Por: Juan Pablo Rioseco
AMÉRICA ECONOMÍA
22-11-10
Aún es incipiente, pero la necesidad de expansión empresarial está conformando un virtual bloque económico entre Chile, Perú y Colombia con 90 millones de habitantes y US$ 500.000 millones de PIB.
En las 15 hectáreas de la finca de Harald Faber, en Colombia, el verde del pasto que alimenta a las cabras contrasta con el amarillo y rojo de los ajíes peruanos. Dos de sus variedades, el escabeche y el rocoto, crecen en una pequeña porción, produciendo cada semana 110 kilos.
Un pequeño negocio que tuvo su germen en unas semillas regaladas por la cadena de restaurantes del peruano Gastón Acurio, Astrid & Gastón, a cuya sede en Bogotá Faber abastecía de quesos. Ahora el colombiano les vende también a otros restaurantes peruanos en el país. “Hemos generado la demanda y les hemos enseñado a nuestros clientes esos productos”, dice Claudia Delgado, gerenta del restaurante en Bogotá, creado hace cinco años junto al boom de la comida peruana en Colombia. El establecimiento, además, se abastece en un 100% de salmón chileno y ha permitido que las importaciones de pisco peruano se dupliquen en ese período.
El caso es un ejemplo a pequeña escala de cómo se están desarrollando las relaciones de negocios entre Chile, Perú y Colombia, un eje que está haciendo convivir cada vez más a inversionistas de los tres países.
Las sinergias son naturales. Chile, Perú, Colombia (junto a México) son los países que más han abierto sus puertas en toda América Latina. Los dos primeros han firmado Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, mientras que Colombia lo tiene pendiente en el Congreso de EE.UU. Y los tres tienen firmados TLC entre ellos. Además, poseen acuerdos de doble tributación. Eso los está transformando en una especie de submercado andino con más de 90 millones de habitantes con un PIB de más de US$ 500.000 millones.
Los tres comparten modelos de desarrollo y crecimiento similares. Las reformas liberales de los 80 en Chile fueron imitadas por Perú y Colombia con más fuerza que nadie en la región. “Las reformas en Colombia se convirtieron en una garantía de una plataforma sólida”, dice Andrés Cadena, socio de la consultora multinacional Mckinsey, que tiene subdividida América Latina en tres grandes oficinas: México, Brasil, y un eje entre Perú, Colombia, Chile y Argentina, cuyos socios se reúnen semanalmente vía teleconferencia en un modelo de trabajo conjunto.
Hoy la afinidad política es bien vista ante los ojos de los inversionistas. “Hay un alineamiento ideológico en torno a una serie de principios fundamentales que no se había dado nunca”, dice Cadena. “Y Piñera y Santos son sumamente parecidos en su estilo gerencial”.
UNA SOLA BOLSA
Quizá lo más concreto es la integración de las bolsas de Santiago, Lima y Bogotá que a partir de este mes de noviembre comienzan a operar en forma conjunta, dándoles la posibilidad de convertirse en la segunda plaza de América Latina en capitalización bursátil, con una cifra cercana a los US$ 450.000 millones. Incluso será el mayor mercado de la región en actores, con 564 emisores listados, y el tercero en volumen negociado, con US$ 250 millones diarios. Sus promotores esperan que en unos cinco años el volumen diario de operaciones se duplique y pueda convertirse en una alternativa ante la enorme irrupción que ha tenido el Bovespa, el cada vez más enorme mercado bursátil de Brasil.
Uno de los más entusiastas es el banco de inversiones chileno Celfin Capital, que lleva dos años operando en Perú, y ya está entre los principales jugadores de ese país, como Credibolsa e Intelligo. En las próximas semanas espera recibir la licencia por parte de las autoridades colombianas para operar en Bogotá y, en un año y medio a contar de entonces, tener una posición similar en ese país a la que tienen en Chile, dice Alejandro Montero, gerente general de la empresa. “Queremos ser un actor relevante en estos países”, enfatiza. “Ya lo somos en Perú y lo vamos a ser en Colombia”.
Otros también están con el mismo foco. La corredora de bolsa chilena LarrainVial acaba de recibir autorización para operar en Nueva York, donde pretende ofrecer los servicios a sus clientes latinos, aprovechando sus operaciones en Perú, Colombia, Brasil y México. La corredora Penta, también con sede en Santiago, anunció que está gestionando alianzas con intermediarios de los países andinos. “Estamos viendo a muchos bancos y firmas de bolsas buscando hacer alianzas con las colombianas”, dice José Manuel Vélez, presidente de la corredora Serfinco, en Bogotá.
La operación financiera integrada permitirá a las empresas que quieren expandirse en los tres mercados financiarse más fácilmente. Y no sólo a las locales que ya están, sino a grandes multinacionales que pueden ver mayores oportunidades en el eje andino. Hay sectores donde el desarrollo conjunto es menor y tienen un potencial enorme, como la minería, la energía e infraestructura. El propio Alan García ha dicho que su meta es que Perú supere a Chile en producción minera. “Y estudios preliminares indican que en Colombia hay la misma mezcla de minerales que en el Perú, lo que pasa es que no se ha explorado”, dice Cadena, de Mckinsey.
La banca, en tanto, también deberá surgir como una alternativa de financiamiento a los nuevos negocios internacionales. “En Perú, por ejemplo, el BCP es un banco grande, pero no puede seguir creciendo dentro de su país”, dice Cadena. “En Chile pasa lo mismo con el Banco de Chile y el Bci”.
La industria de Private Equity está en la misma línea. “Analizamos potenciales invesiones en Perú y Chile”, dice Luc Gerard, presidente de la administradora de fondos colombiana Tribeca Asset Management. “Vendrán nuevas integraciones en los mercados y en algunas industrias en particular, además de la natural inversión del sector privado”.
El eje Pacífico también es una plataforma comercial interesante para que las empresas de los tres países puedan salir desde más ramas con sus productos a Asia, especialmente a India y China. El presidente peruano, Alan García, propuso recientemente crear un bloque integrado con Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Su objetivo es “trabajar mejor nuestra relación con el otro lado del Pacífico”. Y avanzar en la libre movilidad de bienes, servicios, capitales y personas. A fines de octubre, los países del Foro del Arco del Pacífico Latinoamericano (todos los que dan a ese océano) acordaron trabajar en conjunto para llegar a los mercados asiáticos.
TRAS EL CONSUMIDOR
El rubro que está explotando más las sinergias entre los tres países es el retail. Un movimiento liderado por los operadores de grandes tiendas chilenos.
Cuando Falabella llegó a Colombia, no había tiendas por departamento, algo inédito para un país de 45 millones de habitantes. Hoy los detallistas chilenos siguen expandiéndose, estimulados por el crecimiento de la clase media y la baja penetración del comercio formal en Colombia y Perú. A principios de año Falabella dio a conocer un plan de inversión regional de US$ 2.572 millones hasta 2014. Durante lo que queda de 2010 abrirá 25 locales (entre tiendas Falabella, locales de mejoramiento para el hogar bajo la marca Sodimac, sus hipermercados Tottus y otros). 15 de ellos estarán en Perú y dos, en Colombia.
La operadora de centros comerciales Parque Arauco, por su lado, acaba de vender su participación en el mall Alto Palermo, en Argentina, en poco más de US$ 120 millones, para concentrarse en el eje Pacífico. Hoy tiene un plan de inversiones de US$ 450 millones de aquí a 2012 en los tres países. Hace pocas semanas anunció la compra del centro comercial peruano Larcomar y una asociación estratégica con Graña y Montero, la mayor constructora peruana, para desarrollar otros proyectos.
Los movimientos de ejecutivos también generan negocios para las empresas hoteleras. La colombiana Hoteles Royal, con presencia en varias ciudades de América Latina, sustenta el 22% de sus operaciones en Chile. “El trafico de ejecutivos produce la materia prima del negocio: entre más desarrollo comercial, más se incrementa en número de clientes”, dice Fernando Malo, gerente general. La cadena acaba de abrir un centro en La Dehesa, y comenzó la construcción de otro en Concepción, con inversiones que suman US$ 45 millones en Chile, y en Perú está finiquitando los términos para un nuevo hotel en Cusco.
Entre las empresas colombianas que han mirado con más interés al sur están las energéticas. Interconexión Eléctrica S.A. (ISA) ya es propietaria de la principal red de transmisión eléctrica en Perú y este año desarrollará dos proyectos por cerca de US$ 1.800 millones. Tras comprar la mayor operadora de concesiones viales en Chile, Cintra, en US$ 290 millones, se transformó en el mayor inversionista colombiano en el sureño país. La operación le entregará un nuevo know-how. La firma quiere que el 20% de sus ingresos venga de actividades distintas a la transmisión de energía. Y está presente también en Panamá, Brasil y Bolivia y prevé ingresos anuales por US$ 3.500 millones para 2015.
Para chilenas de otros rubros, Colombia también puede ser un trampolín a Panamá y Centroamérica. Es el caso de la operadora de seguros y centros de salud Banmédica, que en 2009 facturó US$ 1.200 millones y que está invirtiendo US$ 60 millones en Perú y Colombia este año. “Puede ser una plataforma desde donde podamos mirar algunos países que desde Chile se ven lejos, pero que desde Colombia se ven más cerca”, dice Carlos Kubick, gerente general de la empresa.
CINTURÓN PRÓSPERO
Los hermanos Pedro y Mario Brescia Cafferata, conductores del grupo familiar más grande de Perú, también han apostado muy fuerte por Colombia y Chile, a los que denominan “un cinturón de prosperidad”. En Colombia compraron las empresas soldadoras líderes del mercado para expandir las operaciones de su empresa Soldexa. Ahora buscan instalar filiales de su cadena hotelera Libertador en ese país. En el caso chileno, compraron la cementera Melón. En Pisco, mediante una sociedad con la chilena Sigdo Koppers, están desarrollando lo que será la planta petroquímica más grande del Pacífico. Y ha trascendido su interés por las salmoneras, el turismo y el sector inmobiliario.
No son los únicos peruanos pensando en Chile. Sería el caso de los grupos Romero, que opera en transporte, agroindustria, logística, financiero y alimentos, y Gloria, uno de los mayores productores lácteos de Sudamérica y que opera en segmentos de alimentos, agroindustria, cemento y nitrato.
Sin embargo, quedan todavía miles de detalles para que se pueda hablar verdaderamente de un bloque económico. “Hay necesidades empresariales y falta información estadística de los organismos del Estado, sobre todo de las aduanas”, dice Walter Buckley, presidente de la Cámara Peruano Colombiana (Capecol), en Lima. “Se necesita revisar y preparar la normatividad de cada país a fin de que sea fluida y transparente”, dice Jorge Medina, socio principal de Ernst & Young en Perú. “Un ejemplo son los detalles técnicos para lograr la próxima integración de las bolsas”.
La gran proliferación de bloques puede ser un distractor para acuerdos formales. “Tenemos al Mercosur, a la Comunidad Andina, acuerdos bilaterales diversos, que sumados todos habría que ver si es que ayudan a la consolidación de América Latina como un todo o si la complican aún más”, dice César Peñaranda, director ejecutivo del Instituto de Economía y Desarrollo Empresarial (IEDEP) de la Cámara de Comercio de Lima.
Para el socio principal de Mckinsey en Lima, Lino Abram, no se puede hablar de un solo mercado. “Aún hay muchas barreras legales, diferencias normativas, regulatorias y arancelarias que nos alejan de eso”. Para él, la integración ha surgido más por la necesidad de grandes empresas de invertir su flujo de caja fuera de sus fronteras. Incluso afirma que la expansión internacional de las pymes aún es tímida, si bien reconoce que la gastronomía es uno de los rubros que han permitido la integración de emprendedores. El colombiano Harald Faber, con sus ajíes, sabe que es cierto.
domingo, 28 de noviembre de 2010
viernes, 26 de noviembre de 2010
El Problema es la Maquinita
Por: Óscar Ugarteche*
EL COMERCIO
26-11-10
El presidente de la FED, Ben Bernanke, ha anunciado la compra de bonos del Tesoro por US$600.000 millones y con eso ha desatado una discusión previa a la reunión del G-20 sobre control de capitales. Se le llama QE2 –‘quantitative easing’– porque es la segunda emisión inorgánica de dólares desde el inicio de la crisis en agosto del 2007. Se recordará que entre agosto y noviembre del 2008 hubo una emisión de liquidez por US$500 mil millones con el fin de paliar el impacto del cierre crediticio y la caída de precios que de allí derivaba. El efecto fue la revaluación de las monedas alrededor del mundo y un ataque especulativo contra el euro.
El hecho de que Estados Unidos inyecte 1% del PBI mundial en liquidez sin soporte productivo ha generado preocupaciones sobre la inflación mundial. Para Estados Unidos, que está al borde de la deflación, esta inyección equivalente al 4,3% de su PBI es una búsqueda de una recuperación de precios y una reactivación económica que no termina de llegar y que, antes bien, parece estar en fase de recaída.
El proceso inmediato de recompra de bonos le dará a los tenedores de bonos, bancos de inversión –actuando por cuenta propia o por terceros en general– dinero en efectivo para invertir en mercados más rentables que el de bonos del Tesoro. Con tasas de interés en 0,25% en dichos bonos, los agentes buscarán valores más rentables alrededor del mundo y en casa. La primera estimación es que se verán burbujas en las bolsas de valores del mundo.
La segunda proyección es que, al ingresar los dólares a los mercados emergentes, los tipos de cambio se revaluarán aun más, lo que, visto a la inversa, refleja la devaluación del dólar que Geithner está pidiendo para sacar, vía exportaciones, a Estados Unidos de la crisis.
La tercera proyección es que, río abajo eventualmente, una leve alza de la tasa de interés en dólares llevará de regreso a casa esos dólares, generando devaluaciones simultáneas masivas alrededor del mundo, lo que tendrá un efecto recesivo global.
Ante esto, en el entorno del G-20 se discute la necesidad de controles al ingreso de capitales, y se vuelve a abrir la discusión ya cerrada sobre un impuesto a las transacciones financieras. Por si las dudas, distintos países han comenzado a aplicar medidas de control al ingreso de capitales por la vía impositiva. Martin Wolf del “Financial Times” anticipó, el 11 de noviembre pasado, que fluirán US$244 mil millones en capitales de corto plazo hacia las economías emergentes, 40% del total emitido sin respaldo.
(*) Economista, Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas-UNAM, México
EL COMERCIO
26-11-10
El presidente de la FED, Ben Bernanke, ha anunciado la compra de bonos del Tesoro por US$600.000 millones y con eso ha desatado una discusión previa a la reunión del G-20 sobre control de capitales. Se le llama QE2 –‘quantitative easing’– porque es la segunda emisión inorgánica de dólares desde el inicio de la crisis en agosto del 2007. Se recordará que entre agosto y noviembre del 2008 hubo una emisión de liquidez por US$500 mil millones con el fin de paliar el impacto del cierre crediticio y la caída de precios que de allí derivaba. El efecto fue la revaluación de las monedas alrededor del mundo y un ataque especulativo contra el euro.
El hecho de que Estados Unidos inyecte 1% del PBI mundial en liquidez sin soporte productivo ha generado preocupaciones sobre la inflación mundial. Para Estados Unidos, que está al borde de la deflación, esta inyección equivalente al 4,3% de su PBI es una búsqueda de una recuperación de precios y una reactivación económica que no termina de llegar y que, antes bien, parece estar en fase de recaída.
El proceso inmediato de recompra de bonos le dará a los tenedores de bonos, bancos de inversión –actuando por cuenta propia o por terceros en general– dinero en efectivo para invertir en mercados más rentables que el de bonos del Tesoro. Con tasas de interés en 0,25% en dichos bonos, los agentes buscarán valores más rentables alrededor del mundo y en casa. La primera estimación es que se verán burbujas en las bolsas de valores del mundo.
La segunda proyección es que, al ingresar los dólares a los mercados emergentes, los tipos de cambio se revaluarán aun más, lo que, visto a la inversa, refleja la devaluación del dólar que Geithner está pidiendo para sacar, vía exportaciones, a Estados Unidos de la crisis.
La tercera proyección es que, río abajo eventualmente, una leve alza de la tasa de interés en dólares llevará de regreso a casa esos dólares, generando devaluaciones simultáneas masivas alrededor del mundo, lo que tendrá un efecto recesivo global.
Ante esto, en el entorno del G-20 se discute la necesidad de controles al ingreso de capitales, y se vuelve a abrir la discusión ya cerrada sobre un impuesto a las transacciones financieras. Por si las dudas, distintos países han comenzado a aplicar medidas de control al ingreso de capitales por la vía impositiva. Martin Wolf del “Financial Times” anticipó, el 11 de noviembre pasado, que fluirán US$244 mil millones en capitales de corto plazo hacia las economías emergentes, 40% del total emitido sin respaldo.
(*) Economista, Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas-UNAM, México
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OSCAR UGARTECHE
sábado, 20 de noviembre de 2010
El Verdadero Camino del Desarrollo y de la Equidad
Por: Carlos Alberto Montaner*
AMÉRICA ECONOMÍA
19-11-10
Fui a dar una conferencia a El Salvador invitado por la Cámara de Comercio y los servicios policiacos cubanos, como casi siempre, montaron su acostumbrado acto de repudio frente al edificio. Nada espectacular: unos cuantos sujetos que vociferaban obscenidades y sin ninguna imaginación gritaban consignas y entonaban pareados revolucionarios de los años sesenta y setenta. Los invitados a mi charla, unas 300 personas, ignoraron la gritería y procedieron tranquilamente al salón, en el piso veinte del soberbio edificio.
Al terminar mi conferencia, un diplomático radicado en el país, muy buen conocedor de la situación nacional, me explicó que el embajador cubano, un señor llamado Pedro Pablo Prada, era un fanático situado en el Salvador con el propósito de radicalizar el proceso político salvadoreño, conducta que preocupaba al gobierno del presidente Mauricio Funes, un demócrata empeñado en mantener la ley, la armonía y el sentido común en un país notablemente polarizado.
Le respondí que en los países libres existía el derecho a la protesta callejera, aunque fuera orquestada por una embajada extranjera que financiaba y coordinaba estos “actos de repudio”. Por otra parte, no tenía la menor idea de quién era o qué se proponía el señor Prada, pero tampoco me sorprendía su actitud. Ese tipo de conducta irresponsable y provocadora forma parte de la estrategia internacional de la dictadura comunista cubana. No obstante, le dije que nunca había entendido la rentabilidad ideológica de esas groseras manifestaciones públicas de la policía política cubana en suelo extranjero. Todo lo que consiguen es mostrar la peor cara del castrismo: la vulgaridad, la intolerancia, y la incapacidad para aceptar o debatir serenamente ideas diferentes a las que ellos predican e imponen por la fuerza. Esa noche, quienes escucharon mi conferencia (que sigue a continuación) tuvieron otra prueba de que mis afirmaciones estaban bien encaminadas.
Introducción. Muchas gracias por invitarme a hablar a El Salvador. No hay duda de que este país, como otras naciones latinoamericanas, está en medio de una difícil encrucijada. La sociedad está dividida en aproximadamente dos mitades en torno a una cuestión nada fácil de solucionar: cómo lograr unos niveles aceptables de prosperidad y desarrollo. Cómo establecer unas pautas de comportamiento justas y equitativas. Cómo crear un modelo económico y social en el que las personas perciban que tienen oportunidades reales de superarse y ascender por sus méritos y esfuerzos en condiciones de igualdad con los otros ciudadanos.
De muy poco sirve esforzarse para emprender y levantar un negocio si el terreno en que se implanta no es firme, predecible y confiable. Esa es la atmósfera que hay que conquistar. La de la libertad económica. La de la libertad política. La de la libertad para siempre. Cuando lo logremos, podremos decir que hemos cumplido con nuestro deber.La primera observación que debo hacer es que este desacuerdo forma parte del problema. Las sociedades más justas, prósperas y desarrolladas del planeta se caracterizan, precisamente, por poseer una cierta visión compartida de la economía y de la forma de gobierno.
En Europa occidental, recientemente, cuando les abrieron la puerta a varias naciones que habían abandonado el comunismo, con el objeto de aceptarlas en la Unión Europea, les impusieron como condición lo que ellos llaman los Criterios de Copenhague, tres sencillos requisitos ineludibles, precisados en 1993 en la capital de Dinamarca: la existencia de un marco institucional plural y democrático, basado en el imperio de leyes justas aplicadas a todos, que preserve los Derechos Humanos; economía de mercado, en la que los actores principales pertenezcan al sector privado, dado que la experiencia con las empresas públicas ha sido funesta; y el compromiso de cumplir con las obligaciones económicas que conlleva formar parte de la Unión Europea.
La inmensa mayoría de los electores consultados estuvo de acuerdo en aceptar esas condiciones para integrarse al mundo occidental. Sencillamente, se rinden ante la evidencia y no discuten, como muchos latinoamericanos, el modelo de Estado.
En efecto, en EE.UU., Canadá, y en los 27 países de la Unión Europea, el 90% de los electores coinciden en algunos temas fundamentales que definen el tipo de Estado que los ciudadanos desean tener, unidad de criterio que no poseemos en América Latina. ¿En qué coinciden? Coinciden en lo que me gusta llamar “Los siete mandamientos del Primer Mundo”:
Primero. La democracia representativa es el sistema más eficaz para organizar el espacio público. De acuerdo con la experiencia, es el modo menos imperfecto de enfrentar los retos comunes.
Segundo. La economía de mercado es el método superior de crear y asignar riquezas para beneficio del conjunto de la sociedad. Así funcionan los veinte países más prósperos y justos del mundo. No es perfecto, pero es mucho mejor que el modelo económico colectivista basado en las decisiones de los burócratas y en la planificación centralizada.
Tercero. La existencia y preservación de los derechos humanos y civiles es la condición legitimadora del Estado. Los Estados son un conjunto de instituciones al servicio de los individuos y no al revés.
Cuarto. El respeto por los derechos de propiedad es un elemento esencial de la convivencia. Los individuos tienen derecho a conservar las riquezas producidas con su esfuerzo, imaginación o creatividad y el Estado no puede arrebatarles arbitrariamente el fruto de su trabajo.
Quinto. Todos los ciudadanos tienen que someterse a la autoridad de la ley, y los gobernantes en primer término. No puede haber impunidad para los poderosos o para los mejor relacionados.
Sexto. Los funcionarios tienen que dar cuenta de sus actos de manera frecuente y permanente. Han sido electos o designados para obedecer a la sociedad en calidad de servidores públicos, no para mandar sobre ella. Son los individuos, organizados en esa fórmula muy laxa que llaman “sociedad civil”, los que deben vigilar a los gobernantes, y no al revés.
Séptimo. Para corregir los errores del anterior gobierno, es fundamental la oposición constructiva, el pluralismo político y la alternancia en el poder con garantías para todos los actores nacionales que se sujeten a las reglas del juego político.
En el mundo desarrollado y democrático hay varias familias políticas que debaten apasionadamente y luchan por ocupar el gobierno -fundamentalmente, liberales, conservadores, socialdemócratas y democristianos-, pero lo que discuten no es la demolición y reemplazo del sistema por otro diametralmente opuesto, sino el tipo de administración, el peso de la carga fiscal y otros factores laterales. En lo esencial, todos los partidos democráticos están de acuerdo, y esa coincidencia le proporciona estabilidad y predictibilidad al desempeño colectivo.
Es verdad que en el llamado primer mundo no todos los electores comparten esta visión del Estado o del modelo económico, pero quienes se apartan radicalmente de ella constituyen una exigua minoría. Probablemente, entre los extremistas de la izquierda, generalmente seducidos por las ideas marxistas, y los de la derecha, captados por el fascismo y el ultranacionalismo, ni siquiera alcancen el 10% del censo electoral.
Sociedades de acceso abierto. ¿Cómo se forjó este amplio consenso en las sociedades desarrolladas? En realidad, esta coincidencia no es el resultado de una decisión dictada por una postura ideológica de carácter teórico, como ocurre entre los marxistas, sino del fruto de la experiencia.
Como consecuencia del éxito y de la imitación de los países triunfadores -liderados por EE.UU.de manera no siempre consciente-, arribaron paulatinamente a la conclusión de que el mejor modo de forjar un estado razonablemente eficiente y satisfactorio era la democracia representativa, mientras la forma más inteligente de estructurar la economía se daba dentro de los parámetros de las normas del mercado.
De acuerdo con el análisis del premio Nobel de economía Douglass North, el proceso ocurrió de una manera imprevista. A fines del siglo XVIII, los estadounidenses decidieron sustituir el antiguo régimen colonial británico y crearon la primera República moderna, consagrada a proteger los derechos individuales y a garantizar la neutralidad del Estado ante ciudadanos que tenían los mismos derechos y deberes.
Ese peculiar Estado, plasmado en la Constitución de 1787 y en las “Enmiendas” inmediatamente incorporadas, fue generando una moral basada en la meritocracia y la competencia, muy crítica del compadrazgo y de los privilegios, actitud que coincidía con la ética de trabajo que ha dado en llamarse “protestante” o “calvinista”, y con la creencia firmemente arraigada en que cada persona era responsable de su propia vida y debía luchar por su bienestar y el de su familia. A ese tipo de sociedad que fue surgiendo en EE.UU., Douglass North le llama de “acceso abierto”.
Las sociedades de acceso abierto, regidas por la meritocracia y la competencia, organizadas mediante la democracia o regla de la mayoría, dotadas de sólidas instituciones de Derecho, muy pronto demostraron su superioridad relativa. A lo largo del siglo XIX, EE.UU. fue estableciéndose, poco a poco, como la primera economía del planeta y el destino deseado por millones de inmigrantes que llegaban al país desde distintos puntos del mundo en busca de lo que pronto se llamó “el sueño americano”.
¿Qué era ese sueño americano? Era algo bastante simple y muy cercano a la “búsqueda de la felicidad” que se menciona en la Declaración de Independencia de EE.UU.: una sociedad en la que los individuos y las familias, dentro de un clima de libertad, si trabajaban con tesón y cumplían las reglas, podían alcanzar las metas personales que se fijaban y prosperar en el terreno material. Esa posibilidad fue la que llenó de esperanzas y de energía a los inmigrantes.
No es de extrañar, pues, que lo que se hacía en EE.UU., y cómo se hacía, luego se convirtiera parcial y paulatinamente en el modelo por el que se regirían naciones como Holanda, Francia, Inglaterra o Canadá. Podían ser monarquías parlamentarias o repúblicas -dos expresiones legítimas y parecidas del mismo Estado de Derecho-, pero en cuanto a libertades individuales, división de poderes y sistema económico, seguían de cerca el patrón de conducta norteamericano. Aunque Estados Unidos, no se proponía como modelo: su éxito convertía al país en un paradigma para el resto de un mundo que comenzó a imitarlo.
La visión marxista. Sin embargo, no todas las personas fueron persuadidas por el éxito de EE.UU. y de las democracias capitalistas. Desde mediados del siglo XIX un pensador alemán, Karl Marx, basado en la influencia de Hegel y en sus propias elucubraciones teóricas, propuso una manera diferente de entender el desarrollo y de establecer la justicia entre los hombres.
No es éste el lugar para resumir las teorías marxistas, pero la esencia de esa corriente ideológica descansa en la hipótesis de que en las sociedades en las que existe la propiedad privada de los medios de producción, la prosperidad de la clase dirigente depende de la explotación de los más débiles y de la expropiación de la plusvalía.
De acuerdo con la cosmovisión del pensador alemán, secundado por Engels y por un pequeño grupo de seguidores, sólo se lograría crear sociedades justas, prósperas y armoniosas cuando hubiera desaparecido la propiedad privada y los medios de producción fueran colectivos.
Para llegar a ese punto y tutelar la violenta transición -la violencia era la partera de la historia de acuerdo con el análisis fatalista de Marx-, el ideólogo alemán propuso la dictadura del proletariado, que sería ejercida por el Partido Comunista, supuesta vanguardia y guía de los trabajadores, hasta el momento en que se forjara sobre la tierra un armonioso paraíso en el que el Estado no sería necesario porque todos contribuirían gustosos y voluntariamente al bienestar colectivo. En ese maravilloso mundo, ni siquiera serían necesarios las leyes y los tribunales, porque el comportamiento antisocial habría sido eliminado del corazón de la especie humana de una manera natural.
El siglo XX fue el campo de prueba donde se enfrentaron las sociedades de acceso abierto, democráticas y capitalistas, y las sociedades comunistas basadas en el partido único y en la propiedad estatal de los medios de producción. Fue una batalla larga, tensa y, a ratos, sangrienta y, como todos sabemos, en 1989, tras el derribo del Muro de Berlín, la posterior desaparición de la URSS y la conversión de Europa del Este al modo occidental de organizar las sociedades, quedó demostrada la superioridad de la teoría y la práctica occidentales.
Es verdad que la transición del comunismo a la libertad y a la economía de mercado no ha sido fácil, pero no hay duda de que los pueblos que consiguieron sacudirse el yugo marxista-leninista, hoy, veinte años después de aquel episodio, son más ricos y felices de lo que eran durante la llamada “dictadura del proletariado”. Y la prueba de esta afirmación está en que ninguna de esas sociedades ha querido regresar a la etapa del colectivismo socialista, aunque cuentan con partidos, muy minoritarios, que todavía defienden esas ideas y poseen representación parlamentaria y medios de comunicación a su servicio que insisten en defender esa polvorienta ideología.
Las ideas zombi. Esta circunstancia nos precipita a un enigma: ¿por qué, si el comunismo se hundió en prácticamente todos los países que habían experimentado con esas teorías y métodos de gobierno, en algunas sociedades de América Latina hay grandes sectores del mundo político que reivindican estas ideas y esa brutal forma de gobernar, en lugar de mirar hacia los países exitosos y libres del planeta? ¿Por qué Hugo Chávez en Venezuela quiere que su país se parezca a Cuba y no a Holanda, a España o a Canadá?
En primer lugar, estamos ante una de las llamadas “ideas zombi”, expresión que acuñó la ex canciller española Ana Palacios. Como sabemos, los zombis, en la mitología religiosa del Caribe africano, son esos muertos que los brujos, en cierta medida, han logrado revitalizar y deambulan entre los vivos en medio de un extraño sopor.
En todo caso, no hay una respuesta, sino varias, ante esta idea zombi. Los defensores del colectivismo estatista, sostenedores en última instancia de las fallidas ideas marxistas, siempre creen que ellos van a gobernar acertadamente y no como sucedió entre los comunistas europeos y asiáticos. Están convencidos de que el problema no radicó en las ideas de Marx, sino en la práctica de quienes se decían sus discípulos.
Estos optimistas camaradas no se dan cuenta de que el comunismo fracasó en todas las latitudes, con todos los pueblos y culturas que lo intentaron, en todas las circunstancias, y bajo la dirección de todo tipo de líderes, desde Stalin a Mao, pasando por Fidel Castro o Pol Pot.
Fracasó en la enorme Rusia, el país más grande de la tierra, dotado de fabulosas riquezas naturales.
Fracasó en la disciplinada y culta Alemania del Este, mientras la del Oeste se convertía, otra vez, tras la Segunda guerra mundial, en una de las admirables locomotoras del mundo.
Fracasó y fracasa en Corea del Norte, uno de los manicomios más pobres y lamentables de Asia, mientras Corea del Sur se convertía en un país del Primer Mundo.
Fracasó en pueblos de tradición ortodoxa griega, como Rusia y Bulgaria y en países de tradición católica como Polonia y Hungría.
Fracasó en sociedades islámicas como Bosnia y Albania y en las de raíces confucianas y budistas como Corea.
Fracasó en pueblos eslavos como Checoslovaquia, Serbia o Eslovenia y en naciones latinas como Rumanía.
Fracasó en África cuando los etíopes y los angoleños trataron de erigir estados comunistas y acabaron organizando mataderos.
Fracasó con pueblos turcomanos, mongólicos y árabes en el sur de la desaparecida URSS.
Fracasó en Nicaragua durante el primer gobierno sandinista, y fracasa en Cuba donde lleva más de medio siglo de desastres.
En suma: fracasó siempre, lo que nos hace presumir que el inevitable destino de ese tipo de gobierno es la miseria, la opresión y la desesperación de la sociedad.
En realidad, no hay un solo caso de un gobierno comunista que le haya traído al pueblo la prosperidad, la paz y esa mínima felicidad que se requiere para no pensar en la emigración como única salida ante la desventura. Incluso, cuando vemos casos de estados comunistas que alcanzan ciertas cotas de desarrollo, como sucede con China o Vietnam, es porque han abandonado los dogmas de la secta y han aceptado al menos una parte de las reglas de las economías desarrolladas de Occidente.
China y Vietnam dejaron de ser dos países miserables y sin esperanzas cuando permitieron la existencia de empresas en manos privadas, abrieron sus economías al exterior y se sometieron a las normas del mercado en lugar de depender exclusivamente de la planificación centralizada por el Estado. Hoy son dos lamentables dictaduras de partido único y capitalismo salvaje, pero, al menos en el terreno económico, han permitido unos espacios de libertad que son los que han acrecentado notablemente la prosperidad de ambas naciones.
En nuestros días, cuando Raúl Castro intenta salvar la maltrecha economía de Cuba, recurre al capitalismo y a la empresa privada porque ya entendió, tras medio siglo de lento aprendizaje, que el colectivismo y la economía planificada por los burócratas del Estado, lejos de generar desarrollo, lo que produce es miseria, mediocridad y falta de entusiasmo en la población.
La otra razón. La otra razón por la que muchos radicales de izquierda todavía se afilian al comunismo en nuestras tierras latinoamericanas y acaban proponiendo “soluciones” contraproducentes a nuestros males, es porque observan que la democracia y la economía de mercado no han resuelto el problema de la pobreza y el subdesarrollo en nuestros países.
Asimismo, les parece obscena la desigualdad económica entre los distintos estratos sociales y creen que pueden combatirla mediante una constante transferencia de recursos captados de los grupos más productivos de la sociedad, entregándolos a los grupos más débiles, con el gobierno como intermediario, práctica que suele conducir a la creación de una dependiente clientela política, conformada por estómagos agradecidos que se acostumbran a aplaudir, no a producir, con lo cual perpetúan los problemas que originalmente pretendían solventar.
Sin embargo, no es falso lo que denuncian: América Latina, es, en efecto, una de las regiones más desiguales del planeta. El problema es que esta izquierda carnívora -la de Castro, la de Hugo Chávez, como la hemos llamado en otros papeles contraponiéndola a la izquierda vegetariana, la de Lula, la del uruguayo José “Pepe” Mujica-, no entiende cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta, y mucho menos cuál es el principal origen de la pésima distribución de la riqueza que se observa en nuestras sociedades latinoamericanas.
Lo que se niegan a admitir estos fogosos revolucionarios es que el camino para superar esos males no se encuentra en las ideas colectivistas, que han demostrado mil veces su inferioridad, sino en la práctica de los países de acceso abierto. Al propio Douglass North, mencionado al inicio de este trabajo, se le debe otra clasificación: los países de acceso limitado.
Esos son los nuestros: países en los que prevalecen el clientelismo, el capitalismo cortesano o mercantilista, siempre en beneficio de los mejor conectados con el poder político. Países en los que imperan el irrespeto a la ley por parte de la clase dirigente, la corrupción y la impunidad; países dotados de una estructura social que no facilita el ascenso de quienes más saben y más se esfuerzan -la necesaria meritocracia-, sino el de aquellos que están mejor relacionados con los mandamases. Así, obviamente, no se asciende al pelotón de naciones que conforman el Primer Mundo. Así se perpetúan las hondas diferencias de clase que caracterizan a nuestras sociedades.
Países de acceso limitado. ¿Cómo fue que Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong, cada país con sus propios matices, se convirtieron en naciones desarrolladas y razonablemente ricas? No fue por medio de la creación de comunas o por colocar el aparato productivo en el ámbito estatal. Tampoco por entregar las iniciativas a una junta de planificación regida por una cúpula partidista. Por el contrario, el salto al primer mundo dado por los llamados tigres o dragones asiáticos fue posible por la imitación del modelo japonés, por alentar la educación y la creatividad individual, por crear instituciones de Derecho que protegían la propiedad privada y solucionaban los inevitables conflictos con cierta destreza.
¿Cómo fue que Chile se transformó en la sociedad que más riqueza per cápita crea en América Latina y la que registra mayor reducción de los índices de pobreza en las últimas décadas? Fue renunciando a la mentalidad estatista y dirigista, respetando la separación tradicional de los poderes, y colocando el banco de emisión, usualmente llamado Banco Central, lejos de la manipulación de los políticos y de las servidumbres electorales. Fue abriéndose al mercado, estableciendo nexos con los centros internacionales de inversión, eliminando el viejo proteccionismo arancelario, y dejando que la competencia y la meritocracia fueran transformando el perfil de la sociedad chilena.
¿Por qué el Perú de Alan García y el Brasil de Lula da Silva crecen en torno al 8% anual y sacan de la pobreza a un número notable de personas? Fue porque García continuó el modelo económico abierto dejado por Alejandro Toledo, y fue porque Lula da Silva no alteró las líneas maestras del gobierno legado por Fernando Henrique Cardoso, basado en las reglas de las naciones democráticas y capitalistas del Primer Mundo.
Alan García procedía de un partido nacionalista-populista, el APRA, y en su desastroso primer gobierno, hasta cierto punto, había sido intervencionista, pero durante su segunda residencia en el palacio de Pizarro tuvo la inteligencia de rectificar y se ha comportado como un gobernante responsable del mundo desarrollado y no como un demagogo populista del Tercer Mundo.
Lula da Silva, por su parte, que hace varias décadas creó un partido de corte marxista, el Partido del Trabajo, y a principios de los años 90, junto a Fidel Castro, echó las bases del Foro de Sao Paulo, una especie de truculenta internacional en donde se dan cita los grupos más radicales del espectro político latinoamericano, incluidas las narcoguerrillas de las FARC, cuando llegó al poder abandonó la retórica tercermundista, al menos dentro de las fronteras brasileras.
Lula da Silva, pese a sus devaneos con Irán y su respaldo político a gobiernos como los de Chávez, Fidel Castro y Evo Morales, ha gobernado con sensatez, sin intentar aventuras estatistas o autoritarias que hubieran podido descarrilar la magnífica experiencia brasilera de los últimos 15 años, surgida a partir del momento en que Fernando Henrique Cardoso, entonces presidente de Brasil, también renunció a los disparates consignados en su libro Teoría de la Dependencia, equivocado diagnóstico de los orígenes de la pobreza en el Tercer Mundo.
La distribución desigual de la riqueza. En cuanto a la falta de equidad, es lamentable que la mayor parte de las personas que se quejan de la diferencia de ingresos en América Latina, como se refleja en el Coeficiente Gini, invocando este incómodo dato como el gran pretexto para hacer la revolución, no perciban que ese fenómeno es la consecuencia del tipo de producción que se lleva a cabo en nuestras tierras, más que de la codicia de los empleadores o del designio malvado del capitalismo.
Para disminuir la diferencia de ingresos en nuestras sociedades es fundamental agregarle valor a la producción. La razón por la que un obrero finlandés gana treinta dólares la hora y un recogedor de café, un cortador de caña o el empleado de una bananera tienen que conformarse con diez dólares al día, o menos, es porque el obrero finlandés construye teléfonos portátiles que tienen un gran valor en el mercado, mientras nuestro tejido empresarial continúa produciendo y exportando productos primarios.
Naturalmente, agregarle valor a la producción significa invertir seriamente en educación, estimular la transferencia de capitales y tecnología, dar lugar al surgimiento de clusters de diversos tipos en los que se congregan los conocimientos y los impulsos creativos, y contar con una sociedad y un Estado hospitalarios con el proceso productivo, lo que implica la existencia de una legislación adecuada y un sistema de administración de justicia imparcial, eficiente y razonablemente expedito.
Por supuesto, ese proceso de industrialización creciente y de adquisición de las destrezas tecnológicas y científicas del Primer Mundo es lento y de crecimiento paulatino. No se pueden dar saltos espectaculares porque en él se mezclan las personas, las instituciones y los recursos de forma progresiva. Es casi imposible pasar velozmente de una sociedad rural basada en la explotación de la producción agrícola o agropecuaria, a lo que hoy llamamos una sociedad del conocimiento, dedicada a elaborar bienes o servicios altamente sofisticados y con gran valor agregado.
Sin embargo, hoy, a la vertiginosa velocidad con que podemos recibir la información, el tiempo que se necesita para este tipo de transformación no es tan extenso como pudiera parecer a simple vista.
El proceso productivo contempla tres pasos perfectamente conocidos: la imitación de las sociedades más competentes; la innovación a partir del modelo adoptado y, por último, la creación original. Por los ejemplos que conocemos del pasado siglo XX, en el curso de veinte años, más o menos en el plazo de una generación, es posible dar ese salto, como demostraron los cuatro dragones de Asia, España e Irlanda, y como parece que hace el Chile de nuestro tiempo.
El precio de no entender y de no hacer la reforma. Si suscribimos lo que hasta aquí llevo dicho, hay que darles respuestas a tres preguntas ineludibles: ¿qué ocurre si no conseguimos que nuestros países se conviertan en sociedades orientadas hacia la modernidad y el desarrollo, cómo pueden llevarse a cabo los cambios y quiénes pueden efectuarlos?
La primera pregunta tiene una respuesta bastante obvia: si no se hace la reforma de manera que las masas perciban que tienen oportunidades reales de prosperar, y si no conseguimos que nuestros Estados sean razonablemente justos, eficientes y equitativos, persistirá el divorcio entre la sociedad y el Estado y estaremos permanentemente expuestos a la aparición de caudillos populares, salvadores de la patria dispuestos a crear gobiernos autoritarios con el apoyo electoral de una parte sustancial del electorado. Esa situación, genera un clima de inestabilidad que se traduce en más miseria, emigración y atraso relativo, con lo cual la crisis se retroalimenta incesantemente.
Los cambios, por supuesto, sólo pueden venir de un aumento en la calidad y la intensidad de la educación, mientras se potencia el desarrollo empresarial a todos los niveles. Nunca nos cansaremos de repetir esta verdad elemental, pero frecuentemente olvidada: la riqueza sólo se genera en las empresas. Mientras más tengamos, y mientras más sofisticadas y diversificadas sean, y mientras más utilidades produzcan, más oportunidades habrá para todos y más satisfechas estarán las personas con el país en que nacieron y con el sistema político que libremente se han dado.
La tercera pregunta -¿quiénes pueden efectuar esos cambios?- nos remite a los políticos, pero tiene que haber un catalizador que los precipite en esa dirección, y ese papel sólo pueden jugarlo los empresarios.
Son los empresarios los que pueden educar a la sociedad sobre las verdaderas causas de la pobreza en América Latina. Son los empresarios los que deben señalar cuáles son los defectos de nuestro sistema de educación. Son los empresarios quienes tienen la formación intelectual y los recursos económicos para diseminar información confiable y para crear un clima propicio para la libertad y el desarrollo.
Podrá decirse que ésa, en puridad, no es la tarea de unas personas que deberían dedicarse a producir o negociar bienes y servicios, pero eso es como renunciar a salvar vidas en medio de un incendio porque uno no es bombero ni médico, sino abogado o economista.
Estamos en mitad de un incendio social y los empresarios tienen la obligación moral y la necesidad práctica de mejorar y consolidar el medio político y social en el que viven porque en ello les van sus intereses, el bienestar de su familia y hasta la vida misma. No tienen espacio para ser indiferentes o para marginarse de sus responsabilidades.
De muy poco sirve esforzarse para emprender y levantar un negocio si el terreno en que se implanta no es firme, predecible y confiable. Esa es la atmósfera que hay que conquistar. La de la libertad económica. La de la libertad política. La de la libertad para siempre. Cuando lo logremos, podremos decir que hemos cumplido con nuestro deber.
* Periodista y escritor cubano. Esta ponencia fue publicada con anterioridad en el centro de estudios públicos ElCato.org.
AMÉRICA ECONOMÍA
19-11-10
Fui a dar una conferencia a El Salvador invitado por la Cámara de Comercio y los servicios policiacos cubanos, como casi siempre, montaron su acostumbrado acto de repudio frente al edificio. Nada espectacular: unos cuantos sujetos que vociferaban obscenidades y sin ninguna imaginación gritaban consignas y entonaban pareados revolucionarios de los años sesenta y setenta. Los invitados a mi charla, unas 300 personas, ignoraron la gritería y procedieron tranquilamente al salón, en el piso veinte del soberbio edificio.
Al terminar mi conferencia, un diplomático radicado en el país, muy buen conocedor de la situación nacional, me explicó que el embajador cubano, un señor llamado Pedro Pablo Prada, era un fanático situado en el Salvador con el propósito de radicalizar el proceso político salvadoreño, conducta que preocupaba al gobierno del presidente Mauricio Funes, un demócrata empeñado en mantener la ley, la armonía y el sentido común en un país notablemente polarizado.
Le respondí que en los países libres existía el derecho a la protesta callejera, aunque fuera orquestada por una embajada extranjera que financiaba y coordinaba estos “actos de repudio”. Por otra parte, no tenía la menor idea de quién era o qué se proponía el señor Prada, pero tampoco me sorprendía su actitud. Ese tipo de conducta irresponsable y provocadora forma parte de la estrategia internacional de la dictadura comunista cubana. No obstante, le dije que nunca había entendido la rentabilidad ideológica de esas groseras manifestaciones públicas de la policía política cubana en suelo extranjero. Todo lo que consiguen es mostrar la peor cara del castrismo: la vulgaridad, la intolerancia, y la incapacidad para aceptar o debatir serenamente ideas diferentes a las que ellos predican e imponen por la fuerza. Esa noche, quienes escucharon mi conferencia (que sigue a continuación) tuvieron otra prueba de que mis afirmaciones estaban bien encaminadas.
Introducción. Muchas gracias por invitarme a hablar a El Salvador. No hay duda de que este país, como otras naciones latinoamericanas, está en medio de una difícil encrucijada. La sociedad está dividida en aproximadamente dos mitades en torno a una cuestión nada fácil de solucionar: cómo lograr unos niveles aceptables de prosperidad y desarrollo. Cómo establecer unas pautas de comportamiento justas y equitativas. Cómo crear un modelo económico y social en el que las personas perciban que tienen oportunidades reales de superarse y ascender por sus méritos y esfuerzos en condiciones de igualdad con los otros ciudadanos.
De muy poco sirve esforzarse para emprender y levantar un negocio si el terreno en que se implanta no es firme, predecible y confiable. Esa es la atmósfera que hay que conquistar. La de la libertad económica. La de la libertad política. La de la libertad para siempre. Cuando lo logremos, podremos decir que hemos cumplido con nuestro deber.La primera observación que debo hacer es que este desacuerdo forma parte del problema. Las sociedades más justas, prósperas y desarrolladas del planeta se caracterizan, precisamente, por poseer una cierta visión compartida de la economía y de la forma de gobierno.
En Europa occidental, recientemente, cuando les abrieron la puerta a varias naciones que habían abandonado el comunismo, con el objeto de aceptarlas en la Unión Europea, les impusieron como condición lo que ellos llaman los Criterios de Copenhague, tres sencillos requisitos ineludibles, precisados en 1993 en la capital de Dinamarca: la existencia de un marco institucional plural y democrático, basado en el imperio de leyes justas aplicadas a todos, que preserve los Derechos Humanos; economía de mercado, en la que los actores principales pertenezcan al sector privado, dado que la experiencia con las empresas públicas ha sido funesta; y el compromiso de cumplir con las obligaciones económicas que conlleva formar parte de la Unión Europea.
La inmensa mayoría de los electores consultados estuvo de acuerdo en aceptar esas condiciones para integrarse al mundo occidental. Sencillamente, se rinden ante la evidencia y no discuten, como muchos latinoamericanos, el modelo de Estado.
En efecto, en EE.UU., Canadá, y en los 27 países de la Unión Europea, el 90% de los electores coinciden en algunos temas fundamentales que definen el tipo de Estado que los ciudadanos desean tener, unidad de criterio que no poseemos en América Latina. ¿En qué coinciden? Coinciden en lo que me gusta llamar “Los siete mandamientos del Primer Mundo”:
Primero. La democracia representativa es el sistema más eficaz para organizar el espacio público. De acuerdo con la experiencia, es el modo menos imperfecto de enfrentar los retos comunes.
Segundo. La economía de mercado es el método superior de crear y asignar riquezas para beneficio del conjunto de la sociedad. Así funcionan los veinte países más prósperos y justos del mundo. No es perfecto, pero es mucho mejor que el modelo económico colectivista basado en las decisiones de los burócratas y en la planificación centralizada.
Tercero. La existencia y preservación de los derechos humanos y civiles es la condición legitimadora del Estado. Los Estados son un conjunto de instituciones al servicio de los individuos y no al revés.
Cuarto. El respeto por los derechos de propiedad es un elemento esencial de la convivencia. Los individuos tienen derecho a conservar las riquezas producidas con su esfuerzo, imaginación o creatividad y el Estado no puede arrebatarles arbitrariamente el fruto de su trabajo.
Quinto. Todos los ciudadanos tienen que someterse a la autoridad de la ley, y los gobernantes en primer término. No puede haber impunidad para los poderosos o para los mejor relacionados.
Sexto. Los funcionarios tienen que dar cuenta de sus actos de manera frecuente y permanente. Han sido electos o designados para obedecer a la sociedad en calidad de servidores públicos, no para mandar sobre ella. Son los individuos, organizados en esa fórmula muy laxa que llaman “sociedad civil”, los que deben vigilar a los gobernantes, y no al revés.
Séptimo. Para corregir los errores del anterior gobierno, es fundamental la oposición constructiva, el pluralismo político y la alternancia en el poder con garantías para todos los actores nacionales que se sujeten a las reglas del juego político.
En el mundo desarrollado y democrático hay varias familias políticas que debaten apasionadamente y luchan por ocupar el gobierno -fundamentalmente, liberales, conservadores, socialdemócratas y democristianos-, pero lo que discuten no es la demolición y reemplazo del sistema por otro diametralmente opuesto, sino el tipo de administración, el peso de la carga fiscal y otros factores laterales. En lo esencial, todos los partidos democráticos están de acuerdo, y esa coincidencia le proporciona estabilidad y predictibilidad al desempeño colectivo.
Es verdad que en el llamado primer mundo no todos los electores comparten esta visión del Estado o del modelo económico, pero quienes se apartan radicalmente de ella constituyen una exigua minoría. Probablemente, entre los extremistas de la izquierda, generalmente seducidos por las ideas marxistas, y los de la derecha, captados por el fascismo y el ultranacionalismo, ni siquiera alcancen el 10% del censo electoral.
Sociedades de acceso abierto. ¿Cómo se forjó este amplio consenso en las sociedades desarrolladas? En realidad, esta coincidencia no es el resultado de una decisión dictada por una postura ideológica de carácter teórico, como ocurre entre los marxistas, sino del fruto de la experiencia.
Como consecuencia del éxito y de la imitación de los países triunfadores -liderados por EE.UU.de manera no siempre consciente-, arribaron paulatinamente a la conclusión de que el mejor modo de forjar un estado razonablemente eficiente y satisfactorio era la democracia representativa, mientras la forma más inteligente de estructurar la economía se daba dentro de los parámetros de las normas del mercado.
De acuerdo con el análisis del premio Nobel de economía Douglass North, el proceso ocurrió de una manera imprevista. A fines del siglo XVIII, los estadounidenses decidieron sustituir el antiguo régimen colonial británico y crearon la primera República moderna, consagrada a proteger los derechos individuales y a garantizar la neutralidad del Estado ante ciudadanos que tenían los mismos derechos y deberes.
Ese peculiar Estado, plasmado en la Constitución de 1787 y en las “Enmiendas” inmediatamente incorporadas, fue generando una moral basada en la meritocracia y la competencia, muy crítica del compadrazgo y de los privilegios, actitud que coincidía con la ética de trabajo que ha dado en llamarse “protestante” o “calvinista”, y con la creencia firmemente arraigada en que cada persona era responsable de su propia vida y debía luchar por su bienestar y el de su familia. A ese tipo de sociedad que fue surgiendo en EE.UU., Douglass North le llama de “acceso abierto”.
Las sociedades de acceso abierto, regidas por la meritocracia y la competencia, organizadas mediante la democracia o regla de la mayoría, dotadas de sólidas instituciones de Derecho, muy pronto demostraron su superioridad relativa. A lo largo del siglo XIX, EE.UU. fue estableciéndose, poco a poco, como la primera economía del planeta y el destino deseado por millones de inmigrantes que llegaban al país desde distintos puntos del mundo en busca de lo que pronto se llamó “el sueño americano”.
¿Qué era ese sueño americano? Era algo bastante simple y muy cercano a la “búsqueda de la felicidad” que se menciona en la Declaración de Independencia de EE.UU.: una sociedad en la que los individuos y las familias, dentro de un clima de libertad, si trabajaban con tesón y cumplían las reglas, podían alcanzar las metas personales que se fijaban y prosperar en el terreno material. Esa posibilidad fue la que llenó de esperanzas y de energía a los inmigrantes.
No es de extrañar, pues, que lo que se hacía en EE.UU., y cómo se hacía, luego se convirtiera parcial y paulatinamente en el modelo por el que se regirían naciones como Holanda, Francia, Inglaterra o Canadá. Podían ser monarquías parlamentarias o repúblicas -dos expresiones legítimas y parecidas del mismo Estado de Derecho-, pero en cuanto a libertades individuales, división de poderes y sistema económico, seguían de cerca el patrón de conducta norteamericano. Aunque Estados Unidos, no se proponía como modelo: su éxito convertía al país en un paradigma para el resto de un mundo que comenzó a imitarlo.
La visión marxista. Sin embargo, no todas las personas fueron persuadidas por el éxito de EE.UU. y de las democracias capitalistas. Desde mediados del siglo XIX un pensador alemán, Karl Marx, basado en la influencia de Hegel y en sus propias elucubraciones teóricas, propuso una manera diferente de entender el desarrollo y de establecer la justicia entre los hombres.
No es éste el lugar para resumir las teorías marxistas, pero la esencia de esa corriente ideológica descansa en la hipótesis de que en las sociedades en las que existe la propiedad privada de los medios de producción, la prosperidad de la clase dirigente depende de la explotación de los más débiles y de la expropiación de la plusvalía.
De acuerdo con la cosmovisión del pensador alemán, secundado por Engels y por un pequeño grupo de seguidores, sólo se lograría crear sociedades justas, prósperas y armoniosas cuando hubiera desaparecido la propiedad privada y los medios de producción fueran colectivos.
Para llegar a ese punto y tutelar la violenta transición -la violencia era la partera de la historia de acuerdo con el análisis fatalista de Marx-, el ideólogo alemán propuso la dictadura del proletariado, que sería ejercida por el Partido Comunista, supuesta vanguardia y guía de los trabajadores, hasta el momento en que se forjara sobre la tierra un armonioso paraíso en el que el Estado no sería necesario porque todos contribuirían gustosos y voluntariamente al bienestar colectivo. En ese maravilloso mundo, ni siquiera serían necesarios las leyes y los tribunales, porque el comportamiento antisocial habría sido eliminado del corazón de la especie humana de una manera natural.
El siglo XX fue el campo de prueba donde se enfrentaron las sociedades de acceso abierto, democráticas y capitalistas, y las sociedades comunistas basadas en el partido único y en la propiedad estatal de los medios de producción. Fue una batalla larga, tensa y, a ratos, sangrienta y, como todos sabemos, en 1989, tras el derribo del Muro de Berlín, la posterior desaparición de la URSS y la conversión de Europa del Este al modo occidental de organizar las sociedades, quedó demostrada la superioridad de la teoría y la práctica occidentales.
Es verdad que la transición del comunismo a la libertad y a la economía de mercado no ha sido fácil, pero no hay duda de que los pueblos que consiguieron sacudirse el yugo marxista-leninista, hoy, veinte años después de aquel episodio, son más ricos y felices de lo que eran durante la llamada “dictadura del proletariado”. Y la prueba de esta afirmación está en que ninguna de esas sociedades ha querido regresar a la etapa del colectivismo socialista, aunque cuentan con partidos, muy minoritarios, que todavía defienden esas ideas y poseen representación parlamentaria y medios de comunicación a su servicio que insisten en defender esa polvorienta ideología.
Las ideas zombi. Esta circunstancia nos precipita a un enigma: ¿por qué, si el comunismo se hundió en prácticamente todos los países que habían experimentado con esas teorías y métodos de gobierno, en algunas sociedades de América Latina hay grandes sectores del mundo político que reivindican estas ideas y esa brutal forma de gobernar, en lugar de mirar hacia los países exitosos y libres del planeta? ¿Por qué Hugo Chávez en Venezuela quiere que su país se parezca a Cuba y no a Holanda, a España o a Canadá?
En primer lugar, estamos ante una de las llamadas “ideas zombi”, expresión que acuñó la ex canciller española Ana Palacios. Como sabemos, los zombis, en la mitología religiosa del Caribe africano, son esos muertos que los brujos, en cierta medida, han logrado revitalizar y deambulan entre los vivos en medio de un extraño sopor.
En todo caso, no hay una respuesta, sino varias, ante esta idea zombi. Los defensores del colectivismo estatista, sostenedores en última instancia de las fallidas ideas marxistas, siempre creen que ellos van a gobernar acertadamente y no como sucedió entre los comunistas europeos y asiáticos. Están convencidos de que el problema no radicó en las ideas de Marx, sino en la práctica de quienes se decían sus discípulos.
Estos optimistas camaradas no se dan cuenta de que el comunismo fracasó en todas las latitudes, con todos los pueblos y culturas que lo intentaron, en todas las circunstancias, y bajo la dirección de todo tipo de líderes, desde Stalin a Mao, pasando por Fidel Castro o Pol Pot.
Fracasó en la enorme Rusia, el país más grande de la tierra, dotado de fabulosas riquezas naturales.
Fracasó en la disciplinada y culta Alemania del Este, mientras la del Oeste se convertía, otra vez, tras la Segunda guerra mundial, en una de las admirables locomotoras del mundo.
Fracasó y fracasa en Corea del Norte, uno de los manicomios más pobres y lamentables de Asia, mientras Corea del Sur se convertía en un país del Primer Mundo.
Fracasó en pueblos de tradición ortodoxa griega, como Rusia y Bulgaria y en países de tradición católica como Polonia y Hungría.
Fracasó en sociedades islámicas como Bosnia y Albania y en las de raíces confucianas y budistas como Corea.
Fracasó en pueblos eslavos como Checoslovaquia, Serbia o Eslovenia y en naciones latinas como Rumanía.
Fracasó en África cuando los etíopes y los angoleños trataron de erigir estados comunistas y acabaron organizando mataderos.
Fracasó con pueblos turcomanos, mongólicos y árabes en el sur de la desaparecida URSS.
Fracasó en Nicaragua durante el primer gobierno sandinista, y fracasa en Cuba donde lleva más de medio siglo de desastres.
En suma: fracasó siempre, lo que nos hace presumir que el inevitable destino de ese tipo de gobierno es la miseria, la opresión y la desesperación de la sociedad.
En realidad, no hay un solo caso de un gobierno comunista que le haya traído al pueblo la prosperidad, la paz y esa mínima felicidad que se requiere para no pensar en la emigración como única salida ante la desventura. Incluso, cuando vemos casos de estados comunistas que alcanzan ciertas cotas de desarrollo, como sucede con China o Vietnam, es porque han abandonado los dogmas de la secta y han aceptado al menos una parte de las reglas de las economías desarrolladas de Occidente.
China y Vietnam dejaron de ser dos países miserables y sin esperanzas cuando permitieron la existencia de empresas en manos privadas, abrieron sus economías al exterior y se sometieron a las normas del mercado en lugar de depender exclusivamente de la planificación centralizada por el Estado. Hoy son dos lamentables dictaduras de partido único y capitalismo salvaje, pero, al menos en el terreno económico, han permitido unos espacios de libertad que son los que han acrecentado notablemente la prosperidad de ambas naciones.
En nuestros días, cuando Raúl Castro intenta salvar la maltrecha economía de Cuba, recurre al capitalismo y a la empresa privada porque ya entendió, tras medio siglo de lento aprendizaje, que el colectivismo y la economía planificada por los burócratas del Estado, lejos de generar desarrollo, lo que produce es miseria, mediocridad y falta de entusiasmo en la población.
La otra razón. La otra razón por la que muchos radicales de izquierda todavía se afilian al comunismo en nuestras tierras latinoamericanas y acaban proponiendo “soluciones” contraproducentes a nuestros males, es porque observan que la democracia y la economía de mercado no han resuelto el problema de la pobreza y el subdesarrollo en nuestros países.
Asimismo, les parece obscena la desigualdad económica entre los distintos estratos sociales y creen que pueden combatirla mediante una constante transferencia de recursos captados de los grupos más productivos de la sociedad, entregándolos a los grupos más débiles, con el gobierno como intermediario, práctica que suele conducir a la creación de una dependiente clientela política, conformada por estómagos agradecidos que se acostumbran a aplaudir, no a producir, con lo cual perpetúan los problemas que originalmente pretendían solventar.
Sin embargo, no es falso lo que denuncian: América Latina, es, en efecto, una de las regiones más desiguales del planeta. El problema es que esta izquierda carnívora -la de Castro, la de Hugo Chávez, como la hemos llamado en otros papeles contraponiéndola a la izquierda vegetariana, la de Lula, la del uruguayo José “Pepe” Mujica-, no entiende cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta, y mucho menos cuál es el principal origen de la pésima distribución de la riqueza que se observa en nuestras sociedades latinoamericanas.
Lo que se niegan a admitir estos fogosos revolucionarios es que el camino para superar esos males no se encuentra en las ideas colectivistas, que han demostrado mil veces su inferioridad, sino en la práctica de los países de acceso abierto. Al propio Douglass North, mencionado al inicio de este trabajo, se le debe otra clasificación: los países de acceso limitado.
Esos son los nuestros: países en los que prevalecen el clientelismo, el capitalismo cortesano o mercantilista, siempre en beneficio de los mejor conectados con el poder político. Países en los que imperan el irrespeto a la ley por parte de la clase dirigente, la corrupción y la impunidad; países dotados de una estructura social que no facilita el ascenso de quienes más saben y más se esfuerzan -la necesaria meritocracia-, sino el de aquellos que están mejor relacionados con los mandamases. Así, obviamente, no se asciende al pelotón de naciones que conforman el Primer Mundo. Así se perpetúan las hondas diferencias de clase que caracterizan a nuestras sociedades.
Países de acceso limitado. ¿Cómo fue que Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong, cada país con sus propios matices, se convirtieron en naciones desarrolladas y razonablemente ricas? No fue por medio de la creación de comunas o por colocar el aparato productivo en el ámbito estatal. Tampoco por entregar las iniciativas a una junta de planificación regida por una cúpula partidista. Por el contrario, el salto al primer mundo dado por los llamados tigres o dragones asiáticos fue posible por la imitación del modelo japonés, por alentar la educación y la creatividad individual, por crear instituciones de Derecho que protegían la propiedad privada y solucionaban los inevitables conflictos con cierta destreza.
¿Cómo fue que Chile se transformó en la sociedad que más riqueza per cápita crea en América Latina y la que registra mayor reducción de los índices de pobreza en las últimas décadas? Fue renunciando a la mentalidad estatista y dirigista, respetando la separación tradicional de los poderes, y colocando el banco de emisión, usualmente llamado Banco Central, lejos de la manipulación de los políticos y de las servidumbres electorales. Fue abriéndose al mercado, estableciendo nexos con los centros internacionales de inversión, eliminando el viejo proteccionismo arancelario, y dejando que la competencia y la meritocracia fueran transformando el perfil de la sociedad chilena.
¿Por qué el Perú de Alan García y el Brasil de Lula da Silva crecen en torno al 8% anual y sacan de la pobreza a un número notable de personas? Fue porque García continuó el modelo económico abierto dejado por Alejandro Toledo, y fue porque Lula da Silva no alteró las líneas maestras del gobierno legado por Fernando Henrique Cardoso, basado en las reglas de las naciones democráticas y capitalistas del Primer Mundo.
Alan García procedía de un partido nacionalista-populista, el APRA, y en su desastroso primer gobierno, hasta cierto punto, había sido intervencionista, pero durante su segunda residencia en el palacio de Pizarro tuvo la inteligencia de rectificar y se ha comportado como un gobernante responsable del mundo desarrollado y no como un demagogo populista del Tercer Mundo.
Lula da Silva, por su parte, que hace varias décadas creó un partido de corte marxista, el Partido del Trabajo, y a principios de los años 90, junto a Fidel Castro, echó las bases del Foro de Sao Paulo, una especie de truculenta internacional en donde se dan cita los grupos más radicales del espectro político latinoamericano, incluidas las narcoguerrillas de las FARC, cuando llegó al poder abandonó la retórica tercermundista, al menos dentro de las fronteras brasileras.
Lula da Silva, pese a sus devaneos con Irán y su respaldo político a gobiernos como los de Chávez, Fidel Castro y Evo Morales, ha gobernado con sensatez, sin intentar aventuras estatistas o autoritarias que hubieran podido descarrilar la magnífica experiencia brasilera de los últimos 15 años, surgida a partir del momento en que Fernando Henrique Cardoso, entonces presidente de Brasil, también renunció a los disparates consignados en su libro Teoría de la Dependencia, equivocado diagnóstico de los orígenes de la pobreza en el Tercer Mundo.
La distribución desigual de la riqueza. En cuanto a la falta de equidad, es lamentable que la mayor parte de las personas que se quejan de la diferencia de ingresos en América Latina, como se refleja en el Coeficiente Gini, invocando este incómodo dato como el gran pretexto para hacer la revolución, no perciban que ese fenómeno es la consecuencia del tipo de producción que se lleva a cabo en nuestras tierras, más que de la codicia de los empleadores o del designio malvado del capitalismo.
Para disminuir la diferencia de ingresos en nuestras sociedades es fundamental agregarle valor a la producción. La razón por la que un obrero finlandés gana treinta dólares la hora y un recogedor de café, un cortador de caña o el empleado de una bananera tienen que conformarse con diez dólares al día, o menos, es porque el obrero finlandés construye teléfonos portátiles que tienen un gran valor en el mercado, mientras nuestro tejido empresarial continúa produciendo y exportando productos primarios.
Naturalmente, agregarle valor a la producción significa invertir seriamente en educación, estimular la transferencia de capitales y tecnología, dar lugar al surgimiento de clusters de diversos tipos en los que se congregan los conocimientos y los impulsos creativos, y contar con una sociedad y un Estado hospitalarios con el proceso productivo, lo que implica la existencia de una legislación adecuada y un sistema de administración de justicia imparcial, eficiente y razonablemente expedito.
Por supuesto, ese proceso de industrialización creciente y de adquisición de las destrezas tecnológicas y científicas del Primer Mundo es lento y de crecimiento paulatino. No se pueden dar saltos espectaculares porque en él se mezclan las personas, las instituciones y los recursos de forma progresiva. Es casi imposible pasar velozmente de una sociedad rural basada en la explotación de la producción agrícola o agropecuaria, a lo que hoy llamamos una sociedad del conocimiento, dedicada a elaborar bienes o servicios altamente sofisticados y con gran valor agregado.
Sin embargo, hoy, a la vertiginosa velocidad con que podemos recibir la información, el tiempo que se necesita para este tipo de transformación no es tan extenso como pudiera parecer a simple vista.
El proceso productivo contempla tres pasos perfectamente conocidos: la imitación de las sociedades más competentes; la innovación a partir del modelo adoptado y, por último, la creación original. Por los ejemplos que conocemos del pasado siglo XX, en el curso de veinte años, más o menos en el plazo de una generación, es posible dar ese salto, como demostraron los cuatro dragones de Asia, España e Irlanda, y como parece que hace el Chile de nuestro tiempo.
El precio de no entender y de no hacer la reforma. Si suscribimos lo que hasta aquí llevo dicho, hay que darles respuestas a tres preguntas ineludibles: ¿qué ocurre si no conseguimos que nuestros países se conviertan en sociedades orientadas hacia la modernidad y el desarrollo, cómo pueden llevarse a cabo los cambios y quiénes pueden efectuarlos?
La primera pregunta tiene una respuesta bastante obvia: si no se hace la reforma de manera que las masas perciban que tienen oportunidades reales de prosperar, y si no conseguimos que nuestros Estados sean razonablemente justos, eficientes y equitativos, persistirá el divorcio entre la sociedad y el Estado y estaremos permanentemente expuestos a la aparición de caudillos populares, salvadores de la patria dispuestos a crear gobiernos autoritarios con el apoyo electoral de una parte sustancial del electorado. Esa situación, genera un clima de inestabilidad que se traduce en más miseria, emigración y atraso relativo, con lo cual la crisis se retroalimenta incesantemente.
Los cambios, por supuesto, sólo pueden venir de un aumento en la calidad y la intensidad de la educación, mientras se potencia el desarrollo empresarial a todos los niveles. Nunca nos cansaremos de repetir esta verdad elemental, pero frecuentemente olvidada: la riqueza sólo se genera en las empresas. Mientras más tengamos, y mientras más sofisticadas y diversificadas sean, y mientras más utilidades produzcan, más oportunidades habrá para todos y más satisfechas estarán las personas con el país en que nacieron y con el sistema político que libremente se han dado.
La tercera pregunta -¿quiénes pueden efectuar esos cambios?- nos remite a los políticos, pero tiene que haber un catalizador que los precipite en esa dirección, y ese papel sólo pueden jugarlo los empresarios.
Son los empresarios los que pueden educar a la sociedad sobre las verdaderas causas de la pobreza en América Latina. Son los empresarios los que deben señalar cuáles son los defectos de nuestro sistema de educación. Son los empresarios quienes tienen la formación intelectual y los recursos económicos para diseminar información confiable y para crear un clima propicio para la libertad y el desarrollo.
Podrá decirse que ésa, en puridad, no es la tarea de unas personas que deberían dedicarse a producir o negociar bienes y servicios, pero eso es como renunciar a salvar vidas en medio de un incendio porque uno no es bombero ni médico, sino abogado o economista.
Estamos en mitad de un incendio social y los empresarios tienen la obligación moral y la necesidad práctica de mejorar y consolidar el medio político y social en el que viven porque en ello les van sus intereses, el bienestar de su familia y hasta la vida misma. No tienen espacio para ser indiferentes o para marginarse de sus responsabilidades.
De muy poco sirve esforzarse para emprender y levantar un negocio si el terreno en que se implanta no es firme, predecible y confiable. Esa es la atmósfera que hay que conquistar. La de la libertad económica. La de la libertad política. La de la libertad para siempre. Cuando lo logremos, podremos decir que hemos cumplido con nuestro deber.
* Periodista y escritor cubano. Esta ponencia fue publicada con anterioridad en el centro de estudios públicos ElCato.org.
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AMERICA LATINA,
CARLOS ALBERTO MONTANER
domingo, 24 de octubre de 2010
Las Caras del Tea Party
Por: Mario Vargas Llosa, Escritor
EL COMERCIO
24-10-10
Como al Tea Party se le han encimado toda clase de grupos y organizaciones extremistas, desde fanáticos antiabortistas y antigays hasta integristas religiosos que quieren desterrar a Darwin y a la teoría de la evolución de los planes de estudio en las escuelas y reemplazarlos por el creacionismo bíblico, pasando por sectas pintorescas como los enemigos de la masturbación y de las mezclas raciales, y patrioteros de tricornio, bombachas y tambor, se ha difundido la idea, sobre todo fuera de Estados Unidos, de que la democracia estadounidense podría venirse abajo en las elecciones de parlamentarios y gobernadores de noviembre y caer en manos de ultraderechistas y locos furiosos.
Pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos. La aparición del Tea Party, por lo pronto, en estas elecciones parciales le complica más la vida al Partido Republicano que al Partido Demócrata. Aquel, debido a la caída de la popularidad del gobierno de Obama en razón de la crisis económica, que no da síntomas de amainar, y el 10% de parados de la fuerza laboral, parecía destinado a arrasar en las ánforas. Ahora, debido al trastorno que han creado en su seno el activismo y los éxitos locales del Tea Party en imponer sus candidatos, es seguro que verá reducido su triunfo, por la división del voto republicano y el abstencionismo o fuga al adversario de muchos republicanos a quienes atemoriza la idea que un movimiento tan conservador y radical –y de líderes tan poco sólidos intelectualmente como Sarah Palin o Glenn Beck, la estrella mediática de Fox– vaya a fijar la línea del partido. De modo que el Tea Party tal vez amortigüe algo, o acaso bastante, el voto de castigo al gobierno demócrata.
Por otra parte, el Tea Party no es un partido político y, aunque ha hecho mella entre los afiliados al Partido Republicano y, sobre todo, en los pueblos y provincias alejados de los grandes centros urbanos de Estados Unidos, carece de una organización nacional y del tiempo suficiente para crearla, además de que también conspiran contra ello las divisiones y rivalidades que proliferan en su seno entre, digamos, los más sensatos, los menos sensatos, los payasos y los delirantes (hay todavía subdivisiones más sutiles). Su nacimiento fue espontáneo, una proliferación de grupos que, enarbolando como símbolo el de los colonos de la Revolución independentista que arrojaron al mar los cargamentos de té en rebeldía por el monopolio comercial y los impuestos que imponía Londres, se reunían a protestar por el crecimiento desaforado del Estado que advertían en medidas como la reforma sanitaria y las descomunales ayudas fiscales a los bancos a raíz de la crisis financiera. Lo que parecía poco más que una manifestación intrascendente y pintoresca del folclor político de Estados Unidos creció como la pólvora y saltó de los márgenes para formar parte de la corriente principal del acontecer cívico del país. Mi impresión es que en estas elecciones obtendrá menos victorias de las que se teme y que, probablemente, por su falta de cohesión interna, a todas las rémoras que ha parasitado y a su enclenque espinazo y liderazgo, se irá deshilachando y acaso desaparecerá. Sin embargo, algo importante quedará de él y será absorbido por los grandes partidos y el quehacer político en esta sociedad, una de las más permeables y capaces de recrearse que conozco.
Porque, por debajo de su semblante ultraconservador, reaccionario, populista y demagógico, y de los disparates que pueden proclamar algunos de sus dirigentes, como quienes aseguran que el presidente Obama es un musulmán emboscado que quiere el socialismo para Estados Unidos o los exabruptos de la señora Christine O´Donnell, candidata por Delaware, antigua practicante de la brujería, que ha acusado a los homosexuales de haber creado el sida, hay en la entraña de este movimiento algo sano, realista, democrático y profundamente libertario. El temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia, cuyos tentáculos se infiltran cada vez más en la vida privada de los ciudadanos, recortando y asfixiando su libertad y sus iniciativas; la apropiación por parte del sector público de funciones o servicios que la sociedad civil podría asumir con más eficacia y menos derroche de recursos; la creación de sistemas llamativos de asistencia social que solo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares.
Estos temores no son gratuitos, responden a una realidad de nuestro tiempo y se originan en problemas que se viven por igual en el Primer y el Tercer Mundo. Pero en Estados Unidos tienen una resonancia particular, pues tocan un nervio siempre vivo en un país donde el individualismo no tuvo jamás la mala prensa que tiene en Europa, en la que las doctrinas colectivistas han echado ondas raíces en su historia moderna. A Estados Unidos llegaron los peregrinos europeos en busca de libertad, para practicar su religión, que no era la oficial, para defender el derecho del individuo a gozar de independencia, de elegir su vida sin otra limitación que el respeto de las formas de vida de los otros. En la tradición americana más acendrada no es el Estado sino el ciudadano el responsable primero de su fracaso o de su éxito. Aquel no debe interferir en la vida de este sino garantizar igualdad de oportunidades, que se cumplan las leyes equitativas y justas que dan los representantes elegidos en comicios libérrimos. Durante mucho tiempo, este designio ideal fue más o menos respetado y funcionó, con el extraordinario desarrollo y prosperidad del país como resultado.
En ese modelo había algo de irrealidad y muchas imperfecciones, sin duda, pero dio al grueso de la sociedad estadounidense unos niveles de vida muy por encima del resto del mundo durante mucho tiempo. Luego, en razón de las guerras, de las desigualdades económicas que multiplicó, de la acción política reformista, fue siendo enmendado, en muchas cosas para mejorarlo, pero en otras para empeorarlo. Y entre estas últimas, sin duda, figura esa elefantiásica inflación burocrática que, casi tanto como en Europa, ha ido reduciendo el espacio de libertad y de autonomía del individuo, con el consiguiente encogimiento de la sociedad civil y, por lo tanto, de la responsabilidad del ciudadano frente a sí mismo, su familia y el conjunto social. En la sociedad moderna, donde el Estado es Dios, el individuo es cada vez menos responsable, porque la realidad apenas le permite serlo, lo empuja cada días más a ser un mero dependiente del Estado. Para casi todo: estudiar, curarse, obtener un trabajo, disfrutar de un seguro, participar y disfrutar de la vida cultural, jubilarse, cuenta con el Estado. La idea de que ese es el destino final de la evolución que viene siguiendo la realidad de su país es simplemente intolerable para un sector importante de Estados Unidos, donde la idea del individuo soberano que no debe dejarse arrollar ni instrumentalizar por el Estado, siempre un peligro latente para su libertad, es ingrediente esencial de su historia.
Ese es un sentimiento justo y que merece ser incorporado a la agenda política pues apunta a problemas reales que enfrenta la cultura democrática. Si el Estado no se descentraliza y adelgaza, si no devuelve a la sociedad civil, a los particulares, las muchas iniciativas y servicios que les ha ido arrebatando, el resultado final será el envilecimiento de la democracia, su conversión en una mera apariencia en la que el individuo ha dejado de ser libre y se ha convertido en un autómata, manipulado por burócratas invisibles y todopoderosos que, desde la sombra de sus despachos, toman todas las decisiones importantes que conciernen a su destino. No es verdad que solo el Estado puede ejercitar la solidaridad con el débil, la ayuda al que no puede valerse por sí mismo, responsabilizarse de la cultura, la salud, el trabajo de los ciudadanos. En muchísimos casos, estos lo hacen mejor y gastando menos que los burócratas. En el de la cultura, por ejemplo, aquí, en Estados Unidos, en gran parte, los magníficos museos, las óperas y conciertos, la danza, las grandes exposiciones y las bibliotecas públicas son financiados principalmente por la sociedad civil. Es verdad que hay incentivos tributarios que alientan esta generosidad, pero la razón principal es una tradición cultural, no desaparecida del todo, que induce a los ciudadanos a actuar, tomar iniciativas en invertir su dinero en aquello que creen justo y necesario. A diferencia de los otros, este mensaje del Tea Party merece ser tenido en cuenta.
New York, octubre del 2010
EL COMERCIO
24-10-10
Como al Tea Party se le han encimado toda clase de grupos y organizaciones extremistas, desde fanáticos antiabortistas y antigays hasta integristas religiosos que quieren desterrar a Darwin y a la teoría de la evolución de los planes de estudio en las escuelas y reemplazarlos por el creacionismo bíblico, pasando por sectas pintorescas como los enemigos de la masturbación y de las mezclas raciales, y patrioteros de tricornio, bombachas y tambor, se ha difundido la idea, sobre todo fuera de Estados Unidos, de que la democracia estadounidense podría venirse abajo en las elecciones de parlamentarios y gobernadores de noviembre y caer en manos de ultraderechistas y locos furiosos.
Pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos. La aparición del Tea Party, por lo pronto, en estas elecciones parciales le complica más la vida al Partido Republicano que al Partido Demócrata. Aquel, debido a la caída de la popularidad del gobierno de Obama en razón de la crisis económica, que no da síntomas de amainar, y el 10% de parados de la fuerza laboral, parecía destinado a arrasar en las ánforas. Ahora, debido al trastorno que han creado en su seno el activismo y los éxitos locales del Tea Party en imponer sus candidatos, es seguro que verá reducido su triunfo, por la división del voto republicano y el abstencionismo o fuga al adversario de muchos republicanos a quienes atemoriza la idea que un movimiento tan conservador y radical –y de líderes tan poco sólidos intelectualmente como Sarah Palin o Glenn Beck, la estrella mediática de Fox– vaya a fijar la línea del partido. De modo que el Tea Party tal vez amortigüe algo, o acaso bastante, el voto de castigo al gobierno demócrata.
Por otra parte, el Tea Party no es un partido político y, aunque ha hecho mella entre los afiliados al Partido Republicano y, sobre todo, en los pueblos y provincias alejados de los grandes centros urbanos de Estados Unidos, carece de una organización nacional y del tiempo suficiente para crearla, además de que también conspiran contra ello las divisiones y rivalidades que proliferan en su seno entre, digamos, los más sensatos, los menos sensatos, los payasos y los delirantes (hay todavía subdivisiones más sutiles). Su nacimiento fue espontáneo, una proliferación de grupos que, enarbolando como símbolo el de los colonos de la Revolución independentista que arrojaron al mar los cargamentos de té en rebeldía por el monopolio comercial y los impuestos que imponía Londres, se reunían a protestar por el crecimiento desaforado del Estado que advertían en medidas como la reforma sanitaria y las descomunales ayudas fiscales a los bancos a raíz de la crisis financiera. Lo que parecía poco más que una manifestación intrascendente y pintoresca del folclor político de Estados Unidos creció como la pólvora y saltó de los márgenes para formar parte de la corriente principal del acontecer cívico del país. Mi impresión es que en estas elecciones obtendrá menos victorias de las que se teme y que, probablemente, por su falta de cohesión interna, a todas las rémoras que ha parasitado y a su enclenque espinazo y liderazgo, se irá deshilachando y acaso desaparecerá. Sin embargo, algo importante quedará de él y será absorbido por los grandes partidos y el quehacer político en esta sociedad, una de las más permeables y capaces de recrearse que conozco.
Porque, por debajo de su semblante ultraconservador, reaccionario, populista y demagógico, y de los disparates que pueden proclamar algunos de sus dirigentes, como quienes aseguran que el presidente Obama es un musulmán emboscado que quiere el socialismo para Estados Unidos o los exabruptos de la señora Christine O´Donnell, candidata por Delaware, antigua practicante de la brujería, que ha acusado a los homosexuales de haber creado el sida, hay en la entraña de este movimiento algo sano, realista, democrático y profundamente libertario. El temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia, cuyos tentáculos se infiltran cada vez más en la vida privada de los ciudadanos, recortando y asfixiando su libertad y sus iniciativas; la apropiación por parte del sector público de funciones o servicios que la sociedad civil podría asumir con más eficacia y menos derroche de recursos; la creación de sistemas llamativos de asistencia social que solo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares.
Estos temores no son gratuitos, responden a una realidad de nuestro tiempo y se originan en problemas que se viven por igual en el Primer y el Tercer Mundo. Pero en Estados Unidos tienen una resonancia particular, pues tocan un nervio siempre vivo en un país donde el individualismo no tuvo jamás la mala prensa que tiene en Europa, en la que las doctrinas colectivistas han echado ondas raíces en su historia moderna. A Estados Unidos llegaron los peregrinos europeos en busca de libertad, para practicar su religión, que no era la oficial, para defender el derecho del individuo a gozar de independencia, de elegir su vida sin otra limitación que el respeto de las formas de vida de los otros. En la tradición americana más acendrada no es el Estado sino el ciudadano el responsable primero de su fracaso o de su éxito. Aquel no debe interferir en la vida de este sino garantizar igualdad de oportunidades, que se cumplan las leyes equitativas y justas que dan los representantes elegidos en comicios libérrimos. Durante mucho tiempo, este designio ideal fue más o menos respetado y funcionó, con el extraordinario desarrollo y prosperidad del país como resultado.
En ese modelo había algo de irrealidad y muchas imperfecciones, sin duda, pero dio al grueso de la sociedad estadounidense unos niveles de vida muy por encima del resto del mundo durante mucho tiempo. Luego, en razón de las guerras, de las desigualdades económicas que multiplicó, de la acción política reformista, fue siendo enmendado, en muchas cosas para mejorarlo, pero en otras para empeorarlo. Y entre estas últimas, sin duda, figura esa elefantiásica inflación burocrática que, casi tanto como en Europa, ha ido reduciendo el espacio de libertad y de autonomía del individuo, con el consiguiente encogimiento de la sociedad civil y, por lo tanto, de la responsabilidad del ciudadano frente a sí mismo, su familia y el conjunto social. En la sociedad moderna, donde el Estado es Dios, el individuo es cada vez menos responsable, porque la realidad apenas le permite serlo, lo empuja cada días más a ser un mero dependiente del Estado. Para casi todo: estudiar, curarse, obtener un trabajo, disfrutar de un seguro, participar y disfrutar de la vida cultural, jubilarse, cuenta con el Estado. La idea de que ese es el destino final de la evolución que viene siguiendo la realidad de su país es simplemente intolerable para un sector importante de Estados Unidos, donde la idea del individuo soberano que no debe dejarse arrollar ni instrumentalizar por el Estado, siempre un peligro latente para su libertad, es ingrediente esencial de su historia.
Ese es un sentimiento justo y que merece ser incorporado a la agenda política pues apunta a problemas reales que enfrenta la cultura democrática. Si el Estado no se descentraliza y adelgaza, si no devuelve a la sociedad civil, a los particulares, las muchas iniciativas y servicios que les ha ido arrebatando, el resultado final será el envilecimiento de la democracia, su conversión en una mera apariencia en la que el individuo ha dejado de ser libre y se ha convertido en un autómata, manipulado por burócratas invisibles y todopoderosos que, desde la sombra de sus despachos, toman todas las decisiones importantes que conciernen a su destino. No es verdad que solo el Estado puede ejercitar la solidaridad con el débil, la ayuda al que no puede valerse por sí mismo, responsabilizarse de la cultura, la salud, el trabajo de los ciudadanos. En muchísimos casos, estos lo hacen mejor y gastando menos que los burócratas. En el de la cultura, por ejemplo, aquí, en Estados Unidos, en gran parte, los magníficos museos, las óperas y conciertos, la danza, las grandes exposiciones y las bibliotecas públicas son financiados principalmente por la sociedad civil. Es verdad que hay incentivos tributarios que alientan esta generosidad, pero la razón principal es una tradición cultural, no desaparecida del todo, que induce a los ciudadanos a actuar, tomar iniciativas en invertir su dinero en aquello que creen justo y necesario. A diferencia de los otros, este mensaje del Tea Party merece ser tenido en cuenta.
New York, octubre del 2010
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INTERNACIONAL,
MARIO VARGAS LLOSA
jueves, 14 de octubre de 2010
La Hora de América Latina
Por: Raúl Rivera *
EL MERCURIO
14-10-10
Estamos acostumbrados a vernos como una región muy colorida y pintoresca, pero bastante insignificante en el contexto mundial, fragmentada en países muy distintos unos de otros, bastante inestable, pobre, violenta, atrapada desde hace mucho tiempo en manos de dictadores, narcotraficantes y líderes neopopulistas como Chávez y Kirchner. No estamos solos: el resto del mundo también nos tiende a ver así.
Como demuestro en detalle en mi nuevo libro "Nuestra Hora" (que se lanzará hoy), la realidad es casi sin excepción la opuesta. Aunque muchos lo ignoremos, ya somos una región de unos 600 millones de habitantes. Nuestro territorio es cuatro veces mayor al de Europa, y lo que es menos sabido, es más grande que el de China y Estados Unidos sumados. Con un PIB regional de unos seis trillones de dólares (PPP), ya somos la cuarta economía mundial, además de ser una de las más estables y dinámicas, como la reciente crisis global puso de manifiesto. Somos casi sin excepción una región democrática, urbana, de clase media y mucho más homogénea culturalmente que cualquier otra región del mundo, y posiblemente fuimos la región más pacífica del mundo durante el último siglo. Otro dato sorprendente: los neopopulistas como Chávez, sumados, no alcanzan a representar más de un 20% de nuestra economía o población.
Aunque todavía no nos hayamos dado cuenta, el antiguo sueño de la unidad regional se ha vuelto prácticamente una realidad: a estas alturas estamos bastante integrados en casi todo sentido, menos el político. La mayoría de nuestras expresiones culturales (música, bailes, literatura, arte, religión, idioma y, lo que es más importante, valores) ignoran por completo nuestras fronteras. La geografía de nuestros países también se burla de ellas (Chile es algo excepcional, pero no tanto como nos vemos desde Santiago). La añorada integración económica regional también está muy avanzada gracias a los TLC (al abrirnos al mundo nuestros países se han abierto a la región) y a las multilatinas. En años recientes, Chile, Perú, Colombia y México han negociado o firmado TLCs no sólo con la Unión Europea y los Estados Unidos, sino también entre ellos. De hecho, este mercado común subregional -en fases finales de gestación- agrupa a más de doscientos millones de consumidores y representa una economía de casi 2,5 trillones de dólares (PPP), más grande que la brasilera.
Hasta ahora no hemos logrado avanzar en nuestra integración política, algo tal vez afortunado (quién sabe qué burocracia hubiéramos montado). Pero los costos de nuestra desunión están creciendo, a medida que nuestros países aprovechan su creciente prosperidad para embarcarse en una carrera armamentista y el mundo se organiza en bloques culturales homogéneos.
En resumen, la mayoría de las ideas que tenemos sobre la región no resisten análisis y ha llegado la hora de abandonarlas. Ha llegado la hora de tomar conciencia de todo esto y poner en marcha un reordenamiento de la región, a partir de esta nueva visión de nosotros mismos. Ha llegado la hora de creer en nosotros.
* Presidente y fundador de Foro de Innovación.
En twitter: @raulrivera
EL MERCURIO
14-10-10
Estamos acostumbrados a vernos como una región muy colorida y pintoresca, pero bastante insignificante en el contexto mundial, fragmentada en países muy distintos unos de otros, bastante inestable, pobre, violenta, atrapada desde hace mucho tiempo en manos de dictadores, narcotraficantes y líderes neopopulistas como Chávez y Kirchner. No estamos solos: el resto del mundo también nos tiende a ver así.
Como demuestro en detalle en mi nuevo libro "Nuestra Hora" (que se lanzará hoy), la realidad es casi sin excepción la opuesta. Aunque muchos lo ignoremos, ya somos una región de unos 600 millones de habitantes. Nuestro territorio es cuatro veces mayor al de Europa, y lo que es menos sabido, es más grande que el de China y Estados Unidos sumados. Con un PIB regional de unos seis trillones de dólares (PPP), ya somos la cuarta economía mundial, además de ser una de las más estables y dinámicas, como la reciente crisis global puso de manifiesto. Somos casi sin excepción una región democrática, urbana, de clase media y mucho más homogénea culturalmente que cualquier otra región del mundo, y posiblemente fuimos la región más pacífica del mundo durante el último siglo. Otro dato sorprendente: los neopopulistas como Chávez, sumados, no alcanzan a representar más de un 20% de nuestra economía o población.
Aunque todavía no nos hayamos dado cuenta, el antiguo sueño de la unidad regional se ha vuelto prácticamente una realidad: a estas alturas estamos bastante integrados en casi todo sentido, menos el político. La mayoría de nuestras expresiones culturales (música, bailes, literatura, arte, religión, idioma y, lo que es más importante, valores) ignoran por completo nuestras fronteras. La geografía de nuestros países también se burla de ellas (Chile es algo excepcional, pero no tanto como nos vemos desde Santiago). La añorada integración económica regional también está muy avanzada gracias a los TLC (al abrirnos al mundo nuestros países se han abierto a la región) y a las multilatinas. En años recientes, Chile, Perú, Colombia y México han negociado o firmado TLCs no sólo con la Unión Europea y los Estados Unidos, sino también entre ellos. De hecho, este mercado común subregional -en fases finales de gestación- agrupa a más de doscientos millones de consumidores y representa una economía de casi 2,5 trillones de dólares (PPP), más grande que la brasilera.
Hasta ahora no hemos logrado avanzar en nuestra integración política, algo tal vez afortunado (quién sabe qué burocracia hubiéramos montado). Pero los costos de nuestra desunión están creciendo, a medida que nuestros países aprovechan su creciente prosperidad para embarcarse en una carrera armamentista y el mundo se organiza en bloques culturales homogéneos.
En resumen, la mayoría de las ideas que tenemos sobre la región no resisten análisis y ha llegado la hora de abandonarlas. Ha llegado la hora de tomar conciencia de todo esto y poner en marcha un reordenamiento de la región, a partir de esta nueva visión de nosotros mismos. Ha llegado la hora de creer en nosotros.
* Presidente y fundador de Foro de Innovación.
En twitter: @raulrivera
viernes, 10 de septiembre de 2010
La Ceguera
Por: Jaime De Althaus Guarderas
EL COMERCIO
10-09-10
Parece una burla macabra que hayan tenido que pasar 50 años para que Fidel Castro se percate de que el “modelo cubano” no funciona. Pero ello no debería asombrarnos, y menos aún que la crítica venga ahora del propio Fidel y no de la sociedad. Es consecuencia del modelo mismo, del sistema de control político absoluto propio del sistema comunista, que alcanzó niveles de perfección –eso sí– en Cuba. Allí no hay libertad de expresión ni de información. Está prohibido pensar, criticar e incluso saber lo que realmente ocurre. Carece, entonces, del mecanismo interno para su propia renovación. Es la combinación de la ceguera con la mudez.
En Cuba hay un solo periódico –el “Gramma”– cuyo editorialista único es Fidel Castro, que en lo que constituye la envidia del periodista de opinión– dicta desde su columna las políticas y critica, cuando no le gustan, las tímidas reformas que su hermano Raúl osa lanzar, anulándolas por supuesto. Hay cinco canales de televisión, uno dedicado al deporte, dos a programas educativos y los restantes a noticias. Las noticias nacionales son siempre positivas o, cuando son malas, ello es siempre culpa del imperio o de la naturaleza y entonces se presenta a las autoridades de la “revolución” luchando junto con el pueblo para enfrentar la adversidad. Las noticias internacionales, en cambio, son siempre negativas: exponen la violencia y las revueltas sociales que ocurren en otros países –por ejemplo, en el Perú. Y como Internet está prohibida –así como lo lee–, el resultado es que mucha gente cree que, si bien pasa las de Caín para sobrevivir, por lo menos se encuentra en un país relativamente ordenado y protegido por Fidel mientras el resto del mundo se cae a pedazos.
En un ambiente así, resguardado, además, por los comités de la revolución en cada manzana, no es de extrañar que hasta el propio Castro se haya creído su propia mentira. Y que solo él pueda quitarse la venda de los ojos. Naturalmente, ese acto de iluminación no irá al extremo de retirar las mordazas de las bocas de los cubanos. Pero sí a cortar algunas de las sogas que atan sus manos. Hace un mes Raúl Castro anunció que se autorizaría a los cubanos a abrir pequeños negocios. Imagínese. En Cuba nadie podía tener siquiera una pequeña bodega, menos aun un taxi. La iniciativa individual prohibida. La voluntad, anulada. Todos menores de edad, minusválidos morales. Hace un año y medio se promovió la entrega de algunas tierras en posesión privada –no en propiedad– a quien quisiera trabajarlas, para ver si se reducía el déficit de alimentos. Pero quienes incursionaron fracasaron porque no existe el mercado que les abastezca de equipos, insumos o crédito.
Es la ocasión precisa para que Patria Roja, aliada de Susana Villarán, abjure del credo comunista. ¿Lo hará?
EL COMERCIO
10-09-10
Parece una burla macabra que hayan tenido que pasar 50 años para que Fidel Castro se percate de que el “modelo cubano” no funciona. Pero ello no debería asombrarnos, y menos aún que la crítica venga ahora del propio Fidel y no de la sociedad. Es consecuencia del modelo mismo, del sistema de control político absoluto propio del sistema comunista, que alcanzó niveles de perfección –eso sí– en Cuba. Allí no hay libertad de expresión ni de información. Está prohibido pensar, criticar e incluso saber lo que realmente ocurre. Carece, entonces, del mecanismo interno para su propia renovación. Es la combinación de la ceguera con la mudez.
En Cuba hay un solo periódico –el “Gramma”– cuyo editorialista único es Fidel Castro, que en lo que constituye la envidia del periodista de opinión– dicta desde su columna las políticas y critica, cuando no le gustan, las tímidas reformas que su hermano Raúl osa lanzar, anulándolas por supuesto. Hay cinco canales de televisión, uno dedicado al deporte, dos a programas educativos y los restantes a noticias. Las noticias nacionales son siempre positivas o, cuando son malas, ello es siempre culpa del imperio o de la naturaleza y entonces se presenta a las autoridades de la “revolución” luchando junto con el pueblo para enfrentar la adversidad. Las noticias internacionales, en cambio, son siempre negativas: exponen la violencia y las revueltas sociales que ocurren en otros países –por ejemplo, en el Perú. Y como Internet está prohibida –así como lo lee–, el resultado es que mucha gente cree que, si bien pasa las de Caín para sobrevivir, por lo menos se encuentra en un país relativamente ordenado y protegido por Fidel mientras el resto del mundo se cae a pedazos.
En un ambiente así, resguardado, además, por los comités de la revolución en cada manzana, no es de extrañar que hasta el propio Castro se haya creído su propia mentira. Y que solo él pueda quitarse la venda de los ojos. Naturalmente, ese acto de iluminación no irá al extremo de retirar las mordazas de las bocas de los cubanos. Pero sí a cortar algunas de las sogas que atan sus manos. Hace un mes Raúl Castro anunció que se autorizaría a los cubanos a abrir pequeños negocios. Imagínese. En Cuba nadie podía tener siquiera una pequeña bodega, menos aun un taxi. La iniciativa individual prohibida. La voluntad, anulada. Todos menores de edad, minusválidos morales. Hace un año y medio se promovió la entrega de algunas tierras en posesión privada –no en propiedad– a quien quisiera trabajarlas, para ver si se reducía el déficit de alimentos. Pero quienes incursionaron fracasaron porque no existe el mercado que les abastezca de equipos, insumos o crédito.
Es la ocasión precisa para que Patria Roja, aliada de Susana Villarán, abjure del credo comunista. ¿Lo hará?
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JAIME DE ALTHAUS
lunes, 6 de septiembre de 2010
La Energía de Esquisto atemoriza a Potencias Gasíferas
Publicada a las 06:45 AM del 16 de Junio de 2010 | El Mundo
El gas de esquisto revoluciona el mundo. Posiciones encontradas se debaten entre lo bueno, lo malo y lo feo del negocio. Se construyen escenarios y con ellos más de un país exportador de gas convencional está expectante.
Mientras tanto, las empresas en Estados Unidos definen un agresivo plan de exploración y producción en los enormes reservorios encontrados en los últimos años. Su independencia energética luce para ellos cercana.
Los ecologistas, por su parte, desgranan uno a uno los "inconvenientes" que este gas no convencional tiene sobre el medio ambiente. Esta vez las emisiones de dióxido de carbono (CO2) no son el foco primario.
Los grupos verdes de esa nación se preocupan más bien porque la explotación de este recurso supone un uso "excesivo" del recurso hídrico y puede contaminar las aguas subterráneas y el subsuelo por el empleo de aditivos químicos durante el proceso de producción.
Sin embargo, para el ex presidente de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), Luis Giusti, este es un problema y reto tecnológico que se irá resolviendo con seguridad gracias al avance de la tecnología.
Gas en piedras
Este gas se encuentra atrapado en rocas sedimentarias conocidas como esquistos, lutitas o pizarras (shale gas en inglés). Se libera tras la fracturación de estas, en presencia de agua y algunos químicos, y sus características físicas son exactamente iguales a las del gas natural convencional.
Según datos del Departamento de Energía de los Estados Unidos (EIA por sus siglas en inglés), se estima que solo en ese país hay 28,3 billones de pies cúbicos recuperables de gas de esquisto, suficiente para cubrir las necesidades de esa nación durante los próximos 50 años.
Y si se suman las reservas del gas convencional, que ascienden a 244,7 billones de pies cúbicos, el total pudiera alcanzar para abastecer al país por más de 150 años.
Se proyecta, además, que para el año 2035, este gas proporcionará 24% del recurso gasífero que se consumirá en Estados Unidos. Actualmente, representa solo 6% de la matriz de demanda.
Comenta el analista petrolero y profesor de posgrado de la UCV, Mazhar Al-Shereidah, que las ventajas que promete este recurso han hecho que las empresas del sector se lamenten por las enormes inversiones destinadas a terminales de gasificación para recibir buques con gas licuado de otras latitudes.
Europa, por su parte, podría recuperar cerca de 5,66 billones de pies cúbicos de sus reservas, lo que para los países de la zona es un golpe de gracia, pues dejarían de depender de la supremacía rusa en materia gasífera.
De hecho, las naciones con potencial de producción de gas no convencional se encuentran en varias etapas, en cuanto a atracción de inversiones, evaluación de recursos, o a punto de entrar en la fase de explotación.
La fiebre del gas de esquisto tiene a las grandes empresas del mundo buscando reservas en Europa, pero también estudian con atención los mapas geológicos de Asia y el norte de África tras la pista de otros yacimientos.
Lo cierto es que esta no tan nueva, pero sí recientemente explotada forma de energía, tiene a las empresas del negocio sacando sus cuentas. Suman, restan, multiplican y dividen, y pese a que los costos de producción resultan superiores a los del gas natural convencional, "sigue siendo definitivamente un negocio".
Los empresarios que lo explotan desde hace menos de una década intentan con desesperación armar fusiones con las grandes del negocio petrolero y gasífero en los Estados Unidos. Buscan recursos en un momento en que los elevados precios del petróleo permiten incursionar en otras alternativas de energía.
El analista y profesor experto en materia gasífera, Diego González, sostiene que la independencia energética de los Estados Unidos no es una entelequia. Barack Obama viene con todo para lograrla, más aún cuando el único suplidor confiable de petróleo que le está quedando es Canadá.
Reconoce que el costo de producción de este gas de esquisto o pizarra es superior al del gas convencional, pero EEUU, a decir del analista, está en estos momentos entrampado.
A su juicio, es "fatal" e inconveniente que se haya suspendido la perforación y exploración en el Golfo de México por espacio de seis meses, pues esta zona es el alimento energético seguro de esa nación, en términos de suministro interno de gas y crudo.
"Si se toma en cuenta también que la declinación de los yacimientos en tierra firme se ha agravado desde que fuera anunciada a finales de los setenta, y que tampoco ha habido nuevos descubrimientos, no les queda más que engrosar sus opciones de energía y en especial la del gas de esquisto. Aunque les salga más caro, se puede producir sin pérdidas", dijo González.
Cuestión de óptica
La empresa asesora y de investigaciones Bernstein Research de Nueva York estima que la industria del gas de esquisto necesita un precio de 7,50 a 8 dólares por mil pies cúbicos (Mpc) para alcanzar el equilibrio en sus costos de producción y exploración, lo que significaría un aumento de más de 60% en las cotizaciones del gas natural.
Otro escenario, más optimista, calcula que el negocio del gas de esquisto puede mantenerse económicamente rentable, si se logra el promedio de los últimos 15 años de 5,50 dólares por Mpc.
De acuerdo con esto, el precio de este combustible debería subir entre 1,5 y 2 dólares por Mpc desde los precios actuales que giran entre 3,50 y 4 dólares, lo que supone unos 24 a 30 dólares por barril.
Sin embargo, el analista petrolero, Mazhar Al-Shereidah, asegura que los avances tecnológicos permiten solventar muchos de los problemas técnicos y económicos derivados de la explotación de este gas. Durante los últimos tres años, la producción ha aumentado en Estados Unidos, al punto de superar la del gigante gasífero ruso.
La producción diaria de gas natural en EEUU, incluyendo el de esquisto, se ubica -según un reporte de la EIA- en 27.832 millones de pies cúbicos, mientras que Rusia produce 24.377 millones de pies cúbicos diarios.
¿Se moverá el mapa energético?
La matriz de consumo energético en el mundo está en constante cambio, y más ahora que los acuerdos a escala mundial buscan de manera desesperada el concurso y compromiso de las naciones para disminuir las emisiones de CO2.
Un reportaje del diario The New York Times dice que la fiebre por el gas de esquisto aún está en sus comienzos y muchos analistas creen que esta forma de energía puede reducir la dependencia europea no solo del gas natural ruso, sino también del iraní.
Expertos consideran que muchos países podrían aumentar sus reservas de gas en 40%, cifra similar al repunte que ha experimentado EEUU en los últimos años. Los cálculos más conservadores apuntan a un crecimiento de 20% en las reservas mundiales conocidas, que se ubican en 6.254,364 billones de pies cúbicos.
En un artículo publicado en The Wall Street Journal, la analista de energía norteamericana, Amy Myers Jaffe, también directora de estudios de energía del Instituto James A. Baker III de Políticas Públicas en la Universidad de Rice, sentencia que la amenaza de este gas natural es real.
Para ella los argumentos que se esgrimen sobre el medio ambiente, y las justificaciones económicas sobre la inviabilidad de la explotación de este combustible son simples argumentos de los mayores productores y exportadores de gas para mantener sus espacios intactos.
"Uno de los principales beneficios de la fiebre del gas de esquisto será conceder a los consumidores occidentales y chinos un suministro de combustible en su propia casa, frustrando la creación de un posible cartel de gas natural", dice la analista.
Considera que las repercusiones políticas del gas de esquisto harán mucho más que ahogar a los carteles de gas natural. "Desorientarán a la política mundial, poniendo en su sitio a algunos alborotadores de toda la vida y posiblemente llevando a algunos rivales al redil occidental".
Pero el asesor de energía, Carlos Mendoza Potellá, tiene un punto de vista radicalmente opuesto. Considera que el gas de esquisto necesita una Opep del Gas para que los precios alcancen mejores niveles y se torne económicamente rentable.
Rusia responde
La extracción del gas de esquisto, no obstante, pareciera no preocupar al principal productor y exportador de gas tradicional a escala global: Rusia.
Según un despacho de la agencia Novosti, el presidente de la empresa Gazprom, Alexei Miller, aseguró que ese tipo de gas no podrá influir seriamente en el mercado europeo ni hará peligrar las posiciones del consorcio energético ruso en Europa.
Pero el ministro ruso de Recursos Naturales, Yuri Trutnev, reconoció que el problema del gas de esquistos existe, en su opinión y la de los dirigentes de Gazprom. Tanto más cuando se han descubierto nuevas reservas en algunos países europeos, que son clientes de Gazprom, señala AFP.
Un analista del gabinete East European Gas Analysis recuerda que Polonia otorgó 56 licencias de exploración de gas de esquisto.
En consecuencia, esta fuente de energía no convencional va a "aumentar la competencia", agregó. Lo que sin lugar a dudas va a cambiar las cosas para Gazprom, que ocupa actualmente una cuarta parte del mercado europeo y tiene la ambición de lograr un tercio de aquí a 2020.
De esta manera, los clientes europeos podrían aprovechar para reducir su dependencia respecto a Rusia, indicó.
Los trabajos sobre el gas de esquisto solo están en una "etapa preliminar", señaló Valeri Nesterov, especialista del sector energético del banco de inversiones Troika Dialog, por lo que estima difícil hacer estimaciones por el momento.
Sin embargo, sostiene que los pronósticos alarmistas son útiles para Gazprom, pues advierten al grupo para girar el rumbo. Es sabido que el consorcio ruso ya comenzó a reflexionar y a hacer concesiones, señaló el analista.
Pero los planes de Polonia no son una simple alarma, Radek Sikorski, el ministro de Asuntos Exteriores polaco, visitó recientemente Houston, EEUU, para hablar con las grandes empresas energéticas estadounidenses sobre el gas de esquisto.
A China, por ejemplo, también le entusiasma la idea de que pronto puedan beneficiarse del gas de esquisto, pues esa nación parece disponer de sus propias reservas, por lo que ha firmado un acuerdo con Estados Unidos para estudiar su explotación.
¿Y qué hay de Venezuela?
"Es aventurado pensar que en el corto plazo la producción de gas de esquisto pueda reemplazar las ventas venezolanas de crudo a Estados Unidos. No es tan fácil, la "adicción al petróleo" por parte del país del norte será difícil de modificar. La geopolítica estadounidense tradicionalmente tendiente a países que considera no-amigos como Venezuela, seguirá, aunque las estrategias alternativas ya están en proceso", opinó el experto y asesor en materia energética, Hernán Federico Pacheco.
Para que el gas reemplace al petróleo debe haber una transformación estructural en los diferentes sectores industriales.
Esta transición no sucede de un día para otro, es un tema además cultural y de hábitos de consumo energético, indica Pacheco.
El juego en el que no está participando Venezuela es el de la diversificación de la matriz energética del mundo.
"Nos quedamos con la visión de país monoproductor y monoexportador nato de crudo, en un momento clave, cuando en el planeta se reacomodan las cargas de las diferentes fuentes alternas de energía primaria, que salen al auxilio no solo de las economías de las naciones, sino de la supervivencia del medio ambiente", dice el profesor Al-Shereidah.
Venezuela está en el sitial de los grandes en materia energética: no solo es el primero en reservas de petróleo, sino que está en el top 10 del gas natural. Sin embargo, no ha logrado repuntar su producción de crudo y tampoco ha arreciado su explotación gasífera.
Estudios geológicos han descartado la posibilidad de que haya gas de esquisto en Venezuela. El profesor Mendoza Potellá señala que las cuencas sedimentarias del país son normales, y todo apunta a que no es posible. "No tenemos esquistos en nuestra geología".
Analistas del entorno energético nacional han insistido en la necesidad de que Venezuela se aboque a satisfacer las necesidades internas de gas, para iniciar la etapa exportadora.
Ahora, la gran pregunta que se formulan los analistas es ¿a dónde irá el gas venezolano cuando en el mundo crecen las reservas mundiales de un nuevo tipo de gas y el interés por explotarlo?
Fuente
El gas de esquisto revoluciona el mundo. Posiciones encontradas se debaten entre lo bueno, lo malo y lo feo del negocio. Se construyen escenarios y con ellos más de un país exportador de gas convencional está expectante.
Mientras tanto, las empresas en Estados Unidos definen un agresivo plan de exploración y producción en los enormes reservorios encontrados en los últimos años. Su independencia energética luce para ellos cercana.
Los ecologistas, por su parte, desgranan uno a uno los "inconvenientes" que este gas no convencional tiene sobre el medio ambiente. Esta vez las emisiones de dióxido de carbono (CO2) no son el foco primario.
Los grupos verdes de esa nación se preocupan más bien porque la explotación de este recurso supone un uso "excesivo" del recurso hídrico y puede contaminar las aguas subterráneas y el subsuelo por el empleo de aditivos químicos durante el proceso de producción.
Sin embargo, para el ex presidente de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), Luis Giusti, este es un problema y reto tecnológico que se irá resolviendo con seguridad gracias al avance de la tecnología.
Gas en piedras
Este gas se encuentra atrapado en rocas sedimentarias conocidas como esquistos, lutitas o pizarras (shale gas en inglés). Se libera tras la fracturación de estas, en presencia de agua y algunos químicos, y sus características físicas son exactamente iguales a las del gas natural convencional.
Según datos del Departamento de Energía de los Estados Unidos (EIA por sus siglas en inglés), se estima que solo en ese país hay 28,3 billones de pies cúbicos recuperables de gas de esquisto, suficiente para cubrir las necesidades de esa nación durante los próximos 50 años.
Y si se suman las reservas del gas convencional, que ascienden a 244,7 billones de pies cúbicos, el total pudiera alcanzar para abastecer al país por más de 150 años.
Se proyecta, además, que para el año 2035, este gas proporcionará 24% del recurso gasífero que se consumirá en Estados Unidos. Actualmente, representa solo 6% de la matriz de demanda.
Comenta el analista petrolero y profesor de posgrado de la UCV, Mazhar Al-Shereidah, que las ventajas que promete este recurso han hecho que las empresas del sector se lamenten por las enormes inversiones destinadas a terminales de gasificación para recibir buques con gas licuado de otras latitudes.
Europa, por su parte, podría recuperar cerca de 5,66 billones de pies cúbicos de sus reservas, lo que para los países de la zona es un golpe de gracia, pues dejarían de depender de la supremacía rusa en materia gasífera.
De hecho, las naciones con potencial de producción de gas no convencional se encuentran en varias etapas, en cuanto a atracción de inversiones, evaluación de recursos, o a punto de entrar en la fase de explotación.
La fiebre del gas de esquisto tiene a las grandes empresas del mundo buscando reservas en Europa, pero también estudian con atención los mapas geológicos de Asia y el norte de África tras la pista de otros yacimientos.
Lo cierto es que esta no tan nueva, pero sí recientemente explotada forma de energía, tiene a las empresas del negocio sacando sus cuentas. Suman, restan, multiplican y dividen, y pese a que los costos de producción resultan superiores a los del gas natural convencional, "sigue siendo definitivamente un negocio".
Los empresarios que lo explotan desde hace menos de una década intentan con desesperación armar fusiones con las grandes del negocio petrolero y gasífero en los Estados Unidos. Buscan recursos en un momento en que los elevados precios del petróleo permiten incursionar en otras alternativas de energía.
El analista y profesor experto en materia gasífera, Diego González, sostiene que la independencia energética de los Estados Unidos no es una entelequia. Barack Obama viene con todo para lograrla, más aún cuando el único suplidor confiable de petróleo que le está quedando es Canadá.
Reconoce que el costo de producción de este gas de esquisto o pizarra es superior al del gas convencional, pero EEUU, a decir del analista, está en estos momentos entrampado.
A su juicio, es "fatal" e inconveniente que se haya suspendido la perforación y exploración en el Golfo de México por espacio de seis meses, pues esta zona es el alimento energético seguro de esa nación, en términos de suministro interno de gas y crudo.
"Si se toma en cuenta también que la declinación de los yacimientos en tierra firme se ha agravado desde que fuera anunciada a finales de los setenta, y que tampoco ha habido nuevos descubrimientos, no les queda más que engrosar sus opciones de energía y en especial la del gas de esquisto. Aunque les salga más caro, se puede producir sin pérdidas", dijo González.
Cuestión de óptica
La empresa asesora y de investigaciones Bernstein Research de Nueva York estima que la industria del gas de esquisto necesita un precio de 7,50 a 8 dólares por mil pies cúbicos (Mpc) para alcanzar el equilibrio en sus costos de producción y exploración, lo que significaría un aumento de más de 60% en las cotizaciones del gas natural.
Otro escenario, más optimista, calcula que el negocio del gas de esquisto puede mantenerse económicamente rentable, si se logra el promedio de los últimos 15 años de 5,50 dólares por Mpc.
De acuerdo con esto, el precio de este combustible debería subir entre 1,5 y 2 dólares por Mpc desde los precios actuales que giran entre 3,50 y 4 dólares, lo que supone unos 24 a 30 dólares por barril.
Sin embargo, el analista petrolero, Mazhar Al-Shereidah, asegura que los avances tecnológicos permiten solventar muchos de los problemas técnicos y económicos derivados de la explotación de este gas. Durante los últimos tres años, la producción ha aumentado en Estados Unidos, al punto de superar la del gigante gasífero ruso.
La producción diaria de gas natural en EEUU, incluyendo el de esquisto, se ubica -según un reporte de la EIA- en 27.832 millones de pies cúbicos, mientras que Rusia produce 24.377 millones de pies cúbicos diarios.
¿Se moverá el mapa energético?
La matriz de consumo energético en el mundo está en constante cambio, y más ahora que los acuerdos a escala mundial buscan de manera desesperada el concurso y compromiso de las naciones para disminuir las emisiones de CO2.
Un reportaje del diario The New York Times dice que la fiebre por el gas de esquisto aún está en sus comienzos y muchos analistas creen que esta forma de energía puede reducir la dependencia europea no solo del gas natural ruso, sino también del iraní.
Expertos consideran que muchos países podrían aumentar sus reservas de gas en 40%, cifra similar al repunte que ha experimentado EEUU en los últimos años. Los cálculos más conservadores apuntan a un crecimiento de 20% en las reservas mundiales conocidas, que se ubican en 6.254,364 billones de pies cúbicos.
En un artículo publicado en The Wall Street Journal, la analista de energía norteamericana, Amy Myers Jaffe, también directora de estudios de energía del Instituto James A. Baker III de Políticas Públicas en la Universidad de Rice, sentencia que la amenaza de este gas natural es real.
Para ella los argumentos que se esgrimen sobre el medio ambiente, y las justificaciones económicas sobre la inviabilidad de la explotación de este combustible son simples argumentos de los mayores productores y exportadores de gas para mantener sus espacios intactos.
"Uno de los principales beneficios de la fiebre del gas de esquisto será conceder a los consumidores occidentales y chinos un suministro de combustible en su propia casa, frustrando la creación de un posible cartel de gas natural", dice la analista.
Considera que las repercusiones políticas del gas de esquisto harán mucho más que ahogar a los carteles de gas natural. "Desorientarán a la política mundial, poniendo en su sitio a algunos alborotadores de toda la vida y posiblemente llevando a algunos rivales al redil occidental".
Pero el asesor de energía, Carlos Mendoza Potellá, tiene un punto de vista radicalmente opuesto. Considera que el gas de esquisto necesita una Opep del Gas para que los precios alcancen mejores niveles y se torne económicamente rentable.
Rusia responde
La extracción del gas de esquisto, no obstante, pareciera no preocupar al principal productor y exportador de gas tradicional a escala global: Rusia.
Según un despacho de la agencia Novosti, el presidente de la empresa Gazprom, Alexei Miller, aseguró que ese tipo de gas no podrá influir seriamente en el mercado europeo ni hará peligrar las posiciones del consorcio energético ruso en Europa.
Pero el ministro ruso de Recursos Naturales, Yuri Trutnev, reconoció que el problema del gas de esquistos existe, en su opinión y la de los dirigentes de Gazprom. Tanto más cuando se han descubierto nuevas reservas en algunos países europeos, que son clientes de Gazprom, señala AFP.
Un analista del gabinete East European Gas Analysis recuerda que Polonia otorgó 56 licencias de exploración de gas de esquisto.
En consecuencia, esta fuente de energía no convencional va a "aumentar la competencia", agregó. Lo que sin lugar a dudas va a cambiar las cosas para Gazprom, que ocupa actualmente una cuarta parte del mercado europeo y tiene la ambición de lograr un tercio de aquí a 2020.
De esta manera, los clientes europeos podrían aprovechar para reducir su dependencia respecto a Rusia, indicó.
Los trabajos sobre el gas de esquisto solo están en una "etapa preliminar", señaló Valeri Nesterov, especialista del sector energético del banco de inversiones Troika Dialog, por lo que estima difícil hacer estimaciones por el momento.
Sin embargo, sostiene que los pronósticos alarmistas son útiles para Gazprom, pues advierten al grupo para girar el rumbo. Es sabido que el consorcio ruso ya comenzó a reflexionar y a hacer concesiones, señaló el analista.
Pero los planes de Polonia no son una simple alarma, Radek Sikorski, el ministro de Asuntos Exteriores polaco, visitó recientemente Houston, EEUU, para hablar con las grandes empresas energéticas estadounidenses sobre el gas de esquisto.
A China, por ejemplo, también le entusiasma la idea de que pronto puedan beneficiarse del gas de esquisto, pues esa nación parece disponer de sus propias reservas, por lo que ha firmado un acuerdo con Estados Unidos para estudiar su explotación.
¿Y qué hay de Venezuela?
"Es aventurado pensar que en el corto plazo la producción de gas de esquisto pueda reemplazar las ventas venezolanas de crudo a Estados Unidos. No es tan fácil, la "adicción al petróleo" por parte del país del norte será difícil de modificar. La geopolítica estadounidense tradicionalmente tendiente a países que considera no-amigos como Venezuela, seguirá, aunque las estrategias alternativas ya están en proceso", opinó el experto y asesor en materia energética, Hernán Federico Pacheco.
Para que el gas reemplace al petróleo debe haber una transformación estructural en los diferentes sectores industriales.
Esta transición no sucede de un día para otro, es un tema además cultural y de hábitos de consumo energético, indica Pacheco.
El juego en el que no está participando Venezuela es el de la diversificación de la matriz energética del mundo.
"Nos quedamos con la visión de país monoproductor y monoexportador nato de crudo, en un momento clave, cuando en el planeta se reacomodan las cargas de las diferentes fuentes alternas de energía primaria, que salen al auxilio no solo de las economías de las naciones, sino de la supervivencia del medio ambiente", dice el profesor Al-Shereidah.
Venezuela está en el sitial de los grandes en materia energética: no solo es el primero en reservas de petróleo, sino que está en el top 10 del gas natural. Sin embargo, no ha logrado repuntar su producción de crudo y tampoco ha arreciado su explotación gasífera.
Estudios geológicos han descartado la posibilidad de que haya gas de esquisto en Venezuela. El profesor Mendoza Potellá señala que las cuencas sedimentarias del país son normales, y todo apunta a que no es posible. "No tenemos esquistos en nuestra geología".
Analistas del entorno energético nacional han insistido en la necesidad de que Venezuela se aboque a satisfacer las necesidades internas de gas, para iniciar la etapa exportadora.
Ahora, la gran pregunta que se formulan los analistas es ¿a dónde irá el gas venezolano cuando en el mundo crecen las reservas mundiales de un nuevo tipo de gas y el interés por explotarlo?
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