Por: Julio Luque Ingeniero
EL COMERCIO
23-02-09
La crisis está llegando, lenta e implacablemente. Me hace recordar la subida a Pasamayo, cuando se advierten los primeros bancos de niebla y las luces de los autos en sentido contrario auguran una densa bruma en la cima. Sin embargo, la crisis es todavía un tema más de mentes que de bolsillos, pues aún no hay indicadores confiables que confirmen una recesión. Hay muchos rumores y titulares acerca de desgracias económicas en otros países; además de la persistencia de algunos analistas y periodistas de confundir desaceleración con decrecimiento.
Ante la llegada de la crisis mucho se habla de los perdedores. Es decir, de los exportadores en general, los productores de materias primas cuyos precios se han desplomado, los vendedores de bienes durables, los operadores de entretenimiento y turismo. No obstante, poco se dice de los ganadores. Y es que a río revuelto, ganancia de pescadores.
A juzgar por lo que he visto y vivido en las últimas semanas, me atrevo a pronosticar que serán las empresas peruanas —en contraposición a las multinacionales— las que saldrán fortalecidas. Y no me refiero a que sea resultado de la inocua campaña Cómprale al Perú. Ocurre que, en primer lugar, el acceso al crédito para empresas y consumidores tiene menos restricciones en el Perú que en el resto del mundo. La inmejorable salud de nuestro sistema financiero, unida al hecho de que la mayoría de colocaciones está aún en manos de bancos peruanos, cuyos directorios toman decisiones en Lima, hace que el crédito siga fluyendo con normalidad. Obviamente, con mayores cuidados que antes.
Por otra parte, muchas subsidiarias de empresas multinacionales establecidas en el Perú, a pesar de los buenos resultados locales, están recibiendo órdenes terminantes para reducir gastos, congelar inversiones y paralizar proyectos. Estas decisiones, sin duda, las obligarán a ceder posiciones en el mercado local.
Pero eso sí, uno no puede ganarse la lotería si no compra un boleto. Es un momento de recordar la respuesta de Sam Walton, fundador de Wal Mart, cuando un periodista le preguntó qué pensaba hacer ante la crisis que se avecinaba en 1991: “La hemos analizado detenidamente y hemos decidido no participar”.
lunes, 23 de febrero de 2009
viernes, 20 de febrero de 2009
Salvo el Poder, todo es Ilusión
Por: Jaime de Althaus
EL COMERCIO
20-02-09
Hugo Chávez debe estar abrazando la sensación del poder absoluto, pero todo en Venezuela es ilusión. Ganó efectivamente el referéndum que le permitirá tentar la reelección infinita, pero lo ganó convirtiendo al Estado y a las FF.AA. en su propio partido, gastando ingentes recursos públicos en la campaña. El Estado es su hacienda personal. Para este proceso tomó —así como lo lee— US$ 12.000 millones de las reservas del Banco Central y las transfirió al presupuesto para financiar los regalos de la campaña y seguir repartiendo los próximos meses. Si no me cree, abra la página web del Banco Central de Venezuela, haga clic en “reservas”, y verá como estas se desploman bruscamente de US$42.005 millones el 20 de enero a US$29.460 millones el 21 de ese mes.
Eso no es novedad. Ya en anteriores ocasiones Chávez había tomado reservas del Banco Central, por ejemplo, para pagar expropiaciones o para un fondo social. Pero nunca lo había hecho en una magnitud grosera como esta. Y es posible que esta propensión se agudice en la medida en que el precio del petróleo se mantenga bajo y si es que quedan reservas. Porque lo que está ocurriendo es que la economía se está tragando los dólares oficiales, cuyo precio está muy por debajo del dólar paralelo, que está ya a un 150% por encima del primero. Cuando la fantasía se desvanezca y la moneda local se devalúe estrepitosamente, la inflación, que en alimentos está ya por encima del 50% al año, se multiplicará. Y entonces también el bolívar será una ilusión, si ya no lo es.
Pero es en el sector “real” donde, paradójicamente, la ficción es mayor. El año pasado la industria, por ejemplo, creció menos del 2%. En Venezuela nadie invierte, y solo crecen los negocios vinculados al poder y los proveedores del Estado. Los alimentos y los bienes hay que importarlos y no se genera empleo. Los pobres viven de las dádivas del tirano, que se diluirán cada vez más en inflación. Y allí, hasta las dádivas serán ilusión.
Lo que no es ilusión, sino realidad absoluta, es la corrupción: sea para venderle al Estado; en las empresas públicas y las obras; o para comprar los dólares Cadivi (como los legendarios MUC), más baratos, que se expenden incluso para importar productos suntuarios como licores o las camionetas Humers de 100 mil dólares o más que compulsivamente compra la nueva y radiante boliburguesía. Por eso, salvo el poder, todo es ilusión, como proclamaba Sendero Luminoso.
EL COMERCIO
20-02-09
Hugo Chávez debe estar abrazando la sensación del poder absoluto, pero todo en Venezuela es ilusión. Ganó efectivamente el referéndum que le permitirá tentar la reelección infinita, pero lo ganó convirtiendo al Estado y a las FF.AA. en su propio partido, gastando ingentes recursos públicos en la campaña. El Estado es su hacienda personal. Para este proceso tomó —así como lo lee— US$ 12.000 millones de las reservas del Banco Central y las transfirió al presupuesto para financiar los regalos de la campaña y seguir repartiendo los próximos meses. Si no me cree, abra la página web del Banco Central de Venezuela, haga clic en “reservas”, y verá como estas se desploman bruscamente de US$42.005 millones el 20 de enero a US$29.460 millones el 21 de ese mes.
Eso no es novedad. Ya en anteriores ocasiones Chávez había tomado reservas del Banco Central, por ejemplo, para pagar expropiaciones o para un fondo social. Pero nunca lo había hecho en una magnitud grosera como esta. Y es posible que esta propensión se agudice en la medida en que el precio del petróleo se mantenga bajo y si es que quedan reservas. Porque lo que está ocurriendo es que la economía se está tragando los dólares oficiales, cuyo precio está muy por debajo del dólar paralelo, que está ya a un 150% por encima del primero. Cuando la fantasía se desvanezca y la moneda local se devalúe estrepitosamente, la inflación, que en alimentos está ya por encima del 50% al año, se multiplicará. Y entonces también el bolívar será una ilusión, si ya no lo es.
Pero es en el sector “real” donde, paradójicamente, la ficción es mayor. El año pasado la industria, por ejemplo, creció menos del 2%. En Venezuela nadie invierte, y solo crecen los negocios vinculados al poder y los proveedores del Estado. Los alimentos y los bienes hay que importarlos y no se genera empleo. Los pobres viven de las dádivas del tirano, que se diluirán cada vez más en inflación. Y allí, hasta las dádivas serán ilusión.
Lo que no es ilusión, sino realidad absoluta, es la corrupción: sea para venderle al Estado; en las empresas públicas y las obras; o para comprar los dólares Cadivi (como los legendarios MUC), más baratos, que se expenden incluso para importar productos suntuarios como licores o las camionetas Humers de 100 mil dólares o más que compulsivamente compra la nueva y radiante boliburguesía. Por eso, salvo el poder, todo es ilusión, como proclamaba Sendero Luminoso.
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JAIME DE ALTHAUS
martes, 17 de febrero de 2009
Dinosaurios Ideológicos
Por: Gonzalo Prialé
CORREO
17-02-09
Si ésta fuera la crisis final del capitalismo, no podría ser una crisis cíclica, puesto que si fuera la última de las crisis, se terminaría el ciclo económico.
El tema de la crisis final del capitalismo es una fábula marxista. Algunos aún creen que a fuerza de repetirlo llegará a ocurrir. En cambio, desde el campo capitalista nunca existió algo equivalente, tal como una inminente crisis final del marxismo. Y el marxismo caducó a fines del siglo pasado.
Sólo dinosaurios ideológicos como Evo, Chávez y Fidel siguen postulando ideas marxistas refritas y fracasadas. Aquí Humala de manera simplista caracteriza al Perú como un país cuya economía gira alrededor de enclaves mineros que producen materias primas sin valor agregado.
A lo largo de la historia, muchos estudiosos profundizaron en el tema de los ciclos de auge y caída de la actividad económica. Uno de los más conocidos es el ruso Kondratieff, quien en 1935 publicó Los grandes ciclos de la vida económica, donde halló ciclos largos de 54 años, los famosos ciclos de Kondratieff. Pero esto resulta un anacronismo a estas alturas de la globalización.
No sólo las pirámides y las burbujas han generado crisis económicas. Estas también fueron causadas por guerras, plagas, desastres naturales, mal clima, hambrunas y cambios tecnológicos a lo largo de la historia.Las pirámides y las burbujas constituyen errores de juicio colectivo impulsados por la codicia, antes que fallas fundamentales del modelo económico. Han existido burbujas en Holanda en el siglo XVII (tulipanes), en Inglaterra en el siglo XVIII (Compañía de los Mares del Sur), en Japón en 1992 (burbuja inmobiliaria), en EE.UU. en 2001 (burbuja hightech), entre otras. Las pirámides recientes en inmuebles, derivativos y tarjetas de crédito en EE.UU. no son nuevas bajo el sol. Pero son las más grandes de la historia.
En general, las burbujas derivan del comportamiento tipo rebaño. Individuos que, por ejemplo, compran un producto codiciosamente, sin parar, porque creen que los precios continuarán subiendo siempre, lo cual les permitiría seguir ganando cómodamente en la subida. Esto es imposible y se puede demostrar con una reducción al absurdo: si todos compraran permanentemente algo, terminarían adquiriéndolo todo y en el proceso desaparecerían los vendedores y el mercado mismo.Gonzalo Prialé
CORREO
17-02-09
Si ésta fuera la crisis final del capitalismo, no podría ser una crisis cíclica, puesto que si fuera la última de las crisis, se terminaría el ciclo económico.
El tema de la crisis final del capitalismo es una fábula marxista. Algunos aún creen que a fuerza de repetirlo llegará a ocurrir. En cambio, desde el campo capitalista nunca existió algo equivalente, tal como una inminente crisis final del marxismo. Y el marxismo caducó a fines del siglo pasado.
Sólo dinosaurios ideológicos como Evo, Chávez y Fidel siguen postulando ideas marxistas refritas y fracasadas. Aquí Humala de manera simplista caracteriza al Perú como un país cuya economía gira alrededor de enclaves mineros que producen materias primas sin valor agregado.
A lo largo de la historia, muchos estudiosos profundizaron en el tema de los ciclos de auge y caída de la actividad económica. Uno de los más conocidos es el ruso Kondratieff, quien en 1935 publicó Los grandes ciclos de la vida económica, donde halló ciclos largos de 54 años, los famosos ciclos de Kondratieff. Pero esto resulta un anacronismo a estas alturas de la globalización.
No sólo las pirámides y las burbujas han generado crisis económicas. Estas también fueron causadas por guerras, plagas, desastres naturales, mal clima, hambrunas y cambios tecnológicos a lo largo de la historia.Las pirámides y las burbujas constituyen errores de juicio colectivo impulsados por la codicia, antes que fallas fundamentales del modelo económico. Han existido burbujas en Holanda en el siglo XVII (tulipanes), en Inglaterra en el siglo XVIII (Compañía de los Mares del Sur), en Japón en 1992 (burbuja inmobiliaria), en EE.UU. en 2001 (burbuja hightech), entre otras. Las pirámides recientes en inmuebles, derivativos y tarjetas de crédito en EE.UU. no son nuevas bajo el sol. Pero son las más grandes de la historia.
En general, las burbujas derivan del comportamiento tipo rebaño. Individuos que, por ejemplo, compran un producto codiciosamente, sin parar, porque creen que los precios continuarán subiendo siempre, lo cual les permitiría seguir ganando cómodamente en la subida. Esto es imposible y se puede demostrar con una reducción al absurdo: si todos compraran permanentemente algo, terminarían adquiriéndolo todo y en el proceso desaparecerían los vendedores y el mercado mismo.Gonzalo Prialé
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GONZALO PRIALÉ,
MACROECONOMIA
domingo, 15 de febrero de 2009
Litio en Bolivia
Por: Alfredo Barnechea
CORREO
15-02-09
El Salar de Uyuni es una de las grandes bellezas naturales de Bolivia -y del mundo. Acompañé allí en una ocasión al entonces Presidente Mesa, y el espectáculo era casi intimidante, sobrecogedor.
Leí hace un par de semanas un artículo de Simón Romero en el International Herald Tribune, y resulta que debajo de Uyuni se encuentran las mayores reservas de litio del mundo.
Hasta ahora, el litio se usaba en algunos medicamentos, o en ciertas armas termonucleares, pero comenzó a usarse para hacer los Blackberry, y será un componente crucial para la nueva generación de vehículos eléctricos, o híbridos. Como pesa, aprendo, menos que el níquel, servirá para almacenar más electricidad y permitir que esos vehículos recorran más distancias.
Nadie sabe ahora qué pasará con la General Motors. Históricamente se decía que lo que era bueno para GM, era bueno para Estados Unidos. Pero ahora es el símbolo de la declinación industrial norteamericana. Su capitalización bursátil es 1,900 millones de dólares, la más pequeña de los fabricantes de automóviles, 60 veces menos que la de Volkswagen, que es ahora el más grande, después de la especulación bursátil en ella de Porsche. Con todo, GM planea producir el Volt, un carro basado en el litio.
Según el artículo de Romero, habría litio en Argentina, Chile y el Tíbet, pero Bolivia tendría aproximadamente la mitad de las reservas de litio del mundo. El US Geological Survey habría establecido que tendría 5.4 millones de toneladas, Chile 3, China (en el Tíbet, si es de China) 1.1, mientras que Estados Unidos tendría sólo 400,000 toneladas.
Bolivia podría ser, entonces, la Arabia Saudita del litio, un insumo clave de una era post-petróleo.
¿De qué le servirá a Bolivia?
Hace apenas un lustro, Bolivia tenía reservas estratégicas de gas, que parecían indispensables para sus vecinos. Pero no ha podido hacer nada grande con ellas. Y los recursos naturales que no pueden extraerse, y transportarse, tienen un valor cercano a cero. Entre tanto, su gigante vecino, Brasil, ha encontrado enormes reservas de hidrocarburos como el campo de Tupi, y Perú se encamina a tener reservas de gas acaso comparables a las de Bolivia, cosa por confirmarse en poco más de un año. El peso de Bolivia no es el de hace un lustro.
El litio se encontrará con el mismo furor nacionalista que el gas.
Pero desafortunadamente los recursos naturales no crean por sí solos desarrollo. En los últimos 25 años, los países sin recursos superaron siempre en crecimiento a los países con recursos.
La historia contemporánea es abundante en ejemplos. Los NICs, los nuevos países industrializados, es decir los tigres del Asia, no tenían prácticamente recursos naturales. Israel, que comenzó produciendo naranjas y ahora exporta software, tampoco los tenía (acaba de descubrir algo de gas). En cambio el Congo está lleno de recursos, de tamaño y diversidad casi obscenos. Pero en lugar de desarrollo, lo que logró desde la descolonización fue pobreza, autocracia, corrupción, guerra civil.
Porque además de que no crean desarrollo, tampoco contribuyen a la civilización de la política. En un magnífico artículo en Foreign Policy, Thomas Friedman estableció la primera ley de la Petropolítica: cuando el precio del petróleo sube, baja la democracia. Cuando cae, son la democracia y las libertades civiles las que suben. Es natural. En un Estado que no depende de los impuestos de sus ciudadanos sino de maná del cielo, la opinión de los ciudadanos no es muy importante.
Tampoco contribuyen a macroeconomías sanas. En los 70s, cuando Holanda descubrió petróleo en el mar del norte, aparte del petróleo descubrió lo que se llama desde entonces la enfermedad holandesa: la abundancia de un recurso natural aprecia las monedas, erosiona el sector de manufacturas, penaliza los sectores transables, desordena en suma la salud de las economías.
Uno de los pocos países que ha sabido manejar sus recursos naturales es Noruega. Con los ingresos de ellos creó masivos fondos de inversión, que transformaron esos ingresos no-renovables en pan para el futuro.
Porque los ingresos por recursos naturales no-renovables no son ingresos, rentas. Son consumos de capital. Lo que sale, sale para siempre del capital nacional. ¿Con qué se le reemplaza?
Es fundamental defender los derechos nacionales sobre los recursos naturales. ¿Pero cómo hacerlo eficientemente?
La respuesta normal son regalías. ¿Son ellas siempre las justas? Habitualmente hay una asimetría de información entre las empresas que contratan, que saben generalmente más que los Estados (o sus funcionarios) que poseen los recursos. Luego, las regalías se distribuyen mal. Y se gastan peor. ¿Cómo se defienden razonablemente los recursos, y se almacena riqueza para mañana? Chile ha creado fondos que trasladan los ingresos del cobre a fondos de competitividad, imitando un poco el modelo noruego.
El debate es crucial para Perú. Porque a lo largo de la historia, desde la Conquista visiblemente pero aún desde tiempos precolombinos, la gran riqueza en el Perú vino siempre de los recursos naturales, primordialmente la minería (a la que ahora podría agregarse el gas y sus derivados).
Pero ese debate no puede soslayar que la riqueza de un país no está en el subsuelo -aunque lo parezca. Hace un cuarto de siglo, Lawrence Harrison publicó El subdesarrollo es un estado de la mente. Allí comparaba casos de países. Haití contra Costa Rica, por ejemplo. En el siglo XVIII Haití era la colonia azucarera más productiva del mundo, y Costa Rica un páramo. En el XIX, Argentina era más importante que Canadá y Australia. Conocemos la situación actual.
Porque la obsesión con la propiedad, el furor nacionalista, restañar las injusticias del pasado, no crean desarrollo.
Los países que confundieron el debate perdieron el siglo XIX y el XX. Pueden perder también el siglo XXI. Así tengan litio.
CORREO
15-02-09
El Salar de Uyuni es una de las grandes bellezas naturales de Bolivia -y del mundo. Acompañé allí en una ocasión al entonces Presidente Mesa, y el espectáculo era casi intimidante, sobrecogedor.
Leí hace un par de semanas un artículo de Simón Romero en el International Herald Tribune, y resulta que debajo de Uyuni se encuentran las mayores reservas de litio del mundo.
Hasta ahora, el litio se usaba en algunos medicamentos, o en ciertas armas termonucleares, pero comenzó a usarse para hacer los Blackberry, y será un componente crucial para la nueva generación de vehículos eléctricos, o híbridos. Como pesa, aprendo, menos que el níquel, servirá para almacenar más electricidad y permitir que esos vehículos recorran más distancias.
Nadie sabe ahora qué pasará con la General Motors. Históricamente se decía que lo que era bueno para GM, era bueno para Estados Unidos. Pero ahora es el símbolo de la declinación industrial norteamericana. Su capitalización bursátil es 1,900 millones de dólares, la más pequeña de los fabricantes de automóviles, 60 veces menos que la de Volkswagen, que es ahora el más grande, después de la especulación bursátil en ella de Porsche. Con todo, GM planea producir el Volt, un carro basado en el litio.
Según el artículo de Romero, habría litio en Argentina, Chile y el Tíbet, pero Bolivia tendría aproximadamente la mitad de las reservas de litio del mundo. El US Geological Survey habría establecido que tendría 5.4 millones de toneladas, Chile 3, China (en el Tíbet, si es de China) 1.1, mientras que Estados Unidos tendría sólo 400,000 toneladas.
Bolivia podría ser, entonces, la Arabia Saudita del litio, un insumo clave de una era post-petróleo.
¿De qué le servirá a Bolivia?
Hace apenas un lustro, Bolivia tenía reservas estratégicas de gas, que parecían indispensables para sus vecinos. Pero no ha podido hacer nada grande con ellas. Y los recursos naturales que no pueden extraerse, y transportarse, tienen un valor cercano a cero. Entre tanto, su gigante vecino, Brasil, ha encontrado enormes reservas de hidrocarburos como el campo de Tupi, y Perú se encamina a tener reservas de gas acaso comparables a las de Bolivia, cosa por confirmarse en poco más de un año. El peso de Bolivia no es el de hace un lustro.
El litio se encontrará con el mismo furor nacionalista que el gas.
Pero desafortunadamente los recursos naturales no crean por sí solos desarrollo. En los últimos 25 años, los países sin recursos superaron siempre en crecimiento a los países con recursos.
La historia contemporánea es abundante en ejemplos. Los NICs, los nuevos países industrializados, es decir los tigres del Asia, no tenían prácticamente recursos naturales. Israel, que comenzó produciendo naranjas y ahora exporta software, tampoco los tenía (acaba de descubrir algo de gas). En cambio el Congo está lleno de recursos, de tamaño y diversidad casi obscenos. Pero en lugar de desarrollo, lo que logró desde la descolonización fue pobreza, autocracia, corrupción, guerra civil.
Porque además de que no crean desarrollo, tampoco contribuyen a la civilización de la política. En un magnífico artículo en Foreign Policy, Thomas Friedman estableció la primera ley de la Petropolítica: cuando el precio del petróleo sube, baja la democracia. Cuando cae, son la democracia y las libertades civiles las que suben. Es natural. En un Estado que no depende de los impuestos de sus ciudadanos sino de maná del cielo, la opinión de los ciudadanos no es muy importante.
Tampoco contribuyen a macroeconomías sanas. En los 70s, cuando Holanda descubrió petróleo en el mar del norte, aparte del petróleo descubrió lo que se llama desde entonces la enfermedad holandesa: la abundancia de un recurso natural aprecia las monedas, erosiona el sector de manufacturas, penaliza los sectores transables, desordena en suma la salud de las economías.
Uno de los pocos países que ha sabido manejar sus recursos naturales es Noruega. Con los ingresos de ellos creó masivos fondos de inversión, que transformaron esos ingresos no-renovables en pan para el futuro.
Porque los ingresos por recursos naturales no-renovables no son ingresos, rentas. Son consumos de capital. Lo que sale, sale para siempre del capital nacional. ¿Con qué se le reemplaza?
Es fundamental defender los derechos nacionales sobre los recursos naturales. ¿Pero cómo hacerlo eficientemente?
La respuesta normal son regalías. ¿Son ellas siempre las justas? Habitualmente hay una asimetría de información entre las empresas que contratan, que saben generalmente más que los Estados (o sus funcionarios) que poseen los recursos. Luego, las regalías se distribuyen mal. Y se gastan peor. ¿Cómo se defienden razonablemente los recursos, y se almacena riqueza para mañana? Chile ha creado fondos que trasladan los ingresos del cobre a fondos de competitividad, imitando un poco el modelo noruego.
El debate es crucial para Perú. Porque a lo largo de la historia, desde la Conquista visiblemente pero aún desde tiempos precolombinos, la gran riqueza en el Perú vino siempre de los recursos naturales, primordialmente la minería (a la que ahora podría agregarse el gas y sus derivados).
Pero ese debate no puede soslayar que la riqueza de un país no está en el subsuelo -aunque lo parezca. Hace un cuarto de siglo, Lawrence Harrison publicó El subdesarrollo es un estado de la mente. Allí comparaba casos de países. Haití contra Costa Rica, por ejemplo. En el siglo XVIII Haití era la colonia azucarera más productiva del mundo, y Costa Rica un páramo. En el XIX, Argentina era más importante que Canadá y Australia. Conocemos la situación actual.
Porque la obsesión con la propiedad, el furor nacionalista, restañar las injusticias del pasado, no crean desarrollo.
Los países que confundieron el debate perdieron el siglo XIX y el XX. Pueden perder también el siglo XXI. Así tengan litio.
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ALFREDO BARNECHEA,
INTERNACIONAL
domingo, 18 de enero de 2009
TLC: Cuando los detalles importan
Por: Juan Zegarra
EL COMERCIO
18-01-09
Mas allá del encanto que produce el hecho de que Barack Obama llegue a la Casa Blanca, para el Perú en concreto tiene un efecto más de alerta que de júbilo.
Para comprender esto basta con mirar el febril trabajo de los últimos días para cerrar los detalles del TLC, porque después del 20 de enero no se sabe cómo será la política económica de Estados Unidos. Por algo el temor de nuestro gobierno -confirmado en conversaciones informales- de que si no se firmaba antes del relevo presidencial, la nueva administración podría hacer tabla rasa de todo lo negociado.
Pero ahora, que ya es una realidad y no hay marcha atrás en su inicio (1 de febrero), conviene apurar tareas pendientes para que esta enorme oportunidad no derive en un desperdicio o, peor aún, no se convierta en una fuente de conflictos.
Por ejemplo, puede ser una gran ventaja para que industriales y agroexportadores de la costa aumenten no solo su producción sino aprovechen las condiciones para modernizar sus procesos. Pero a la par puede tener efectos nocivos para pequeños productores y por eso cuanto antes tiene que existir una real política de reorientación de cultivos.
Del mismo modo, la selva y esencialmente la sierra tienen que tener acceso a este mercado. Esto incluye carreteras, obras de saneamiento y, por supuesto, una paulatina mejora en la educación pública. Sin una fuerza laboral educada, no tendremos futuro, así suscribamos TLC con medio planeta.
Con mayor razón esta necesidad ahora que estamos en mejores condiciones para convertirnos en una firme plataforma para atraer inversiones al país. Sería lamentable que por falta de nivel profesional o técnico se importen recursos humanos.
De otra parte, la naturaleza de los tratados de libre comercio, además de acabar y reducir el número de barreras arancelarias, cumple la función de ser un compromiso de respeto por las reglas de juego del mercado, sin intervenciones abusivas de los estados, y especialmente de protección de las inversiones. Un caso concreto es el desesperado esfuerzo de los inversionistas chilenos para sacar a flote el acuerdo comercial con nuestro país.
Sin embargo, esta garantía no opera de forma automática, porque a la par tiene que haber un proceso interno que vaya definiendo mejores condiciones para ese capital.
Más que nunca necesitamos organismos reguladores sólidos y a prueba de toda sospecha. Del mismo, nuestra enorme tarea pendiente es un Poder Judicial predecible y no como ocurre ahora, una instancia donde todo puede pasar o las resoluciones son interminables.
Asimismo, el TLC es una posibilidad para atraer las inversiones de los países vecinos porque lo 'made in Peru' entrará libre de aranceles al mercado estadounidense. Pero para eso hay que construir un consenso alrededor de nuestra apuesta económica, especialmente ahora cuando el modelo muestra fisuras (sugiero ver en nuestra página web un reportaje económico sobre cómo junto con el crecimiento aumentó la desigualdad en el país. 16/1/2009), y principalmente porque la crisis financiera impactará --aún no se sabe en qué magnitud-- en la economía. Tenemos que tomar conciencia de esa realidad para transformarla y no solo por el simple ejercicio de cuestionar el modelo económico.
Más allá de los fundamentalismos de un extremo u otro, si bien hay optimismo porque el acuerdo comercial empezará en pocos días, tampoco hay que caer en la candidez de que ya tenemos la solución mágica. La verdad del TLC no estará solo en las cifras macro o los clásicos promedios, sino en los detalles.
EL COMERCIO
18-01-09
Mas allá del encanto que produce el hecho de que Barack Obama llegue a la Casa Blanca, para el Perú en concreto tiene un efecto más de alerta que de júbilo.
Para comprender esto basta con mirar el febril trabajo de los últimos días para cerrar los detalles del TLC, porque después del 20 de enero no se sabe cómo será la política económica de Estados Unidos. Por algo el temor de nuestro gobierno -confirmado en conversaciones informales- de que si no se firmaba antes del relevo presidencial, la nueva administración podría hacer tabla rasa de todo lo negociado.
Pero ahora, que ya es una realidad y no hay marcha atrás en su inicio (1 de febrero), conviene apurar tareas pendientes para que esta enorme oportunidad no derive en un desperdicio o, peor aún, no se convierta en una fuente de conflictos.
Por ejemplo, puede ser una gran ventaja para que industriales y agroexportadores de la costa aumenten no solo su producción sino aprovechen las condiciones para modernizar sus procesos. Pero a la par puede tener efectos nocivos para pequeños productores y por eso cuanto antes tiene que existir una real política de reorientación de cultivos.
Del mismo modo, la selva y esencialmente la sierra tienen que tener acceso a este mercado. Esto incluye carreteras, obras de saneamiento y, por supuesto, una paulatina mejora en la educación pública. Sin una fuerza laboral educada, no tendremos futuro, así suscribamos TLC con medio planeta.
Con mayor razón esta necesidad ahora que estamos en mejores condiciones para convertirnos en una firme plataforma para atraer inversiones al país. Sería lamentable que por falta de nivel profesional o técnico se importen recursos humanos.
De otra parte, la naturaleza de los tratados de libre comercio, además de acabar y reducir el número de barreras arancelarias, cumple la función de ser un compromiso de respeto por las reglas de juego del mercado, sin intervenciones abusivas de los estados, y especialmente de protección de las inversiones. Un caso concreto es el desesperado esfuerzo de los inversionistas chilenos para sacar a flote el acuerdo comercial con nuestro país.
Sin embargo, esta garantía no opera de forma automática, porque a la par tiene que haber un proceso interno que vaya definiendo mejores condiciones para ese capital.
Más que nunca necesitamos organismos reguladores sólidos y a prueba de toda sospecha. Del mismo, nuestra enorme tarea pendiente es un Poder Judicial predecible y no como ocurre ahora, una instancia donde todo puede pasar o las resoluciones son interminables.
Asimismo, el TLC es una posibilidad para atraer las inversiones de los países vecinos porque lo 'made in Peru' entrará libre de aranceles al mercado estadounidense. Pero para eso hay que construir un consenso alrededor de nuestra apuesta económica, especialmente ahora cuando el modelo muestra fisuras (sugiero ver en nuestra página web un reportaje económico sobre cómo junto con el crecimiento aumentó la desigualdad en el país. 16/1/2009), y principalmente porque la crisis financiera impactará --aún no se sabe en qué magnitud-- en la economía. Tenemos que tomar conciencia de esa realidad para transformarla y no solo por el simple ejercicio de cuestionar el modelo económico.
Más allá de los fundamentalismos de un extremo u otro, si bien hay optimismo porque el acuerdo comercial empezará en pocos días, tampoco hay que caer en la candidez de que ya tenemos la solución mágica. La verdad del TLC no estará solo en las cifras macro o los clásicos promedios, sino en los detalles.
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JUAN ZEGARRA,
MACROECONOMIA,
PERU,
SECTOR EXTERNO
Dando el Gran Salto
Por: Fritz Du Bois
CORREO
18-01-09
Finalmente parió Paula y, pese al susto que nos dieron los últimos días, ya entra en vigencia el TLC con los Estados Unidos. En una escena que parecía salida de una película de Hollywood, en uno de sus últimos actos como presidente, Bush firmó la proclama en las horas finales a cargo del Gobierno norteamericano. Difícil imaginar que un proceso iniciado hace siete años hubiera concluido con tanto suspenso. Pero allí lo tenemos, y el tratado beneficiará a todos los peruanos. Al César lo que es del César. Así como reclamamos al Estado por su ineficiencia, también debemos reconocerle cuando cumple correctamente con su función. Los equipos que han negociado este acuerdo tienen un gran mérito y deben ser reconocidos. Incluso la tortuosa ruta interna que siguió el TLC para su aprobación ha servido para abrir trocha, y los próximos tratados –China, Unión Europea, etc.– deben lograr su implementación con mayor facilidad.
Mirando hacia adelante, el tratado da a nuestros productos acceso garantizado –permanente y sin aranceles– al consumidor norteamericano, cuyo mercado es 180 veces más grande que el peruano. Esta ventaja va a permitir no solo aumentar nuestras exportaciones sino también captar fuertes flujos de inversiones, ya que son pocos los países que gozan de este beneficio. Más aún, con los demócratas a cargo, no habrá nuevos tratados. El TLC nos va a diferenciar aún más del resto de la región. Pero creo que lo más positivo del acuerdo es que marca el punto de no retorno en nuestro camino a la modernidad. Integrados plenamente al mercado norteamericano –él más rico del mundo–, ni él más rabioso de los antisistema va a plantear retirarnos. Así se torna predecible la política económica y se reduce el riesgo electoral.
Por otro lado, la competencia va a forzar eficiencia y mejoras en la productividad. Cada vez será menos rentable el lobby mercantilista y proteccionista. Con ello, esperamos que la extinción final del 'empresaurio’ esté a la vista. Lo que sí falta con urgencia es una agenda pro competitividad para asegurar que el país le saca el máximo provecho a esta oportunidad. Es fundamental concesionar los puertos, así como eliminar aranceles y obstáculos burocráticos. El Perú tiene ahora la posibilidad de dar el gran salto a la modernidad, no la podemos desperdiciar.
CORREO
18-01-09
Finalmente parió Paula y, pese al susto que nos dieron los últimos días, ya entra en vigencia el TLC con los Estados Unidos. En una escena que parecía salida de una película de Hollywood, en uno de sus últimos actos como presidente, Bush firmó la proclama en las horas finales a cargo del Gobierno norteamericano. Difícil imaginar que un proceso iniciado hace siete años hubiera concluido con tanto suspenso. Pero allí lo tenemos, y el tratado beneficiará a todos los peruanos. Al César lo que es del César. Así como reclamamos al Estado por su ineficiencia, también debemos reconocerle cuando cumple correctamente con su función. Los equipos que han negociado este acuerdo tienen un gran mérito y deben ser reconocidos. Incluso la tortuosa ruta interna que siguió el TLC para su aprobación ha servido para abrir trocha, y los próximos tratados –China, Unión Europea, etc.– deben lograr su implementación con mayor facilidad.
Mirando hacia adelante, el tratado da a nuestros productos acceso garantizado –permanente y sin aranceles– al consumidor norteamericano, cuyo mercado es 180 veces más grande que el peruano. Esta ventaja va a permitir no solo aumentar nuestras exportaciones sino también captar fuertes flujos de inversiones, ya que son pocos los países que gozan de este beneficio. Más aún, con los demócratas a cargo, no habrá nuevos tratados. El TLC nos va a diferenciar aún más del resto de la región. Pero creo que lo más positivo del acuerdo es que marca el punto de no retorno en nuestro camino a la modernidad. Integrados plenamente al mercado norteamericano –él más rico del mundo–, ni él más rabioso de los antisistema va a plantear retirarnos. Así se torna predecible la política económica y se reduce el riesgo electoral.
Por otro lado, la competencia va a forzar eficiencia y mejoras en la productividad. Cada vez será menos rentable el lobby mercantilista y proteccionista. Con ello, esperamos que la extinción final del 'empresaurio’ esté a la vista. Lo que sí falta con urgencia es una agenda pro competitividad para asegurar que el país le saca el máximo provecho a esta oportunidad. Es fundamental concesionar los puertos, así como eliminar aranceles y obstáculos burocráticos. El Perú tiene ahora la posibilidad de dar el gran salto a la modernidad, no la podemos desperdiciar.
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jueves, 8 de enero de 2009
No Todos Somos Keynesianos
La crisis y la teoría económica
Guy Sorman
Para LA NACION
PARIS.- La mayor amenaza contra la recuperación económica es tener poca memoria. Si el presidente Obama o Sarkozy actúan como si la ciencia económica no existiera, o como si no hubiéramos aprendido nada desde 1930, la economía mundial se hundirá más.
Existe un riesgo real de que el nuevo presidente de los EE.UU. sea influido por una vociferante turba de ideólogos estatistas y keynesianos resurgentes. Parece como si los espectros del New Deal se hubieran apoderado del debate político en los EE.UU. Hablan como si su exilio de principios de los 80 se hubiera producido por simples razones partidarias. Pero no fue así. El estatismo y el keynesianismo fueron descartados en todo el mundo simplemente porque habían fracasado.
La expansión económica por medio de la privatización, la desregulación y el libre comercio -un proceso que se inició en 1979 en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher, siguió en los Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan, y finalmente se extendió en todo el mundo tras la desaparición de la Unión Soviética- no tuvo origen ideológico. Esta nueva economía global y libre, inspirada por los así llamados partidarios de la oferta y monetaristas, fue una respuesta racional a la crisis de 1974-79, engendrada por estatistas y keynesianos. La política de regulación de precios y de "estímulo" económico de la administración Carter habían conducido a los EE.UU. a una depresión. En realidad, Nixon fue quien la inició, con su famosa declaración: "Ahora todos somos keynesianos". Una teoría que generó lo que se llama estanflación, inflación y recesión al mismo tiempo; la herencia del keynesianismo en acción.
El fracaso simultáneo de las políticas keynesianas en los EE.UU., Europa y Japón no sorprendió a los economistas de libre mercado. La defectuosa premisa keynesiana de revivir la economía por medio de la creación artificial de la demanda de consumo ("estímulo") ya había sido puesta en evidencia y cuestionada por los economistas del libre mercado, desde conservadores como Milton Friedman hasta liberales como Edmund Phelps, antes de que esas políticas se aplicaran. Los economistas de libre mercado ya habían explicado que el crecimiento provenía de la oferta. El empresario, mediante el uso de la innovación, crea nuevos mercados, y luego se origina la demanda. No se puede estimular la demanda con subsidios públicos a productos y servicios que primero deben inventarse: no le corresponde al gobierno crear riqueza; sólo puede redistribuir la riqueza existente usando lo que paga un contribuyente para dárselo a otro. Por medio de la inflación, aumentando los salarios nominales, el gobierno también puede crear la ilusión de ayudar a la gente; sin embargo, este regalo muy pronto será pagado con un aumento de precios.
¿Por qué, entonces, el keynesianismo ha demostrado ser tan popular entre los líderes políticos? Por algo que no tiene nada que ver con la economía: el estímulo simplemente le da buen nombre al gobierno, al menos a corto plazo. No obstante, hay que conceder que la intervención estatal puede justificarse por razones morales, por ejemplo, en nombre de la justicia social, o para restablecer la estructura de la sociedad. Pero no puede considerársela fuente de crecimiento.
La política de la oferta, la reducción de impuestos, la desregulación, la competencia, el libre comercio y la globalización han ofrecido al mundo alta tecnología (extraordinario desarrollo de Internet, teléfonos celulares) y una vida mejor.
Esto no implica negar que nos encontremos en medio de una crisis económica. Pero esta crisis debe enfrentarse con los principios de la economía moderna. ¿La crisis actual es la consecuencia de los excesos del libre mercado, de la ceguera ideológica y de la falta de regulación estatal? ¿Cómo explicamos entonces los 25 años anteriores de prosperidad económica? Casi todos los economistas partidarios del libre mercado coinciden ahora en que los mercados sólo funcionan bien dentro de los límites impuestos por instituciones sólidas y predecibles; cuando no es así, el crecimiento es lento o aparecen las burbujas especulativas. Por otro lado, la economía conductista acepta que los individuos no siempre actúan racionalmente; las pasiones nos llevan a hacer elecciones económicas absurdas. Pero reconocer la necesidad de instituciones y tener en cuenta las impredecibles acciones de los individuos no significa que el control estatal sea indispensable. Los gobiernos tienden a ser aún más impredecibles que los mercados, y tampoco son menos proclives a dejarse llevar por las pasiones. Los gobiernos eligen ir a la guerra, por ejemplo, y los individuos, no.
Paul Krugman ganó un Premio Nobel por sus primeros trabajos sobre el libre comercio, pero ha empezado a argumentar que los EE.UU. deberían reemplazar una economía guiada por la codicia (léase: el mercado) por una economía basada en la moralidad (léase: el gobierno). Pero desde David Hume se ha demostrado una y otra vez que una sociedad moral se basa en la libertad individual. Concederle al gobierno autoridad para imponer moralidad es malo desde lo económico y niega las premisas básicas de todas las sociedades libres.
Los bancos hipotecarios estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, instituciones que regulaban el mercado inmobiliario estadounidense, que no eran públicos ni privados (el peor caso posible, ya que la responsabilidad no queda en claro), eran impredecibles y poco confiables. La pasión contribuyó a crear una burbuja mundial debido al contagio de la mala información: los precios de la vivienda sólo podían subir, se decía. Así, para reparar el mercado, lo que hoy se necesita no es una mayor regulación, sino un mercado mejor gracias a la transparencia. No se debería permitir ninguna transacción inmobiliaria en la que el comprador no dispusiera de toda la información y de asesoramiento financiero acerca de las consecuencias de su compra.
Una autoridad que evalúe la seguridad financiera de los productos debería imponer criterios informativos estándares similares a los que rigen la información de las etiquetas de los alimentos envasados. En teoría el camino más corto hacia la recuperación sería dejar que el mercado mismo se ajustara, pero en una democracia, donde la opinión pública pesa, mantenerse a un lado no es una solución legítima. Las consecuencias sociales de adoptar una actitud de laissez-faire radical podrían hacer que gran parte de la nación se volviera en contra del capitalismo.
Por lo tanto, el deber del gobierno es salvar al capitalismo, la mejor herramienta económica que tenemos, incluso por medio de medidas no capitalistas: Keynes ya lo sabía en la década de 1930. Nunca pretendió destruir el capitalismo, sino salvarlo de los capitalistas dando participación al gobierno. Pero reaccionar excesivamente ante una crisis puede ser tan peligroso como no hacer nada. La nueva cultura del rescate podría estimular el riesgo moral y socavar el espíritu emprendedor, tal como lo hizo la sindicalización en los 30. Parece menos destructivo rescatar a los individuos en mala situación, los que corren peligro de perder su vivienda o su empleo, que rescatar a industrias enteras.
Al escuchar las promesas de Barack Obama, y teniendo en cuenta la codicia de sus aliados keynesianos, sólo podemos esperar que el presidente electo rechace sus peores consejos. Los errores y desequilibrios no podrán evitarse absolutamente, pero la economía se recuperará si se preservan los verdaderos motores del crecimiento futuro: el espíritu emprendedor, la innovación, la solidez de las instituciones públicas, la libre circulación de la información y el libre comercio. Si la economía de Obama no impide que los innovadores accedan al mercado, las nuevas tecnologías y productos que aún no conocemos y que en este momento están en proceso de creación y que son el Microsoft del mañana, y no las viejas industrias rescatadas, como la de los autos, darán forma a nuestro futuro.
Guy Sorman
Para LA NACION
PARIS.- La mayor amenaza contra la recuperación económica es tener poca memoria. Si el presidente Obama o Sarkozy actúan como si la ciencia económica no existiera, o como si no hubiéramos aprendido nada desde 1930, la economía mundial se hundirá más.
Existe un riesgo real de que el nuevo presidente de los EE.UU. sea influido por una vociferante turba de ideólogos estatistas y keynesianos resurgentes. Parece como si los espectros del New Deal se hubieran apoderado del debate político en los EE.UU. Hablan como si su exilio de principios de los 80 se hubiera producido por simples razones partidarias. Pero no fue así. El estatismo y el keynesianismo fueron descartados en todo el mundo simplemente porque habían fracasado.
La expansión económica por medio de la privatización, la desregulación y el libre comercio -un proceso que se inició en 1979 en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher, siguió en los Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan, y finalmente se extendió en todo el mundo tras la desaparición de la Unión Soviética- no tuvo origen ideológico. Esta nueva economía global y libre, inspirada por los así llamados partidarios de la oferta y monetaristas, fue una respuesta racional a la crisis de 1974-79, engendrada por estatistas y keynesianos. La política de regulación de precios y de "estímulo" económico de la administración Carter habían conducido a los EE.UU. a una depresión. En realidad, Nixon fue quien la inició, con su famosa declaración: "Ahora todos somos keynesianos". Una teoría que generó lo que se llama estanflación, inflación y recesión al mismo tiempo; la herencia del keynesianismo en acción.
El fracaso simultáneo de las políticas keynesianas en los EE.UU., Europa y Japón no sorprendió a los economistas de libre mercado. La defectuosa premisa keynesiana de revivir la economía por medio de la creación artificial de la demanda de consumo ("estímulo") ya había sido puesta en evidencia y cuestionada por los economistas del libre mercado, desde conservadores como Milton Friedman hasta liberales como Edmund Phelps, antes de que esas políticas se aplicaran. Los economistas de libre mercado ya habían explicado que el crecimiento provenía de la oferta. El empresario, mediante el uso de la innovación, crea nuevos mercados, y luego se origina la demanda. No se puede estimular la demanda con subsidios públicos a productos y servicios que primero deben inventarse: no le corresponde al gobierno crear riqueza; sólo puede redistribuir la riqueza existente usando lo que paga un contribuyente para dárselo a otro. Por medio de la inflación, aumentando los salarios nominales, el gobierno también puede crear la ilusión de ayudar a la gente; sin embargo, este regalo muy pronto será pagado con un aumento de precios.
¿Por qué, entonces, el keynesianismo ha demostrado ser tan popular entre los líderes políticos? Por algo que no tiene nada que ver con la economía: el estímulo simplemente le da buen nombre al gobierno, al menos a corto plazo. No obstante, hay que conceder que la intervención estatal puede justificarse por razones morales, por ejemplo, en nombre de la justicia social, o para restablecer la estructura de la sociedad. Pero no puede considerársela fuente de crecimiento.
La política de la oferta, la reducción de impuestos, la desregulación, la competencia, el libre comercio y la globalización han ofrecido al mundo alta tecnología (extraordinario desarrollo de Internet, teléfonos celulares) y una vida mejor.
Esto no implica negar que nos encontremos en medio de una crisis económica. Pero esta crisis debe enfrentarse con los principios de la economía moderna. ¿La crisis actual es la consecuencia de los excesos del libre mercado, de la ceguera ideológica y de la falta de regulación estatal? ¿Cómo explicamos entonces los 25 años anteriores de prosperidad económica? Casi todos los economistas partidarios del libre mercado coinciden ahora en que los mercados sólo funcionan bien dentro de los límites impuestos por instituciones sólidas y predecibles; cuando no es así, el crecimiento es lento o aparecen las burbujas especulativas. Por otro lado, la economía conductista acepta que los individuos no siempre actúan racionalmente; las pasiones nos llevan a hacer elecciones económicas absurdas. Pero reconocer la necesidad de instituciones y tener en cuenta las impredecibles acciones de los individuos no significa que el control estatal sea indispensable. Los gobiernos tienden a ser aún más impredecibles que los mercados, y tampoco son menos proclives a dejarse llevar por las pasiones. Los gobiernos eligen ir a la guerra, por ejemplo, y los individuos, no.
Paul Krugman ganó un Premio Nobel por sus primeros trabajos sobre el libre comercio, pero ha empezado a argumentar que los EE.UU. deberían reemplazar una economía guiada por la codicia (léase: el mercado) por una economía basada en la moralidad (léase: el gobierno). Pero desde David Hume se ha demostrado una y otra vez que una sociedad moral se basa en la libertad individual. Concederle al gobierno autoridad para imponer moralidad es malo desde lo económico y niega las premisas básicas de todas las sociedades libres.
Los bancos hipotecarios estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, instituciones que regulaban el mercado inmobiliario estadounidense, que no eran públicos ni privados (el peor caso posible, ya que la responsabilidad no queda en claro), eran impredecibles y poco confiables. La pasión contribuyó a crear una burbuja mundial debido al contagio de la mala información: los precios de la vivienda sólo podían subir, se decía. Así, para reparar el mercado, lo que hoy se necesita no es una mayor regulación, sino un mercado mejor gracias a la transparencia. No se debería permitir ninguna transacción inmobiliaria en la que el comprador no dispusiera de toda la información y de asesoramiento financiero acerca de las consecuencias de su compra.
Una autoridad que evalúe la seguridad financiera de los productos debería imponer criterios informativos estándares similares a los que rigen la información de las etiquetas de los alimentos envasados. En teoría el camino más corto hacia la recuperación sería dejar que el mercado mismo se ajustara, pero en una democracia, donde la opinión pública pesa, mantenerse a un lado no es una solución legítima. Las consecuencias sociales de adoptar una actitud de laissez-faire radical podrían hacer que gran parte de la nación se volviera en contra del capitalismo.
Por lo tanto, el deber del gobierno es salvar al capitalismo, la mejor herramienta económica que tenemos, incluso por medio de medidas no capitalistas: Keynes ya lo sabía en la década de 1930. Nunca pretendió destruir el capitalismo, sino salvarlo de los capitalistas dando participación al gobierno. Pero reaccionar excesivamente ante una crisis puede ser tan peligroso como no hacer nada. La nueva cultura del rescate podría estimular el riesgo moral y socavar el espíritu emprendedor, tal como lo hizo la sindicalización en los 30. Parece menos destructivo rescatar a los individuos en mala situación, los que corren peligro de perder su vivienda o su empleo, que rescatar a industrias enteras.
Al escuchar las promesas de Barack Obama, y teniendo en cuenta la codicia de sus aliados keynesianos, sólo podemos esperar que el presidente electo rechace sus peores consejos. Los errores y desequilibrios no podrán evitarse absolutamente, pero la economía se recuperará si se preservan los verdaderos motores del crecimiento futuro: el espíritu emprendedor, la innovación, la solidez de las instituciones públicas, la libre circulación de la información y el libre comercio. Si la economía de Obama no impide que los innovadores accedan al mercado, las nuevas tecnologías y productos que aún no conocemos y que en este momento están en proceso de creación y que son el Microsoft del mañana, y no las viejas industrias rescatadas, como la de los autos, darán forma a nuestro futuro.
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