitir la actividad minera a cualquier costo, creemos que es necesario entender la gran importancia que tiene ella para todos en el país.

Pero debemos aclarar también que sin la minería no todo disminuirá en el Perú. Sin los aportes mineros probablemente aumentarán en 30% las protestas sociales y habrá 30% más de críticas a todas las autoridades. Incluidas aquellas que se oponen a la minería.

(*)Dr en Márketing. Centrum Católica. Arellano Marketing, Investigación y Consultoría.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Las lecciones de las cucharitas y los indignados

Por: Alfredo Bullard
SEMANA ECONÓMICA
24-10-11


Un reconocido profesor de economía norteamericano fue convocado por las autoridades de China para asesorarlos en varias de las reformas. Durante un recorrido pudo apreciar varias obras públicas que venían ejecutándose. Vio como un sinnúmero de trabajadores cavaban, con lampas en la mano, una inmensa zanja. El dialogo que se produjo entre el profesor y el funcionario chino que lo acompañaba fue más o menos así:
“Dígame, por que no usan maquinaria pesada para hacer la zanja en lugar de tantos trabajadores con lampas. Sería mucho más productivo y eficiente.”
El funcionario chino, con tono de autoridad y con autosuficiencia, le contestó:
“Si usáramos maquinaria pesada necesitaríamos menos trabajadores y estos quedarían desempleados. El uso de lampas asegura más trabajo para el pueblo chino.”
El profesor dibujó una sonrisa sarcástica en los labios y en todo medio en serio, medio en broma, respondió: “Si de eso se trata, entonces cambien las lampas por cucharitas”.

Esta anécdota ayuda a entender varias lecciones sobre las cosas que hoy pasan en el mundo.

La primera lección, y quizás la más importante, es que la riqueza proviene de la productividad. Y la productividad es generada principalmente por la tecnología y los bienes de capital. Las lampas, al ser una tecnología superior a las cucharitas, hacen que cada trabajador produzca más y con ello aumenta más la riqueza disponible. Y se produciría más riqueza con maquinaria pesada. Sin bienes de capital y tecnología, y sin los recursos para invertir en ella, la productividad será menor. Un mundo más rico requiere de esas inversiones.

Eso nos lleva a una segunda lección. ¿Cuándo será el sueldo de cada trabajador más alto? ¿Con cucharitas o con lampas? La respuesta es obvia. El sueldo será mayor con lampas y aún mayor con cargadores frontales. Al ser cada trabajador más productivo, y generar más riqueza, su sueldo será mayor. La explicación de por que un obrero americano, incluso después de la crisis, gana mucho más que un obrero peruano, es que el primero es más productivo, y lo es por que en su ambiente laboral hay más tecnología (incluida mayor educación) y bienes de capital que aumentan su productividad. Al producir más se le puede pagar más.

La tercera lección es igual de obvia, pero se entiende menos. ¿Cuándo habrá más trabajo? ¿Con lampas o con cucharitas? El error común, cometido por el funcionario chino y no desmentido abiertamente por el profesor, es que las cucharitas generan más empleo. Falso. Las cucharitas generan menos puestos de trabajo en el mediano y en el largo plazo.
¿Como así? Para ello basta entender quién paga las remuneraciones de los trabajadores. Tendemos a creer que son los empleadores. Pero eso es un espejismo generado por las boletas de pago. En realidad los sueldos son pagados por los consumidores que demandan productos y servicios y que están dispuestos a pagar por ellos en función a sus preferencias y su capacidad de pago. Y un trabajador que produce más unidades de algo (por que es más productivo) podrá obtener su sueldo de más consumidores. Como dice Mises, al pagar salarios el empleador actúa en realidad como mandatario de los consumidores ¿Y de donde proviene su capacidad de pago? Pues en el caso de la mayoría de los consumidores, de sus sueldos. Es decir que los consumidores son usualmente esos trabajadores que ahora, gracias al uso de lampas (y mejor aún, de cargadores frontales), ganan más que con el uso de cucharitas, y por tanto pueden demandar más bienes y servicios. Y a mayor productividad la demanda crece y permite generar más puestos de trabajo. Ese es el círculo virtuoso del aumento real de la productividad.

Y esto nos lleva a la cuarta lección: los salarios y las condiciones de vida de los ciudadanos pueden mejorar solo si se mejora la productividad y la eficiencia de la economía. Si tratamos que la gente gane sueldos o reciba ingresos de “lampas”, cuando produce con “cucharitas”, el resultado será una economía de ficción no sostenible en el tiempo. Solo se puede lograr (en el corto plazo) consumiendo hoy recursos destinados a generar bienes de capital y tecnología, es decir sacrificando productividad futura para crear una falsa sensación de bienestar presente.
De allí el gran error de creer que aumentando impuestos o afectando a los inversionistas mejoramos a los trabajadores. Usualmente esos impuestos o afectaciones reducen el stock de recursos destinados a invertir en tecnología y bienes de capital, y con ello se reduce la productividad real.

Y todo esto me trae al tema de hoy en el post: los indignados. ¿Quiénes son estos individuos? Pues una colectividad de anónimos con una identidad inidentificable. ¿Qué los une? No lo tengo claro. Sus mensajes son contradictorios. Se quejan de los ricos, de los bancos, de Wall Street pero a su vez se quejan del Estado que les permite seguir haciendo supuestas “travesuras”. A los primeros los agarra de responsables. Al segundo lo agarran de cómplice.

Pero las cosas son precisamente al revés.

¿Qué causo la crisis del 2008? Pues lo mismo que esta causando la crisis del 2011 (que en mi entender es la misma crisis, reempaquetada para que vuelva a explotar, pero peor). Es una crisis de falsa productividad. Todo el mundo ha culpado a los bancos de lo que pasó con las famosas hipotecas basura. Pero lo que en realidad pasó fue que los gobiernos republicanos y demócratas en Estados Unidos se pusieron de acuerdo en regalar créditos para casas para sectores más pobres. Estos créditos fueron fomentados mediante la creación de una banca cuasiestatal, la reducción de las tasas de interés a niveles absurdos, la promoción de créditos hipotecarios para personas de bajos ingresos, el reforzar normas antidiscriminación en el crédito. Esto llevó a crear una burbuja que no es otra cosa que inmuebles adquiridos no en base a un aumento de la productividad de la economía, sino a una política que creaba el espejismo de que podías tener una casa que en realidad no podías pagar por que no eras suficientemente productivo.

Esa falsa riqueza se filtró en el sistema financiero y en el mercado de capitales y los destruyó como un virus destruye la información en una computadora. El sistema se limitó a reaccionar a las señales que el Estado dio. El Estado dijo que podías tener casas con sueldos de lampas, cuando seguías usando cucharitas. Esas casas son un engaña muchachos que luego nos pasarían la factura. Los empresarios se limitaron a seguir los incentivos. Como bien se dijo en su momento, culpar de la crisis a los empresarios es como culpar a la ley de la gravedad de un accidente de aviación.

Y el mercado reaccionó por el lado inmobiliario. Pero otros sistemas igual de nocivos, con productividad de cucharitas aspirando a sueldos de cargadores frontales generan el mismo riesgo. Allí están los sistemas de seguridad social americanos y europeos (las “pensiones 65” que no se sustentan en mayor productividad), los sistemas de salud que funcionan como agujeros negros que se devoran todo lo que encuentran sin sustentarse en recursos reales para financiar las cargas que soportan, los sistemas de welfare que crean un bienestar artificial sin sustento en verdadera productividad, los mecanismos de protección al consumidor que creen que se puede hacer más ricos a los consumidores dictando un Código de Consumo, etc, etc, etc.

Y en todos ellos esta como denominador común un Estado que causa todos los estropicios y luego pretende culpar al sector privado por seguir los mensajes que el propio Estado manda. El Estado sigue forzando a financiar gastos que generan un bienestar imposible con los niveles de productividad existentes. Esa “riqueza” es artificial y falsa por que no se basa en mayor inversión en bienes de capital y tecnología, sino en demagogia pura.

Como bien dijo proféticamente Mises hace varias decadas:

“Pero la expansión del crédito, ya sea producida mediante la emisión adicional de billetes, o por aumento de préstamos bancarios que crean nuevos depósitos en las cuentas corrientes de los clientes, no agregan nada a la riqueza de la nación en bienes de capital. Sólo crean la ilusión de un incremento de fondos disponibles para una expansión de la producción. Al poder obtener crédito barato, la gente cree, erróneamente, que la riqueza de la nación se ha incrementado, y que, por tanto, ciertos proyectos que antes no podía ejecutarse son ahora factibles. La puesta en marcha de estos proyectos intensifica la demanda de trabajo y de materias primas, elevando así los salarios y los precios de los bienes. Se produce un auge artificial.”

¿Y qué esta pasando hoy? Pues más de lo mismo. La lección del 2008 fue: no se puede consumir lo que no se tiene. La gente tiene que ajustar sus ingresos y beneficios (pensiones, seguros médicos, bienestar artificial) a las condiciones de productividad reales. Hay que restringir el crédito a condiciones realistas para evitar que la bola siga creciendo. Sí, el famoso Estado de bienestar europeo o norteamericano era falso, por que regala lo que no se tiene. Los sueldos tienen que bajar, los beneficios reducirse y ajustarse todos.

¿Y qué se hizo? Pues justo lo contrario: expansión mayor del gasto, evitar que los bancos se cayeran, rescatar a quienes ganan sin productividad, y profundizar el problema que causó la crisis. El mayor ejemplo de esa estupidez: las reformas del sistema de welfare llevadas a cabo por Obama. En lugar de apagar el incendio, le echaron gasolina.

Y ahora dicen que lo que faltó fue regulación cuando fue precisamente eso lo que sobró y causó todos los estropicios. El Estado causante, no contento con lo que embarró, se reclama a si mismo más Estado.

¿Y quienes son los indignados? Esos que recibieron sueldos de cargador frontal cuando producían con cucharitas. Recibieron beneficios que la sociedad no podía pagar por que el Estado creó un espejismo que se diluye al chocar con la realidad. Los griegos, los españoles, los portugueses, los americanos y pronto por nuestro lado los argentinos, tendrán que asumir que lo falso, falso es, y que nada en sus protestas lo convertirá en verdad.

Culpan al mercado por que este cometió el pecado de sincerar las cosas. Por que este desenmascaró al Estado y sus absurdas políticas promotoras de un falso bienestar que no es sostenible en el tiempo. Como el emisario de la mala noticia, les cae mal, confundiendo al portador del mensaje con el causante de la desgracia. No deberían ir a ocupar Wall Street, sino las oficinas de los Ministerios y oficinas públicas causantes del desastre.

La verdad es que soy yo el indignado. Y es que indigna constatar tanta ceguera para ver lo que es evidente.

lunes, 31 de octubre de 2011

Déjame ahorrar como quiero

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
31-10-11


En abril de este año, dos millones de peruanos aportaron a una AFP. Ocho millones no aportaron. La explicación de un miembro de la comisión creada para reformar las AFP fue que “hay una fuerte reticencia de las personas a ahorrar para el largo plazo”. Discrepo. El peruano sí quiere ahorrar para el largo plazo y, de hecho, lo hace. Pero prefiere hacerlo en formas distintas a las que ofrecen las AFP.

Hay tres formas preferidas para ahorrar: en el negocio propio, en la educación de los hijos y en la casa. El dinamismo de la pequeña empresa peruana ya es materia de leyenda, pero debemos recordar que se debe a una masiva inversión –en locales, maquinarias, vehículos, equipos, herramientas y materiales de producción– financiada por el sacrificio personal de las familias, incluso pasando hambre. Luego, la familia peruana dedica 8% de sus ingresos al gasto educativo, y lo hace porque tiene claro que más que gasto la educación es un ahorro y una inversión. La tercera forma preferida de ahorro es la casa propia, que en el Perú es mayormente autoconstruida y autofinanciada, y que también absorbe un vasto ahorro familiar. La suma de esos ahorros sobrepasa de lejos el aporte a la AFP que, deducida la comisión, es apenas 8%.

El negocio, la educación y la casa son inversiones para el largo plazo y protección para la vejez. Cumplen los mismos objetivos de protección personal que tiene el ahorro AFP, pero lo hacen de una manera más integrada a la vida familiar y a las aspiraciones del típico hogar peruano. A diferencia de la AFP, son ahorros que generan réditos en todo el camino de la vida, no solo al final. El negocio es sinónimo de realización propia, independencia y sueño de un posible salto a la fama. La educación es valorada no solo para acceder a mejores sueldos, sino porque levanta social y culturalmente. La casa, además de ser una excelente inversión para el largo plazo, le permite a la familia gozar la comodidad y seguridad de un espacio propio, de uso flexible para cada etapa de la vida y de posible renta.

La AFP fue importada de Chile sin tomar en cuenta que somos un país muy diferente. Tres de cada cuatro chilenos son proletarios, empleados u obreros en planilla, y hay poca autoconstrucción. En el Perú, tres de cada cuatro somos microempresarios, y autoconstructores. Ojalá la comisión de reforma abra los ojos a la realidad peruana.

martes, 25 de octubre de 2011

El Planeta vira hacia el Gas

Por: Álvaro Ríos Roca*
EL COMERCIO
25-10-11


Cada vez hay menos escépticos en torno a un cambio de paradigma relacionado con el desarrollo de gas no convencional y se prevé que el gas natural será el energético preferido del siglo XXI.

¿Por qué esta categórica afirmación? Primero por su abundancia. Las reservas probadas de gas convencional ascienden a 6.500 trillones de pies cúbicos (TPC), a lo cual se suman 30.000 TPC de gas no convencional técnicamente recuperable. Segundo, el gas natural es de lejos el más limpio de los combustibles fósiles y el de transición hacia otras energías sostenibles y limpias del futuro. Tercero, porque en varias partes del planeta, por su abundancia, resulta mucho más competitivo usar gas que otros alternativos fósiles.

Contar con abundante, limpio y competitivo gas natural en todo el mundo, está impulsando un muy vertiginoso desarrollo en tecnologías para almacenar, transportar, comercializar y usar el energético. La oferta competitiva existe, ahora los esfuerzos se trasladan a generar demanda a partir de desarrollos tradicionales y nuevas tecnologías en transporte y usos.

Repasando revistas técnicas y ‘journal’s’, es muy fácil evidenciar esfuerzos tecnológicos, científicos y prototipos a nivel global para mejorar costos y eficiencias en toda la cadena del gas natural. A continuación, solo algunos ejemplos.

Plantas de ciclo combinado que se perfeccionan y ya llegan al 63% de eficiencia. Enormes recursos en investigación tecnológica (principalmente en EE.UU.), para lograr la transformación de más vehículos a diésel y gasolina a gas y el desarrollo de vehículos híbridos (gas/electricidad). La investigación tecnológica para transformar unidades de transporte y maquinaria pesada a gas tiene notables avances y ya existen prototipos.

Hay progresos continuos en tecnología para llevar a la comercialización masiva el mini-LNG, LNG light, licuefacción flotante (FLNG) y regasificación flotante (FRGU), que permite llevar gas adonde los gasoductos no pueden llegar.

Así, pasamos de la leña al carbón y del carbón al petróleo, y ahora estamos fuertemente virando hacia el gas natural. El Perú no escapará a esta realidad, en especial por los abundantes recursos que tiene. Terminamos con una frase: El mundo se mueve con tecnología y no con ideología, como muchos piensan.

[*] Ingeniero, Socio Director de Gas Energy y DI International

viernes, 21 de octubre de 2011

La Expulsión del Paraíso

Por: Jaime De Althaus Guarderas
EL COMERCIO
21-10-11


El movimiento de los ‘indignados’ alberga muchos reclamos, pero es principalmente el grito de protesta de los expulsados del Estado de bienestar en aquellos países en los que este colapsó o debe reducirse severamente porque sus ingresos no alcanzan para pagar sus gastos. Es, entonces, la protesta de los despedidos, de los que ahora deberán trabajar dos o cinco años más porque la edad de jubilación era muy temprana y no hay cómo pagar a tanto jubilado joven, de los beneficiarios de subsidios ahora recortados o de seguridades laborales flexibilizadas, de los funcionarios públicos a los que se les ha reducido dolorosamente los sueldos, única manera de efectuar ajustes en países que carecen de moneda propia. Una movilización, en esencia, contra la pérdida de una seguridad económica que se creía dada para siempre.

Es una protesta, por lo tanto, perfectamente natural. Pero no es revolucionaria. Su aspiración no es fundar un nuevo orden, sino restablecer el estado de comodidad anterior. Se reviste, sin embargo, de protesta contra el orden capitalista existente, como si el Estado de bienestar no hubiese sido un subproducto de este. La protesta no se vuelca contra los excesos populistas del Estado de bienestar, contra los políticos que asignaron beneficios insostenibles a cambio de votos, por la sencilla razón de que los electores, los propios ‘indignados’, son cómplices de esas decisiones. Son sus beneficiarios. Se vuelca entonces contra los bancos, contra el sistema capitalista. Sin los que, paradójicamente, no habría Estado de bienestar posible.

Es cierto que hay sueldos obscenos en los mismos bancos que originaron la crisis del 2008. Y que algunos gobiernos aplicaron paquetes de estímulo fiscal para contrarrestar esa crisis. Pero a los que les ha ido mal son a los países que ya tenían un déficit fiscal muy grande antes de la crisis. Las reformas al Estado de bienestar se vienen reclamando hace años. Para solventar esos déficits los gobiernos se endeudaron crecientemente y ahora no pueden pagar la deuda a los bancos. Es infantil, absurdo e ideológico reclamarle a los bancos por una deuda generada por los estados.

En el Perú no hubo ‘indignados’ que se movilizaran el sábado no porque los ‘indignados’ locales hubiesen ganado con Ollanta Humala, sino porque no hay Estado de bienestar del cual estemos siendo expulsados, aunque sí hemos tenido un Estado populista que creó privilegios, cuya abolición generó indignados: los maestros del Sutep, por ejemplo, cuando se estableció la evaluación y la carrera meritocrática. Acá el crecimiento capitalista está haciendo posible construir recién un Estado, a secas. Justamente, se trata de no recaer en protecciones estatales y legales excesivas, que anulan la iniciativa individual, disuaden la inversión y resultan, a la larga, insostenibles.

lunes, 10 de octubre de 2011

Matrimonio con hijos: Por qué el control de fusiones es una pésima idea

Por: Alfredo Bullard*
SEMANA ECONÓMICA
10-10-11


En La gran trasformación, ese largo panfleto intervencionista que Humala presentó como su plan de gobierno original ya lo decía: hay que aprobar una ley para controlar las fusiones y adquisiciones empresariales (ver página 114). Ello significa que habrá que pedir permiso al Estado para que, cuando le dé la gana, por los tamaños que le dé la gana y en las circunstancias que le dé la gana, dos empresas se conviertan en una sola, sea mediante fusiones o adquisiciones de acciones.

El gobierno quiere debutar aprobando esa ley y abrirse el espacio para hacer “lo que le dé la gana”. Finalmente no sólo es una regulación intervencionista asociada a una tremenda discrecionalidad, sino un mecanismo para hacer populismo mediático y ejercer chantaje político.

Es como si, cuando uno se va a casar, tuviera que pedir permiso al Estado para que evalúe (cuando le dé la gana y en la forma que le dé la gana) si el matrimonio será bueno o si hay riesgo con que los esposos se agarren a golpes o maltraten a sus hijos. La pregunta es entonces, ¿con qué criterio podría el Estado limitar nuestra libertad con el argumento que casarse puede ser riesgoso? Nadie discute que un matrimonio puede acabar mal. Pero de allí a limitar la libertad de casarse hay un buen trecho.

Y cuando digo “le dé la gana” no exagero. Pocas áreas del Derecho de la Competencia dan espacio a tal nivel de discrecionalidad. Y pocas tienen tal capacidad de causar tanto daño a la actividad económica, al restarle dinámica a las empresas y elevar los costos de transacción de la reorganización empresarial.

En un área como el Derecho de la Competencia, en que el control de fusiones aparece casi como un “estándar de la industria”, estar en contra suena a ser “bicho raro”. Y más raro si eres abogado. Debo reconocer que estoy en una situación muy cómoda. Es una situación win-win en la que siempre gano. Si gano este debate, me sentiré académicamente reconfortado porque se imperará que se realice una idea que creo, con convicción es incorrecta y dañina. Pero si lo pierdo y se aprueba la ley, tendré mucho trabajo. Tratar de adivinar qué es lo que hará un adivino puede ser muy rentable. La incertidumbre de los clientes es muy lucrativa para los abogados. Y el control de fusiones es incertidumbre pura. Así que bienvenido sea el resultado, cualquiera sea este.

Hay dos niveles de discusión. El primero es si los controles de fusiones, en general y abstracto, son o no una buena idea. El segundo es si son una buena idea para un país como el Perú.

Creo que la respuesta a ambas temas es negativa. No creo que los controles de fusiones sean buena idea en general. Pero estoy convencido de que son una pésima idea en particular para el Perú. Acepto que lo primero es más debatible. Lo segundo me parece un despropósito.

El primer argumento que suele usarse es que todos lo tienen, en especial los países desarrollados. Pero el control de fusiones no es el primer ejemplo de una “moda descabellada”. Los controles de precios fueron parte del estándar general de la “industria regulatoria” hace unas décadas. Lo mismo pasó con el control de flujos de capitales, la sustitución de importaciones o las políticas proteccionistas en el comercio internacional. En su época fueron todas “estándares de la industria”. Estaban de moda, y miren dónde terminaron en el consenso general. Estoy convencido de que algo así ocurrirá en unos años con los controles de fusiones.

Creo que el verdadero problema de quienes justifican su existencia es una mala comprensión de la competencia, de los mercados y, en especial, del sistema de precios.

El argumento para justificar el control de fusiones es que empresas más grandes reducen la rivalidad entre ellas, y con ello los precios suben. Y a nadie le gusta pagar precios más altos.

Pero los precios bajos no son un fin en sí mismos. Los precios son sólo un medio para mandar señales. Si algo es escaso, los precios cumplen su función elevándose, con lo que se encargan de mandar señales para corregir la situación. Los controles de fusiones son una creación antagónica con la lógica de la competencia, pues precisamente la niegan y la reemplazan con discrecionalidad burocrática. La concentración y desconcentración de empresas es una parte esencial del funcionamiento del proceso competitivo. Si la concentración genera escasez, los precios se encargan de mandar señales para atraer la entrada de nueva competencia. Si no la generan, las señales (precio bajo) indicarán que el número de empresas en el mercado es el adecuado.

El control de fusiones intenta reemplazar el funcionamiento de los precios por la decisión “iluminada” de funcionarios públicos que supuestamente están en la capacidad de saber cuántas empresas tener y de qué tamaño eficiente de las mismas.

En esa línea el argumento a favor del control de fusiones es más o menos el siguiente: si dejamos que la gente se case libremente, pueden generarse problemas. El marido puede pegarle a la esposa o los hijos. Imaginemos que para prevenirlos se nos ocurre sujetar los matrimonios a una evaluación previa de una autoridad para ver si conviene o no que se casen. Se puede mediante análisis psicológicos o médicos predecir algunos de estos riesgos, y profetizar un resultado. Si la profecía es negativa no se autoriza el matrimonio.

Con ello quizás evite algunas situaciones no deseadas, pero de paso evitaré matrimonios que podrían haber sido felices. La pareja que supuestamente se iba a agarrar a golpes podría pasarse toda la vida dándose besitos y amándose incondicionalmente. Si el marido le pega a la mujer (o la mujer al marido para no ser sexista) entonces lo sancionas cuando le pegan. Pero no prohíbes que la gente se case ni sujetas el matrimonio a aprobaciones administrativas previas.

Y si se propone el argumento que en Derecho de la Competencia hay daños a terceros, es decir los consumidores, en el matrimonio uno le puede pegar también a los hijos pero no por eso evalúas previamente el matrimonio ni sujetas las relaciones sexuales a aprobación previa para evitar hijos abusados.

Los problemas se agudizan en un país como el Perú. Se puede argumentar a favor de incluir un sistema similar ya que este mecanismo de control tiene un uso extendido en otras jurisdicciones (Estados Unidos, Comunidad Europea, entre otros). Si bien ello es cierto, y sin perjuicio de lo cuestionable en general que puedan ser este tipo de sistemas, también es cierto que donde ello ocurre existen una serie de condiciones institucionales (recursos, personal experimentado, mecanismos de control sobre la discrecionalidad de los funcionarios, etc.) que garantizan, hasta cierto nivel, que el mecanismo no será utilizado para alcanzar objetivos diferentes al fortalecimiento del mercado y la competencia (corrupción o manejo político, por ejemplo).

Por ejemplo, son malos indicadores de que tal capacidad institucional exista, la alta rotación de funcionarios y personal en la agencia de competencia.

A ello se suma la falta de predictibilidad de las decisiones de la agencia de competencia, algo especialmente sensible en un área como el control de fusiones que afecta seriamente las decisiones de reorganización empresarial y de inversión. Han habido periodos de poca consistencia en las decisiones del INDECOPI. Por ejemplo durante el año 2003, el Tribunal de dicha institución no confirmó ninguna de las resoluciones de la Comisión que fueron apeladas; el año 2004, el Tribunal sólo confirmó una de las 10 resoluciones de la Comisión.

De incorporarse a nuestro sistema un control de fusiones sin la existencia de garantías institucionales mínimas, generaría oportunidades y condiciones para el error y para el abuso. La aplicación de mecanismos para el control de fusiones y concentraciones empresariales por agencias que carecen de capacidad institucional puede derivar en la utilización del instrumento para alcanzar objetivos políticos o personales que nada tienen que ver con objetivos de eficiencia o, lo que resulta mas frecuente, pueden conducir a una toma de decisiones equivocadas, lo cual afectaría el crecimiento y eficiencia del sector privado.

Finalmente, el control de fusiones es un acto de adivinación, en el que un conjunto de funcionarios públicos tiene que predecir los efectos positivos o negativos de la operación. Esa decisión se toma con información limitada y pobre y el margen de error es muy alto. Sin dudas las concentraciones empresariales pueden afectar la competencia. Pero esa no es la pregunta. La verdadera pregunta es si las decisiones de los funcionarios públicos pueden ser más eficaces que el funcionamiento del mercado para corregir los problemas de falta de competencia. Y si el argumento es que hay barreras o mercados no transables, la respuesta no es el control de fusiones, sino en todo caso la eliminación de las barreras.

Vayamos a Estados Unidos. Allí, en el supuesto negado que el control de fusiones fuera en abstracto bueno, existen numerosas fuentes de información. Uno puede tener acceso a secuencias de precios de décadas en una industria. En el Perú eso no existe. ¿Cómo predecir el futuro cuando no se sabe ni siquiera que pasó en el pasado? Nuestro conocimiento del funcionamiento de los mercados es paupérrimo. ¿Cómo resolver una fusión sin información? El riesgo de error se multiplica exponencialmente en un país como el Perú.

Además no tomamos en cuenta cómo se forman las decisiones económicas en el mercado. Cuando dos empresas se fusionan ni ellas saben si ello va a ser eficiente. Creen que puede serlo. Pero llegan a descubrir la verdad en un proceso de ensayo-error contínuo. Se fusionan y si las cosas van bien siguen. Pero de no ser así cambian la decisión y de pronto se escinden, o cambian su proceso productivo, o simplemente cierran el negocio o se fusionan con otro. No es una sola decisión, es una decisión que se forma de muchas decisiones distintas que ajustan la situación según las circunstancias. Ese es el proceso de construcción destructiva o de destrucción contractiva del que habla Shumpeter. El control de fusiones es un solo disparo. No hay ensayo error, es error puro. Y la posibilidad de atinarle en un solo disparo es remota. Y es que en el fondo quienes creen en el control de fusiones olvidan lo que Hayek señala sobre que la información esta diseminada y que justamente el mercado tienen el merito de coordinarla en un proceso continuo que nunca termina, a diferencia de un expediente que se acaba con la resolución final del INDECOPI.

Resumiendo, las razones por las que no se ha adoptado un control general de fusiones son:

El tamaño de la economía peruana.
Dadas las dimensiones de la economía peruana, se considera que la existencia de controles de fusiones o de remedios estructurales podrían desincentivar el desarrollo de empresas que alcancen las economías de escala necesarias para competir internacionalmente. Así empresas con participaciones del mercado nacional significativas pueden no ser realmente grandes en comparación con estándares internacionales. Un control de fusiones haría difícil llegar a las economías de escala necesarias para ser realmente competitivas elevando a su vez los costos de transacción para las reorganizaciones empresariales.

La falta de experiencia e información en la autoridad peruana.
El control de fusiones se ha desarrollado en países con economías distintas a la peruana. Los referentes internacionales como el sistema norteamericano o el de países europeos pueden no ser pertinentes para un país como el Perú. Ello hace que la posibilidad de error sea elevada y con ello se podría estar limitando un desarrollo efectivo de las empresas. Evitar estos errores puede ayudar a un desarrollo de eficiencias en nuestra economía. Son autoridades si experiencia y sin información disponible para tomar las decisiones.

La capacidad del mercado para corregir fusiones o escalas empresariales ineficientes.
Dado que el Perú tiene una economía en principio abierta (y que curiosamente muchos de los defensores del control de fusiones pretenden cerrar más con la otra mano), es de esperar que cualquier ganancia monopólica generada por una fusión o dimensiones exageradas de una empresa en la que la reducción de rivalidad sea ineficiente, genere incentivos para la rápida entrada de competidores que corrijan la situación.

La escasez de recursos y la prioridad en su uso.
La autoridad peruana carece de suficientes recursos. La agencia de competencia enfrenta por tanto la disyuntiva de hacer mucho con poco. El control de fusiones es de todas las actividades que debe desarrollar una agencia de competencia la que más recursos consume, a pesar de la incertidumbre de sus resultados. Ello aumenta el riesgo de error, pero a su vez distrae recursos de otras actividades necesarias para promover la competencia. En particular, en un país como el Perú donde la causa principal de limitaciones a la competencia está constituida por barreras legales y burocráticas al mercado, el INDECOPI debería priorizar tales actividades (en su Comisión de Eliminación de Barreras Burocráticas del INDECOPI que justamente elimina esas barreras) antes de distraer recursos en un poco preciso y costoso control de fusiones.

En el control de fusiones todas son dudas, y limitar la libertad en base a dudas suele ser la fuente de arbitrariedad. Con tantas dudas no queda sino seguir el consejo de Santo Tomas: “En la duda, abstente”.

* Abogado en Bullard, Falla & Ezcurra

lunes, 3 de octubre de 2011

El movimiento productivo

Por: Richard Webb*
EL COMERCIO
03-10-11


La producción de bienes es solo una parte de la creación de riqueza económica. También se crea riqueza cuando estos bienes son movidos de un lugar a otro. Los bienes se producen en una chacra, mina, o fábrica, o donde sea que se reúnan los elementos físicos necesarios. Pero allí en el lugar de origen, muchas veces el nuevo producto vale poco. Los piuranos producen mangos, pero no pueden vivir solo de mangos, y la cosecha a veces se pudre en el piso. Igual pasa con el pescado en una caleta.

Pero el que lleva un mango piurano y lo coloca en la mesa de una familia en Alemania, o un calamar a un restaurante en el Japón, crea una enorme satisfacción que se traduce en un precio varias veces el de su lugar de origen. Lo mismo sucede dentro de la fábrica.

Sin necesidad de más tela, pero con una organización interna más eficiente, se puede producir muchas más camisas. El solo movimiento de una cosa de un lado para otro, puede aumentar el valor de la producción.

El salto productivo empezó con la revolución comercial en la Europa del siglo XVII. Recién en el siglo XVIII se produjo la revolución industrial. Antes que las fábricas, el impulso vino con la construcción de canales para el movimiento de carga y el despacho de barcos alrededor del mundo, que llevaba tabaco a la China y regresaban cargados de porcelana y especies. Países marítimos como Portugal, España, los Países Bajos e Inglaterra lideraron este salto. El movimiento comercial era tal que el puerto de Amberes llegó a recibir hasta 500 barcos al día.

La economía peruana se ha multiplicado por diez desde 1950. Cuando los historiadores comentan esa expansión, se limitan a recontar los logros de la agricultura, la minería, la construcción y la industria, o sea de la producción de bienes. Pero esta producción solo se elevó en seis veces. Mucho mayor –quince veces– fue el aumento de las actividades logísticas, el comercio, el transporte y los bancos, que en vez de crear bienes nuevos, los mueven de un lado para otro, facilitados por la multiplicación de caminos, vehículos y telefonía, y por la apertura de los mercados externos.

Incluso, la misma actividad de agricultores, mineros e industriales consiste crecientemente también en un trabajo logístico, como la participación en asociaciones y cadenas productivas, y la identificación de mercados nicho.

Todo esto permite presagiar un futuro económico que dependerá en menor grado de los materiales de la naturaleza y más de una gestión inteligente e imaginativa.

*Director Instituto del Perú, USMP