Por: Roberto Pizarro*
AMÉRICA ECONOMÍA
29-06-11
La geopolítica no sólo es determinante en el accionar de las grandes potencias. Lo es también para países intermedios. En ella se conjugan intereses económicos, geográficos, militares y políticos, que trascienden ideologías. El apoyo de Brasil a Ollanta Humala, en las recientes elecciones presidenciales, es revelador de la geopolítica de ese país para consolidar su presencia en Sudamérica y proyectarse hacia el Pacífico.
El Partido de los Trabajadores, con Lula durante ocho años en el gobierno, ha colocado a Brasil en el centro de los asuntos mundiales. En efecto, mantiene una posición activa en el Grupo de los 20, liderando a los BRICS, y su presencia en Naciones Unidas lo tiene a punto de integrar de forma permanente el Consejo de Seguridad. Francia ha insistido reiteradamente en la incorporación de Brasil al G8, contra la cada vez más débil resistencia norteamericana. La emergencia de Brasil en asuntos mundiales ha tenido perfil propio y no ha eludido su crítica respecto de las reglas del juego que rigen el orden económico y político internacional; en particular, ha responsabilizado a los países industrializados y a las Instituciones Financieras Internacionales (IFI) por la crisis del 2008-2009. Aún así se le identifica como interlocutor de primera relevancia para los países industrializados y se le reconoce liderazgo en el grupo de países de desarrollo intermedio.
La estrategia global de Brasil ha cubierto con inteligencia el frente Atlántico, sin renunciar a su presencia en África y América Latina. Durante los gobiernos de Lula el liderazgo de Brasil en Sudamérica se fortaleció. Impulsó la Unasur y la convirtió, con éxito, en instancia efectiva de coordinación política regional, desplazando a la OEA; las relaciones entre los países del Mercosur adquirieron mayor fluidez, facilitadas además por las coincidencias políticas entre Kirchner y Lula; potenció el IIRSA y estableció acuerdos energéticos con varios países de Sudamérica; además, gracias a la firmeza brasileña, se renunció a continuar las negociaciones del ALCA, para molestia norteamericana y alivio de la región.
Durante los gobiernos de Lula, la presencia de Brasil en el África ha sido muy destacada. Doce visitas, en sus ocho años de mandato, que cubrieron 27 países, lo confirman. Itamaraty duplicó el número de embajadas en ese continente; se cuadruplicó el comercio, mientras Petrobras y Vale, las dos más importantes empresas multinacionales brasileñas, han adquirido una presencia destacada en asuntos petroleros y mineros, mientras empresarios del acero y la agricultura intentan ampliar sus actividades en el continente africano. Brasil, al igual que China, apunta en el continente africano a garantizar a largo plazo el abastecimiento de recursos naturales. Desde luego, los lazos históricos y culturales han facilitado la presencia brasileña en África, los que se consolidarán con el canal de televisión instalado recientemente en Mozambique.
El decidido apoyo del PT, y de los empresarios brasileños, a Ollanta Humala se inscribe en ese cuadro. Asegurar una posición dominante en Sudamérica y simultáneamente abrir camino hacia el Pacífico. Ya se sabe la preeminencia que ha adquirido la Cuenca del Pacífico en el siglo XXI. Los más importantes movimientos inversionistas y comerciales se juegan en la Cuenca del Pacífico y Brasil no quiere estar al margen. Con el triunfo de Dilma Rousseff muchos esperaban que Lula asumiría un papel de primer orden en Naciones Unidas, incluso la presidencia. Sin embargo, el ex presidente renunció a esa posibilidad y ha comprometido su trabajo en dos tareas prioritarias para los propósitos geopolíticos de Brasil: consolidar la relación con el continente africano y liderar el Foro de Sao Paulo. Éste, asume primera importancia para los intereses brasileños, habida cuenta de la creciente emergencia de gobiernos de izquierda en la región. Itamaraty debe estar complacido.
El decidido apoyo del PT, y de los empresarios brasileños, a Ollanta Humala se inscribe en ese cuadro. Asegurar una posición dominante en Sudamérica y simultáneamente abrir camino hacia el Pacífico. Ya se sabe la preeminencia que ha adquirido la Cuenca del Pacífico en el siglo XXI. Los más importantes movimientos inversionistas y comerciales se juegan en la Cuenca del Pacífico y Brasil no quiere estar al margen. Al mismo tiempo, China y la India se convertirán en potencias que desafiarán a los Estados Unidos en el plano económico y político, y ello lo tiene muy presente el establishment empresarial, político y militar brasileño.
Así las cosas, la opción de Ollanta Humala, distante de los Estados Unidos, y favorable a la integración regional, es coincidente con los intereses estratégicos brasileños en su proyección al Pacífico. No resulta extraño entonces el decidido apoyo del PT al diseño de la campaña del nuevo presidente del Perú y tampoco es sorprendente el que le brindaran los empresarios de empresas constructoras brasileñas que despliegan crecientes inversiones en caminos y puertos en el sur de Perú.
Se estima que las inversiones brasileñas en Perú podrían quintuplicarse y bordear los US$17.500 millones hacia el año 2020, según ha señalado recientemente el primer secretario de la Embajada de Brasil en Lima, César Bonamigo.
Las principales inversiones brasileñas se despliegan al sur del Perú. Entre éstas destacan el Gaseoducto Andino del Sur y el polo petroquímico que también se piensa desarrollar en la región sur de Perú. Al mismo tiempo está el proyecto Ferrovía Transcontinental Brasil-Sur Perú (Fetras), en el marco IIRSA, que abarca los departamentos Madre de Dios, Puno, Cusco y Arequipa y que conecta con Porto Velho en Brasil. En el ámbito vial destaca el proyecto Corredor Vial Sur, financiado por la CAF, denominado también Carretera Bioceánica, que vincula al estado Amazónico de Acre en Brasil con las ciudades porteñas Ilo, Matarani y San Juan de Marcona en la costa meridional del Perú.
Las serias dificultades diplomáticas de Chile con Bolivia cierran prácticamente las puertas a la salida al Pacífico del Brasil por puertos chilenos. La persistencia de los gobiernos de Chile en una política de “distracción estratégica” respecto de la reivindicación boliviana para su salida al mar convierte a Perú en el gran aliado brasileño para la proyección de éste hacia el Pacífico. Y un Presidente como Ollanta cumple este propósito: un nacionalista, de izquierda, que desconfía de los Estados Unidos e interesado en la integración regional.
Delicada situación para la política exterior chilena. Chile se aisló de la región al convertir los negocios con el mundo industrializado en el centro de su accionar internacional. Se jugó por el ALCA cuando Brasil y Argentina se oponían al proyecto norteamericano. Ha dilatado por largas décadas una solución a la demanda boliviana para su salida al Pacífico. También fue negligente frente a la iniciativa peruana por los límites marítimos, que al final culminó en La Haya, con resultados inciertos. Como consecuencia de una política exterior equivocada, el frente norte chileno se ha tornado extremadamente frágil. Ello facilita la convergencia de intereses peruano-brasileños y al mismo estrecha las oportunidades del empresariado y el Estado chileno para concretar vínculos estratégicos con Brasil.
* Economista de la Universidad de Chile, con estudios de posgrado en la Universidad de Sussex (Reino Unido). Investigador Grupo Nueva Economia, fue decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, ministro de Planificación y rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (Chile).
miércoles, 29 de junio de 2011
viernes, 10 de junio de 2011
¿Ciudadanos o Mendigos?
Por: Jaime De Althaus Guarderas
EL COMERCIO
10-06-11
No es una buena política regalar dinero. Lamentablemente, eso es lo que va a ocurrir con el próximo gobierno, y a raudales, con los programas anunciados y prometidos. No es una buena política por varias razones. Primero, porque nadie sale de la pobreza recibiendo dinero, sino siendo capaz de generarlo. Para eso, lo que debe hacerse no es regalar dinero, sino difundir tecnologías y titular la propiedad. El paquete tecnológico para la sierra rural, donde está la mayor parte de la pobreza, está probado, y le permite a la familia campesina que lo adopta salir de la indigencia, acabar con la desnutrición infantil, conectarse al mercado y llegar a obtener ingresos por dos o tres mil soles al mes en dos años. En cambio, programas de subsidios masivos al consumo solo sirven para perpetuar la pobreza. Porque, ¿para qué me voy a esforzar si me están regalando las cosas?
En segundo lugar, porque lleva a generar una clase de personas dependientes del Estado que tienden a acostumbrarse a esa ayuda y tienen, por lo tanto, menos incentivos para salir por sí mismos de la pobreza. A mayor cantidad recibida, menor interés en trabajar o autogenerar ingresos. Fomentar masivamente la mendicidad no puede ser bueno. No es digno. No es moralmente aceptable. En cambio, no hay nada más humanamente estimulante que ver cómo un campesino pobre, empoderado tecnológicamente, rompe las cadenas de la miseria y se convierte en empresario, en ciudadano libre y autónomo.
La tercera razón es que jamás vamos a desarrollar una clase media de ciudadanos plenos si subsidiamos la informalidad con programas de este tipo. En los últimos 18 años viene creciendo una nueva clase media emergente, pero es aún incipiente e incompleta porque la mayor parte de ella permanece en la informalidad. Por lo tanto, ni tiene todos los derechos ni cumple con todas las obligaciones que competen a un ciudadano pleno y responsable. Y tampoco puede acumular más allá de un punto. Lo que debe hacerse es facilitar su formalización para acelerar la formación de una clase media fuerte y extendida, en lugar de pasmarla con la distribución de pensiones y seguros de salud gratuitos que desincentivan el esfuerzo propio y vuelven menos interesante la formalidad. Pues sin una clase media sólida la democracia no se sostiene en última instancia. Un país de informales es una república populista –si cabe el oxímoron–, pasto de demagogos, y no una democracia liberal de ciudadanos libres y fiscalizadores. No cortemos la evolución de la sociedad peruana. No caigamos en el modelo clásico de los populismos autocráticos que usan la renta petrolera o minera para regalar beneficios sin que nadie pague impuestos. No queremos masa mendicante sino ciudadanía.
EL COMERCIO
10-06-11
No es una buena política regalar dinero. Lamentablemente, eso es lo que va a ocurrir con el próximo gobierno, y a raudales, con los programas anunciados y prometidos. No es una buena política por varias razones. Primero, porque nadie sale de la pobreza recibiendo dinero, sino siendo capaz de generarlo. Para eso, lo que debe hacerse no es regalar dinero, sino difundir tecnologías y titular la propiedad. El paquete tecnológico para la sierra rural, donde está la mayor parte de la pobreza, está probado, y le permite a la familia campesina que lo adopta salir de la indigencia, acabar con la desnutrición infantil, conectarse al mercado y llegar a obtener ingresos por dos o tres mil soles al mes en dos años. En cambio, programas de subsidios masivos al consumo solo sirven para perpetuar la pobreza. Porque, ¿para qué me voy a esforzar si me están regalando las cosas?
En segundo lugar, porque lleva a generar una clase de personas dependientes del Estado que tienden a acostumbrarse a esa ayuda y tienen, por lo tanto, menos incentivos para salir por sí mismos de la pobreza. A mayor cantidad recibida, menor interés en trabajar o autogenerar ingresos. Fomentar masivamente la mendicidad no puede ser bueno. No es digno. No es moralmente aceptable. En cambio, no hay nada más humanamente estimulante que ver cómo un campesino pobre, empoderado tecnológicamente, rompe las cadenas de la miseria y se convierte en empresario, en ciudadano libre y autónomo.
La tercera razón es que jamás vamos a desarrollar una clase media de ciudadanos plenos si subsidiamos la informalidad con programas de este tipo. En los últimos 18 años viene creciendo una nueva clase media emergente, pero es aún incipiente e incompleta porque la mayor parte de ella permanece en la informalidad. Por lo tanto, ni tiene todos los derechos ni cumple con todas las obligaciones que competen a un ciudadano pleno y responsable. Y tampoco puede acumular más allá de un punto. Lo que debe hacerse es facilitar su formalización para acelerar la formación de una clase media fuerte y extendida, en lugar de pasmarla con la distribución de pensiones y seguros de salud gratuitos que desincentivan el esfuerzo propio y vuelven menos interesante la formalidad. Pues sin una clase media sólida la democracia no se sostiene en última instancia. Un país de informales es una república populista –si cabe el oxímoron–, pasto de demagogos, y no una democracia liberal de ciudadanos libres y fiscalizadores. No cortemos la evolución de la sociedad peruana. No caigamos en el modelo clásico de los populismos autocráticos que usan la renta petrolera o minera para regalar beneficios sin que nadie pague impuestos. No queremos masa mendicante sino ciudadanía.
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JAIME DE ALTHAUS,
PERÚ,
SECTOR SOCIAL
sábado, 14 de mayo de 2011
De Cómo Velasco Destruyó Venezuela
Por: Roberto Abusada *
CORREO
14-05-11
Cuatro décadas después de que el general Velasco tomara el poder en el Perú luego de un golpe de Estado, varios países de la región se empeñan en repetir su fracasada fórmula de gobierno.
El candidato Humala se prepara para hacer lo mismo con el Perú. En su campaña del 2006, no escondía, como hoy intenta hacerlo, su devoción por Velasco. Chávez, quien como cadete conoció a Velasco y se refiriera a él como "mi general Velasco", en cambio, sí manifiesta reiteradamente su gran admiración por el dictador.
Para Chávez y Humala, como fueron para Velasco, los pilares básicos de un gobierno son el control político y el dominio de "industrias estratégicas". El gobierno de Velasco naturalmente debía controlar los recursos naturales y las actividades básicas: la banca, los seguros, la electricidad, la minería y el petróleo, el acero, el cemento y las telecomunicaciones, además de crear grandes monopolios comercializadores de insumos (ENCI), minerales (MINPECO) y pesca (EPCHAP). La idea no es nueva y proviene de la tradición de Lenin y Stalin.
Mientras sus asesores vieron en el modelo de autogestión de la Yugoslavia de Tito un modelo a seguir, Velasco transmitía a los empresarios industriales un mensaje confuso: por un lado se les anunciaba su gradual desaparición a medida que la recién creada institución de la "Comunidad Industrial" ganaría fuerza y tomaría eventualmente el control de cada empresa.
Pero de otro lado, no queriendo prescindir de los empresarios industriales, Velasco los llenó de favores: un mercado absolutamente cerrado, crédito subsidiado a cargo de la banca estatal de fomento y libre importación de los insumos y maquinaria (siempre que no se produjeran localmente), además de acceso a dólares baratos. Se desarrolló una industria artificial con baja calidad, altos precios e impedida de competir en los mercados de exportación. Se estima que la tercera parte de la industria de los años setenta producía bienes finales cuyo valor en el mercado internacional era inferior al de los insumos usados en su fabricación. Es decir, era una industria que destruía valor a precios reales mientras otorgaba a los productores locales ingentes beneficios gracias al mercado cerrado y a los insumos y financiamiento artificialmente baratos.
En la agricultura, la dictadura estableció dos regímenes: en la Sierra las llamadas Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS) juntaban a las haciendas expropiadas con las comunidades aledañas. En la Costa, temiendo romper los exitosos complejos agroindustriales, se instituyeron las CAP (Cooperativas Agrarias de Producción), que abarcaban tierra e infraestructura transformadora industrial. La reforma agraria fue pensada únicamente como un acto político de ataque a un grupo de poder.
Luego de expropiar a los antiguos dueños, el gobierno abandonó a los beneficiarios de su reforma agraria, ocasionando el colapso del agro. El Perú se volvió un gran importador de alimentos; granos, carnes, grasas y lácteos, alimentos subsidiados para contentar a la población urbana a costa del cruel abandono del campo. Se provocó luego una revolución en los hábitos de consumo al sustituir la papa y los cereales andinos por el trigo importado con subsidios.
No es necesario detallar la debacle productiva nacional que el esquema de Velasco trajo consigo. Basta decir que, luego de dos años de crecimiento, basado en la buena situación fiscal sostenida por la reforma tributaria de Manuel Ulloa en el último año del primer gobierno de Belaunde, la economía entró en un largo ciclo de deterioro y atraso, al punto que sólo en el año 2005 el Perú recuperó el ingreso por habitante que tenía en 1972: más de tres décadas perdidas. En su intento torpe por distribuir la riqueza y el ingreso, Velasco sólo logró redistribución dentro del 20% más rico de la población, la pobreza generalizada y un triste legado que sacó al Perú del liderazgo en el Pacífico sudamericano, para colocarlo a la zaga de sus vecinos.
Cuatro décadas después reconocemos elementos claves de estas políticas trasnochadas en países como Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Mientras Chile, Colombia y el Perú progresan disminuyendo pobreza con estabilidad de precios y libertad de expresión, los países de la ALBA y Argentina deben esconder su inflación y controlar a los medios de expresión.
Tal control no es producto de un capricho ni un requerimiento ideológico, sino un acto imprescindible para sostener al modelo y sus políticas.
Predeciblemente, Chávez tomó un país riquísimo y lo volvió un país donde el 30% de la población es pobre a pesar de que el precio del petróleo que exporta se ha multiplicado 10 veces desde que tomó el poder, generándole en promedio 60,000 millones de dólares anuales adicionales.
Su inflación en la última década ha sido de 661% comparada con la peruana, de 25% en igual periodo. Sus exportaciones no petroleras han caído a menos de la mitad en 10 años, mientras que las exportaciones no mineras peruanas han crecido 117%.
En 10 años, el PBI venezolano, con toda esa bonanza petrolera, creció sólo 12%, mientras que el peruano creció 50%. El Perú tiene ciertamente un problema grave en la calidad de sus instituciones: ocupa el puesto 96 entre 139 países, pero Venezuela ocupa el lugar 139, además de estar catalogado por Transparencia Internacional entre los campeones de la corrupción con el puesto 164 entre 178 países.
* Economista
CORREO
14-05-11
Cuatro décadas después de que el general Velasco tomara el poder en el Perú luego de un golpe de Estado, varios países de la región se empeñan en repetir su fracasada fórmula de gobierno.
El candidato Humala se prepara para hacer lo mismo con el Perú. En su campaña del 2006, no escondía, como hoy intenta hacerlo, su devoción por Velasco. Chávez, quien como cadete conoció a Velasco y se refiriera a él como "mi general Velasco", en cambio, sí manifiesta reiteradamente su gran admiración por el dictador.
Para Chávez y Humala, como fueron para Velasco, los pilares básicos de un gobierno son el control político y el dominio de "industrias estratégicas". El gobierno de Velasco naturalmente debía controlar los recursos naturales y las actividades básicas: la banca, los seguros, la electricidad, la minería y el petróleo, el acero, el cemento y las telecomunicaciones, además de crear grandes monopolios comercializadores de insumos (ENCI), minerales (MINPECO) y pesca (EPCHAP). La idea no es nueva y proviene de la tradición de Lenin y Stalin.
Mientras sus asesores vieron en el modelo de autogestión de la Yugoslavia de Tito un modelo a seguir, Velasco transmitía a los empresarios industriales un mensaje confuso: por un lado se les anunciaba su gradual desaparición a medida que la recién creada institución de la "Comunidad Industrial" ganaría fuerza y tomaría eventualmente el control de cada empresa.
Pero de otro lado, no queriendo prescindir de los empresarios industriales, Velasco los llenó de favores: un mercado absolutamente cerrado, crédito subsidiado a cargo de la banca estatal de fomento y libre importación de los insumos y maquinaria (siempre que no se produjeran localmente), además de acceso a dólares baratos. Se desarrolló una industria artificial con baja calidad, altos precios e impedida de competir en los mercados de exportación. Se estima que la tercera parte de la industria de los años setenta producía bienes finales cuyo valor en el mercado internacional era inferior al de los insumos usados en su fabricación. Es decir, era una industria que destruía valor a precios reales mientras otorgaba a los productores locales ingentes beneficios gracias al mercado cerrado y a los insumos y financiamiento artificialmente baratos.
En la agricultura, la dictadura estableció dos regímenes: en la Sierra las llamadas Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS) juntaban a las haciendas expropiadas con las comunidades aledañas. En la Costa, temiendo romper los exitosos complejos agroindustriales, se instituyeron las CAP (Cooperativas Agrarias de Producción), que abarcaban tierra e infraestructura transformadora industrial. La reforma agraria fue pensada únicamente como un acto político de ataque a un grupo de poder.
Luego de expropiar a los antiguos dueños, el gobierno abandonó a los beneficiarios de su reforma agraria, ocasionando el colapso del agro. El Perú se volvió un gran importador de alimentos; granos, carnes, grasas y lácteos, alimentos subsidiados para contentar a la población urbana a costa del cruel abandono del campo. Se provocó luego una revolución en los hábitos de consumo al sustituir la papa y los cereales andinos por el trigo importado con subsidios.
No es necesario detallar la debacle productiva nacional que el esquema de Velasco trajo consigo. Basta decir que, luego de dos años de crecimiento, basado en la buena situación fiscal sostenida por la reforma tributaria de Manuel Ulloa en el último año del primer gobierno de Belaunde, la economía entró en un largo ciclo de deterioro y atraso, al punto que sólo en el año 2005 el Perú recuperó el ingreso por habitante que tenía en 1972: más de tres décadas perdidas. En su intento torpe por distribuir la riqueza y el ingreso, Velasco sólo logró redistribución dentro del 20% más rico de la población, la pobreza generalizada y un triste legado que sacó al Perú del liderazgo en el Pacífico sudamericano, para colocarlo a la zaga de sus vecinos.
Cuatro décadas después reconocemos elementos claves de estas políticas trasnochadas en países como Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Mientras Chile, Colombia y el Perú progresan disminuyendo pobreza con estabilidad de precios y libertad de expresión, los países de la ALBA y Argentina deben esconder su inflación y controlar a los medios de expresión.
Tal control no es producto de un capricho ni un requerimiento ideológico, sino un acto imprescindible para sostener al modelo y sus políticas.
Predeciblemente, Chávez tomó un país riquísimo y lo volvió un país donde el 30% de la población es pobre a pesar de que el precio del petróleo que exporta se ha multiplicado 10 veces desde que tomó el poder, generándole en promedio 60,000 millones de dólares anuales adicionales.
Su inflación en la última década ha sido de 661% comparada con la peruana, de 25% en igual periodo. Sus exportaciones no petroleras han caído a menos de la mitad en 10 años, mientras que las exportaciones no mineras peruanas han crecido 117%.
En 10 años, el PBI venezolano, con toda esa bonanza petrolera, creció sólo 12%, mientras que el peruano creció 50%. El Perú tiene ciertamente un problema grave en la calidad de sus instituciones: ocupa el puesto 96 entre 139 países, pero Venezuela ocupa el lugar 139, además de estar catalogado por Transparencia Internacional entre los campeones de la corrupción con el puesto 164 entre 178 países.
* Economista
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MACROECONOMIA,
PERÚ,
ROBERTO ABUSADA
viernes, 29 de abril de 2011
Ni el Peor Enemigo del Perú
Por: Jaime De Althaus Guarderas
EL COMERCIO
29-04-11
Es absurdo cambiar lo que funciona bien y más absurdo aun es cambiarlo por algo que funciona mal. Eso es lo que hace, sistemáticamente, el plan de Ollanta Humala. En el Perú, el modelo de crecimiento funciona bien: crecemos a tasas altas y sostenidas. Lo que funciona mal es el Estado, que es ineficiente, corrupto y no redistribuye bien. Lo que hay que cambiar no es el modelo, sino el Estado. Pues bien, el plan de Humala propone cambiar el modelo poniéndole mucho más Estado. Es decir, cambiar lo sano por lo enfermo. Así, propone cambiar el capítulo económico de la Constitución para restablecer el rol empresarial del Estado, “nacionalizar las actividades estratégicas” (pág. 80), “retornar el control de las decisiones del negocio gasífero a Petroperú” (pág. 8), crear diversas empresas públicas, etc.
El único puerto que funciona bien es Matarani, concesionado a fines de los 90. Enapu es un desastre. El aeropuerto Jorge Chávez, también concesionado, ha sido declarado el mejor de Sudamérica. Pues bien, el plan anuncia que se revisarán todas las concesiones de puertos y aeropuertos y que se “restituirá la operación y la administración de los mismos con participación mayoritaria del Estado Peruano” (pág. 86).
Hasta 1994 solo el 8% de los hogares tenía teléfono y conseguir uno costaba 2 mil dólares. Hoy, luego de la privatización, casi todos los hogares del Perú tienen cuando menos un celular. Pues el plan propone crear una ¡empresa nacional de telecomunicaciones!
El sistema privado de pensiones no es perfecto, pero es un logro histórico. Antes los aportes iban a un fondo común que era regularmente saqueado por los gobiernos. Al final las pensiones se pagaban con maquinita, con inflación. Ahora estamos ante un fondo conformado por cuentas individuales de ahorro donde los aportes de cada afiliado no se tocan y, más bien, se incrementan un 15% promedio por año sobre los aportes. Y el fondo total ya supera los 30 mil millones de dólares, un ahorro interno como nunca lo ha tenido el Perú y que nos ha permitido conquistar, por primera vez, la independencia financiera del exterior. Lo que faltan, más bien, son proyectos.
¿Qué se propone? Regresar al sistema anterior de un fondo común y obligatorio, donde el sistema privado pasa a ser complementario. Es decir, lo malo como remedio de lo bueno. Y con confiscación, pues el aporte al sistema privado se reduce a lo que queda después de aportar al sistema público obligatorio (primera confiscación), y la pensión gratuita para todos los que no tengan pensión es financiada en parte “por una porción de los fondos aportados por los trabajadores” (pág. 173) (segunda confiscación). Y así sucesivamente: subsumir Essalud –que son fondos privados mandatados y funciona mejor– en el Ministerio de Salud… Francamente, ni el peor enemigo del Perú…
EL COMERCIO
29-04-11
Es absurdo cambiar lo que funciona bien y más absurdo aun es cambiarlo por algo que funciona mal. Eso es lo que hace, sistemáticamente, el plan de Ollanta Humala. En el Perú, el modelo de crecimiento funciona bien: crecemos a tasas altas y sostenidas. Lo que funciona mal es el Estado, que es ineficiente, corrupto y no redistribuye bien. Lo que hay que cambiar no es el modelo, sino el Estado. Pues bien, el plan de Humala propone cambiar el modelo poniéndole mucho más Estado. Es decir, cambiar lo sano por lo enfermo. Así, propone cambiar el capítulo económico de la Constitución para restablecer el rol empresarial del Estado, “nacionalizar las actividades estratégicas” (pág. 80), “retornar el control de las decisiones del negocio gasífero a Petroperú” (pág. 8), crear diversas empresas públicas, etc.
El único puerto que funciona bien es Matarani, concesionado a fines de los 90. Enapu es un desastre. El aeropuerto Jorge Chávez, también concesionado, ha sido declarado el mejor de Sudamérica. Pues bien, el plan anuncia que se revisarán todas las concesiones de puertos y aeropuertos y que se “restituirá la operación y la administración de los mismos con participación mayoritaria del Estado Peruano” (pág. 86).
Hasta 1994 solo el 8% de los hogares tenía teléfono y conseguir uno costaba 2 mil dólares. Hoy, luego de la privatización, casi todos los hogares del Perú tienen cuando menos un celular. Pues el plan propone crear una ¡empresa nacional de telecomunicaciones!
El sistema privado de pensiones no es perfecto, pero es un logro histórico. Antes los aportes iban a un fondo común que era regularmente saqueado por los gobiernos. Al final las pensiones se pagaban con maquinita, con inflación. Ahora estamos ante un fondo conformado por cuentas individuales de ahorro donde los aportes de cada afiliado no se tocan y, más bien, se incrementan un 15% promedio por año sobre los aportes. Y el fondo total ya supera los 30 mil millones de dólares, un ahorro interno como nunca lo ha tenido el Perú y que nos ha permitido conquistar, por primera vez, la independencia financiera del exterior. Lo que faltan, más bien, son proyectos.
¿Qué se propone? Regresar al sistema anterior de un fondo común y obligatorio, donde el sistema privado pasa a ser complementario. Es decir, lo malo como remedio de lo bueno. Y con confiscación, pues el aporte al sistema privado se reduce a lo que queda después de aportar al sistema público obligatorio (primera confiscación), y la pensión gratuita para todos los que no tengan pensión es financiada en parte “por una porción de los fondos aportados por los trabajadores” (pág. 173) (segunda confiscación). Y así sucesivamente: subsumir Essalud –que son fondos privados mandatados y funciona mejor– en el Ministerio de Salud… Francamente, ni el peor enemigo del Perú…
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PERÚ
domingo, 24 de abril de 2011
Cuba: medio siglo sin mercado inmobiliario
Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Domingo 24 de Abril del 2011
Tiene una casona que se cae a pedazos. La obtuvo en los sesenta cuando la familia para la que trabajaba se exilió en Estados Unidos. Sintió que los cielos se le abrían al quedarse a vivir en una glamorosa zona de La Habana. Recorría las habitaciones, el patio, acariciaba el pasamanos de mármol, llenaba las tinas de los tres baños solo para recordar que aquella mansión era suya. La alegría duró hasta que los primeros bombillos se fundieron, la pintura comenzó a cuartearse y la maleza creció en el jardín. Trabajó limpiando una escuela, pero ni con seis salarios hubiera podido mantener aquel caserón cada vez más inhóspito. Pensó venderla, pero por décadas en Cuba estuvo prohibido el mercado inmobiliario y solo era posible intercambiar (permutar) propiedades. Para controlar esa actividad, se implementaron decretos y limitaciones que volvían un calvario el mudarse. El Instituto de la Vivienda velaba por el cumplimiento de las absurdas condiciones: no podían canjearse casas que no fueran iguales en número de habitaciones y metraje, porque los burócratas podían sospechar que era una compraventa enmascarada. Cuando las familias lograban mudarse, estaban agotadas de llenar formularios, contratar abogados y sobornar inspectores.
A cada prohibición le surgió una forma creativa de saltársela. Muchos compraron su casita, pese a que los tribunales penalizaban severamente –incluyendo la confiscación– a quienes lo hicieran. En la ilegalidad proliferaron los estafadores. Los que hacían de intermediarios inmobiliarios, cobraban por hacer el contacto entre dos familias para esfumarse en medio de los trámites. Se retocaban superficialmente las viviendas y cuando los nuevos inquilinos llegaban descubrían vigas podridas y cañerías colapsadas. Cuando se quería agilizar una permuta había que corromper a los funcionarios y se establecieron cuotas para cada paso del proceso.
Las limitaciones inmobiliarias obedecían a la intención gubernamental de no permitir que afloraran las diferencias sociales. En un país donde cada cual pudiera vender o comprar una casa, con el único requisito de poseerla en propiedad o tener el dinero para adquirirla, las ciudades se redistribuirían rápidamente. La única moneda que servía para adquirir un hogar más digno era la fidelidad ideológica: altos funcionarios y los militares bajados de la Sierra Maestra disfrutan –hasta hoy– de lujosas mansiones en barrios con hermosos jardines, mientras que en los estratos humildes la gente seguía dividiendo habitaciones y levantando pisos intermedios de madera –conocidos como barbacoas– ante el crecimiento de la familia. Es difícil saber cuántos cubanos emigraron empujados por la estrechez de espacio.
Por todo esto, uno de los resultados más esperados del VI Congreso del Partido Comunista fue que se levantara el banderín inmobiliario. Cuando se dijo que había sido aceptada la compra y venta de casas, cientos de miles de cubanos respiramos aliviados. La señora de la casona estaba, en el momento del anuncio, frente a la pantalla de su televisor, evitando una gotera que cae del techo, justo en medio de la sala. Miró alrededor las columnas con capiteles decorados y la escalera de mármol a la que le había arrancado el pasamanos para venderlo. Finalmente podría colgar un cartel: “Se vende casa de cinco habitaciones que necesita reparación urgente. Se compra apartamento de un cuarto en cualquier barrio”.
(*) Periodista y bloguera cubana
EL COMERCIO
Domingo 24 de Abril del 2011
Tiene una casona que se cae a pedazos. La obtuvo en los sesenta cuando la familia para la que trabajaba se exilió en Estados Unidos. Sintió que los cielos se le abrían al quedarse a vivir en una glamorosa zona de La Habana. Recorría las habitaciones, el patio, acariciaba el pasamanos de mármol, llenaba las tinas de los tres baños solo para recordar que aquella mansión era suya. La alegría duró hasta que los primeros bombillos se fundieron, la pintura comenzó a cuartearse y la maleza creció en el jardín. Trabajó limpiando una escuela, pero ni con seis salarios hubiera podido mantener aquel caserón cada vez más inhóspito. Pensó venderla, pero por décadas en Cuba estuvo prohibido el mercado inmobiliario y solo era posible intercambiar (permutar) propiedades. Para controlar esa actividad, se implementaron decretos y limitaciones que volvían un calvario el mudarse. El Instituto de la Vivienda velaba por el cumplimiento de las absurdas condiciones: no podían canjearse casas que no fueran iguales en número de habitaciones y metraje, porque los burócratas podían sospechar que era una compraventa enmascarada. Cuando las familias lograban mudarse, estaban agotadas de llenar formularios, contratar abogados y sobornar inspectores.
A cada prohibición le surgió una forma creativa de saltársela. Muchos compraron su casita, pese a que los tribunales penalizaban severamente –incluyendo la confiscación– a quienes lo hicieran. En la ilegalidad proliferaron los estafadores. Los que hacían de intermediarios inmobiliarios, cobraban por hacer el contacto entre dos familias para esfumarse en medio de los trámites. Se retocaban superficialmente las viviendas y cuando los nuevos inquilinos llegaban descubrían vigas podridas y cañerías colapsadas. Cuando se quería agilizar una permuta había que corromper a los funcionarios y se establecieron cuotas para cada paso del proceso.
Las limitaciones inmobiliarias obedecían a la intención gubernamental de no permitir que afloraran las diferencias sociales. En un país donde cada cual pudiera vender o comprar una casa, con el único requisito de poseerla en propiedad o tener el dinero para adquirirla, las ciudades se redistribuirían rápidamente. La única moneda que servía para adquirir un hogar más digno era la fidelidad ideológica: altos funcionarios y los militares bajados de la Sierra Maestra disfrutan –hasta hoy– de lujosas mansiones en barrios con hermosos jardines, mientras que en los estratos humildes la gente seguía dividiendo habitaciones y levantando pisos intermedios de madera –conocidos como barbacoas– ante el crecimiento de la familia. Es difícil saber cuántos cubanos emigraron empujados por la estrechez de espacio.
Por todo esto, uno de los resultados más esperados del VI Congreso del Partido Comunista fue que se levantara el banderín inmobiliario. Cuando se dijo que había sido aceptada la compra y venta de casas, cientos de miles de cubanos respiramos aliviados. La señora de la casona estaba, en el momento del anuncio, frente a la pantalla de su televisor, evitando una gotera que cae del techo, justo en medio de la sala. Miró alrededor las columnas con capiteles decorados y la escalera de mármol a la que le había arrancado el pasamanos para venderlo. Finalmente podría colgar un cartel: “Se vende casa de cinco habitaciones que necesita reparación urgente. Se compra apartamento de un cuarto en cualquier barrio”.
(*) Periodista y bloguera cubana
sábado, 9 de abril de 2011
Manías de Pavo Real
Por: Yoani Sánchez*
EL COMERCIO
Sábado 9 de Abril de 2011
En este mundo donde la moda reina por un lado, mientras los harapos señorean en otro, lo que se pone sobre el cuerpo se ha convertido en un elemento para juzgarnos y clasificarnos. Son tiempos de pavo real, de echarse por encima más de lo que nuestro bolsillo nos permite. En las calles de mi ciudad veo el ir y venir de los zapatos Nike y Adidas, cuando muchos de sus dueños no tienen agua corriente o un colchón decente donde dormir. Son aquellos que han decidido llevar su vida piel afuera y están dispuestos a gastar en ese empeño todos sus limitados recursos.
Después de décadas de ascetismo y privaciones materiales, los cubanos nos hemos rendido ante el capricho de las vestiduras. No ha sido una capitulación de hace pocos años, sino un largo proceso de fascinación ante las telas y los encajes. Comenzó en aquellos tiempos grises que fueron los setenta, cuando llevar un jean podía acarrear acusaciones de “pro yanqui” y represalias por tener “problemas ideológicos”. Después vino una etapa en la que todos nos vestíamos prácticamente igual, debido a la poca variedad que nos ofrecía el mercado racionado. Una vez al año una mujer tenía el derecho a elegir entre comprar un sostén o unas bragas, de ahí que pocas exhibieran un juego de ropa interior completo y en buen estado. Era una vergüenza comenzar a desnudarse en una relación íntima y que nuestro compañero viera el desgaste del atuendo bajo la blusa y la saya.
La crisis económica agravó la situación y durante casi un lustro mi marido y yo nos intercambiábamos parte de la ropa que nos había quedado de los años del subsidio soviético. Recuerdo que ataba mi abundante cabellera con uno de sus calcetines, a falta incluso de un trozo de tela para amarrarme las greñas. Teníamos blusones grises y camisas a rayas que lo mismo servían para ir a un cine que para asistir a la boda de unos amigos. Nadie miraba qué llevábamos sobre la piel, pues todos padecían de la misma estrechez de ropa y calzado. Aquellos que estábamos en la adolescencia aprendimos a adornar los estropeados pantalones con etiquetas y broches, mientras que un viejo pulóver se embellecía si alguien le escribía una frase con pintura para autos. Nunca fuimos más creativos a la hora de vestirnos y, sin embargo, nunca nos resultó tan doloroso el sueño de la moda, el insistente aguijón de querer lucir bien.
Recuerdo que al cumplir los 15 años era la feliz propietaria de un par de zapatos que se mojaban por un agujero en la suela, una falda y dos blusas. A veces para ir a pasear debía lavar alguna de las prendas y la tendía detrás del refrigerador. El increíble electrodoméstico secaba la tela en tiempo récord y lograba que mi menguado guardarropa pudiera estar listo cada día. Al contarlo ahora parece un chiste, pero les aseguro que fue muy duro ser adolescente y no poder exhibir un atuendo sin que estuviera remendado.
Con las remesas enviadas por los familiares en el extranjero y la apertura de tiendas en pesos convertibles cambió algo la situación en torno a la indumentaria. Salidos del extremo de la austeridad muchos se dejaron llevar por la avalancha del consumo y las ciudades vieron resurgir las más variadas vestimentas. Las ansias de distinguirse del resto hicieron a los más jóvenes comenzar una carrera por los colores, las marcas y la exclusividad. Algunos padres aplaudieron ese desenfreno, que no habían podido disfrutar ellos y dejaron que sus hijos se arrodillaran bajo el señorío de la moda. Los temas de conversación comenzaron a rondar en torno a qué productor de calzados era mejor o cuál había sido el último estilo lanzado por Benetton. Todo eso sin que la situación económica justificara que la cola del pavo real pudiera abrirse y mostrar sus adornos.
Las nuevas vidrieras donde se exponen los reaparecidos productos abrieron un voraz apetito difícil de complacer. Al mismo tiempo que surgía el mercado dolarizado, desapareció la zona subvencionada que distribuía productos industriales. Aquella libreta con talones desprendibles y cuadrículas numeradas, en que se anotaban las bragas y sostenes, los zapatos y todo lo relacionado con el vestuario y el maquillaje, pasó a ser un documento museable. A partir del otoño de 1993 quienes quieren lucir bien tienen la oportunidad de adquirir lo que deseen y hasta de elegir entre una marca y otra. Lo curioso es que esos afeites para el cuerpo debemos comprarlos con una moneda diferente a la que nos entregan en el salario, en fin, para mejorar la apariencia hay que zambullirse en la ilegalidad.
Ahora, al pasar frente a las boutiques veo a estos jóvenes mirar deslumbrados los nuevos modelos que muestran los maniquíes. Mientras hablan y sonríen, enseñan en su sonrisa un diente de oro o un pequeño diamante insertado en el colmillo, pero al llegar a casa muchos se enfrentan a un plato solo de arroz o a un baño sin jabón. Han optado por llevar todas sus posesiones encima, por reducir sus propiedades a aquellas colocadas sobre sus cuerpos. Disfrutan sus poses de pavo real, aliviados al menos de poder diferenciarse entre ellos, de poder escapar de la uniforme grisura con que se vistieron sus padres.
(*) Periodista y bloguera cubana
EL COMERCIO
Sábado 9 de Abril de 2011
En este mundo donde la moda reina por un lado, mientras los harapos señorean en otro, lo que se pone sobre el cuerpo se ha convertido en un elemento para juzgarnos y clasificarnos. Son tiempos de pavo real, de echarse por encima más de lo que nuestro bolsillo nos permite. En las calles de mi ciudad veo el ir y venir de los zapatos Nike y Adidas, cuando muchos de sus dueños no tienen agua corriente o un colchón decente donde dormir. Son aquellos que han decidido llevar su vida piel afuera y están dispuestos a gastar en ese empeño todos sus limitados recursos.
Después de décadas de ascetismo y privaciones materiales, los cubanos nos hemos rendido ante el capricho de las vestiduras. No ha sido una capitulación de hace pocos años, sino un largo proceso de fascinación ante las telas y los encajes. Comenzó en aquellos tiempos grises que fueron los setenta, cuando llevar un jean podía acarrear acusaciones de “pro yanqui” y represalias por tener “problemas ideológicos”. Después vino una etapa en la que todos nos vestíamos prácticamente igual, debido a la poca variedad que nos ofrecía el mercado racionado. Una vez al año una mujer tenía el derecho a elegir entre comprar un sostén o unas bragas, de ahí que pocas exhibieran un juego de ropa interior completo y en buen estado. Era una vergüenza comenzar a desnudarse en una relación íntima y que nuestro compañero viera el desgaste del atuendo bajo la blusa y la saya.
La crisis económica agravó la situación y durante casi un lustro mi marido y yo nos intercambiábamos parte de la ropa que nos había quedado de los años del subsidio soviético. Recuerdo que ataba mi abundante cabellera con uno de sus calcetines, a falta incluso de un trozo de tela para amarrarme las greñas. Teníamos blusones grises y camisas a rayas que lo mismo servían para ir a un cine que para asistir a la boda de unos amigos. Nadie miraba qué llevábamos sobre la piel, pues todos padecían de la misma estrechez de ropa y calzado. Aquellos que estábamos en la adolescencia aprendimos a adornar los estropeados pantalones con etiquetas y broches, mientras que un viejo pulóver se embellecía si alguien le escribía una frase con pintura para autos. Nunca fuimos más creativos a la hora de vestirnos y, sin embargo, nunca nos resultó tan doloroso el sueño de la moda, el insistente aguijón de querer lucir bien.
Recuerdo que al cumplir los 15 años era la feliz propietaria de un par de zapatos que se mojaban por un agujero en la suela, una falda y dos blusas. A veces para ir a pasear debía lavar alguna de las prendas y la tendía detrás del refrigerador. El increíble electrodoméstico secaba la tela en tiempo récord y lograba que mi menguado guardarropa pudiera estar listo cada día. Al contarlo ahora parece un chiste, pero les aseguro que fue muy duro ser adolescente y no poder exhibir un atuendo sin que estuviera remendado.
Con las remesas enviadas por los familiares en el extranjero y la apertura de tiendas en pesos convertibles cambió algo la situación en torno a la indumentaria. Salidos del extremo de la austeridad muchos se dejaron llevar por la avalancha del consumo y las ciudades vieron resurgir las más variadas vestimentas. Las ansias de distinguirse del resto hicieron a los más jóvenes comenzar una carrera por los colores, las marcas y la exclusividad. Algunos padres aplaudieron ese desenfreno, que no habían podido disfrutar ellos y dejaron que sus hijos se arrodillaran bajo el señorío de la moda. Los temas de conversación comenzaron a rondar en torno a qué productor de calzados era mejor o cuál había sido el último estilo lanzado por Benetton. Todo eso sin que la situación económica justificara que la cola del pavo real pudiera abrirse y mostrar sus adornos.
Las nuevas vidrieras donde se exponen los reaparecidos productos abrieron un voraz apetito difícil de complacer. Al mismo tiempo que surgía el mercado dolarizado, desapareció la zona subvencionada que distribuía productos industriales. Aquella libreta con talones desprendibles y cuadrículas numeradas, en que se anotaban las bragas y sostenes, los zapatos y todo lo relacionado con el vestuario y el maquillaje, pasó a ser un documento museable. A partir del otoño de 1993 quienes quieren lucir bien tienen la oportunidad de adquirir lo que deseen y hasta de elegir entre una marca y otra. Lo curioso es que esos afeites para el cuerpo debemos comprarlos con una moneda diferente a la que nos entregan en el salario, en fin, para mejorar la apariencia hay que zambullirse en la ilegalidad.
Ahora, al pasar frente a las boutiques veo a estos jóvenes mirar deslumbrados los nuevos modelos que muestran los maniquíes. Mientras hablan y sonríen, enseñan en su sonrisa un diente de oro o un pequeño diamante insertado en el colmillo, pero al llegar a casa muchos se enfrentan a un plato solo de arroz o a un baño sin jabón. Han optado por llevar todas sus posesiones encima, por reducir sus propiedades a aquellas colocadas sobre sus cuerpos. Disfrutan sus poses de pavo real, aliviados al menos de poder diferenciarse entre ellos, de poder escapar de la uniforme grisura con que se vistieron sus padres.
(*) Periodista y bloguera cubana
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AMERICA LATINA,
YOANI SÁNCHEZ
viernes, 1 de abril de 2011
Mitos
Por: Jaime De Althaus Guarderas
EL COMERCIO
01-04-11
Existe el mito de que nuestro crecimiento se debe al ‘boom’ del precio de los minerales. Ollanta Humala, por ejemplo, en su “Compromiso con el pueblo peruano”, afirma que hemos tenido “un crecimiento muy importante basado en los altos precios de las materias primas”. Nada más lejos de la verdad. En los últimos cinco años la tasa anual promedio de crecimiento de la minería ha sido de apenas 0,7%, y en los dos últimos años ha sido ¡negativa! (-3,2%), mientras que la manufactura no primaria ha crecido a 8% anual (pese a la fuerte caída del 2009), y la construcción a ¡14,3%! Lo que quiere decir que hace ya buen tiempo que el crecimiento de la economía peruana reposa principalmente en la demanda interna y en sectores no primarios. Y es lógico: tenemos ahora una industria competitiva y exportadora, inclusiva, que procesa nuestros recursos, que integra, que forma mercado interno.
Por eso, es equivocado también el mito, desarrollado en el plan de gobierno de Gana Perú, de que el modelo “neoliberal” ha “reprimarizado” la economía. Es al revés. Hace 25 años casi no exportábamos confecciones, productos químicos o metalmecánicos, menos aun agroindustriales no tradicionales. Entre 1994 y el 2007, las exportaciones no tradicionales se han expandido, en volumen (toneladas), a una tasa promedio anual de 2,5 veces superior a las tradicionales. Crecen –en volumen– mucho más rápido. Y esa velocidad se ha incrementado en los últimos años: entre el 2007 y el 2010, las no tradicionales se han expandido –siempre en volumen– a una tasa anual promedio ¡7,6 veces superior!(1)
Entonces, está en marcha un acelerado proceso de diversificación de nuestras exportaciones con mayor valor agregado. Se trata de acelerarlo aun más y sustentarlo a largo plazo con el mejoramiento cualitativo de la educación, investigación e infraestructura. Para eso necesitamos, sí, de los recursos fiscales que aporta la minería. Necesitamos mucha más inversión minera (producimos menos de la mitad que Chile) para generar más recaudación y más inversión regional. Sería grave, entonces, atacar tributariamente a la minería con una carga superior al 70%, que es lo que se desprende del plan de gobierno de Humala, cuando la de Chile, con nuevas regalías y todo, solo alcanza al 40%; y más aun “nacionalizar” sectores estratégicos y recuperar el rol empresarial del Estado en ellos, como se plantea, porque lo único que lograremos es que no venga inversión externa a un sector de por sí complicado y que, por lo tanto, la inversión general se retraiga. Con lo que liquidamos la más grande conquista histórica del Perú: el crecimiento acelerado y sostenido, sin el que no se podrá derrotar la pobreza.
(1) Las No Tradicionales crecieron a un promedio anual de 22%, mientras las Tradicionales a uno de 2.9%.
EL COMERCIO
01-04-11
Existe el mito de que nuestro crecimiento se debe al ‘boom’ del precio de los minerales. Ollanta Humala, por ejemplo, en su “Compromiso con el pueblo peruano”, afirma que hemos tenido “un crecimiento muy importante basado en los altos precios de las materias primas”. Nada más lejos de la verdad. En los últimos cinco años la tasa anual promedio de crecimiento de la minería ha sido de apenas 0,7%, y en los dos últimos años ha sido ¡negativa! (-3,2%), mientras que la manufactura no primaria ha crecido a 8% anual (pese a la fuerte caída del 2009), y la construcción a ¡14,3%! Lo que quiere decir que hace ya buen tiempo que el crecimiento de la economía peruana reposa principalmente en la demanda interna y en sectores no primarios. Y es lógico: tenemos ahora una industria competitiva y exportadora, inclusiva, que procesa nuestros recursos, que integra, que forma mercado interno.
Por eso, es equivocado también el mito, desarrollado en el plan de gobierno de Gana Perú, de que el modelo “neoliberal” ha “reprimarizado” la economía. Es al revés. Hace 25 años casi no exportábamos confecciones, productos químicos o metalmecánicos, menos aun agroindustriales no tradicionales. Entre 1994 y el 2007, las exportaciones no tradicionales se han expandido, en volumen (toneladas), a una tasa promedio anual de 2,5 veces superior a las tradicionales. Crecen –en volumen– mucho más rápido. Y esa velocidad se ha incrementado en los últimos años: entre el 2007 y el 2010, las no tradicionales se han expandido –siempre en volumen– a una tasa anual promedio ¡7,6 veces superior!(1)
Entonces, está en marcha un acelerado proceso de diversificación de nuestras exportaciones con mayor valor agregado. Se trata de acelerarlo aun más y sustentarlo a largo plazo con el mejoramiento cualitativo de la educación, investigación e infraestructura. Para eso necesitamos, sí, de los recursos fiscales que aporta la minería. Necesitamos mucha más inversión minera (producimos menos de la mitad que Chile) para generar más recaudación y más inversión regional. Sería grave, entonces, atacar tributariamente a la minería con una carga superior al 70%, que es lo que se desprende del plan de gobierno de Humala, cuando la de Chile, con nuevas regalías y todo, solo alcanza al 40%; y más aun “nacionalizar” sectores estratégicos y recuperar el rol empresarial del Estado en ellos, como se plantea, porque lo único que lograremos es que no venga inversión externa a un sector de por sí complicado y que, por lo tanto, la inversión general se retraiga. Con lo que liquidamos la más grande conquista histórica del Perú: el crecimiento acelerado y sostenido, sin el que no se podrá derrotar la pobreza.
(1) Las No Tradicionales crecieron a un promedio anual de 22%, mientras las Tradicionales a uno de 2.9%.
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COMERCIO EXTERIOR,
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