jueves, 8 de enero de 2009

No Todos Somos Keynesianos

La crisis y la teoría económica
Guy Sorman
Para LA NACION


PARIS.- La mayor amenaza contra la recuperación económica es tener poca memoria. Si el presidente Obama o Sarkozy actúan como si la ciencia económica no existiera, o como si no hubiéramos aprendido nada desde 1930, la economía mundial se hundirá más.

Existe un riesgo real de que el nuevo presidente de los EE.UU. sea influido por una vociferante turba de ideólogos estatistas y keynesianos resurgentes. Parece como si los espectros del New Deal se hubieran apoderado del debate político en los EE.UU. Hablan como si su exilio de principios de los 80 se hubiera producido por simples razones partidarias. Pero no fue así. El estatismo y el keynesianismo fueron descartados en todo el mundo simplemente porque habían fracasado.

La expansión económica por medio de la privatización, la desregulación y el libre comercio -un proceso que se inició en 1979 en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher, siguió en los Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan, y finalmente se extendió en todo el mundo tras la desaparición de la Unión Soviética- no tuvo origen ideológico. Esta nueva economía global y libre, inspirada por los así llamados partidarios de la oferta y monetaristas, fue una respuesta racional a la crisis de 1974-79, engendrada por estatistas y keynesianos. La política de regulación de precios y de "estímulo" económico de la administración Carter habían conducido a los EE.UU. a una depresión. En realidad, Nixon fue quien la inició, con su famosa declaración: "Ahora todos somos keynesianos". Una teoría que generó lo que se llama estanflación, inflación y recesión al mismo tiempo; la herencia del keynesianismo en acción.

El fracaso simultáneo de las políticas keynesianas en los EE.UU., Europa y Japón no sorprendió a los economistas de libre mercado. La defectuosa premisa keynesiana de revivir la economía por medio de la creación artificial de la demanda de consumo ("estímulo") ya había sido puesta en evidencia y cuestionada por los economistas del libre mercado, desde conservadores como Milton Friedman hasta liberales como Edmund Phelps, antes de que esas políticas se aplicaran. Los economistas de libre mercado ya habían explicado que el crecimiento provenía de la oferta. El empresario, mediante el uso de la innovación, crea nuevos mercados, y luego se origina la demanda. No se puede estimular la demanda con subsidios públicos a productos y servicios que primero deben inventarse: no le corresponde al gobierno crear riqueza; sólo puede redistribuir la riqueza existente usando lo que paga un contribuyente para dárselo a otro. Por medio de la inflación, aumentando los salarios nominales, el gobierno también puede crear la ilusión de ayudar a la gente; sin embargo, este regalo muy pronto será pagado con un aumento de precios.

¿Por qué, entonces, el keynesianismo ha demostrado ser tan popular entre los líderes políticos? Por algo que no tiene nada que ver con la economía: el estímulo simplemente le da buen nombre al gobierno, al menos a corto plazo. No obstante, hay que conceder que la intervención estatal puede justificarse por razones morales, por ejemplo, en nombre de la justicia social, o para restablecer la estructura de la sociedad. Pero no puede considerársela fuente de crecimiento.

La política de la oferta, la reducción de impuestos, la desregulación, la competencia, el libre comercio y la globalización han ofrecido al mundo alta tecnología (extraordinario desarrollo de Internet, teléfonos celulares) y una vida mejor.

Esto no implica negar que nos encontremos en medio de una crisis económica. Pero esta crisis debe enfrentarse con los principios de la economía moderna. ¿La crisis actual es la consecuencia de los excesos del libre mercado, de la ceguera ideológica y de la falta de regulación estatal? ¿Cómo explicamos entonces los 25 años anteriores de prosperidad económica? Casi todos los economistas partidarios del libre mercado coinciden ahora en que los mercados sólo funcionan bien dentro de los límites impuestos por instituciones sólidas y predecibles; cuando no es así, el crecimiento es lento o aparecen las burbujas especulativas. Por otro lado, la economía conductista acepta que los individuos no siempre actúan racionalmente; las pasiones nos llevan a hacer elecciones económicas absurdas. Pero reconocer la necesidad de instituciones y tener en cuenta las impredecibles acciones de los individuos no significa que el control estatal sea indispensable. Los gobiernos tienden a ser aún más impredecibles que los mercados, y tampoco son menos proclives a dejarse llevar por las pasiones. Los gobiernos eligen ir a la guerra, por ejemplo, y los individuos, no.

Paul Krugman ganó un Premio Nobel por sus primeros trabajos sobre el libre comercio, pero ha empezado a argumentar que los EE.UU. deberían reemplazar una economía guiada por la codicia (léase: el mercado) por una economía basada en la moralidad (léase: el gobierno). Pero desde David Hume se ha demostrado una y otra vez que una sociedad moral se basa en la libertad individual. Concederle al gobierno autoridad para imponer moralidad es malo desde lo económico y niega las premisas básicas de todas las sociedades libres.

Los bancos hipotecarios estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, instituciones que regulaban el mercado inmobiliario estadounidense, que no eran públicos ni privados (el peor caso posible, ya que la responsabilidad no queda en claro), eran impredecibles y poco confiables. La pasión contribuyó a crear una burbuja mundial debido al contagio de la mala información: los precios de la vivienda sólo podían subir, se decía. Así, para reparar el mercado, lo que hoy se necesita no es una mayor regulación, sino un mercado mejor gracias a la transparencia. No se debería permitir ninguna transacción inmobiliaria en la que el comprador no dispusiera de toda la información y de asesoramiento financiero acerca de las consecuencias de su compra.

Una autoridad que evalúe la seguridad financiera de los productos debería imponer criterios informativos estándares similares a los que rigen la información de las etiquetas de los alimentos envasados. En teoría el camino más corto hacia la recuperación sería dejar que el mercado mismo se ajustara, pero en una democracia, donde la opinión pública pesa, mantenerse a un lado no es una solución legítima. Las consecuencias sociales de adoptar una actitud de laissez-faire radical podrían hacer que gran parte de la nación se volviera en contra del capitalismo.

Por lo tanto, el deber del gobierno es salvar al capitalismo, la mejor herramienta económica que tenemos, incluso por medio de medidas no capitalistas: Keynes ya lo sabía en la década de 1930. Nunca pretendió destruir el capitalismo, sino salvarlo de los capitalistas dando participación al gobierno. Pero reaccionar excesivamente ante una crisis puede ser tan peligroso como no hacer nada. La nueva cultura del rescate podría estimular el riesgo moral y socavar el espíritu emprendedor, tal como lo hizo la sindicalización en los 30. Parece menos destructivo rescatar a los individuos en mala situación, los que corren peligro de perder su vivienda o su empleo, que rescatar a industrias enteras.

Al escuchar las promesas de Barack Obama, y teniendo en cuenta la codicia de sus aliados keynesianos, sólo podemos esperar que el presidente electo rechace sus peores consejos. Los errores y desequilibrios no podrán evitarse absolutamente, pero la economía se recuperará si se preservan los verdaderos motores del crecimiento futuro: el espíritu emprendedor, la innovación, la solidez de las instituciones públicas, la libre circulación de la información y el libre comercio. Si la economía de Obama no impide que los innovadores accedan al mercado, las nuevas tecnologías y productos que aún no conocemos y que en este momento están en proceso de creación y que son el Microsoft del mañana, y no las viejas industrias rescatadas, como la de los autos, darán forma a nuestro futuro.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Dejemos que el Mercado Opere

Por Daniel Córdova*
EL COMERCIO
24-12-08


La caída de los precios de los alimentos muestra una vez más que el mercado funciona si lo dejamos tranquilo. Sucede que cada vez que se presentan tendencias inflacionarias, en particular alzas en los precios de los alimentos, los gobernantes de América Latina se sienten en la obligación de "hacer algo".

Los más populistas optan por echar la culpa a los supermercados (lo hizo Chávez, lo ha hecho Fernández de Kirchner). Los moderados, igual de equivocados conceptualmente, suelen limitarse a una que otra declaración en la prensa "jalándoles las orejas" a comerciantes y productores de alimentos.

Algo así ha venido sucediendo en el Perú recientemente. Hace unos días, cuando los precios de los alimentos empezaron a bajar en el mercado internacional, la ministra de la Producción, Elena Conterno, no pudo escapar a la tentación de llamar la atención a la industria local por no haber bajado sus precios en consecuencia. Pequeño error conceptual. Se desesperó innecesariamente. En una economía libre tiene que pasar un tiempo para que los precios se ajusten al valor de los insumos.

Si no hay interferencias extrañas, los precios se van a ajustar.

Como hay competencia, el harinero o el aceitero que no ajuste sus precios a la baja va a perder mercado.

De ahí que ahora asistamos a la tan esperada reducción en el precio de la harina, del aceite y de los fideos.

El Gobierno debe limitarse a vigilar que no haya concertación de precios desde el Indecopi. Querer interferir en la formación de precios acusando a las empresas de ser las malas de la película nunca funciona.


*Decano de Economía de la UPC

martes, 2 de diciembre de 2008

La Paradoja del Crecimiento Infeliz

Por Alfredo Torres G. (Ipsos Apoyo)
EL COMERCIO
02-12-08


"Los hombres no desean ser ricos sino más ricos que los demás", sostenía con punzante ironía el perspicaz John Stuart Mill en el siglo XIX. Un reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Gallup Organization sobre la calidad de vida en la región sugiere que este aserto sigue, en gran medida, vigente. Como sostiene Eduardo Lora, el coordinador del proyecto, en los países que han experimentado altas tasas de crecimiento en años recientes, la gente tiende a sentirse menos satisfecha con diversos aspectos de sus vidas que en otros países de nivel de ingreso semejante, pero que han crecido menos.

El Perú es probablemente el caso más evidente de esta paradoja del crecimiento infeliz. De un lado, es "el tigre más exitoso de Latinoamérica por el crecimiento económico espectacular que viene registrando en los últimos años", para usar la elogiosa expresión de Luis Alberto Moreno, presidente del BID. Del otro, el Latinobarómetro y otras encuestas continúan mostrando a los peruanos como uno de los pueblos más insatisfechos con la evolución de su economía y que menos aprueba la gestión de sus autoridades.

La explicación de esta paradójica mayor insatisfacción entre los países de más rápido crecimiento radica, según el estudio del BID, en el acelerado aumento de las expectativas de consumo material y de la competencia por estatus económico y social. Un estudio similar, efectuado por Carol Graham, de la Brookings Institution, sobre la economía de la felicidad, llegó a conclusiones parecidas: la mayor insatisfacción se genera por la incertidumbre y volatilidad que acompañan al crecimiento, así como a la mayor información sobre las mejoras en la calidad de vida de otras personas.

Como es natural, quienes mejor aprovechan los períodos de crecimiento acelerado son los más hábiles y los mejor preparados. Si bien la gran mayoría mejora su situación económica --como lo revelan los índices de consumo de alimentos, bebidas, artículos de tocador y electrodomésticos--, lo cierto es que algunos mejoran mucho más que otros, lo que genera una sensación de incremento de la desigualdad que lleva a la frustración.

El manejo político de esta paradoja es complejo. De un lado, exaltar los éxitos macroeconómicos exacerba las expectativas y, por ende, agrava el malestar social. De otro, como amplios sectores de la población ven con suspicacia, cuando no con envidia, el éxito económico de algunos, resulta políticamente rentable atacar a los ricos. Los políticos que lo hagan recibirán un baño de popularidad, pero el efecto ulterior será perjudicial para los más pobres al ahuyentar la inversión y, por ende, el empleo.

El mejor camino es, probablemente, poner énfasis en las políticas sociales. El respaldo popular al Gobierno y al modelo económico se incrementará si la población percibe un compromiso real de sus autoridades con la promoción de la igualdad de oportunidades. Programas de infraestructura y aquellos destinados a elevar la calidad de la educación pública y capacitar a los pobres para incrementar su productividad son claves para este propósito. En la medida en que más peruanos sientan que se les da una mano para salir de la pobreza y labrarse su propio destino, habrá menos crecimiento infeliz.

martes, 11 de noviembre de 2008

La Crisis en Debate

Por Daniel Córdova*
EL COMERCIO
11-11-08


La severidad de la crisis económica global ha generado una ola de comentarios irónicos y plenos de satisfacción de los críticos del capitalismo. Quién iba a imaginar que menos de veinte años después del derrumbe del Muro de Berlín, economistas de izquierda y periodistas contrarios al libre mercado iban a resucitar a Marx sin parecer ridículos. Quién iba a imaginar que el desarrollo de muchos países del Tercer Mundo (desde Corea del Sur hasta Chile), sobre la base de instituciones capitalistas, iba a ser ignorado de un plumazo a raíz de una de las más importantes crisis experimentadas en los países desarrollados de Occidente.

Más allá de las circunstancias, la aparente resurrección de Karl Marx tiene su origen en dos factores indisociables. Primero, en la ignorancia económica e histórica de quienes buscan ahí donde ya buscamos demasiado en el pasado quienes hemos estudiado a Marx a profundidad.
Segundo, en esa caricatura llamada neoliberalismo que confunde el liberalismo con postulados fundamentalistas en contra de la regulación de mercados como el financiero.

La teoría de Marx tiene dos pilares: la teoría del valor trabajo y la creencia de que el capitalismo, por sus contradicciones, desembocará inevitablemente en un paraíso terrenal gerenciado por la clase obrera, el comunismo.

Según su teoría del valor, solo el trabajo manual genera riqueza. La capacidad emprendedora, la gerencia, la intermediación financiera y el comercio solo son mecanismos para apropiarse de la plusvalía generada por el obrero. Sobre la base de esta teoría, por ejemplo, se dio la reforma agraria en el Perú, bajo el lema "La tierra para el que la trabaja". ¿Y qué pasó? Se expulsó al empresariado del campo y se incubó la más eficaz maquinaria generadora de pobreza de nuestra historia.

Joseph Schumpeter nació el año en que murió Marx. Fue el economista que de manera más efectiva mostró que el principal agente generador de valor es el empresario.

Y aquellos que pensaron que el desarrollo empresarial era imposible desde la pobreza, como parte de una economía de mercado, han sido desmentidos por el desarrollo de los países del este asiático y, para no irnos del Perú, por historias como las de los ayacuchanos hermanos Añaños, del grupo Aje, y los huancavelicanos hermanos Flores, de Topitop, empresarios que surgieron de la pobreza para ser ahora millonarios dueños de transnacionales peruanas y generadores de empleo y desarrollo.

No basta, sin embargo, dicha historia para comprender la crisis económica de estos días. Para entender esta crisis se requiere reconocer que el capitalismo no es solo libre mercado.
El capitalismo es mercado y Estado, pero no cualquier Estado. Un Estado que genere reglas de juego claras, que promueva la competencia, que haga respetar los derechos de propiedad privada y que regule mercados como el financiero.

En el Perú sucedió hace diez años algo similar que en Estados Unidos --guardando distancias y proporciones--, cuando el Estado tuvo que rescatar a un banco que si se caía, se llevaba consigo el sistema. Se hizo bien. Luego, se siguió afinando un sistema de regulación bancaria que nos permite enfrentar esta crisis con mayor solvencia que la mayor parte de países del mundo.
Son las instituciones que regulan el desarrollo de los mercados desarrollados las que han fallado.

De ahí que la salida de la crisis consistirá en un nuevo diseño institucional para que el capitalismo pueda funcionar mejor. No en un derrumbe del capitalismo, como lo desearían quienes no quieren reconocer que, a pesar de la crisis, Marx está bien enterrado.


* Economista, Decano de Economía de la UPC

lunes, 10 de noviembre de 2008

De Hormigas y Cigarras

Por: Richard Webb
EL COMERCIO
10-11-08


Érase una vez cuando, en la mente popular, el progreso era la recompensa al trabajo y al ahorro. Según Max Weber, padre de la sociología, la clave del desarrollo económico en Europa fue una cultura de esfuerzo y sacrificio, teoría que se bautizó con el nombre de Ética Protestante y que se volvió una verdad oficial. Mucho antes, Esopo escribió su fábula sobre la hormiga precavida y la cigarra derrochadora, y el Antiguo Testamento amenazaba con castigos fulminantes para el buen vividor.

Hace medio siglo, en Lima, la alcancía era un ícono. Los bancos las regalaban para los hijos de sus clientes, pensando que así promoverían buenas costumbres desde la niñez, y los reformistas creaban cooperativas, mutuales y, más adelante, cajas municipales que si bien eran llamadas "de ahorro y crédito" respondían más al objetivo de fomentar la práctica del ahorro que al de crear acceso al crédito. Cuando en los años ochenta llegó de Alemania una misión de expertos para proporcionar asistencia técnica a las recientemente creadas cajas municipales, su prioridad consistía en la propagación de la costumbre del ahorro, y con ese objetivo iniciaron campañas cívicas, con premios y fiestas en las plazas, dirigidas a promover la cultura del ahorro entre la población y así seguir los pasos de los países como Alemania, Estados Unidos y otras naciones ya desarrolladas.

Pero el objetivo cultural empezó a mutar a lo largo de las décadas. La idea del ahorro como requisito y base de la transformación productiva fue reemplazándose por una celebración de las maravillas del crédito. Empezó un romance con las finanzas.

Más y más, el crédito aparecía como el motor del crecimiento en los países cuyo ejemplo nos tocaba seguir. El sector financiero se volvió el motor del crecimiento, estimulando la expansión de todo tipo de gasto público, de consumo, compras inmobiliarias e inversión empresarial.

El ahorro de las personas se desplomó en casi todos los países desarrollados. En varios, como Estados Unidos, Gran Bretaña y Grecia, hasta se tornó negativo.

Incluso en Japón y Corea del Sur se redujo a la mitad de sus niveles anteriores. Como buen alumno, el Perú se dedicó también a facilitar el acceso masivo al crédito y a repetir el nuevo refrán, que solo el crédito nos sacaría de la pobreza. La crisis mundial ahora parece ser el inevitable castigo bíblico, y el camino de salida es recordar y poner en práctica la lección de Esopo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El Gran Salto

Por: Jaime de Althaus Guarderas
EL COMERCIO
07-11-08


La gran ventaja de la elección de Barack Obama para nosotros es que podría ayudar a desactivar o desarmar ese radicalismo antiestadounidense o anticapitalista que hay en parte de América Latina y en Oriente Medio. El rostro del Imperio sin duda será mucho más amigable, un Imperio, por lo demás, disminuido y fuertemente golpeado por el desplome financiero y económico.

Al mismo tiempo, sin embargo, el triunfo de Obama alienta las corrientes populistas en el mundo entero. El pensamiento de izquierda parece haberse reanimado y está construyendo la fantasía de que lo ocurrido en Estados Unidos es el fin de una era y --dice el prestigioso historiador marxista Eric Hobsbawn-- el equivalente dramático de la caída de la Unión Soviética a fines de los ochenta.

Por supuesto, no hay tal. Lo más que podría decirse es que esto es el fin de la falta de regulación en la banca de inversión y de los derivados financieros generados los últimos años, y quizá de parte de la arquitectura financiera diseñada en Bretton Woods en 1944, luego de la Segunda Guerra Mundial. Es probable, en ese sentido, que el FMI pase a la historia y sea reemplazado por alguna suerte de coordinador o regulador mundial ya no solo de los desequilibrios en las balanzas de pagos, sino la masa monetaria mundial y los flujos de crédito y capital. Algo que se acercaría a lo que podría ser un protobanco central global.

Pero eso no sería el fin del capitalismo, sino, por el contrario, su globalización absoluta, su perfeccionamiento, su realización final. Significaría actualizar los instrumentos reguladores al nivel que han alcanzado las relaciones financieras y económicas globales. Porque en una economía cada vez más global, que no entiende de fronteras, instituciones reguladoras nacionales, con fronteras, resultan obsoletas e ineficaces.

La gran crisis financiera que estamos viviendo ha sido, así, el síntoma de un retraso notorio de la institucionalidad y se convierte en la ocasión para dar el salto al siguiente diseño que regule el capitalismo mundial. Ojalá Barack Obama entienda esto y no ocurra que en lugar de actualizar la institucionalidad global a los avances del capitalismo mundial, opte por hacer retroceder la economía estadounidense al estado institucional ya obsoleto, lo que ocurriría si cede a la tentación natural, pero regresiva de levantar barreras proteccionistas, lanzar medidas populistas e intervenir el mercado o reintroducir sobrerregulaciones en la economía real. Sería el retorno al feudalismo.

martes, 4 de noviembre de 2008

Perú Intacto

Por Ricardo Lago
BCRP
27-10-08


A mediados de octubre, en la Reunión Anual del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, el Ministro de Finanzas de Perú, Luis Valdivieso, anunció su intención de emitir bonos a 30 años por US$ 600 millones. ¿Los actuales turbulentos mercados de capitales aceptarán un nuevo bono emitido por un país emergente?

La respuesta espontánea es no, pero Perú podría ser una excepción. La paradoja es que Perú podría tener éxito en el mercado de capitales precisamente porque no necesita el dinero. Perú ha estado teniendo superávit presupuestal por varios años y el nivel de su deuda pública es bajo. De hecho, Perú es uno de los pocos países donde las reservas internacionales del Banco Central (US$ 35 mil millones o 26% del PBI) exceden el total de la deuda pública interna y externa (US$ 30 mil millones). En otras palabras, el sector público en Perú es un acreedor neto. Los ingresos por esos bonos no son necesarios para pagar gastos corrientes, más bien las autoridades tienen la
intención de usar esos recursos para recomprar bonos peruanos de corto plazo de los inversionistas. Con esta operación se elevaría el plazo de vencimiento promedio de la deuda externa que actualmente es de 11 años.

La crisis financiera internacional de los últimos dos meses ha enfatizado la fortaleza de las finanzas peruanas. A diferencia de otras economías latinoamericanas, el tipo de cambio del Nuevo Sol –la moneda peruana- se ha mantenido estable con moderadas intervenciones del Banco Central y la tasa de interés interbancaria no ha cambiado mucho. Más aún, las autoridades no han salido al rescate de ninguna gran institución financiera o corporación. Es sumamente lamentable que estos logros fueran ensombrecidos por un escándalo de corrupción que impulsó una renovación parcial del gabinete ministerial.

Además de fundamentos fiscales y monetarios sólidos, Perú tiene un sistema bancario relativamente pequeño pero fuerte, con activos totales alrededor de un tercio de su PBI. Los bancos están adecuadamente capitalizados, bien supervisados y extremadamente líquidos. Alrededor de la mitad de los depósitos totales están colocados en los fondos de encaje o en deuda oficial. El Banco Central está bien posicionado para inyectar suficientes soles y liquidez en dólares relajando los requerimientos de encaje o recomprando valores emitidos por el mismo instituto emisor. La estructura del sector bancario también ayuda. Cuatro grandes bancos representan tres cuartas partes de la intermediación bancaria total; y dos de ellos pertenecen a la banca internacional, BBVA de España y Scotiabank de Canadá, hasta ahora sobrevivientes de la reciente crisis. Los bancos peruanos operan con bajo coeficiente de endeudamiento (inferior a diez a uno) y practican un estilo bancario tradicional: préstamos con garantía.

Una corrida de depósitos bancarios es impensable y no tendría éxito. La razón es que el total de depósitos del sistema (cerca de US$ 29 mil millones de dólares) es inferior a las reservas internacionales del Banco Central. Asimismo, las autoridades tienen disposición de cortar de raíz cualquier ataque especulativo contra el nuevo sol.

Es evidente que, a raíz de la esperada recesión internacional, la tasa de crecimiento del PBI será inferior al 10% esperado para 2008, habiendo registrado un 7% promedio en los últimos seis años. Una disminución en las exportaciones y flujos de capitales sin duda perjudicará los ingresos, la recaudación tributaria y la balanza de pagos. Sin embargo, los analistas proyectan que Perú crecería tanto para 2009 y 2010 en más de 5%. Hay tres factores claves que sostienen esta proyección. La primera son los compromisos de inversión extranjera directa en proyectos en ejecución que en total suman US$ 8 mil millones de dólares al año. La segunda es la disposición de las autoridades para ejecutar política fiscal contracíclica debido a los sólidos fundamentos presupuestales y al manejo de deuda. Y el tercero es la viabilidad de mantener el ritmo de préstamos para inversión local y de vivienda en vista de la buena condición del sistema bancario.

Perú es un caso real de éxito del libre mercado y disciplina fiscal. El libre comercio ha permitido que las exportaciones se multipliquen por nueve veces en menos de dos décadas. Tras progresivas reducciones arancelarias unilaterales efectuadas en el marco de la OMC, Perú firmó recientemente un acuerdo de libre comercio (TLC) con Estados Unidos y está negociando acuerdos con la Unión Europea y China. El Perú también es un caso de recuperación macroeconómica. Sólo hace 18 años atrás era un caso perdido con moratoria con todos sus acreedores externos -incluido el FMI y el Banco Mundial- y con una hiperinflación persistente. Hoy, Perú es una economía con rápido crecimiento y su sector público es un acreedor neto. En reconocimiento, a principios de 2008 las agencias de calificación S&P y Fitch elevaron la calificación crediticia del Perú al selecto grupo de países con grado de inversión.

El Banco Central de Reserva del Perú merece mucho crédito en el éxito conseguido por el país. Es una institución independiente, con personal de economistas competentes que miran a la banca central como un trabajo de toda la vida. La acumulación de reservas internacionales (RIN), a un nivel equivalente a la cuarta parte del PBI no es en absoluto fácil, y es aún más difícil en un país en desarrollo agobiado con fuertes demandas sociales. Este nivel de reserva, usado como efecto amortiguador, está dando sus frutos en estos días críticos. En esencia, el Perú ha suscrito su propia póliza de seguro.

¿Y la pobreza? El resultado final de las políticas de libre mercado de Perú ha sido una constante reducción de la pobreza. Desde 2003 hasta 2007, la tasa de pobreza -tal como lo define el Banco Mundial - se redujo de 52% a 39% y la pobreza extrema se ha aliviado de 21% a 14%. En los primeros dos años de su segundo mandato, el Presidente Alan García ha demostrado un firme compromiso con la reducción de la pobreza en virtud de las políticas macroeconómicas sostenibles. Esto muestra un agudo contraste con su primer mandato, de 1985 a 1990, cuando trató de luchar contra la pobreza en el marco de políticas macroeconómicas erróneas. El liderazgo y carisma del Presidente García está ahora en la raíz de la jornada de éxito del Perú, en medio de esta tormenta financiera sin precedente.

Si no se necesita dinero, ¿por qué entonces las autoridades están decididas a emitir un bono en medio de la actual crisis de los mercados financieros? Una razón puede ser la de dar una señal de sus propias fortalezas macroeconómicas a los mercados de capitales, en un momento en que las vulnerabilidades de todos los países han sido llevadas a una prueba de fortaleza extrema. Además, el éxito en la colocación de los bonos con los inversores probará el punto en el cual la economía pueda aprovechar el capital privado -incluso en mercados turbulentos- en contraposición a confiar exclusivamente en el financiamiento "de emergencia " por parte del FMI y del Banco Mundial.

Mientras que, algunos escépticos y abatidos banqueros se encogieron de hombros ante las oportunidades que ofrecían los bonos peruanos, otros banqueros de inversión corrieron a Lima para presentar sus ofertas.