Por Juan Zegarra
EL COMERCIO
28-09-08
A estas alturas, todo indica que procederá el rescate financiero por un monto cercano a los US$700.000 millones, algo así como siete veces el Perú (nuestro PBI asciende a US$104.000 millones). Podemos continuar desde aquí con el debate de que si ese dinero debe ir directo a la vena del ciudadano estadounidense que está a punto de perder la casa o que sea una inyección que inmunice todo el sistema financiero para que, una vez aliviado, pueda tener efectos en todos y hacia abajo. Eso es debatible y más allá de la retórica el punto es que el plan funcione y desactive todas las bombas de tiempo que pusieron los cortoplacistas jugadores de bonos.
Pero algo que toca la fibra del capitalismo estadounidense es esta paradojal intervención estatal que, ante el desborde del torrente incontenible de deudas impagas e instituciones financieras en crisis de liquidez ha tenido que aplicar la receta de la nacionalización. La ironía del socialismo del siglo XXI, aplicable al gigante liberal, no es gratuita pues con ello contradice su propia prédica del libre mercado.
Pero como en toda crisis siempre abundan los agoreros económicos, ya hay quienes ponen en tela de juicio el modelo económico, cuando más bien queda claro que el origen del mal fue ese laxo y suicida mecanismo que dejó en manos de especuladores la creación de esa burbuja bubónica que causó la acumulación de hipotecas impagas y el carrusel de prestar sin muchas consideraciones. Esos ilusionistas del mercado crearon una realidad de apariencias que formó una enorme deuda suscrita en papel pero sin su correlato en moneda.
Por eso, hay que tener cuidado a la hora de individualizar las responsabilidades. Los agoreros del mercado simplemente generalizan, y de paso, simplifican la crítica. Aquí no está en crisis un modelo que promociona la inversión privada y la creatividad empresarial, la cual genera desarrollo, sino que es el Estado ausente que incumplió su papel de mediación y vigilancia para detectar y cerrarle el paso a esos financistas de mortal fragancia.
Esa vulnerabilidad tiene que ser rápidamente cubierta por mecanismos de mayor regulación y para que no funcionen tan desprendidamente de todo un orden fijado. Eso es aplicable allá, en Estados Unidos, como en el Perú. La Superintendencia de Banca y Seguros tiene un papel que jugar en esta ecuación y está obligada a dejar su timidez operativa. No olvidemos el CLAE de hace menos de dos décadas. Al menor síntoma de descontrol hay que actuar en salvaguarda de todos.
Y en medio de esta turbamulta de bolsas volátiles y agitados precios de commodities, junto con la lección del Estado falto de reflejos también hay un componente clave: los valores. Esta semana estuvo en Lima el economista Bernardo Kliksberg, quien tiene una interesante propuesta sobre la necesidad de que la labor empresarial, que incluye la financiera, no solo tenga como fin la legítima búsqueda de rentabilidad sino también que sean actores del desarrollo del país y compartan su actividad con una labor social en grandes metas, como la mejora de la calidad educativa, la lucha contra la pobreza, la cobertura integral de salud o la innovación tecnológica.
Es decir, la ética importa en los negocios y nos da una visión de país. Esto no es poesía, sencillamente es la respuesta a esa falla humana que viene de Wall Street. Que no salgan de sus nichos los predicadores de las nacionalizaciones y el intervencionismo total, porque el modelo de inversión privada y la facilitación para los negocios sigue muy vigente, ahora es tarea del Estado, las empresas y la sociedad --que necesariamente tiene que estar organizada en grupos que la representen-- apuntar a esa economía que se humanice y que no explote las vulnerabilidades del hombre sino que más allá de cifras y cuadros lo tenga como elemento central.
domingo, 28 de septiembre de 2008
Pensando el Futuro Económico
Por Oscar Ugarteche*
EL COMERCIO
28-09-08
A aquellos quienes ven la crisis financiera de EE.UU. y piensan en la década de 1930, hay que decirles que no estamos en una coyuntura igual, ni es el año 30.
Entonces, el gobierno de ese país no nacionalizó dos bancos y una compañía de seguros en menos de una semana, ni desembolsó US$700.000 millones en un rescate financiero que será como los vistos en otras latitudes (acuérdese, México en 1995). El problema con esos rescates es que salvan a los accionistas de los bancos y no a la economía.
Lo que ocurre hoy en EE.UU. es similar a la crisis japonesa de 1990: una burbuja de bienes raíces acompañada por una burbuja en los mercados de acciones que revienta y se lleva a la banca hipotecaria con ella. Hay que recordar que Japón se quedó con US$600.000 millones en malos préstamos y que debió nacionalizar dos grandes bancos. Pero ello, ni generó una crisis mundial ni reactivó la economía japonesa, que permaneció aletargada durante una década; hasta que introdujo los cambios técnicos. Hay que aprender de la crisis japonesa para entender esto.
A diferencia de lo ocurrido en Japón, el segundo acto de esta crisis será una tasa de inflación de dos dígitos en EE.UU., fruto de la insólita inyección de liquidez del 2008. Eso limpiará la deuda de tarjetas de crédito en el 2009 y a eso seguirá, en el tercer acto, el alza de la tasa de interés para frenar la inflación. Esto ya en el 2010. Luego, vendrá el estancamiento largo.
Así es que, vayan los empresarios pensando sus mercados un poco mejor, y ojo con los créditos interbancarios en dólares. Lo novedoso de esta situación es que la pulmonía estadounidense no pasará de un catarrito en América Latina. El mundo, ya no es lo que era antes.
* Economista
EL COMERCIO
28-09-08
A aquellos quienes ven la crisis financiera de EE.UU. y piensan en la década de 1930, hay que decirles que no estamos en una coyuntura igual, ni es el año 30.
Entonces, el gobierno de ese país no nacionalizó dos bancos y una compañía de seguros en menos de una semana, ni desembolsó US$700.000 millones en un rescate financiero que será como los vistos en otras latitudes (acuérdese, México en 1995). El problema con esos rescates es que salvan a los accionistas de los bancos y no a la economía.
Lo que ocurre hoy en EE.UU. es similar a la crisis japonesa de 1990: una burbuja de bienes raíces acompañada por una burbuja en los mercados de acciones que revienta y se lleva a la banca hipotecaria con ella. Hay que recordar que Japón se quedó con US$600.000 millones en malos préstamos y que debió nacionalizar dos grandes bancos. Pero ello, ni generó una crisis mundial ni reactivó la economía japonesa, que permaneció aletargada durante una década; hasta que introdujo los cambios técnicos. Hay que aprender de la crisis japonesa para entender esto.
A diferencia de lo ocurrido en Japón, el segundo acto de esta crisis será una tasa de inflación de dos dígitos en EE.UU., fruto de la insólita inyección de liquidez del 2008. Eso limpiará la deuda de tarjetas de crédito en el 2009 y a eso seguirá, en el tercer acto, el alza de la tasa de interés para frenar la inflación. Esto ya en el 2010. Luego, vendrá el estancamiento largo.
Así es que, vayan los empresarios pensando sus mercados un poco mejor, y ojo con los créditos interbancarios en dólares. Lo novedoso de esta situación es que la pulmonía estadounidense no pasará de un catarrito en América Latina. El mundo, ya no es lo que era antes.
* Economista
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FINANZAS,
OSCAR UGARTECHE
EE.UU. Depende del Rescate
La historia de cómo un problema en un sector que se presumía aislado dentro de la economía de EE.UU. se convirtió en una amenaza para todo el sistema global
Por Luis Davelouis Lengua
EL COMERCIO
28-09-08
Al cierre de esta edición, aún no se definía el mecanismo mediante el cual el Gobierno de EE.UU. se haría con las malas deudas de todo el sistema financiero de ese país, a cambio de inyectarles liquidez y así evitar una reacción en cadena que, a decir de algunos, amenaza no solo a los bancos, sino a todo el sistema en sí. Pero, más importante todavía, no quedaba claro si el Congreso lograría aprobar alguna de las cuatro propuestas que se barajan antes de la medianoche de hoy, cuando entra en receso.
LOS INICIOS DE LA CRISIS
Algunos economistas, como los economistas Óscar Ugarteche y Pedro Pablo Kuczynski, advirtieron en su momento de las probables y nefastas consecuencias de la crisis hipotecaria en todo el sistema financiero y de créditos de EE.UU. (El Comercio, 23/1/08).
El problema empezó así: a medida que la demanda de viviendas se incrementaba los precios subían. La demanda crecía impulsada por la facilidad de obtener créditos en el sistema financiero lo que, ahora lo sabemos, implicó una flexibilización -en ocasiones extrema- de los requisitos y condiciones para obtenerlos.
Todo ello produjo una vorágine de precios al alza, tasas de interés a la baja y de demanda de viviendas y créditos tanto por parte de quienes buscaban comprar casa, así como de las constructoras que buscaban liquidez para construir más y seguir vendiendo. La espiral capitalista de generación de riqueza en su máxima expresión.
Al mismo tiempo, los bancos y otras instituciones dedicadas al otorgamiento de créditos hipotecarios vendían dichas hipotecas -las deudas- a bancos de inversión para, con la liquidez así obtenida, otorgar más créditos.
ANATOMÍA DEL DESASTRE
Como la demanda por créditos para vivienda continuaba creciendo con robustez, los bancos, al percatarse de lo fácil que resultaba vender dichas deudas encargándoselas a un tercero (banco de inversión), empezaron a relajar las condiciones de otorgamiento de crédito.
Recordemos que los bancos son intermediarios de liquidez: eso significa que reciben fondos por los que pagan una tasa de interés y entregan créditos por los que cobran una tasa mucho más alta. Es decir, a más créditos entregados a tasas más altas, más utilidades y, por supuesto, mayores bonos (premios de fin de año) para los funcionarios responsables.
Esa lógica llevó a que, en algún momento, se llegaran a otorgar créditos hipotecarios a personas que no podían acreditar ingresos, sin garantía colateral alguna y sin cuota inicial.
"Con los precios de las viviendas y la demanda al alza, a nadie le preocupaba que no pudieran pagar. Por último, no había ningún problema en liquidar la vivienda en cuestión", explica un ejecutivo de bienes raíces de Massachusetts quien no quiso ser identificado.
Mientras el ciclo descrito continuaba al alza, los bancos de inversión "empaquetaban" estas hipotecas (un activo en términos de flujo de capital) con otros activos que luego vendían a través de los mercados de valores a los bancos, fondos de cobertura y fondos de pensiones de todo el mundo. Según la lógica de la desaparecida banca de inversión, se podía promediar el riesgo de las malas hipotecas con otros activos menos riesgosos.
"Era como vender siete gallinazos empaquetados y decir que eran lo mismo que un
cóndor", comentaba un reconocido economista del Instituto Peruano de Economía (IPE).
Pero aquí habían otros jugadores: las aseguradoras. Estas aseguraban a quienes compraban estos instrumentos contra la posibilidad (en aquel entonces todavía muy remota) del no pago de las obligaciones por alguna de las partes.
Y se puso peor. El mismo mecanismo servía para hipotecar varias veces el mismo inmueble. Por ejemplo, si uno obtenía un crédito por US$110.000 era porque ese era el valor de dicho activo. Pero con los precios de los inmuebles subiendo como la espuma, al año de haber obtenido el mencionado crédito el valor de la vivienda se había incrementado en 40%. Es decir, ahora su valor era de US$154.000. El propietario podía obtener un crédito hipotecario adicional por el valor restante: esto es, US$44.000 más. Lo terrible, fue que eso pasó varias veces: un departamento por el que se pagó inicialmente US$150.000 podía estar hipotecado dos o tres años después hasta por US$500.000. Ese dinero extra se convertía en consumo y las deudas extras eran empaquetadas y vendidas.
Si a eso se añade que los créditos se otorgaban a tasa variable -es decir, la tasa podía variar de acuerdo con las condiciones de la economía y a discreción de la institución otorgante- solo hacía falta un empujoncito para caer al precipicio. Luego de unos años de desenfreno, llegó el momento de pagar la cuenta.
EL EMPUJONCITO
Cuando las personas a quienes se les había dado crédito sin garantías y sin una adecuada calificación crediticia empezaron a dejar de pagar, la señal de alarma debió encenderse entonces. Pero no lo hizo, había muchísimo dinero en juego.
A medida que más y más personas dejaban de pagar, las aseguradoras (entre ellas la nacionalizada AIG) hacían frente a las deudas pero la percepción del riesgo respecto a estos papeles se incrementó al punto que los precios cayeron hasta casi pulverizarse. Así, sin poder vender más hipotecas, los bancos dejaron de prestar originando la caída de la demanda por viviendas y, con ello, de los precios.
De pronto, bancos, bancos de inversión, empresas hipotecarias, cajas de ahorro, fondos y aseguradoras se encontraron en poder de activos que no valían nada: las casas del final de la cadena habían perdido hasta las dos terceras partes de su valor. ¿Recuerda la casa de US$150.000 hipotecada por medio millón de dólares? El papel era eso, un incobrable de US$500.000 pues, con la caída, las condiciones de los préstamos se endurecieron y las tasas variables empezaron a subir hasta hacerse impagables. Una cuota mensual de US$950 que pagaba alguien con un sueldo de US$3.000, se convirtió en una de US$2.500. Impagable, incobrable.
Cientos de miles de personas perdieron sus casas y muchas otras sus empleos.
El ajuste de liquidez se convirtió en una crisis de confianza: nadie prestaba a nadie pues no existía la seguridad de poder pagar. Más allá de ello, los bancos retenían la poca liquidez que eran capaces de obtener. Por eso, las inyecciones de capital de la FED no se traducían en una flexibilización del crédito y en EE.UU. todo el mundo vive y la economía se sostiene del crédito.
La falta de liquidez llevó a la quiebra de bancos. Primero aquellos con más deudas: Bear Stearns. Luego seguirían los mayores acreedores que, sin liquidez, no podían ni cobrar, ni prestar: Fannie Mae y Freddie Mac. Seguiría, la misma semana, la aseguradora más grande del mundo que ya no podía afrontar los pagos por haber asegurado las hipotecas: AIG. Estos tres últimos fueron, en la práctica nacionalizados. Finalmente, caería otro banco de inversión, Lehman Brothers y uno de sus pares se vio forzado a venderse al Bank of America para no seguir la misma suerte. La semana que pasó, cayó la mayor caja de ahorro de EE.UU., Washington Mutual, que no pudo esperar al paquete de rescate propuesto por el Ejecutivo y que seguía en discusión en el Congreso de ese país mientras escribíamos estas líneas.
Dada la situación actual, según el secretario del Tesoro, Henry Paulson, esa es la única manera de evitar una catástrofe que convierta la crisis financiera en una crisis en la economía real.
¿EFECTOS EN EL PERÚ?
El Perú se verá afectado en el frente fiscal, el de exportación no tradicional y el de inversión extranjera.
La desaceleración mundial afectará los precios de las materias primas (menos demanda) y golpeará el precio de los metales industriales (zinc, cobre, plomo, aluminio) pero no necesariamente los de metales preciosos, como el oro. Así, que el Perú tenga una oferta exportadora diversa es una ventaja. Aun así, el sector minero contribuye con casi el 50% de los ingresos del fisco a través del Impuesto a la Renta. Hoy existe un fondo de estabilización que este año cerraría con un saldo de alrededor de US$3.000 millones. Ello, en opinión de algunos, es suficiente para afrontar dos años de bajos ingresos fiscales.
Por otro lado, la recesión mundial limitará y encarecerá los flujos de capitales, incluyendo -y principalmente- los de inversión, pues nadie construye la segunda planta de su casa si el dinero no le alcanza para comprar cera. Ayudarían las políticas contracíclicas: ahorrar ahora todo lo que se pueda en el gasto corriente para que cuando ello suceda haya con qué reemplazarla hasta que las cosas se normalicen.
La menor demanda en EE.UU. también afectará nuestras exportaciones de textiles. Las personas dejan de comprarse ropa nueva, pero no dejan de comer. Ante estos dos últimos aspectos, lo único que se puede hacer, es invertir en competitividad a través de inversión pública en infraestructura. Y así matamos dos pájaros de un tiro: al incrementar la competitividad se reducen los costos, lo que se traduce en menores precios que, en un contexto como el actual, es muy importante para seguir en el mercado. Los menores costos también favorecen el flujo de inversión extranjera. Tras la crisis, crecerán los márgenes, las utilidades y los ingresos fiscales por impuestos.
Por Luis Davelouis Lengua
EL COMERCIO
28-09-08
Al cierre de esta edición, aún no se definía el mecanismo mediante el cual el Gobierno de EE.UU. se haría con las malas deudas de todo el sistema financiero de ese país, a cambio de inyectarles liquidez y así evitar una reacción en cadena que, a decir de algunos, amenaza no solo a los bancos, sino a todo el sistema en sí. Pero, más importante todavía, no quedaba claro si el Congreso lograría aprobar alguna de las cuatro propuestas que se barajan antes de la medianoche de hoy, cuando entra en receso.
LOS INICIOS DE LA CRISIS
Algunos economistas, como los economistas Óscar Ugarteche y Pedro Pablo Kuczynski, advirtieron en su momento de las probables y nefastas consecuencias de la crisis hipotecaria en todo el sistema financiero y de créditos de EE.UU. (El Comercio, 23/1/08).
El problema empezó así: a medida que la demanda de viviendas se incrementaba los precios subían. La demanda crecía impulsada por la facilidad de obtener créditos en el sistema financiero lo que, ahora lo sabemos, implicó una flexibilización -en ocasiones extrema- de los requisitos y condiciones para obtenerlos.
Todo ello produjo una vorágine de precios al alza, tasas de interés a la baja y de demanda de viviendas y créditos tanto por parte de quienes buscaban comprar casa, así como de las constructoras que buscaban liquidez para construir más y seguir vendiendo. La espiral capitalista de generación de riqueza en su máxima expresión.
Al mismo tiempo, los bancos y otras instituciones dedicadas al otorgamiento de créditos hipotecarios vendían dichas hipotecas -las deudas- a bancos de inversión para, con la liquidez así obtenida, otorgar más créditos.
ANATOMÍA DEL DESASTRE
Como la demanda por créditos para vivienda continuaba creciendo con robustez, los bancos, al percatarse de lo fácil que resultaba vender dichas deudas encargándoselas a un tercero (banco de inversión), empezaron a relajar las condiciones de otorgamiento de crédito.
Recordemos que los bancos son intermediarios de liquidez: eso significa que reciben fondos por los que pagan una tasa de interés y entregan créditos por los que cobran una tasa mucho más alta. Es decir, a más créditos entregados a tasas más altas, más utilidades y, por supuesto, mayores bonos (premios de fin de año) para los funcionarios responsables.
Esa lógica llevó a que, en algún momento, se llegaran a otorgar créditos hipotecarios a personas que no podían acreditar ingresos, sin garantía colateral alguna y sin cuota inicial.
"Con los precios de las viviendas y la demanda al alza, a nadie le preocupaba que no pudieran pagar. Por último, no había ningún problema en liquidar la vivienda en cuestión", explica un ejecutivo de bienes raíces de Massachusetts quien no quiso ser identificado.
Mientras el ciclo descrito continuaba al alza, los bancos de inversión "empaquetaban" estas hipotecas (un activo en términos de flujo de capital) con otros activos que luego vendían a través de los mercados de valores a los bancos, fondos de cobertura y fondos de pensiones de todo el mundo. Según la lógica de la desaparecida banca de inversión, se podía promediar el riesgo de las malas hipotecas con otros activos menos riesgosos.
"Era como vender siete gallinazos empaquetados y decir que eran lo mismo que un
cóndor", comentaba un reconocido economista del Instituto Peruano de Economía (IPE).
Pero aquí habían otros jugadores: las aseguradoras. Estas aseguraban a quienes compraban estos instrumentos contra la posibilidad (en aquel entonces todavía muy remota) del no pago de las obligaciones por alguna de las partes.
Y se puso peor. El mismo mecanismo servía para hipotecar varias veces el mismo inmueble. Por ejemplo, si uno obtenía un crédito por US$110.000 era porque ese era el valor de dicho activo. Pero con los precios de los inmuebles subiendo como la espuma, al año de haber obtenido el mencionado crédito el valor de la vivienda se había incrementado en 40%. Es decir, ahora su valor era de US$154.000. El propietario podía obtener un crédito hipotecario adicional por el valor restante: esto es, US$44.000 más. Lo terrible, fue que eso pasó varias veces: un departamento por el que se pagó inicialmente US$150.000 podía estar hipotecado dos o tres años después hasta por US$500.000. Ese dinero extra se convertía en consumo y las deudas extras eran empaquetadas y vendidas.
Si a eso se añade que los créditos se otorgaban a tasa variable -es decir, la tasa podía variar de acuerdo con las condiciones de la economía y a discreción de la institución otorgante- solo hacía falta un empujoncito para caer al precipicio. Luego de unos años de desenfreno, llegó el momento de pagar la cuenta.
EL EMPUJONCITO
Cuando las personas a quienes se les había dado crédito sin garantías y sin una adecuada calificación crediticia empezaron a dejar de pagar, la señal de alarma debió encenderse entonces. Pero no lo hizo, había muchísimo dinero en juego.
A medida que más y más personas dejaban de pagar, las aseguradoras (entre ellas la nacionalizada AIG) hacían frente a las deudas pero la percepción del riesgo respecto a estos papeles se incrementó al punto que los precios cayeron hasta casi pulverizarse. Así, sin poder vender más hipotecas, los bancos dejaron de prestar originando la caída de la demanda por viviendas y, con ello, de los precios.
De pronto, bancos, bancos de inversión, empresas hipotecarias, cajas de ahorro, fondos y aseguradoras se encontraron en poder de activos que no valían nada: las casas del final de la cadena habían perdido hasta las dos terceras partes de su valor. ¿Recuerda la casa de US$150.000 hipotecada por medio millón de dólares? El papel era eso, un incobrable de US$500.000 pues, con la caída, las condiciones de los préstamos se endurecieron y las tasas variables empezaron a subir hasta hacerse impagables. Una cuota mensual de US$950 que pagaba alguien con un sueldo de US$3.000, se convirtió en una de US$2.500. Impagable, incobrable.
Cientos de miles de personas perdieron sus casas y muchas otras sus empleos.
El ajuste de liquidez se convirtió en una crisis de confianza: nadie prestaba a nadie pues no existía la seguridad de poder pagar. Más allá de ello, los bancos retenían la poca liquidez que eran capaces de obtener. Por eso, las inyecciones de capital de la FED no se traducían en una flexibilización del crédito y en EE.UU. todo el mundo vive y la economía se sostiene del crédito.
La falta de liquidez llevó a la quiebra de bancos. Primero aquellos con más deudas: Bear Stearns. Luego seguirían los mayores acreedores que, sin liquidez, no podían ni cobrar, ni prestar: Fannie Mae y Freddie Mac. Seguiría, la misma semana, la aseguradora más grande del mundo que ya no podía afrontar los pagos por haber asegurado las hipotecas: AIG. Estos tres últimos fueron, en la práctica nacionalizados. Finalmente, caería otro banco de inversión, Lehman Brothers y uno de sus pares se vio forzado a venderse al Bank of America para no seguir la misma suerte. La semana que pasó, cayó la mayor caja de ahorro de EE.UU., Washington Mutual, que no pudo esperar al paquete de rescate propuesto por el Ejecutivo y que seguía en discusión en el Congreso de ese país mientras escribíamos estas líneas.
Dada la situación actual, según el secretario del Tesoro, Henry Paulson, esa es la única manera de evitar una catástrofe que convierta la crisis financiera en una crisis en la economía real.
¿EFECTOS EN EL PERÚ?
El Perú se verá afectado en el frente fiscal, el de exportación no tradicional y el de inversión extranjera.
La desaceleración mundial afectará los precios de las materias primas (menos demanda) y golpeará el precio de los metales industriales (zinc, cobre, plomo, aluminio) pero no necesariamente los de metales preciosos, como el oro. Así, que el Perú tenga una oferta exportadora diversa es una ventaja. Aun así, el sector minero contribuye con casi el 50% de los ingresos del fisco a través del Impuesto a la Renta. Hoy existe un fondo de estabilización que este año cerraría con un saldo de alrededor de US$3.000 millones. Ello, en opinión de algunos, es suficiente para afrontar dos años de bajos ingresos fiscales.
Por otro lado, la recesión mundial limitará y encarecerá los flujos de capitales, incluyendo -y principalmente- los de inversión, pues nadie construye la segunda planta de su casa si el dinero no le alcanza para comprar cera. Ayudarían las políticas contracíclicas: ahorrar ahora todo lo que se pueda en el gasto corriente para que cuando ello suceda haya con qué reemplazarla hasta que las cosas se normalicen.
La menor demanda en EE.UU. también afectará nuestras exportaciones de textiles. Las personas dejan de comprarse ropa nueva, pero no dejan de comer. Ante estos dos últimos aspectos, lo único que se puede hacer, es invertir en competitividad a través de inversión pública en infraestructura. Y así matamos dos pájaros de un tiro: al incrementar la competitividad se reducen los costos, lo que se traduce en menores precios que, en un contexto como el actual, es muy importante para seguir en el mercado. Los menores costos también favorecen el flujo de inversión extranjera. Tras la crisis, crecerán los márgenes, las utilidades y los ingresos fiscales por impuestos.
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FINANZAS,
LUIS DAVELOUIS LENGUA
viernes, 26 de septiembre de 2008
¿Corte o confección?
Por Jaime de Althaus Guarderas
EL COMERCIO
26-09-08
Está bien que el ministro de Economía tenga una actitud prudente frente a la crisis internacional y a un eventual exceso de demanda interna, pero da la impresión de que se le ha pasado la mano, sobre todo en los recortes a los presupuestos ya aprobados de este año, que sumarían alrededor de 2 mil millones de soles, principalmente en obras y reformas claves.
El argumento de que la inflación podría generalizarse si no se frena la demanda, vale cada vez menos, por la sencilla razón de que los precios internacionales de los insumos que importamos están cayendo. Así, de junio a esta parte, el precio de petróleo cayó 20%, el del trigo 14%, el del maíz 21% y del aceite de soya 25%. Con la agudización de la crisis internacional, esta tendencia se reafirmará. De modo que ya ni siquiera habría presión para que el BCR siga aumentando la tasa de interés.
El argumento de que hay que guardar pan para mayo, tampoco se sostiene. No porque el principio no sea correcto. ¡Por supuesto que lo es! Sino porque ya tenemos pan guardado: el 2006 tuvimos un superávit de 2% del PBI; el 2007 de 3,1% y se calcula en un 2,7% el de este año. Es decir, un superávit acumulado de 7,8% del PBI. De hecho, los depósitos del sector público en el Banco Central y en los bancos comerciales suman 39 mil millones de soles (BCRP, Nota Semanal, cuadros 12, 13, 22 y 23), casi el 10% del PBI de este año. Aunque alguna parte de ese monto sean saldos operativos, lo cierto es que tenemos un colchón relativamente mullido que permitiría compensar incluso una caída apreciable de los precios de los minerales, cosa que tampoco parece que vaya a ocurrir. Los economistas coinciden en que bajarán en alguna medida, pero quedarán relativamente altos, al nivel de lo que fueron el 2006, digamos. Y esto debido a que la demanda de la China y del Asia no amainaría en medida importante. Ya los chinos están lanzando nuevos impulsos a su crecimiento.
No quiere decir que la crisis internacional no impactará en el Perú. Se reducirá el mercado en Estados Unidos para nuestros productos no tradicionales (textiles, agroexportación), por ejemplo ¡y el ministro quiere eliminar el draw back!, y quizá algunas decisiones de inversión extranjera se retrasen, entre otros efectos.
Pero no estamos en la época de la economía cerrada, protegida e intervenida, donde cualquier crecimiento acelerado producía pérdida de reservas e inflación. Estamos en una economía abierta y mucho más exportadora. El crecimiento acelerado genera, no pierde, reservas, y si la balanza comercial se tornara negativa, pues subiría el tipo de cambio.
Hay razón, sí, para tener una política prudente y para mejorar radicalmente la calidad del gasto y de la inversión vía presupuesto por resultados, Foniprel, etc., como quiere también hacer el ministro. Pero debería concentrarse en eso más que en el placer de recortar.
EL COMERCIO
26-09-08
Está bien que el ministro de Economía tenga una actitud prudente frente a la crisis internacional y a un eventual exceso de demanda interna, pero da la impresión de que se le ha pasado la mano, sobre todo en los recortes a los presupuestos ya aprobados de este año, que sumarían alrededor de 2 mil millones de soles, principalmente en obras y reformas claves.
El argumento de que la inflación podría generalizarse si no se frena la demanda, vale cada vez menos, por la sencilla razón de que los precios internacionales de los insumos que importamos están cayendo. Así, de junio a esta parte, el precio de petróleo cayó 20%, el del trigo 14%, el del maíz 21% y del aceite de soya 25%. Con la agudización de la crisis internacional, esta tendencia se reafirmará. De modo que ya ni siquiera habría presión para que el BCR siga aumentando la tasa de interés.
El argumento de que hay que guardar pan para mayo, tampoco se sostiene. No porque el principio no sea correcto. ¡Por supuesto que lo es! Sino porque ya tenemos pan guardado: el 2006 tuvimos un superávit de 2% del PBI; el 2007 de 3,1% y se calcula en un 2,7% el de este año. Es decir, un superávit acumulado de 7,8% del PBI. De hecho, los depósitos del sector público en el Banco Central y en los bancos comerciales suman 39 mil millones de soles (BCRP, Nota Semanal, cuadros 12, 13, 22 y 23), casi el 10% del PBI de este año. Aunque alguna parte de ese monto sean saldos operativos, lo cierto es que tenemos un colchón relativamente mullido que permitiría compensar incluso una caída apreciable de los precios de los minerales, cosa que tampoco parece que vaya a ocurrir. Los economistas coinciden en que bajarán en alguna medida, pero quedarán relativamente altos, al nivel de lo que fueron el 2006, digamos. Y esto debido a que la demanda de la China y del Asia no amainaría en medida importante. Ya los chinos están lanzando nuevos impulsos a su crecimiento.
No quiere decir que la crisis internacional no impactará en el Perú. Se reducirá el mercado en Estados Unidos para nuestros productos no tradicionales (textiles, agroexportación), por ejemplo ¡y el ministro quiere eliminar el draw back!, y quizá algunas decisiones de inversión extranjera se retrasen, entre otros efectos.
Pero no estamos en la época de la economía cerrada, protegida e intervenida, donde cualquier crecimiento acelerado producía pérdida de reservas e inflación. Estamos en una economía abierta y mucho más exportadora. El crecimiento acelerado genera, no pierde, reservas, y si la balanza comercial se tornara negativa, pues subiría el tipo de cambio.
Hay razón, sí, para tener una política prudente y para mejorar radicalmente la calidad del gasto y de la inversión vía presupuesto por resultados, Foniprel, etc., como quiere también hacer el ministro. Pero debería concentrarse en eso más que en el placer de recortar.
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JAIME DE ALTHAUS,
MACROECONOMIA,
PERU
jueves, 25 de septiembre de 2008
Los proteccionistas no descansan
A propósito de quienes piden elevar los aranceles
Por Roberto Abusada Salah. Economista
EL COMERCIO
25-09-08
En las últimas semanas, los partidarios del aislamiento económico del Perú parecen haber resucitado y ahora vuelven tozudamente a sugerir la vieja fórmula de subir aranceles aunque aportando ahora argumentos distintos. En la década de 1980 quienes atacaban la integración al mundo decían luchar por evitar la 'taiwanización' del Perú a través de la aplicación de lo que ellos llamaban "la teoría del cholo barato". En la década siguiente, en cambio, se dedicaron a predecir la inminente desindustrialización de la economía peruana a causa de la apertura comercial.
La historia del último cuarto de siglo probó la falsedad de esos argumentos. Taiwán hoy quintuplica el ingreso por habitante del Perú con una distribución del ingreso envidiable y con respecto del segundo argumento vemos que, con la apertura de la economía, la industria se reestructuró y floreció, creciendo a tasas superiores al las del Producto Bruto Interno, haciéndose más competitiva, generando más empleo, con mejores productos para el mercado interno y con exportaciones que se han multiplicado siete veces desde 1990.
Ahora la crítica a la reforma arancelaria es mucho más pedestre: "Con la rebaja de aranceles hemos perdido recursos fiscales".
El subconsciente estatista obliga a presentar la supuesta pérdida como nociva, ya que ese dinero debería estar en manos de burócratas y no beneficiando a los consumidores que disfrutan de más y mejores productos a precios más bajos, ni en las de las empresas que acceden a mejores insumos y maquinarias para crecer y generar más empleo. Se trata así de la reacción típica de la izquierda conservadora que realmente no cree en el individuo ni en su libertad.
Los aranceles no son un instrumento de tributación sino que sirven fundamentalmente para aislar al productor local de la competencia extranjera y permitirle cobrar por sus productos precios más elevados que los del mercado internacional. Los economistas saben además que los aranceles equivalen a impuestos a las exportaciones porque encarecen aquello que se necesita para exportar, abaratan el dólar porque limitan las importaciones y, más nocivo aun, orientan escasos recursos hacia producciones de menor valor agregado para un mercado pequeño y protegido. Por lo tanto al bajar aranceles se promueve la exportación y, lejos de desequilibrar las cuentas externas como algunos argumentan, se fomenta un sano balance con el exterior. Nunca el Perú tuvo peores crisis de falta de divisas que cuando estuvo aislado del mundo tras enormes barreras arancelarias.
Incomoda también a muchos que se importen autos, whisky, televisores, licuadoras o tantos otros bienes de consumo y por lo tanto, alegan, debería subirse el arancel a tales productos. Aparte del reflejo estatista que encierra esa incomodidad, se incurre, nuevamente aquí, en otro error. Si se optase por reprimir el consumo de tales productos, el arancel es la peor herramienta ya que permitirá seguramente sustituir la importación por el ensamblaje local de tales productos de manera ineficiente y dispendiosa dada la escala pequeña del mercado. En todo caso, si el deseo de los críticos de la apertura, por reprimir el acceso a aquellos bienes de consumo se tornase incontenible, el instrumento más apropiado que debiesen proponer es el establecimiento de un impuesto selectivo al consumo el cual recae tanto sobre el bien importado como el producido localmente. Claro está que seguramente la consecuencia será el estímulo al contrabando de esos bienes que, por cierto, evade el arancel, el IGV, el impuesto a la renta y el mismo selectivo al consumo propuesto.
Pero aún la crítica sobre la caída de la recaudación está errada. Las rebajas arancelarias han aumentado las importaciones como proporción de la producción total del país. Esa proporción se elevó del 15,9% en el 2006 a 21,4% en el 2008 y por lo tanto el efecto del menor arancel fue, en gran buena medida, compensado por el aumento del volumen importado producto de la propia rebaja. Pero además ese mayor volumen aumentó la recaudación por IGV en la aduana. Así el resultado será no una perdida fiscal, sino una mayor recaudación del orden de los 1.500 millones de soles para el bienio 2007-2008. Un cálculo más refinado que incluya tanto el efecto del crédito fiscal del IGV como los efectos en la recaudación del aumento en el crecimiento, los ingresos y el empleo que las mayores importaciones han generado, resultarán de seguro en una ganancia aún mayor.
Por Roberto Abusada Salah. Economista
EL COMERCIO
25-09-08
En las últimas semanas, los partidarios del aislamiento económico del Perú parecen haber resucitado y ahora vuelven tozudamente a sugerir la vieja fórmula de subir aranceles aunque aportando ahora argumentos distintos. En la década de 1980 quienes atacaban la integración al mundo decían luchar por evitar la 'taiwanización' del Perú a través de la aplicación de lo que ellos llamaban "la teoría del cholo barato". En la década siguiente, en cambio, se dedicaron a predecir la inminente desindustrialización de la economía peruana a causa de la apertura comercial.
La historia del último cuarto de siglo probó la falsedad de esos argumentos. Taiwán hoy quintuplica el ingreso por habitante del Perú con una distribución del ingreso envidiable y con respecto del segundo argumento vemos que, con la apertura de la economía, la industria se reestructuró y floreció, creciendo a tasas superiores al las del Producto Bruto Interno, haciéndose más competitiva, generando más empleo, con mejores productos para el mercado interno y con exportaciones que se han multiplicado siete veces desde 1990.
Ahora la crítica a la reforma arancelaria es mucho más pedestre: "Con la rebaja de aranceles hemos perdido recursos fiscales".
El subconsciente estatista obliga a presentar la supuesta pérdida como nociva, ya que ese dinero debería estar en manos de burócratas y no beneficiando a los consumidores que disfrutan de más y mejores productos a precios más bajos, ni en las de las empresas que acceden a mejores insumos y maquinarias para crecer y generar más empleo. Se trata así de la reacción típica de la izquierda conservadora que realmente no cree en el individuo ni en su libertad.
Los aranceles no son un instrumento de tributación sino que sirven fundamentalmente para aislar al productor local de la competencia extranjera y permitirle cobrar por sus productos precios más elevados que los del mercado internacional. Los economistas saben además que los aranceles equivalen a impuestos a las exportaciones porque encarecen aquello que se necesita para exportar, abaratan el dólar porque limitan las importaciones y, más nocivo aun, orientan escasos recursos hacia producciones de menor valor agregado para un mercado pequeño y protegido. Por lo tanto al bajar aranceles se promueve la exportación y, lejos de desequilibrar las cuentas externas como algunos argumentan, se fomenta un sano balance con el exterior. Nunca el Perú tuvo peores crisis de falta de divisas que cuando estuvo aislado del mundo tras enormes barreras arancelarias.
Incomoda también a muchos que se importen autos, whisky, televisores, licuadoras o tantos otros bienes de consumo y por lo tanto, alegan, debería subirse el arancel a tales productos. Aparte del reflejo estatista que encierra esa incomodidad, se incurre, nuevamente aquí, en otro error. Si se optase por reprimir el consumo de tales productos, el arancel es la peor herramienta ya que permitirá seguramente sustituir la importación por el ensamblaje local de tales productos de manera ineficiente y dispendiosa dada la escala pequeña del mercado. En todo caso, si el deseo de los críticos de la apertura, por reprimir el acceso a aquellos bienes de consumo se tornase incontenible, el instrumento más apropiado que debiesen proponer es el establecimiento de un impuesto selectivo al consumo el cual recae tanto sobre el bien importado como el producido localmente. Claro está que seguramente la consecuencia será el estímulo al contrabando de esos bienes que, por cierto, evade el arancel, el IGV, el impuesto a la renta y el mismo selectivo al consumo propuesto.
Pero aún la crítica sobre la caída de la recaudación está errada. Las rebajas arancelarias han aumentado las importaciones como proporción de la producción total del país. Esa proporción se elevó del 15,9% en el 2006 a 21,4% en el 2008 y por lo tanto el efecto del menor arancel fue, en gran buena medida, compensado por el aumento del volumen importado producto de la propia rebaja. Pero además ese mayor volumen aumentó la recaudación por IGV en la aduana. Así el resultado será no una perdida fiscal, sino una mayor recaudación del orden de los 1.500 millones de soles para el bienio 2007-2008. Un cálculo más refinado que incluya tanto el efecto del crédito fiscal del IGV como los efectos en la recaudación del aumento en el crecimiento, los ingresos y el empleo que las mayores importaciones han generado, resultarán de seguro en una ganancia aún mayor.
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ROBERTO ABUSADA
domingo, 21 de septiembre de 2008
Tropezando con la misma piedra
Por Fritz Du Bois
EL COMERCIO
21-09-08
Los países que no aprenden de sus errores los repiten. Hace 10 años también se vivió una situación de crisis internacional con la moratoria de la deuda rusa, que causó el cierre de líneas de crédito a las economías emergentes, incluyendo la nuestra. Ello generó una iliquidez de dólares, la llamada suspensión de la cadena de pagos, que derivó en una profunda crisis bancaria y en una marcada desaceleración del crecimiento. En el 98 --es bueno recordar-- había modelos que arrojaban sobrecalentamiento --pese al evidente congelamiento--, se optó por enfriar, agravando aun más la situación, en lugar de reducir drásticamente el encaje para dar liquidez y buscar solucionar el problema real. Luego siguió la farra fiscal de la reelección, que fue el puntillazo final que nos condenó a siete años sin el crecimiento adecuado que necesitamos.
Hoy, con la magnitud de la crisis financiera, hay que dar por segura una seria recesión en los países desarrollados que afectará nuestra exportación y limitará la captación de inversión. En ese escenario, la preocupación oficial por un supuesto sobrecalentamiento al 9% debe haber desaparecido ya que, con suerte, el próximo año creceremos 7%. Más bien, tendría que cambiar el chip del Gobierno, ya que el problema actual no es cómo enfriar, sino cómo lograr que el crecimiento no caiga aun más porque, con el chavismo merodeando por la región, aumentar la insatisfacción de la población con una fuerte desaceleración sería regalarles las próximas elecciones a la demagogia antisistema y su improvisación .
Por ello, corresponde adoptar medidas para que nuestros productos sigan siendo competitivos en mercados recesados que van a negociar hasta el último centavo. En primer lugar, tener acceso sin aranceles es fundamental y las cartas enviadas por el presidente a Beijing y Bruselas para lograr TLC a la mayor brevedad son el tipo de acción positiva que el Gobierno debe tomar. Sin embargo, el eliminar ahora el drawback sería condenar a la exportación, el momento para desaparecer esa distorsión debe darse cuando exista un amplio margen para compensarlo, no cuando las empresas van a tener que raspar el fondo de la olla solo para poder mantenerse en el mercado. La distorsión que sí se debe eliminar de inmediato es la de los aranceles a insumos que encarecen nuestra producción. Sería, por otro lado, desastroso que prime el facilismo fiscal de la Sunat --que quiere más bien subirlos-- frente a la necesidad de aumentar la competitividad.
En materia de inversión no tiene sentido alguno que el BCR mantenga la restricción al ingreso de capitales cuando no existe cola alguna para entrar, al contrario tendremos que enamorarlos para atraerlos a un mercado de capitales que debemos necesariamente desarrollar, para asegurar que el crecimiento se pueda financiar al margen de lo que ocurre en el mercado internacional. Tampoco tiene ningún sentido que siga el temor fiscal a entregar infraestructura en concesión, ya que es la única manera de poder solucionar nuestro peor cuello de botella y de paso crear vehículos atractivos para la inversión. Finalmente, la rigidez laboral nos asfixia cada día más y el reglamento mypes sigue esperando que se le aplique al Ministerio de Trabajo una dosis de convicción.
Esperamos que en los próximos días se disipe este déjà vu del 98 y no nos tropecemos con la misma piedra dos veces. Para ello, el Gobierno tiene que definir una agenda para asegurar el crecimiento, ya que el invierno en la economía mundial llegó antes de tiempo y sería suicida pensar en seguir enfriando cuando todos alrededor se están congelando.
EL COMERCIO
21-09-08
Los países que no aprenden de sus errores los repiten. Hace 10 años también se vivió una situación de crisis internacional con la moratoria de la deuda rusa, que causó el cierre de líneas de crédito a las economías emergentes, incluyendo la nuestra. Ello generó una iliquidez de dólares, la llamada suspensión de la cadena de pagos, que derivó en una profunda crisis bancaria y en una marcada desaceleración del crecimiento. En el 98 --es bueno recordar-- había modelos que arrojaban sobrecalentamiento --pese al evidente congelamiento--, se optó por enfriar, agravando aun más la situación, en lugar de reducir drásticamente el encaje para dar liquidez y buscar solucionar el problema real. Luego siguió la farra fiscal de la reelección, que fue el puntillazo final que nos condenó a siete años sin el crecimiento adecuado que necesitamos.
Hoy, con la magnitud de la crisis financiera, hay que dar por segura una seria recesión en los países desarrollados que afectará nuestra exportación y limitará la captación de inversión. En ese escenario, la preocupación oficial por un supuesto sobrecalentamiento al 9% debe haber desaparecido ya que, con suerte, el próximo año creceremos 7%. Más bien, tendría que cambiar el chip del Gobierno, ya que el problema actual no es cómo enfriar, sino cómo lograr que el crecimiento no caiga aun más porque, con el chavismo merodeando por la región, aumentar la insatisfacción de la población con una fuerte desaceleración sería regalarles las próximas elecciones a la demagogia antisistema y su improvisación .
Por ello, corresponde adoptar medidas para que nuestros productos sigan siendo competitivos en mercados recesados que van a negociar hasta el último centavo. En primer lugar, tener acceso sin aranceles es fundamental y las cartas enviadas por el presidente a Beijing y Bruselas para lograr TLC a la mayor brevedad son el tipo de acción positiva que el Gobierno debe tomar. Sin embargo, el eliminar ahora el drawback sería condenar a la exportación, el momento para desaparecer esa distorsión debe darse cuando exista un amplio margen para compensarlo, no cuando las empresas van a tener que raspar el fondo de la olla solo para poder mantenerse en el mercado. La distorsión que sí se debe eliminar de inmediato es la de los aranceles a insumos que encarecen nuestra producción. Sería, por otro lado, desastroso que prime el facilismo fiscal de la Sunat --que quiere más bien subirlos-- frente a la necesidad de aumentar la competitividad.
En materia de inversión no tiene sentido alguno que el BCR mantenga la restricción al ingreso de capitales cuando no existe cola alguna para entrar, al contrario tendremos que enamorarlos para atraerlos a un mercado de capitales que debemos necesariamente desarrollar, para asegurar que el crecimiento se pueda financiar al margen de lo que ocurre en el mercado internacional. Tampoco tiene ningún sentido que siga el temor fiscal a entregar infraestructura en concesión, ya que es la única manera de poder solucionar nuestro peor cuello de botella y de paso crear vehículos atractivos para la inversión. Finalmente, la rigidez laboral nos asfixia cada día más y el reglamento mypes sigue esperando que se le aplique al Ministerio de Trabajo una dosis de convicción.
Esperamos que en los próximos días se disipe este déjà vu del 98 y no nos tropecemos con la misma piedra dos veces. Para ello, el Gobierno tiene que definir una agenda para asegurar el crecimiento, ya que el invierno en la economía mundial llegó antes de tiempo y sería suicida pensar en seguir enfriando cuando todos alrededor se están congelando.
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Admirar, Temer o Detestar al Capitalismo
Por Mariano Grondona
LA NACION
21-09-08
Esta semana, cuando anunció la destrucción de la "burbuja" capitalista de Wall Street, comparando su fragilidad con la supuesta fortaleza de la economía argentina, la presidenta Kirchner se aventuró por un territorio que le es desconocido. De haber tenido que defender su tesis ante una mesa examinadora en lugar de la claque de funcionarios que invariablemente la aplauden, quizá Cristina habría conocido el sinsabor de un severo interrogatorio porque ni el capitalismo es lo que ella sostiene ni la economía argentina está en la situación que ella proclama.
Ha habido y habrá burbujas, por cierto, en el capitalismo, pero éste no consiste en sus burbujas, sino que es, al contrario, el único movimiento económico revolucionario de la historia. Eso no quiere decir que el capitalismo sea, por definición, benévolo o solidario. Como toda obra humana, tiene su lado sombrío. Por eso me atrevería a recomendar a todos aquellos que lo demonizan alegremente, como acaba de hacerlo Cristina, la definición que propuso el economista austríaco Joseph Schumpeter cuando sostuvo que el capitalismo es, en el fondo, un despiadado proceso de destrucción creativa.
Esta noción se acerca a la ley de la evolución de las especies que formuló Charles Darwin. En su lucha por la supervivencia, unas especies progresan y otras sucumben, de modo tal que sólo algunas de ellas, las más aptas, prevalecen finalmente. Es cruel, pero es real. En forma comparable, cuando las empresas son sometidas a la dura ley de la competencia, sólo algunas de ellas crecen y se multiplican mientras otras quiebran. Que algunas empresas quiebren es, sin duda, doloroso. Pero si quisiéramos salvarlas a todas de la ley de selección de la competencia, todavía viviríamos en la Edad Media. Nadie quebraría. Nadie, tampoco, progresaría. Lo ideal sería, por supuesto, que ninguna empresa quebrara y que todas progresaran, pero esta visión es sólo una rosada utopía. Una Argentina que insistiera en subsidiar a casi todas las empresas como hoy lo hace el Estado kirchnerista quizá salvaría su alma, pero condenaría al mismo tiempo a la economía, dejándola al margen del único movimiento revolucionario que ha traído consigo la Edad Moderna: precisamente, el capitalismo.
Audacia y cautela
Para refinar este argumento, podríamos traer a la memoria lo que acaba de escribir quien fue hasta hace poco el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Alan Greenspan, en su libro Una edad de turbulencia . Siendo como es un schumpeteriano, Greenspan sostiene que sólo la ley de la competencia capitalista trae consigo el progreso, pero reconoce que ella genera al mismo tiempo un estrés a veces insoportable. ¿Qué ha de hacer entonces el verdadero estadista? Combinar sabiamente los rigores del progreso económico con su atenuación en situaciones límite, de modo tal que el precio que los empresarios, los profesionales y los obreros pagan por progresar no los hunda en una ansiedad insoportable.
Lo estén haciendo bien o torpemente, este difícil equilibrio es el que buscan ahora las autoridades que hoy monitorean la crisis de los mercados capitalistas. Pero hay matices que debemos tener en cuenta. Los norteamericanos son, hoy por hoy, la nación más capitalista del planeta, la que más acepta la lógica de la competencia. Por eso es de lejos la que más ha progresado. Puestos sin embargo ante una de las previsibles crisis que atraviesa necesariamente el capitalismo por su propia naturaleza, sus autoridades dejan caer a veces gigantes como Lehman Brothers porque no desean que, por complacencia con las empresas que están peor, las autoridades de los Estados Unidos les prometan que, de algún modo, finalmente las van a salvar a todas.
Desde el punto de vista de la cultura económica norteamericana, si se difundiera una actitud benevolente hacia todos los que arriesgan, hacia todos los que han apostado al llamado moral hazard , esto es, a la esperanza de que alguien, finalmente, los salvará, las empresas terminarían por caer en la idea irracional de un subsidio universal que anularía no sólo los riesgos, sino también los beneficios creativos , "schumpeterianos", de la competencia.
Hasta donde pueden, pues, los norteamericanos apuestan a la competencia. En otras culturas capitalistas como Europa y Japón, en cambio, la apuesta a la competencia se morigera por temor a sus posibles excesos. Por eso Europa y Japón, siendo más cautelosos que los Estados Unidos, no se han puesto como ellos a la cabeza de la revolución capitalista.
Entre el amor y el odio
El pensador más original en esta materia fue Carlos Marx porque si bien odiaba el capitalismo, al que deseaba destruir en nombre del socialismo, reconoció al mismo tiempo su papel revolucionario. Desde el momento en que ha revolucionado las fuerzas y las relaciones de producción, según Marx el capitalismo es una etapa necesaria para el progreso de los pueblos. Una vez que el capitalismo difundiera su enérgica visión de la economía, sin embargo, sólo entonces llegaría la hora del socialismo, su necesario sucesor. La relación de Marx con el capitalismo es, pues, una de amor-odio . Amor por el cambio necesario que va a traer. Odio porque, una vez que termine de traer lo que va a traer, será prioritario destruirlo.
Tanto el capitalismo como el socialismo son para Marx, entonces, etapas necesarias del progreso moderno. Pero la mentalidad del populismo que enarbola nuestra Presidenta no apunta a superar en algún momento esta lógica revolucionaria de la modernidad, sino a esquivarla, negándose a ella.
Por eso el verbo que más emplea el populismo, hoy, es desacoplar . No hay que incorporarse a la revolución de la modernidad para, eventualmente, superarla, como piensan, cada uno a su manera, Schumpeter y Marx. Hay que refugiarse, en cambio, lejos de su energía revolucionaria, para salvarse de ella.
El autor chileno Claudio Véliz sostiene que hay dos mentalidades económicas predominantes en el mundo actual. Según la primera, a la que llama la cultura del zorro, los empresarios compiten abiertamente entre ellos porque aman como el zorro los espacios abiertos en los cuales viven y compiten a sabiendas de que pueden sobrevenir el éxito o la quiebra. Temerosa de los espacios abiertos, otra cultura, a la que Véliz denomina del puercoespín , protege a los empresarios desde el Estado contra todo riesgo, invitándolos a envolverse como en una bolita. De este modo, ellos quedan a salvo de los riesgos de la competencia, pero al precio de no aprovechar tampoco sus enormes posibilidades. Los zorros ganan o pierden pero, cuando ganan, no hay quien los alcance. Por evitar perder, los puercoespines nunca ganan.
En América latina, algunos países como Brasil, Chile, Perú, Uruguay y México están adoptando la cultura del zorro. Cuando el andar se les haga difícil, atravesarán momentos de zozobra. Cuando el andar se vuelva llano y expedito, en cambio, terminarán por alcanzar el nivel de los países capitalistas de avanzada. Aquellos otros países que se están acogiendo a la cultura del puercoespín, como la Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, los criticarán entonces, sin darse cuenta de que, en estos tiempos de acelerado cambio, la vanguardia se les va alejando.
LA NACION
21-09-08
Esta semana, cuando anunció la destrucción de la "burbuja" capitalista de Wall Street, comparando su fragilidad con la supuesta fortaleza de la economía argentina, la presidenta Kirchner se aventuró por un territorio que le es desconocido. De haber tenido que defender su tesis ante una mesa examinadora en lugar de la claque de funcionarios que invariablemente la aplauden, quizá Cristina habría conocido el sinsabor de un severo interrogatorio porque ni el capitalismo es lo que ella sostiene ni la economía argentina está en la situación que ella proclama.
Ha habido y habrá burbujas, por cierto, en el capitalismo, pero éste no consiste en sus burbujas, sino que es, al contrario, el único movimiento económico revolucionario de la historia. Eso no quiere decir que el capitalismo sea, por definición, benévolo o solidario. Como toda obra humana, tiene su lado sombrío. Por eso me atrevería a recomendar a todos aquellos que lo demonizan alegremente, como acaba de hacerlo Cristina, la definición que propuso el economista austríaco Joseph Schumpeter cuando sostuvo que el capitalismo es, en el fondo, un despiadado proceso de destrucción creativa.
Esta noción se acerca a la ley de la evolución de las especies que formuló Charles Darwin. En su lucha por la supervivencia, unas especies progresan y otras sucumben, de modo tal que sólo algunas de ellas, las más aptas, prevalecen finalmente. Es cruel, pero es real. En forma comparable, cuando las empresas son sometidas a la dura ley de la competencia, sólo algunas de ellas crecen y se multiplican mientras otras quiebran. Que algunas empresas quiebren es, sin duda, doloroso. Pero si quisiéramos salvarlas a todas de la ley de selección de la competencia, todavía viviríamos en la Edad Media. Nadie quebraría. Nadie, tampoco, progresaría. Lo ideal sería, por supuesto, que ninguna empresa quebrara y que todas progresaran, pero esta visión es sólo una rosada utopía. Una Argentina que insistiera en subsidiar a casi todas las empresas como hoy lo hace el Estado kirchnerista quizá salvaría su alma, pero condenaría al mismo tiempo a la economía, dejándola al margen del único movimiento revolucionario que ha traído consigo la Edad Moderna: precisamente, el capitalismo.
Audacia y cautela
Para refinar este argumento, podríamos traer a la memoria lo que acaba de escribir quien fue hasta hace poco el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Alan Greenspan, en su libro Una edad de turbulencia . Siendo como es un schumpeteriano, Greenspan sostiene que sólo la ley de la competencia capitalista trae consigo el progreso, pero reconoce que ella genera al mismo tiempo un estrés a veces insoportable. ¿Qué ha de hacer entonces el verdadero estadista? Combinar sabiamente los rigores del progreso económico con su atenuación en situaciones límite, de modo tal que el precio que los empresarios, los profesionales y los obreros pagan por progresar no los hunda en una ansiedad insoportable.
Lo estén haciendo bien o torpemente, este difícil equilibrio es el que buscan ahora las autoridades que hoy monitorean la crisis de los mercados capitalistas. Pero hay matices que debemos tener en cuenta. Los norteamericanos son, hoy por hoy, la nación más capitalista del planeta, la que más acepta la lógica de la competencia. Por eso es de lejos la que más ha progresado. Puestos sin embargo ante una de las previsibles crisis que atraviesa necesariamente el capitalismo por su propia naturaleza, sus autoridades dejan caer a veces gigantes como Lehman Brothers porque no desean que, por complacencia con las empresas que están peor, las autoridades de los Estados Unidos les prometan que, de algún modo, finalmente las van a salvar a todas.
Desde el punto de vista de la cultura económica norteamericana, si se difundiera una actitud benevolente hacia todos los que arriesgan, hacia todos los que han apostado al llamado moral hazard , esto es, a la esperanza de que alguien, finalmente, los salvará, las empresas terminarían por caer en la idea irracional de un subsidio universal que anularía no sólo los riesgos, sino también los beneficios creativos , "schumpeterianos", de la competencia.
Hasta donde pueden, pues, los norteamericanos apuestan a la competencia. En otras culturas capitalistas como Europa y Japón, en cambio, la apuesta a la competencia se morigera por temor a sus posibles excesos. Por eso Europa y Japón, siendo más cautelosos que los Estados Unidos, no se han puesto como ellos a la cabeza de la revolución capitalista.
Entre el amor y el odio
El pensador más original en esta materia fue Carlos Marx porque si bien odiaba el capitalismo, al que deseaba destruir en nombre del socialismo, reconoció al mismo tiempo su papel revolucionario. Desde el momento en que ha revolucionado las fuerzas y las relaciones de producción, según Marx el capitalismo es una etapa necesaria para el progreso de los pueblos. Una vez que el capitalismo difundiera su enérgica visión de la economía, sin embargo, sólo entonces llegaría la hora del socialismo, su necesario sucesor. La relación de Marx con el capitalismo es, pues, una de amor-odio . Amor por el cambio necesario que va a traer. Odio porque, una vez que termine de traer lo que va a traer, será prioritario destruirlo.
Tanto el capitalismo como el socialismo son para Marx, entonces, etapas necesarias del progreso moderno. Pero la mentalidad del populismo que enarbola nuestra Presidenta no apunta a superar en algún momento esta lógica revolucionaria de la modernidad, sino a esquivarla, negándose a ella.
Por eso el verbo que más emplea el populismo, hoy, es desacoplar . No hay que incorporarse a la revolución de la modernidad para, eventualmente, superarla, como piensan, cada uno a su manera, Schumpeter y Marx. Hay que refugiarse, en cambio, lejos de su energía revolucionaria, para salvarse de ella.
El autor chileno Claudio Véliz sostiene que hay dos mentalidades económicas predominantes en el mundo actual. Según la primera, a la que llama la cultura del zorro, los empresarios compiten abiertamente entre ellos porque aman como el zorro los espacios abiertos en los cuales viven y compiten a sabiendas de que pueden sobrevenir el éxito o la quiebra. Temerosa de los espacios abiertos, otra cultura, a la que Véliz denomina del puercoespín , protege a los empresarios desde el Estado contra todo riesgo, invitándolos a envolverse como en una bolita. De este modo, ellos quedan a salvo de los riesgos de la competencia, pero al precio de no aprovechar tampoco sus enormes posibilidades. Los zorros ganan o pierden pero, cuando ganan, no hay quien los alcance. Por evitar perder, los puercoespines nunca ganan.
En América latina, algunos países como Brasil, Chile, Perú, Uruguay y México están adoptando la cultura del zorro. Cuando el andar se les haga difícil, atravesarán momentos de zozobra. Cuando el andar se vuelva llano y expedito, en cambio, terminarán por alcanzar el nivel de los países capitalistas de avanzada. Aquellos otros países que se están acogiendo a la cultura del puercoespín, como la Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, los criticarán entonces, sin darse cuenta de que, en estos tiempos de acelerado cambio, la vanguardia se les va alejando.
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